Cuba es un cuento, compay

Brindis por un bache

Amigos, he suspendido mis dosis de antibióticos para darme un cañangazo, no puedo evitarlo. Hoy, me invade la alegría y quiero brindar por un bache. No es un bache cualquiera, aunque hoy, Eusebio Leal, historiador de la ciudad, pretenda ignorarlo. Nació como un pequeño manantial en 1973 en la esquina de Mayía Rodríguez y Luís Estévez, según consta en el registro civil de nuestro barrio Santos Suárez. Sus aguas cristalinas se desplazaban Mayía abajo y durante su juventud, atravesó sin temor la calle Lacret sin respetar la luz roja de su semáforo. Sus aguas fueron atropelladas miles de veces por las guaguas de las rutas 79, 179, 83, 74 y 174. No satisfecho el gobierno con esos crímenes impunes, ordenó a todos los camiones del Minfar, ECOAS, combinados lácteos, Mitrans y cuanto organismo estatal transitara por esas vías, colaborar en el crimen que se perpetraba. Es de suponer que a esa campaña se sumaran los carros patrulleros, los del G2 cuando se dirigían a Villa Marista, los de la ANCHAR y los de todos aquellos vanguardias y profesionales premiados por el gobierno.

Sin embargo, allí se mantuvo firme nuestro bache en su afán por refrescar con sus limpias aguas nuestro barrio. Durante decenas de años que atravesaron dos siglos de existencia en la humanidad, nuestro querido y amado bache, continuó suministrando esa agua tan necesaria en nuestros hogares a las labores de limpieza de la calle. Fue de esa manera que se hizo reconocer y respetar por la población, y su furia se sintió con fuerza en la intersección de Mayía y General Lee, exactamente frente a la panadería.

Ante la delación de muchos de nuestros vecinos en aquellas ridículas asambleas del Poder Popular durante varios años, uno de aquellos delegados movió teclas y gavetas hasta lograr que enviaran a una brigada que reparara el salidero que brotaba del familiar bache. Fue así que un día, plantaron junto a la acera un enorme compresor de fabricación soviética, y una brigadita de seres recién liberados por Carlos Manuel de Céspedes. Negros muy fornidos, entablaran una tenaz batalla contra algo que ya pertenecía a nuestro patrimonio. Yo estaba allí con mi novia siguiendo todos los pasos de aquella quirúrgica faena, disfrutábamos del ruido producido por aquel compresor y tres martillos neumáticos. Dos días después de buscar en las entrañas de la tierra, encontraron una tubería podrida. Pensamos que sería sustituida por una nueva, pero no, siempre nos equivocábamos en nuestras deducciones. Esto nos pasaba por ignorar la existencia de la Asociación de Innovadores y Racionalizadores, ya ustedes saben, peste.

Bueno, aquellos prietos manipularon con mucho cariño la mencionada tubería y la fueron cubriendo cuidadosamente con cámara de bicicleta para bloquear el salidero. Asunto concluido, volvieron a tapar el hueco con la tierra, piedras y pedazos de asfalto que habían extraído. No hace falta que les esté dando muchas explicaciones, ya ustedes saben cómo carajo funciona eso. Nada de aplanadoras, nada de limpieza, nada de señales, nada. Allí quedó una lomita dispuesta a la colaboración de todos los choferes que se sintieran verdaderamente revolucionarios. Y es ahí donde radica el puto problema de las cosas en Cuba, “LA FALTA DE COMUNICACIÓN”. ¡Coño! Porque si el militante del partido de esa brigadita lo hubiera comunicado en su núcleo, esta gente hubiera establecido los contactos con el partido del Ministerio de Transporte, y desde arriba, como es de suponer, hubieran bajado las orientaciones a los niveles pertinentes. Bueno, hay gente extranjera que solo va de turista a Cuba y se que no me comprende. Era fácil, al no existir aplanadoras para bajar la lomita, se le hubiera dicho a los choferes de las guaguas que por cada vez que pasaran por encima de la lomita de tierra, se les otorgaba un mérito revolucionario o laboral que, luego les serviría para optar por una lavadora “Aurika” o un televisor “Caribe”, o un radio “Selena”, cualquier mierda, el asunto se hubiera resuelto por el desespero de la gente, pero no. A los negros no se les ocurrió nada de eso, y perdieron, porque si eso hubiera llegado a oídos del caballo, hasta un Moskovich se hubieran ganado. ¡Coño! También hay que comprender a los pobres negros, no es fácil estar trabajando con un martillo que pesa más de 85 libras bajo el sol abrasante de Cuba y estar fuera de fonda. Luego, no existían casi teléfonos funcionando, y peor aún, en aquella época se vivía todavía el temor a que te acusaran de chiva o chicharrón. ¡Ná! No había solución.

Llegaron los aguaceros que se llevaron a la lomita de tierra loma abajo, tupiendo los tragantes y cagándose en la luz roja del semáforo de Mayía y Lacret. No conformes con su obra, tupieron el tragante que había exactamente frente a la panadería de General Lee, y a cagar Liberales del Perico, lo que se formaba en esa esquina era de espanto.

El bache se encabronó y se convirtió en contrarrevolucionario, en aquel hueco cayeron motos, autos, camiones y guaguas. Todavía no había arribado la furia de las bicicletas chinas y rusas, pero cayeron bastantes de las pocas Niágaras que sobrevivieron del capitalismo y soportaron al bloqueo. Ni se imaginan lo hijoputa que se convirtió aquel hueco tan querido por nosotros. Allí estuvo el tipo, tumbando gente, partiendo piernas y brazos, jodiendo amortiguadores, y en eso hay que darle su mérito, aquel bache no creía ni en los kapetrés, que es mucho decir.

Bueno, al menos hubo un poco de tranquilidad, el agua entraba con buena presión en el barrio y en casa de la suegra daba tiempo para almacenar agua en la bañadera y una pila de tanques plásticos que se habían comprado en la bolsa negra, no voy a entrar en detalles. Me casé con aquella novia, tuve el primer chamaco y cuando tuvo unos cinco años, cruzaba en esa esquina para dirigirme hasta un estudio de fotografía antes de llegar a Lacret para comprarle calandraca a los peces. Explotó otra vez el cabrón bache, no digo yo, se pudrieron las cámaras de bicicleta que utilizaron para forrar las tuberías. ¡A cagarse Liberales del Perico! El agua entraba con poca presión y no daba tiempo para llenar la bañadera y los tanques plásticos que se compraron en la bolsa negra. Pero eso no era lo peor, la familia se había reproducido como los conejos y ya vivíamos en la misma casa 21 personas. Camaradas venezolanos, bolivianos, ecuatorianos y argentinos, ¿se imaginan eso? ¡Ya sé, ya sé! Me van a mencionar las fabelas, las casas de cartón, los vecindarios, los homeless, etc. Poco me importa, no estoy pa’esa muela, el lío es que el agua no tenía presión y la ponían un día sí y otro tampoco. ¡Caos y peste a mierda! No digo yo si ese bache era hijo de puta.

Pero como dice la canción de Pablito, …El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos…. Pero yo no me había puesto viejo, me había puesto gusano. Entonces encontré en el bache un sentido para vengarme del gobierno, no digo yo, ¡coño!, como me alegraba cada vez que una guagua se descojonaba en aquel hueco. Qué me importaba a mí que la gente viniera cansada de su trabajo y se tuviera que meter una hora esperando por otra guagua, yo estaba haciendo contrarrevolución.

Ayer vino una amiga de Cuba y me dijo que el bache se encontraba más joven que nunca, no solo eso, ya se podía utilizar como piscina olímpica. El bache se había echado a una pila de tipos en estas décadas y tal vez se encontraba esperando por el más importante. Me imagino que aquellos negros sean ancianos o solo fantasmas, y que los chivatos sobrevivientes anden en muletas o sillas de ruedas con prótesis que soporten sus lenguas. Ha mejorado el servicio de telefonía pero escasean los compresores, las rutas de guaguas han desaparecido, el niño de cinco años que cruzaba conmigo a comprar calandracas tiene su hijo, y aquella novia es abuela. Me sueno un trago y brindo por un bache, un bache ignorado, insignificante, fuera de los dominios de Eusebio Leal, fuera del alcance de los turistas. Me sueno un cañangazo por sus treinta y tres años de edad.

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