Cuba es un cuento, compay

La ventana de mi cocina

Usaba medias con costuras en la parte posterior, le gustaban, le hacía las piernas un poco más gordas, no las tenía flacas tampoco, pero era un truco visual que aumentaba sus dimensiones, ella lo sabía y él también, caminaba medio metro retardado durante las marchas por aquellas aceras de La Habana para disfrutarlas. No eran gran cosa aquellas medias, ya resultaba imposible encontrarlas en toda la ciudad, hacía tiempo que habían desaparecido del mercado. Nunca supo explicarle cómo podía encontrarlas o conservarlas en tan buen estado, casi nuevas, Todo se perdía con ese encanto que transforma la elegancia en uniformes y la frase amorosa en un bochornoso discurso.

Quitarle las medias era un ritual casi sagrado, debía ser lento, tierno, evitar en todo momento el posible contacto de las uñas. Ella estiraba primero una pierna, casi siempre la derecha. La elevaba por encima de su hombro izquierdo y la dejaba descansar en él como si fuera una muleta. Armando retiraba la liga que la sostenía una cuarta y media por encima de la rodilla después de desenroscarla con mucho cuidado. Usaba los dedos de sus dos manos para ejercer presión y separarla. Luego, iba ascendiendo hasta su hombro aquella liga estirada. Su mirada se perdía entre las piernas de aquella mujer que disfrutaba torturarlo, ella ocultaba las profundidades de aquel encuentro con un leve borde de su saya. Reía y hablaba sin parar, el transpiraba profundamente, sus nervios lo traicionaban constantemente por la tensión sufrida ante la posibilidad de romperle alguna de aquellas medias, ella lo sabía y disfrutaba hacerlo sufrir. Casi siempre le hacía el mismo cuento, lo sabía también y lo molestaba con la misma pregunta al final del relato.

-No puedes imaginar la indignación que sufrí cuando me lo encontré desnudo con otro hombre en la sala de mi casa. Bueno, no era mía en aquel instante, pero muy pronto comprendí quién debía llevar los pantalones. Si me hubiera pegado los tarros con una mujer tal vez lo hubiera perdonado, ¡pero con un hombre! Eso produce sus traumas y debe ser pagado, nunca imaginé me resultara tan sencillo hacerme de un apartamento. Soy dichosa, no todo el que llega de Santiago lo consigue en menos de un año, eso es suerte y lo demás es bobería. ¿Cómo fue? ¿No te lo había contado antes?

Un discreto saltico de su pie le permitía retirar aquella liga y sus manos regresaban nuevamente hasta el muslo. Con los dedos de las dos manos comenzaba a enroscar la media, ya tenía práctica, ella lo había enseñado y él trataba de evitar cualquier contratiempo. De mucho le sirvió el fracaso de la primera experiencia, envuelto en aquella desesperación animal de una primera vez, le rompió accidentalmente una de aquellas medias y todo se fue al carajo. Ella no escuchó las súplicas y justificaciones. No logró desvestirla, se colocó nuevamente la media y perdió el dinero de la reservación y las horas gastadas en la cola de la posada. La escuchaba y permanecía en silencio suplicando no volviera a repetirle la misma historia.

-No los presioné, tampoco los ofendí, les pedí que continuaran desnudos sobre el sofá. Hay que tener ovarios, ¿no crees? Asintió con un movimiento de cabeza mientras unas gruesas gotas de sudor recorrieron en perfecto equilibrio toda su nariz y cayeron sobre el colchón, una encima de la otra, como si hubiera tomado puntería para hacerlo.

-¡Ahhh! Claro que hay que tener ovarios para hacerlo, y necesidad de vivienda también y eso es lo que se sobra en la isla. Veo que en esta casa habemos tres mujeres y sobran dos. Le dije y yo hubiera deseado que vieras el rostro que puso, no te menciono nada de la palidez, Lo agarré en el momento oportuno.

Bajó aquella pierna y la dejó descansar en el suelo casi siempre sucio, empercudido y con alguna colilla de cigarro de la pareja anterior. Levantó la otra y la dejó descansar sobre su hombro derecho. Unas veces y con el fin de mortificarlo, ella se encaprichaba en cruzarlo hacia el hombro contrario. Disfrutaba hacerlo sufrir, entonces, le bloqueaba aquella mirada enfermiza que siempre trataba penetrar por debajo del dobladillo, amaba martirizarlo de esa manera, lo provocaba con la vista fija en su portañuela. Armando se excitaba con los destellos fugaces de los colores del blumer, casi siempre eran claros, pero nunca tuvo tiempo suficiente para identificarlos. Cuando decía que eran rosados resultaban verdes, si le decía amarillo eran azul cielo. Solo una vez estuvo cerca y también falló, no era negro, ella se rió mucho cuando le retiró la saya y comprobó que era azul Prusia.

-Tú sabes que eres militante, y no solo militante, sabes perfectamente que eres Capitán de la marina. ¿Sabes una cosa? Todo se puede ir al carajo con una sola palabra mía, maricón es una palabra muy seria en tu caso. Yo quisiera que le hubieras visto el rostro, ¿te lo conté antes? En sus muslos quedaba marcada una línea rojiza casi perfecta, un centímetro separada de ella, una sombra oscura de vellos partían desde esa frontera buscado un norte, un astro bien oscuro, una especie de selva. La satisfacción por su venganza era reflejada con una coqueta mueca de sus labios similar a un tic nervioso. ¿Sabes, sabes, sabes? Retumbaba en sus oídos y sus dedos temblaban.

El tiempo corría velozmente dentro de aquellas cuatro paredes, siempre era así, podía identificar ese avance del reloj por la velocidad de sus respiraciones. ¿Quién pudiera detenerlo? Como hacen los pintores, mantener aquellos instantes vivos aunque el tiempo los hunda un minuto después, sostener las expresiones de los rostros aunque luego se borren, se llenen de grietas, se deformen con arrugas. Siempre le llegaba ese pensamiento mientras se encontraba enfrascado en la ceremonia de las medias, no recuerda dónde lo escuchó, pudo ser en una película.

-Él no hablaba, hablando en plata, ella, la que me convirtió en homosexual de la noche a la mañana, en una tortillera. Su pareja no abrió la boca para nada, era un duelo que no le correspondía. Tú elijes, te largas tranquilito, sin ruidos, muy silencioso, y ya sabes, esa atmósfera te ayudará mucho. Tu ex no se enterará de nada, tus hijos no vivirán la vergüenza de saberse hijos de un maricón y como es de suponer, el partido es inmortal y ese no perdona a sus ovejas descarriadas. ¡Qué coño a sus ovejas! Es implacable con los patos y tú lo sabes. ¿No me contaste que habían expulsado a uno de tus tripulantes por yegua? Armando la escuchaba y sus erecciones resultaban pendulares, se excitaba cuando observaba aquella línea de vellos negros en sus muslos, sufría una vertiginosa caída cuando la escuchaba y llegaba a sentir miedo.

Nunca logró evitar ese instinto de mirar el reloj, un Poljot ruso sin secundario que le había cambiado a un  ruso por una botella de alcohol de 90 y unos caracoles. ¿Si pudiera medir el tiempo que demoro en desvestir a esta cabrona? Sufría mientras pensaba.

-¿Qué propones? Eso fue todo lo que se le ocurrió decir al muy maricón. ¿Qué te propongo? Que recojas toda tu ropa y te largues al carajo, eso sí, no puedes regresar nunca más por esta casa, ya sabes cómo funciona esto. No me respondió y le permití que comenzaran a vestirse. Su pareja no levantaba la mirada del piso, no abrió su boca para decir aunque fuera esta alma es mía, ¿qué iba a decir?, él sabía perfectamente que podía agarrar por carambola. Tú sabes, el que apunta, banquea. Yo no sabía nada, no era mi mundo, estuvo a punto de responderle Armando, pero se contuvo con la esperanza de llegar al final de la historia.

¿Y ahora? Debía tomarse un respiro y esperar cualquier sorpresa, lo mismo le daba por sentarse que pararse encima de aquel del colchón para exigirle un nuevo antojo. Pasó su mano por una de sus piernas y sintió los mismos efectos de un papel de lija, los cañones de sus vellos eran de tres días de acuerdo a sus cálculos. Ese día le dio por sentarse y solicitarle que le zafara las hebillas del cabello. Sacudió su cabeza como lo hace cualquier perrito y su cabellera cayó alborotada sobre sus hombros cubriendo parte del pecho. Con los ojos le indicó los botones de la blusa, era de muselina rosada ese día, plisada por encima de los senos y ajustada a la cintura, la tenía metida por dentro de la saya. Armando respondió a su nuevo capricho, era la segunda vez que realizaba aquella maniobra de continuar después por la blusa, ella se tiró muy coqueta sobre el colchón nuevamente y contaba, contaba en voz alta los botones que se iban soltando. Eran muy pequeños y muchos, espaciados a corta distancia unos de otros y con los ojales reducidos, como si hubieran sido confeccionados a propósito para torturar o hacer perder el tiempo. Cuando llegó a la cintura, ella hizo presión con su abdomen para dificultarle la maniobra. Armando estuvo a punto de perder la paciencia, sintió deseos de caerle a bofetadas, pero se acordó de las pérdidas que le produjo la desesperación de la primera cita y se armó de paciencia, aquella hembra le gustaba.

-Le permití que entrara al cuarto y sacara su ropa del escaparate, las metió en las mismas maletas que utilizaba cuando se iba de viaje. Me detuve mientras guardaba sus uniformes, yo siempre le colocaba las charreteras a sus camisas. Y pensar que estos cabrones tienen la potestad de destruir hombres, ¿cuántos habrá jodido en su camino? Pensé mientras lo observaba, tal vez no, puede que no le haya hecho daño a nadie, ¿un maricón con mando y carné? La duda me embargó, ¿lo delato o lo dejo escapar? No hay nada tan parecido a un maricón y un contrarrevolucionario. Cuando se dispuso a salir ayudado por su pareja lo detuve antes de que abriera la puerta, ¡las llaves! Cuando soltó la respiración y cedió la presión, realizó un rápido movimiento que puso al desnudo los tres botones restantes, los soltó y abrió totalmente aquella blusa. Una línea tenue de vellos escapaba precisamente desde el centro de aquellos ajustadores que trataban de ocultar unos senos conocidos, aquella línea se hacía más gruesa y oscura en su proximidad con el ombligo oculto por la saya en aquellos momentos.

Ahora debía esperar, no podía dar muestras de desesperos para evitar complicaciones, sufrir y aguardar, no aventurarse, tenía que comportarse como un buen cabrón de la calle, no darle mucha importancia a la jeva, demostrar quién era el macho, ¿él o ella?

-Así fue como logré tener un hermoso apartamento en La Habana, ya lo verás, me caes bien. Yo no acostumbro llevar a nadie, pero de verdad que resultan incómodas estas colas de tantas horas, la falta de agua, suciedad. La próxima vez nos encontramos en mi casa, me caes bien. Armando mostró algo de indiferencia y su mirada se desvió hacia la mesita de noche, una botella de ron llena de agua le indicaba que era la disponible para lavarse. Al cenicero le habían sacudido el contenido, las huellas de las cenizas se aferraban a él. Ella se sintió confundida por aquellos minutos de calma y se dio la vuelta en la cama, era una orden que Armando comprendió inmediatamente. Un botón y un zipper de la saya, un prendedor del ajustador, solo esos detallitos le adelantarían el camino. Miró el Poljot, lo soltó todo y antes de que se diera vuelta le arrancó la saya del cuerpo. Y si ahora quiere dar bateo que lo haga, la dejo en la posada sin ropa y me voy a la mierda, pensó.

-Le di de baja de la libreta, se apareció como a las tres semanas a buscar su cuota y no le di nada, solo la hoja del traslado. No protestó, no podía hacerlo, ¿quién era el militante y Capitán, él o yo? El que se la estaba jugando era él, lo mejor que pudo hacer era guardar silencio y no reclamar nada, creo que se aconsejó, hizo bien. La escuchaba y no dejaba de mantener su mirada fija en aquel cuerpo que lo arrebataba. Ella no protestó, no dijo nada, se viró y sobre el pecho permanecía aferrado el ajustador. Armando lo tomó por el centro y ella levantó los dos brazos para facilitarle la operación, solo quedaba el blumer. No le prestó mucha importancia, sus ojos recorrían cada centímetro de aquella geografía desnuda donde cada seno era un continente, cada aureola una isla bien negra separada por un río muy oscuro que desembocaban en un pequeño lago redondo y poco profundo. Después de él, una tupida selva anunciaba la existencia del paraíso perseguido por todo macho, Armando lo sabía, estaba allí, cubierto por un manto rosado que lo oprimía, era un bulto espantosamente exagerado.

-Para que veas, hay gente que se pasa toda la vida sufriendo en un cuartucho, hacinándose, viviendo en promiscuidad por varias generaciones, yo no, yo fui una afortunada. No tuve que trabajar voluntariamente en nada, ni sufrir las humillaciones de esas asquerosas asambleas. Me gané el apartamento por un culo que no fue ni el mío, eso sí, hay que tener ovarios para lograrlo. Se detuvo sin darse cuenta que ya estaba casi desnuda, levantó la mirada y se percató que su pareja se encontraba allí. ¿Y si lo hecho pa’lante? Armando le fue retirando el blumer usando la misma ceremonia realizada con las medias, se enrolló un poco, pero fue una acción involuntaria. Lo fue arrastrando a lo largo de las piernas, hasta que estas se acabaron. Ella las mantuvo cerradas a propósito y él disfrutó de la escena, aquel triángulo negro con su línea oscura extendida hasta el pecho le daban la imagen de una flecha, eso era ella, un poco más grande, una lanza que se abría paso en la vida.

-Deja que te lleve a mi casa, no hay problemas con el agua, yo siempre tengo la bañadera llena. Y si quieres comprar comida tampoco hay líos, la ventana de mi cocina da al patio de un Círculo Infantil. Puedes resolver leche fresca y viandas, de vez en cuando algún pollo y un poco de carne, queso de crema todo el que quieras. ¡Muchacho! Vivo al lado de una mina, si lo hubiera sabido antes hacía rato que viviera en La Habana, Santiago está en candela. Soy una afortunada, nadie sabe lo que vale un culo con militancia. Armando fue hasta el baño a orinar, el olor era insoportable. Caminaba aprisa por la avenida Vento, observó las huellas de un auto en la pared de la  caseta del vigilante de la compañía de teléfonos. Había leído la noticia del Chevy volador en el Juventud Rebelde del día anterior. Dobló a la derecha en San Miguel y buscó la parada de la ruta 83. ¿Leche, pollo, carne, queso de crema, vianda? ¡Qué jodedera con las medias!

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2008-07-31

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