Cuba es un cuento, compay

Orlando Martínez, El Viejo

En su memoria.

Hay seres condenados a morir dos veces, la primera, cuando tu cuerpo es despojado de toda energía y te conviertes en abono que nutre la tierra o la planta de los pies por donde transita tu familia. La segunda, cuando en tu féretro encierran injustamente o nó todas tus memorias. Esa, debe ser la más cruel de todas las muertes. Minutos después de la última palada o palabras expresadas por compromiso, dejas de existir para siempre en el recuerdo de quienes convivieron contigo. Yo no quiero que eso le suceda a Orlando, “El Viejo”. Así le decíamos de cariño para distinguirlo de otro Orlando Martínez que vive en esta ciudad y fue compañero suyo en la Flota Cubana de Pesca. Al otro, lo identificamos hasta hoy como Orlando, “El Flaco”. Precisamente fue él quien llamó para darme la amarga noticia, creo que no pude dormir en toda la noche.

“Todos los muertos son buenos”, siempre he dicho. No existe un solo velorio donde se mencionen los defectos del que parte, para colmo, creemos resolverlo todo con una misa que no entendemos, la mayor parte de ella transcurre en latín. Orlando no fue bueno, me desmarco entonces de esa práctica que muchas veces agrupa toda la hipocresía que existe en el mundo.

Lo conocí una tarde en el apartamento de Manuel, no recuerdo cómo me localizó, yo andaba esquivando todo vínculo con la comunidad cubana existente por ese tiempo, correría el año 93 ó 94, no puedo precisar con exactitud. Vivían entonces a dos cuadras del Metro Frontenac en un apartamento alquilado por Manuel, un Gay cubano con un corazón que interrumpe pueda abotonarse las camisas. Manuel nunca perteneció a nuestro giro y tomando como justificación los sufrimientos a los que fuera sometido en nuestra isla por su inclinación sexual, lo lógico sería que una vez libre en esta tierra, le diera la espalda a cualquiera que no perteneciera a su género. No fue así, abrió sus puertas y dio albergue a cuanto marino encontró en la calle, hablo de muchos. Recuerdo que en mi primera visita, encontré a siete u ocho habitando en aquel local de solo tres cuartos, los últimos en arribar dormían en la sala. Manuel es otro que merece un monumento el día que se vaya, ha sido muy querido dentro de toda la comunidad de marineros en Montreal.

“El Viejo”, una vez independizado, aplicó todas las enseñanzas recibidas cuando vivió con Manuel. No tenía absolutamente nada y su techo sirvió de albergue a los que continuaron llegando. Sus penas y miserias las compartía con todos, y me atrevo a asegurar, fueron escasos los que no se llevaron un plato de comida al estómago que no fuera cocinada por él. Viendo aquella situación y tomando como inspiración el ejemplo de solidaridad humana que ambas personas nos regalaban, no exentas de grandes sacrificios, traté de formar una pequeña hermandad de marinos destinadas a recaudar algo de fondos para tirarle un cabo, fue un sueño. Durante un tiempo funcionó y luego fue destruida, como sucede con todo lo que lleve el timbre “cubano”, sin embargo, alivió un poco la sobrecarga que tenía “El Viejo” en sus hombros, mérito del que muy pocos se acordaron cuando lograron independencia y se encaminaron económicamente.

-No habrá velorio, cuesta demasiado. Me dijo Manuel por teléfono y tuve que contener el enojo, ira, encabronamiento, como se dice en buen cubano. ¿Caro, y nosotros? Nosotros no existimos, somos una manga de ingratos y paranoicos. No nos comportamos como otras comunidades de las que deberíamos aprender mucho, somos una mierda o nos han reducido a ella. ¿Solo una misa? ¿En latín? ¿Pagada? ¿Para ir al cielo? No deseo encenderme y que el dolor aumente, Orlando no se merece eso.

-Manuel, tú que estás más cerca que yo de este problema, trata de coordinar que en esa misa se pueda hacerle una despedida como él merece. Es injusto condenarlo al silencio, tú, mejor que nadie, sabes perfectamente que El Viejo fue muy querido entre nosotros. Le dije esta mañana.

-Voy a consultarlo y luego te llamo.

-No dejes de hacerlo.

¿Solo una misa? ¿Sabrá el cura por quién carajo reza? ¡Seguro que no! No se imagina a ese muerto recorriendo toda la calle Ontario en una bicicleta con una grabadora amarrada a la parrilla y los Van Van sonando a todo el volumen del aparato. Yo iba en un autobús y me llamó la atención aquel espectáculo tan inusual en esta ciudad. Era un viejo barrigón con un short bien corto del que se le escapan los huevos, para rematar, usaba un sombrero adornado con una pluma, no recuerdo si de pavo real. Todos rieron en el interior de aquel bus, era lógico, disfrutaban de algo que no se ofrecía todos los días, solo posible en verano. Media hora más tarde y cuando me encontraba en el Viejo Puerto, una de las zonas turísticas de Montreal, vuelvo a encontrar a Orlando. Había estacionado su bicicleta, se me había olvidado decirles, tenía una antena de radio donde colgaba una cola de gato. En su imaginación o fantasías, pienso que la trataba como si fuera un Cadillac. Alrededor de él se había formado un círculo de curiosos, la música continuaba y Orlando mostraba su dominio sobre el baile, porque entre otras cosas, era muy buen bailador. ¿Cobraba por eso? ¡Absolutamente, no! Lo hacía por placer, disfrutaba sus locuras hasta el éxtasis, él había nacido para regalar felicidad, ese fue su rol principal en esta tierra. Sacaba a una, a otra, a otra, a otra a bailar y al cabo de unos minutos, todo el mundo quería bailar con él. Yo me reía y decía, no puede ser posible, este viejo está loco. Cuando se cansaba, se montaba en su bicicleta y partía sin pasar “el cepillo”, así era él de loco y feliz.

¿Sabrá el cura por quién carajo reza? Hay tantas cosas para contar de Orlando, que no creo, pueda sufrir la segunda muerte.

-Esteban, no sé ni cómo explicártelo. Orlando se encarama en el árbol que existe al lado de mi apartamento para espiarme, está enfermo, no me deja vivir. Protestó una quebeca de la que se había enamorado.

-¡Ven acá! ¿Quién te dijo que eras hijo de Tarzán? No me respondió, creo que sintió algo de vergüenza, sabía el origen de aquella pregunta. La soledad es mala, traicionera, puede matar sin que te des cuenta. Nosotros la sufrimos mucho, tuvimos que pagar un tiempo muy largo de castigo por ser desertores y cualquiera cede o cae vencido, puedes enamorarte. Eso le sucedió al viejo, no solo a él, me ocurrió a mí y a muchos de aquella generación. Era posesivo y en exceso celoso, se celó de mí y no bastó que le llamara varias veces la atención. Se arrepentía, pero desafortunadamente reincidía, era un lobo.

¿Solo una misa? ¿Qué sabe el cura del muerto? Una vez me pidieron los servicios de un buen acupunturistas y enseguida pensé en él, porque entre otras cosas, además de estar avalado como uno de los mejores enfermeros de la Flota Cubana de Pesca, Orlando dominaba perfectamente esta aplicación, yo recibí sus servicios en diferentes oportunidades.

-¡Asere! Hay un griego de billete que está pidiendo los servicios de un acupunturistas, enseguida pensé en ti y le prometí que te llevaría.

-¿Cuándo?

-Pasado mañana, trata de ir presentable. De ser posible, utiliza cualquiera de los trajes que tienes en tu poder, olvida de qué muerto es. Le dije a son de jarana.

-¡No hay lío, mijo! El tenía la costumbre de llamar “mijo” a todo el mundo. Créanme que no me convenció. ¿Cómo creen ustedes que se apareció Orlando? Tuve que contener la risa por lo serio de la situación, se presentó con el mismo u otro short corto de los que usaba, el sombrerito de la pluma y una fleterita rodeándole la cintura. Al griego millonario por poco le da un infarto, y por supuesto, lo rechazó. De muy poco sirvió todo lo que le dije, él no estaba en nada, era así y le gusta como era. Sencillamente, nadie, ni nada, podía interrumpir su estado de felicidad, yo se lo aplaudo, él se aceptaba tal y cual era. ¿Qué sabe el cura de eso?

Lo tuve de empleado en mi restaurante, lo acepté por tirarle un cabo, sabía al riesgo que me atenía. Acabo de llamar a la cocinera que se encontraba de Chef en ese momento y consumimos largo tiempo hablando de él. Yo comprendía su intención, trataba de aliviar en algo este dolor y secar un poco mis lágrimas. Coincidimos varias veces, El Viejo no servía de mucho, es posible que de nada. Nos reímos con aquella imagen donde lo encuentro con un destornillador en las manos.

-¿Qué tú haces con eso? Conociéndolo, le pregunté asustado.

-¡Voy a reparar la freidora, mijo! Respondió tranquilamente.

-¡Mire, compadre! ¡Suelte inmediatamente ese destornillador y no me toque nada en esta cocina! ¡Viejo! Tú eras enfermero en la marina, nunca fuiste mecánico o electricista. No se ofendía, no perdía la tabla, sus reacciones eran serenas, siempre las concluía con ese puto mijo que te ablandaba y dejabas de pelear. Ella no pudo contener su risa, yo detuve mis lágrimas.

-¿Y por qué no se le hace un velorio como merece? Preguntó.

-Porque es muy caro y no pertenecemos a una comunidad como la china, griega, italiana, tal vez española. Porque somos una mierda dividida en pedacitos, porque no comprendemos que eso, nos puede suceder mañana. De muy poco sirven estas líneas después de muerto, hasta yo mismo me avergüenzo de no haberle regalado una sola palabra de cariño, las que se mereció cada vez que nos encontrábamos y me abrazaba con esa palabra suya, “mijo”.

Orlando murió anoche, me alegro de que no haya sufrido, fue rápido, cero agonía. Sin embargo, no soporto despedirlo en latín, una lengua que él nunca dominó. Tampoco, que sea un cura quien lo despida. Lamento, no devolverle en vida aquellas palabras de amor que siempre manifestara en sus sinceros abrazos. Llegó a Montreal en un buque capitaneado por un hermano mío de sangre, hermano al que perdí por razones políticas estúpidas, las que suceden en mi tierra. Dios es inteligente, te priva de unos y te premia con otros. Me regaló a este loco con un corazón que no le cabía en el pecho, no protesto. No era bueno, como dije a inicios de este homenaje. Todos los muertos son buenos y Orlando no lo era. ¿Cómo pudiera describirlo antes de secarme las lágrimas? ¡Buenísimo!

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2011-06-06

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