Cuba es un cuento, compay

Blanquito y Blanquita

Formaban una parejita muy simpática que navegó conmigo a bordo del “Topaz Island” cuando yo era Segundo Oficial, correría el ochenta y uno. Ambos eran camareros y recuerdo que su camarote daba al frontón de la superestructura y muy cerca de la puerta de babor en la cubierta principal. Se llevaban muy bien y aquella guarida siempre estaba ocupado por visitantes inoportunos que iban a nutrirse de alguna razón para luego masturbarse. Ella acostumbraba andar en bata de casa muy transparente por el exceso de millaje y dejaba escapar sin pudor la oscura aureola de sus pezones. Amén del provocativo escote que siempre resaltaba en todas sus prendas, y aquellas enormes tetas que podían amamantar a toda la tripulación sin agotarse. No era bonita de rostro, pero ese detalle carece de interés cuando se pasa el límite de una semana de navegación. La bruja de Blanca Nieves es convertida en Miss Universo en esos casos de desesperación, los marinos saben de qué les hablo, y pregúntenme a mí, vi casos de sacrificio humano digno de conservarlo para la historia. Además, se imponía su juventud por encima de cualquier defecto posible, no es lo mismo ni se escribe igual cuando se han vencido varios almanaques náuticos y la gente no quiere utilizarlos, aún conociendo que se le pueden aplicar correcciones. Se podía jamar y cuando no, al menos mirar. No tenía un cuerpo que provocara angustias o desvelos, era un poquito canillúa y su piel extremadamente blanca, que en nuestro país era síntoma de anemia u otra enfermedad. Pero era muy feliz y se sabía deseada, presa constante de la mirada agresiva de decenas de hombres y eso le daba importancia, eso no falla.

Al Blanquito no le molestaba ese constante asedio de tantos ojos sobre su pareja, creo que no le importaba y disfrutaba con el sufrimiento de los demás. Es más, no era egoísta tampoco y se solidarizaba con el dolor ajeno. Dejaba que la gente le agarrara filos de teta a su mujer, un pedazo de nalga cuando se agachaba para buscar cualquier mierda en el gavetero o simplemente cuando lo hacía a propósito y la gente aprovechaba el pretexto para cargar sus baterías. Él sabía que mientras más rápido le jamonearan a la jeva, más temprano partiría aquella visita. El muy cabrón tenía tremenda tabla, luego de finalizar su trabajo llegaba al camarote y se ponía una de las batas de casa de Blanquita. Pero no había timbales para agarrarle un filo y luego salir a masturbarse, porque de verdad, estaba malo como la puta de su madre. Era extremadamente flaco y aquellas paticas tan delgadas parecían par de palillos de dientes colgando debajo de la bata de su mujer. Tampoco era bien parecido y de una blancura casi lechosa, muy velludo y de masas flácidas. Blanquito nunca había realizado un trabajo fuerte que le desarrollara sus bíceps, espalda, nada, ni nalgas tenía el muy cabrón para poder presumir de algo, ni eso. Pero vean lo que son las cosas, era muy dichoso e iba mojando todo el viaje, así es la vida. Dios le da barbas al que no tiene quijá, dirían muchos envidiosos, pero yo no hacía caso a esos comentarios, ya había vivido esa experiencia. Muy bien pudo eliminar todas las posibilidades de que le vacilaran la jeva, con cerrar la puerta del camarote era suficiente, pero ya lo dije, no era egoísta.

Blanquito había sido yerno de Margarita, solo conocí esta parte de su historia gastada. Yo me enrolé de corre-corre en ese barco y ya estaba viviendo en el mismo camarote con Blanquita. Sí, Margarita estuvo con su hija el día de la salida del barco, una mulatica bastante sexy y de mejor figura que Blanquita, pero ella no formaba parte de la flota y aquí lo que interesa es tener ese aparatico tibio al lado, cueste lo que cueste. Margarita era otra de las camareras a bordo, ya se las mencioné una vez, una medio tiempo más caliente que un volcán. Bueno, no es lo mismo que yo se los cuente a que hubieran sido testigos de aquel viaje. ¿No se acuerdan de aquella “actividad” que un día se hizo a bordo? Bueno, para los que no entiendan el lenguaje impuesto, actividad es cualquier fiesta realizada por razones muy variadas, y en Cuba, sobran motivos para estar festejando todos los días. Creo que en eso nos parecemos a los españoles, celebran más Santos y Patronas que en el mismo Vaticano, y cuando se agotan meten mano por una huelga, así debe ser, carajo. Ese día nadie sabe qué rayos se celebraba, pero así transcurrió la mitad del viaje hasta que la bebida se agotó. Muy felices aquellos días, el Capitán Gabriel Sánchez era especial para todo el mundo. ¡Claro!, nadie se atrevía a decir que era un alcohólico, pero vaciada la última caja de cerveza se acabó la diversión. Ese día yo bajé al salón de oficiales y allí estaba formada la rumba. Teníamos a bordo cuatro agregados de máquinas y cuatro de cubierta. Como yo iba realizando la guardia del Primer Oficial, los agregados de cubierta subían al puente en los crepúsculos para practicar con las estrellas, eran buenos muchachos y manteníamos excelentes relaciones.

-¿Sabes cuál es el lío? Me preguntó uno de ellos cuando aparecí en aquel alegre salón. Deseché la idea de sentarme en la mesa donde se encontraba el Capitán y sus tarugos, preferí compartir con ellos. Los de maquinas andaban reunidos con los de su departamento, yo oteaba todo el horizonte sin el propósito de ingerir más de tres cervezas. Había música y a un volumen alto como gusta a los cubanos. En la mesa del Capitán se encontraba el Primer Oficial Alenas, había estudiado conmigo, pero las relaciones eran de fuera-fuera, no existía afinidad y me debía una. Se encontraba también el Sobrecargo, era el tipo que andaba amarrado con Margarita, sus ojos se iban reduciendo cada vez que ingería una cerveza llevada por cualquiera de los agregados. El Capitán ya estaba algo borracho, realmente nunca estuvo sobrio durante aquel trágico viaje, jamás había observado tanta amabilidad por parte de un grupo tan numeroso de agregados. En aquella mesa presidencial se encontraba también el Jefe de Máquinas y una traductora de ruso, el Segundo Maquinista que era de ese país y justificaba la presencia de esa exótica muchacha abordo. Se encontraba también una mulata culona que era la camarera de los oficiales, estaba empatada con el Tercer Oficial, pero éste dormía algo para entrar en la guardia de doce a cuatro, la correspondiente al Segundo Oficial. Todos reían a mandíbula batiente en aquella mesa, podía adivinarse los empastes molares de cada cual y los dientes de platino del ruso.

-¿Cuál es el lío? Pregunté a toda la mesa y se desesperaron en responder, pero solo comprendí a uno de ellos.

-El asunto es que tenemos que emborrachar al Sobrecargo, el que gane la apuesta le tumbará a la jeva.

-No le veo gracia al asunto, es mejor fajarle el culo a la mulata y el que gane se la lleva. Contesté a todos a la vez.

-Sí, pero ese no es el lío. La rumba radica en que es una emulación entre departamentos, el que gane se jama la pieza. Me respondió otro.

-¡Pérate, pérate! Creo que no he comprendido muy bien, ¿se la van a jamar todos?

-¡Por supuesto! Aquí tiene que mojar todo el equipo, ya sabes, máquina contra cubierta. Me dijo uno de los cabecillas, imagino que en la mesa de los maquinistas se estuvieran llegando a las mismas conclusiones. Nunca había escuchado algo semejante, los muchachos que vienen tocándonos los talones, lo hacen con un estilo diferente, un poco más podrido. Me estoy poniendo viejo, pensé, luego de la tercera cerveza me fui al camarote, no me gustaba beber durante las navegaciones.

Cuando ellos subían al puente ya estaba calculado la hora del crepúsculo matutino y preparado un planito con el barquito dibujado en su centro y la proa indicando el rumbo actual. A partir de esa rosa, aparecerían estrellas y planetas con indicaciones de su altura y azimut. Cuando existía poca variación en la latitud yo no me molestaba en calcular nada, utilizaba el planito del día anterior. El pacto con ellos era el siguiente, solo se utilizaría un cronógrafo, ese lo cargaba yo como jefe de la guardia.

-¿La tienen? Les preguntaba.

-La tengo, la tengo, la tengo, la tengo. Contestaba cada uno de ellos.

-Muy bien, deben tangentearla en el horizonte. ¿Listos?

-Listos, listos, listos, listos. Respondían otra vez.

-Muy bien, 1,2,3. ¡Fuera! Detrás de mí partía la pequeña caravana y anotaban la hora obtenida en el cronómetro y el tiempo marcado en el cronógrafo.

-¡Vamos por Capella! Azimut 120, altura 45. Ellos le iban introduciendo la altura al sextante en la medida que avanzaban y se acomodaban en el alerón. La operación se repetía entre bromas propias de la juventud. -¡Ya saben! Estrella o planeta que no pase por el centro no se plotea, esa se va a la mierda, no quiero porquerías en la carta. Creo que todavía andaban medio mareados y trasnochados, algunos mostraban oscuras ojeras. Cada uno se repartía por diferentes espacios del puente y cuarto de derrota para realizar los cálculos.

-Bueno, second, ¿te enteraste? Dijo uno de ellos a punto de reventar.

-¿Me enteré de qué? Detuve lo que estaba haciendo. ¡Hey! Estado absoluto -15 seg.

-De los resultados de la competencia de anoche. Me contestó el que estaba a mi lado en la mesa de derrota.

-¡Verdad que sí! ¿Quién ganó, máquina o cubierta? Le pregunté sin ocultar un poco de curiosidad.

-¡Coño, jefe! Va a dudar de la capacidad de su gente, ¡ganó cubierta!

-¡Felicitaciones! Entonces pudieron ahogar al animal.

-Ni se diga, esa vieja es de lo más caliente.

-¿Se la metieron todos?

-¡Claro! Primero nosotros y después le dimos un filo a la gente de máquinas.

-¡Pérate, pérate! ¿Me están hablando de ocho agregados?

-¡No, no, no! Javier se emborrachó y no pudo mojar, se jodió, perdió prenda.

-O sea, se la metieron siete. ¿Ustedes no mataron a esa vieja?

-¡Tranquilo, tranquilo, jefe! Ella estaba de lo más contenta.

-¿Y dónde plantaron el campamento?

-¿Usted conoce el pasillito de la cubierta 01, la que queda justo al lado del salón? Pedro lo tenía todo cuadrado, sobre cuatro cajas de cerveza vacía colocó una puerta y sobre ella una colchoneta, esa fue la cama.

-No puedo creerlo, no puedo creerlo. ¿Ustedes se jamaron a Margarita en esas condiciones?

-Y se reía, esa vieja tiene una capacidad de asimilación que usted no se imagina.

-Ya lo creo, ya lo creo. Continuamos realizando los cálculos y pocos de ellos lograron pasar una recta por el centro del ploteo. Bajaron y me dejaron solo cuando llegó la hora del desayuno, yo debía esperar hasta las ocho de la mañana y me encontraba muy preocupado por Margarita.

La hallé muy sonriente en el comedor, ya todo el mundo había desayunado y solo nos encontrábamos el Segundo Maquinista y yo. Pude observarla con toda la calma del mundo, nada interrumpía mi curiosidad. Andaba bien, no mostraba ningún síntoma de molestia al hacerlo, no abría las piernas como si le molestara algo, no sé, tal vez una almohadilla sanitaria mal colocada que le provocara fricción, nada, caminaba correctamente, como si no hubiera ocurrido algo anormal. Tenía un poquito de ojeras, esa observación era viciosa y prejuiciado, ya he dicho que los cubanos la asociamos a las relaciones sexuales, nada más falso. Tenía las normales, las que pudo provocar un estado de desvelo quizás, solo eso. Pero mi obcecada observación no se detenía, no deseaba retirarme y darme por vencido, yo tenía que encontrar una señal de molestia a toda costa. Ella continuaba con la misma sonrisa, creo que un poco más expresiva esa mañana. Ninguna muequita por leves síntomas de incomodidad, cualquiera, una simple ardentía, porque si te pones a multiplicar esos movimientos de siete pistones entrando y saliendo, alguna fricción tuvo que haber producido en caso de pobre lubricación. Parece que no, todo marchó a la perfección esa noche. Cansado y sin otra justificación para permanecer en aquel comedor, me levanté con un pensamiento latente y mortificante, ¡cojones, esta vieja es una yegua! Y lo era de verdad.

No recuerdo cuál de ellas vino a pedirme que las acompañara a una invitación que les había hecho el jefe de buque en el puerto de Aqaba, uno de esos lugares aburridísimos del mundo donde el marino reza porque las operaciones duren un solo día.

-¿Por qué yo? Ustedes tienen sus maridos, hablen con ellos. Le respondí a una de ellas que ahora no recuerdo, pero estoy convencido de que ya mencioné este pasaje en algún trabajo.

-Porque son unos pendejos. Tal vez la respuesta fue en singular, pero estoy convencido de que ya habían consultado entre ellas.

-¿Van a putear? La pregunta no fue ingenua o accidental, los mismos jordanos me comentaron de experiencias pasadas con otros barcos. Temí ofenderlas, pero debía estar consciente de mi rol en aquella salida. No estaba dispuesto a jugar el rol de proxeneta y que otro se llevara la plata.

-¡Nada de eso! Me respondió sin sentirse ofendida, como si estuviera al tanto de la situación. Blanquita iba en esa escuadra de cuatro mujeres que yo lideraba como cabecilla, un auto nos recogió a la salida del puerto y nos condujo a uno de los mejores hoteles de aquella pequeña ciudad, un oasis en medio de ese desierto que provoca sed con dirigirle una mirada. Frente a nosotros los montes de la península de Sinaí, se disfrutaban entre tragos de cerveza y mi vaso de Chivas Regal a la roca. Me vino a la mente aquellos pasajes bíblicos que narraban el paso de Moisés por esas montañas, nada, cosas de borracheras. Yo ocupaba su puesto y después de tanta sed, me sentaba con cuatro locas junto a la piscina del Aqua Marina, el bar, la tierra prometida. Frente a nosotros, las luces de nuestro barco fondeado y como fondo para ese escenario, una guirnalda de bombillitos que corresponden a una ciudad israelí. Todas se portaron muy bien, ninguna puteó, pero a mi regreso a La Habana fui sometido a un interrogatorio por esa simple aventura.

El Práctico era nuestro primer contacto o regreso a nuestras desagradables realidades, siempre que embarcaba, se rompía aquella magia que nos mantenía alejados de nuestro mundo. Quizás involuntariamente y antes de franquear la entrada del Morro, consciente o no del embrujo que nos acompañara hasta esas aguas, comenzaban a desahogarse con algo de desconfianza y nos adelantaba inocentemente nuestra entrada a un pequeño y exótico infierno preñado de incertidumbres.

Aquella acostumbrada pitada larga de saludo a nuestra Habana, rebotaba en las torres de la refinería que siempre se utilizaba como punto de enfilación. Era una pitada larga que erizaba los pelos del culo al más experimentado de los marinos. Como era de día, no había parejitas de jóvenes templando a resguardo de las murallas del Castillo de la Punta. Un poco más adelante y evitando la curva que el malecón ofrece en esa área, se distinguían pequeños grupos de personas que fácilmente identificamos como nuestros familiares.

-¡Pipooooooo! Gritaron unos muchachitos.

-¡Arturooooo! Gritó una muchacha desde el malecón.

-¡Mimaaaaa! Gritaron desde la cubierta de botes.

-¡Vamos a fondeaaaaaar! Gritó alguien a mi lado, los familiares sabían que debían dirigirse hacia el muelle de la lanchita. Todos comenzaron a correr paralelos al buque, pero nosotros los superábamos en velocidad. Por el área del anfiteatro nos encontramos con otro grupo que gritó nombres diferentes y encontraron eco dentro de nuestros tripulantes, siempre la misma respuesta. -¡Vamos a fondeaaaaar! Las mismas carreras, los mismos silbidos en ambas direcciones y pañuelos que se alzaban. El malecón se convertía en una hermosa pista de maratón donde solo participaban mujeres y niños. Muy cerca del muelle de Caballerías y separados del grupo de pasajeros que esperaban la lancha para cruzar hacia Casablanca, otro grupo de parientes lanzó su andanada de nombres, pipos y mamis. De pronto, se produjo unos segundos infinitos de silencio y surge un grito casi desesperado que como navaja cortó todos los vientos. ¡Blanquitaaaaaaaaaaaaaaaaa! El silencio fue más profundo y prolongado, cómplice de algo. Nadie respondió, dos pitadas cortas interrumpió cualquier intención. A lo largo del malecón, desde el Castillo de la Punta hasta el muelle de Caballerías, los maratonistas se agotaron y redujeron su carrera a una simple marcha.

-¡Blanquito y Blanquita! Gritó Masacote desde su lancha, debo mencionarlo frecuentemente porque era el Quijote de aquella pestilente bahía. Un loco y desdentado lanchero amigo de todos los marinos, nadie se explica cómo obtuvo el certificado de Patrón, pero estaba allí y era muy querido entre nosotros. –Masacote, ¡Arranca pa’la pinga y deja embarcao a ese Capitán! Es un hijoputa. Le decían los tripulantes y él no dudaba en darle máquinas atrás a la lancha, luego lo premiaban con cajetillas de cigarros.

-Masacote, ¿qué pasó con Blanquita y Blanquito? Preguntó alguien desde el portalón.

-¡Oye! Que no bajen y se queden hasta mañana. Tremendo bateo hubo en el muelle de la lanchita, allí está la mujer del Blanquito con tremendo barrigón, aparte, hay otra jevita que dice ser mujer del chama y el marido de la Blanquita está enterao del tarro. ¡Díganle que no bajen a tierra! Yo bajé y me hicieron el cuento.

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