Cuba es un cuento, compay

Academia Naval del Mariel, una fábrica de chorizos

Los muchachos eran buenos, la juventud es una de las etapas irrepetibles más bellas de la vida. Se vive con ignorada pasión y cada segundo transcurrido, suma una importancia inolvidable. Nunca se satisface aquella avidez insaciable del conocimiento humano y el tiempo transcurre entre uno y otro descubrimiento que luego nos enfrentará a esa loca aventura que es la vida en sí. Se existe completamente enamorado de las ilusiones y el alma se rinde ante sueños que en oportunidades no alcanzamos o no nos permiten que así suceda.

El educador sustituye muchas veces el lugar del padre, aquel, enseñó a su hijo a dar los primeros pasos sobre los mosaicos del hogar. Luego, su profesor, asume la gran responsabilidad de sustituir el amor paterno y toma al muchacho de la mano para enseñarlo a caminar un duro sendero que lo presentará ante la sociedad. Si yo no hubiera nacido con ese amor incontrolado por el mar, me hubiera inclinado incondicionalmente por la de educador, es muy hermosa esa profesión.

Llegué accidentalmente a la Academia Naval del Mariel, yo diría que agotado de tantas millas navegadas y singladuras de desvelos. Necesitaba descansar para no terminar odiando lo que más he amado en la vida, el mar. Todo ocurrió en tiempos muy confusos, coléricos, transitorios, cargados de apagones y austeridad creciente. Fue la única opción disponible en aquellos instantes, las restantes, solo conducían a la agricultura o aquella locura del comandante, las microbrigadas.

En otros trabajos he explicado el proceso de aceptación en la Academia Naval, conté con el aval de mi antiguo profesor de navegación, él se encontraba impartiendo clases a los cursos de capitanes y me acompañó a la entrevista con el Jefe de Cátedra. Pablo Armando fue uno de los oficiales mejor preparados que conocí en la historia de la marina mercante cubana, muy competente y extremadamente culto. Allí, durante la corta entrevista, sin titubear empeñó su palabra, él me conocía perfectamente.

Me enfrenté a tres grupos de guardiamarinas integrados cada uno por treinta miembros, pertenecían a la promoción XVII de la marina mercante. Jóvenes como todos los que he conocido en la vida, alegres, traviesos, inquietos y sedientos de conocimientos. Habían dos grupos que se destacaban de los demás por su fama de indisciplinados, rebeldes, jodedores, me refiero a los grupos 1716-1 y 1716-2. Debido a su mala fama, eran pocos los profesores que deseaban impartirle clases. No hablo solamente de los que impartían asignaturas netamente técnicas, se destacaban en ese rechazo los de las asignaturas educacionales o culturales. Conversando con alguno de esos profesores, me contaron que las asignaciones de esos grupos se llevaban a cabo generalmente en medio de una rifa, el perdedor se llevaba el pesado premio. Yo no tuve aquella oportunidad de participar en rifa alguna y una mañana me encontré parado frente a la pizarra donde había escrito mi nombre y dirección. Mi presentación fue sencilla y ellos comprendieron el mensaje.

-Aquí tienen mi nombre y dirección. Yo no soy profesor, nunca lo he sido, pero si desean aprender navegación, yo los invito a que presten atención a la clase. Les impartiré una de las principales asignaturas de la carrera, quien no la aprenda, no tiene sentido enrolarse en un barco. No les pondré reporte alguno que sirva para la suspensión de su pase semanal o quincenal, ese no es mi estilo, pero sepan bien, el que trate de sabotearme una clase, lo esperaré pacientemente en la Playa de Marianao y allí nos arreglaremos. La respuesta recibida fue un silencio total, habían comprendido perfectamente. Amenazador en una de sus partes y muy cierto en una fracción de él, como navegantes “tenían” que aprender esa asignatura. Desde ese mismo día formamos un perfecto equipo y nos hicimos amigos. El grupo 1716-2 le fue asignado a mi amigo Eduardo Ríos y solo nos separaba una pared de madera entre cada una de las aulas. Yo podía escucharlo utilizando una presentación algo parecida y aquellos rebeldes muchachos se convirtieron rápidamente en sus amigos también. Resultaba gratificante recibir las visitas de esos jóvenes cualquier fin de semana para invitarnos a sus fiestas, comprobamos en esos encuentros que éramos bien conocidos por sus familiares. El tiempo sirvió para compenetrarnos y pasar a una etapa muy importante. Aquella donde los muchachos, ausentes de la asistencia paternal, acudían a nosotros demandando esa especie de auxilio. Las razones fueron muy diversas, encarcelamientos por indisciplinas cometidas, separaciones de sus padres, infidelidades de sus novias, etc., fueron las principales causas de estados depresivos y temores a una posible expulsión de la escuela. Debo añadir que nuestras intervenciones a favor de sus hijos, fueron muy bien recibidas por los padres, quienes nos premiaban con sus aplausos.

No fue difícil comprender que el esfuerzo realizado por la mayoría de los profesores, chocaba directamente con un infranqueable muro existente en un centro educacional de corte militar. No hago referencia a un militar cualquiera y muy profesional en su carrera, porque para bien o para mal, la vida militar debe ser considerada también como una profesión o carrera. Hago mención de un centro, donde se impuso el interés ideológico o político, muy por encima del papel que esos jóvenes deberían desarrollar ante la sociedad que, pagaba muy caro en su preparación para convertirlos en seres útiles a sus intereses.

La vida militar en Cuba es extremadamente agotadora y preñada de sacrificios casi siempre injustificados. En el caso de aquellos muchachos, coincidieron en tiempo y espacio dentro de una geografía inapropiada a los intereses que los llevaron a la selección de su profesión. Horas de estudio y descanso fueron utilizadas para provocar un agudo agotamiento físico y mental insoportable a cualquier organismo. Se vivían tiempos donde se imponía una radical sovietización de nuestro mundo cultural y donde trataba de borrarse a toda costa la existencia de un mundo anterior. Al parecer, nada existió antes de nuestra subordinación a la nueva metrópoli, Cuba nunca contó con universidades o una excelente academia como la del Mariel. Todos aquellos empeños en borrar nuestras memorias, estaban encaminadas a la subordinación irreflexiva de los nuevos tiempos. Nosotros, los cubanos, éramos una tribu salvaje antes de que apareciera la imagen de los soviéticos, nuestros salvadores. Valiosos textos fueron anulados y quemados de nuestras bibliotecas, facilitando de esa manera la importación de otros, obsoletos en un mundo donde el hombre ya había visitado la luna. Sin embargo, nada de eso resultaba alarmante cuando comprendías que se buscaba borrar de la mente humana cualquier recuerdo a una etapa vencida, como si se tratara de eliminar el disco duro de cualquier computadora.

Aquellos muchachos, jóvenes impetuosos, alegres, rebeldes por naturaleza y muy inquietos ante un mundo por descubrir, no eran capaces de interpretar el daño que se les venía encima. La juventud es muy dinámica y exige soluciones inmediatas, no se detiene a pensar en el futuro. Tampoco, ellos tenían acceso a información alguna que los alertara sobre el después y se limitaban a vivir el hoy tal vez justificado de mil maneras diferentes y donde siempre aparecería la imagen amenazadora de un enemigo.

Tenían seis horas continuas de clases, un bombardeo constante de fórmulas, conocimientos y agotadores ejercicios. Si los muchachos, debido a una mala planificación de su programa de estudios, tenían el tercer y cuarto turno de clases en la “casa de botes” situada en las orillas de la bahía del Mariel. Debían emprender a tiempo el agotador regreso a la academia, situada en la cumbre de la mayor elevación de ese pueblo. Nada resultaría trágico, si las clases recibidas en esos turnos de clase no estuvieran relacionadas con el “remo o natación”. Mal alimentados y después de emprender un ascenso violento a la mencionada loma para recibir sus clases correspondientes a los turnos quinto y sexto, los profesores recibíamos a un grupo de jóvenes extremadamente cansados, donde no valía la pena impartir clase alguna. Casi todos se dormían en el aula y la mayoría de ellos no comprendía absolutamente nada aunque permanecieran con los ojos abiertos.

Esa no era la principal razón para justificar el bajo nivel de promoción ocurrido en la etapa que les narro, nada de eso. No conformes los militares cubanos y cumpliendo órdenes superiores, como debe suponerse, empleaban las horas nocturnas de los chicos en otros menesteres muy ajenos a los intereses pedagógicos. Las noches de “cantatas” fueron las más repetidas, los mantenían marchando y cantando consignas hasta las diez de la noche. Tiempo final de las actividades diarias y selladas con el toque de silencio. Debían acudir a sus barracas a descansar para dar inicio a un nuevo ciclo que, comenzaría muy temprano en la mañana siguiente. Como pueden ver, se obstruía el tiempo dedicado al auto estudio de los muchachos, mientras se empeñaban en anular el tiempo que tuvieran disponible para pensar. Los ensayos para desfiles fue otra de las grandes causas del limitado tiempo para estudiar, los chicos eran llevados a la autopista ocho vías y los mantenían marchando hasta altas horas de la noche. No debo dejar pasar por alto la hora dedicada al programa radial “Información Política” transmitida por Radio Rebelde a la una de la tarde y de carácter obligatorio para todos los militares. En fin, no fueron pocos los obstáculos encontrados por los profesores de cada centro de enseñanza cubano, especialmente los de carácter militar.

Aquella mañana fuimos llamados a la sede de la cátedra por su jefe, el Capitán de Corbeta Ernesto Hernández Gordillo. Cada profesor de las diferentes asignaturas subordinadas a la mencionada cátedra, había reportado una suspensión del 50% del alumnado en los exámenes parciales realizados en el presente semestre.

-¡No podemos suspender a esos alumnos! Más que una expresión, sus palabras se escucharon como una orden.

-¡Están suspensos, suspendieron el examen! Dije yo, dijo uno, dijo otro, coincidieron los demás. Es que no existía otra explicación, habían suspendido y nosotros sabíamos lo que eso significaba, podían hasta expulsarlos de la escuela y ninguno lo deseábamos, pero tampoco podíamos mentir o cometer fraude.

-Si se suspenden y llevamos esta nota a la Sección de Instrucción, perderemos nuestro plan de producción y la emulación. Recalcó y no sé si sintió vergüenza al expresarse de aquella manera, creo que no.

-¡Espérese, jefe! Si la cuestión es cumplir el “plan de producción”, no hay dificultad alguna. Los aprobamos a todos y podemos ganar de paso la emulación. Cada uno de nosotros se dirigió a sus aulas y citó a los suspensos en ese examen. Yo fui muy escueto y preciso en las cortas conversaciones que tuve con mis alumnos.

-¡Estás suspenso en navegación! No sabes ni cojones, pero gracias a la “revolución” estás aprobado con tres puntos, trata de estudiar más. ¡El siguiente!…

-¡Estás suspenso en navegación! No sabes ni cojones, pero gracias a la “revolución” estás aprobado con tres puntos, trata de estudiar más. ¡El siguiente!…

-¡Estás suspenso en navegación! No sabes ni cojones, pero gracias a la “revolución” estás aprobado con tres puntos, trata de estudiar más. ¡El siguiente!…

Al finalizar la mañana todos éramos muy felices, habíamos cumplido el plan de producción. La Academia Naval del Mariel había dejado de ser un centro de estudios, aquellos militares partidistas pro-soviéticos se encargaron en transformarla en una fábrica de chorizos. Metes carne por un extremo y del otro lado puede salir una longaniza. Metes un muchacho por esta puerta y del otro lado sale un chorizo. Los profesores de aquellos tiempos recibieron la orden de no suspender a ninguno de los alumnos nicaragüenses, angolanos, guineanos, etc., producíamos chorizos para todos lados.

Varios años después los recibimos en nuestras naves, muchos de ellos llegaron con más lagos y lagunas que Finlandia. Otros arribaron mucho más dañados, lograron transformarse en pequeños monstruos que pertenecen a una temprana generación del hombre nuevo. Hablo de chivatos, colaboradores y agentes actuales que colaboran desde el exterior con aquel régimen. No todos fueron malos, algunos sobrevivieron y continúan siendo muy buenos profesionales.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2013-05-04

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