Cuba es un cuento, compay

Birmania, Burma, Myanmar y la zurda hipocresía

El acceso a la ciudad de Rangún (hoy Yangón) por el río con el mismo nombre, consume varias horas de navegación incapaces de despertar la curiosidad de cualquier navegante. Tiempo gastado entre campos sembrados de arroz u hortalizas, pequeñas aldeas donde los niños corren para ver nuestro paso por el río y agitar sus infantiles manos. Selvas impenetrables donde la mirada se pierde agotada entre un verdor oscuro que desafía la constante lluvia de la temporada. Ausencia total de civilización durante las decenas de millas navegadas desde el mar de Andamán hasta el punto elegido por el Práctico para fondear en espera de la marea. Fue en un recodo de ese río color café con leche donde soltamos ancla, sumergiendo varios grilletes de cadena para soportar la fuerza de su corriente. A estribor, una pequeña aldea o batey que me trasladó a los intrincados campos cubanos. Por el techo de algunas de esas viviendas escapaba el humo de la leña utilizada en lo que suponía fueran sus cocinas.

El crepúsculo arribó con el canto de los gallos y sentimos la sensación de encontrarnos en cualquier albergue de los que habitamos alguna vez en nuestras labores en el campo. Abarloados por ambas bandas y mantenidos en esa posición por medio de finos cabos portadores de grampines, lanzados con la maestría del más experto marino, aquellos campesinos esperaron la culminación de nuestro descanso. Esa noche, nuestros pañoles de proa fueron saqueados. Los asaltantes subieron por la cadena del ancla, penetraron fácilmente por el escobén, y auxiliados por la pobre visibilidad que les ofrecía la lluvia, se despacharon a voluntad de cabos y dos o tres decenas de cubetas de pintura. Sobre cubierta, un filoso y curvo machetín que pudo constituir un arma de defensa o agresión, las pérdidas sumaron varios miles de dólares. Normalizada la situación y calculado el valor del irreparable daño, la vida tomó su curso y todo regresó a la normalidad.

Llegamos hasta allí cumpliendo un contrato de fletamento, debíamos cargar arroz en sacos con destino a Costa de Marfil. Las condiciones para el cumplimiento de ese contrato eran sumamente anormales, debíamos comprar en Singapur todo el material utilizado para la ventilación de la carga y los estrobos que se utilizarían en la manipulación de la misma. Creo haya sido única esa experiencia en todos mis viajes realizados, se supone que cada puerto cuente con los medios necesarios para realizar sus operaciones de carga y descarga.

Sobre cubierta, parte de la tripulación se dedicaba al trueque de productos de consumo personal por otros que ofrecían aquellos aldeanos. Encima de mi buró se encuentra un caballo parado en sus dos patas traseras, es una pequeña muestra del tallado en madera que realizan aquellos artistas anónimos. El caballo observa mientras escribo estas notas, creo que costó media caja de jugo, el elefante que completaba la negociación se lo regalé a un amigo en Bilbao. Después del mediodía continuamos nuestra navegación río arriba y pocas horas después, nos encontramos atracados en uno de los muelles de la ciudad de Rangún. Las autoridades nos entregaron información sobre las regulaciones vigentes en ese país, creo que bastante severas y sobrecargadas de prohibiciones. A la salida del puerto éramos chequeados y revisados como solía hacerse en el Campo Socialista, como se hacía en Cuba, esta parte de la aventura no nos sorprendió.

Salir a la calle era un viaje al pasado, era retroceder en la máquina del tiempo, era pasear por las calles de La Habana Vieja que corresponde al cubano ignorado por Eusebio Leal y comparsa. Nada era atrayente y sus edificios se resistían a morir. La suciedad nos acompañaba en cada paso con ese color gris oscuro que delata la ausencia de pintura y agotaba la vista por su monotonía. Nada era sorprendente para nosotros, nos encontrábamos en nuestro ambiente. En cada cuadra éramos perseguidos por decenas de niños con la palma de la mano abierta, reclamaban una limosna a otros limosneros bien vestidos. Una de las atracciones para cualquier visitante lo constituye la vestimenta que usan tanto los hombres como las mujeres, el longyi es un pedazo de tela enrollado por un nudo a la cintura. Son poco los pantalones que pueden observarse en toda la ciudad, pero los precios de esas prendas son exorbitantes y fuera del alcance de cualquier simple poblador. Shwedagon pagoda debe constituir un punto obligado para cada visitante, pocos de nosotros subimos sus agotadores escalones. El grueso de nuestra tropa, estaba constituida por marinos de pacotilla para quienes significaba muy poco la historia de cualquier país.

Nuestra estancia en aquel sitio casi perdido de esta tierra, descubierto por un simple accidente comercial, se extendió más allá de las tres semanas. Tempo suficiente para relacionarnos con algunos de sus habitantes que, frecuentaban nuestra nave por asuntos relacionados con las operaciones de carga. La belleza que puede faltar en un país abandonado a su suerte y dominado por las botas de una junta militar, sobra en el alma de su gente. Los birmanos son sumamente solidarios, amables, humildes, tranquilos, muy religiosos, simpáticos. Su extrema pobreza no los priva de esa hermosa virtud que poseen a la hora de comunicarse con un extraño y algo sobresalía en cada uno de ellos, era ese afán por conocer que existía más allá de una ciudad que se derrumbaba ante sus ojos. La junta militar que gobierna ese país los ha sometido a una especie de cautiverio similar a la experimentada en nuestra isla, debe ser peor porque a nadie le interesa la suerte de esos millones de seres, nadie habla de ellos y solo existen cuando se producen eventos trascendentales como los ocurridos recientemente.

El silencio mundial ante la situación desesperante que viven los birmanos, constituye una verdadera vergüenza para toda la humanidad. Si se recorre la información brindada por los buscadores de Internet, solo se logrará llegar a escasas manifestaciones ocurridas en España en favor de la pacífica oposición birmana.

eclaraciones en contra de la junta militar y amenazas de medidas a tomar, solo se han escuchado de la Unión Europea y de parte del gobierno norteamericano.

Las posiciones de la izquierda latinoamericana es bochornosa, más bien pudiera calificarse cómplice de aquel régimen despótico que domina al país desde hace varias decenas de años. Los orígenes de esa posición indiferente ante la desgracia de los birmanos, muy bien pudiera considerarse por la definición adoptada hace muchos años por ese régimen y hoy casi olvidada, recordemos que una vez intentaron declararse “socialistas”. Existen puntos de convergencia entre las situaciones experimentadas por el pueblo cubano y birmano que, han conducido a todos los movimientos y organizaciones de tendencias izquierdistas a mantener conductas y posiciones de abierta complicidad con ambos regímenes. En ambos casos, la represión y destrucción experimentada en ambos pueblos son similares, mientras el mundo permanece callado.

El año pasado, el embajador de EU ante la ONU pidió al Secretario del Consejo de Seguridad se tomara en consideración la deteriorada situación de Myanmar. Para vergüenza del mundo, China y Rusia con el apoyo de Qatar y el Congo, votaron en contra de cualquier resolución. Una vez más, queda demostrado que las Naciones Unidas se comporta como el burdel de la política internacional, y que los pueblos no constituyen una prioridad que pueda interrumpir los grandes banquetes realizados al costo del sudor de todos los trabajadores del mundo. La horrible situación experimentada durante casi medio siglo por el pueblo birmano, no puede alterar la tranquilidad que se ofrece en ese inmoral teatro donde cualquier imbécil se convierte en tribuno. Es una verdadera pena el silencio que existe en este continente y la indiferencia mundial ante el caso birmano, es verdaderamente inmoral y repugnante.

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