Cuba es un cuento, compay

Los “Prácticos” de Cuba

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-¡Pa’tras, coño! ¡Pa’tras, coño! Gritaba desde una pequeña lanchita formando un cono con ambas palmas de sus manos colocadas frente a la boca. La lancha dio un ligero bandazo y tuvo que desistir de gritar, lo vimos cuando se aferró a una especie de pasamanos existente en el techito de aquella pequeña embarcación. El Capitán solicitó el megáfono de baterías que había en el puente y lo dirigió hacia aquella diminuta chalupa tropical.

-¿Qué dices, qué dices? Se sintió un ligero aceleramiento en el motor de la lancha y logró colocarse paralela al puente del buque.

-¡Capitán, meta todo a estribor y aléjese de la costa! Este buque no puede entrar a puerto. Esta vez se le escuchó con más claridad.

-¡Timonel, todo a estribor! ¡Oficial de guardia, ponga media avante! ¡Oye! ¿Qué ha pasado, está cerrado el puerto? Le dirigió la pregunta usando el megáfono portátil.

-¡Todo a estribor! Gritó el timonel y el Capitán dirigió la mirada hacia la proa esperando que el buque rompiera la inercia.

-¡Media avante! Gritó el Tercer Oficial.

-¡Qué cerrado, ni cerrado! Volvió a gritar, su buque está pasado de calados. Contestó a través de su megáfono de carne y hueso. Reinó el silencio y el Capitán le dirigió una pregunta a su Primer Oficial con los ojos.

-¡Oká! Voy a mantenerme al pairo a diez millas de la costa hasta recibir nueva orden. Ambos se saludaron con las manos y el Práctico se perdió debajo del techito de la lancha.

-No nos dijeron nada, los operadores deben conocer la profundidad del puerto. Respondió el Primer oficial a la mirada interrogante de su Capitán. La lanchita hizo como si se detuviera, mientras el buque continuaba su caída a un rumbo contrario al de la costa. Pocos minutos después desaparecía por la popa de la nave.

-Aún así, nosotros debemos consultar las cartas náuticas. ¿Cuál es el calado actual?

-Tenemos treinta pies a popa y veintiocho a proa. Respondió el primer Oficial.

-¡Vamos a ver el plano del puerto y el canal de entrada! Ambos penetraron al puente y continuaron hasta el cuarto de derrota, mientras el timonel continuaba cantando el rumbo cada diez grados. -Lastrando el Peak de proa no resolvemos nada, lograremos emparejar los calados hasta veintinueve pies, pero fíjate en las profundidades, la máxima en todo el puerto es de veinticinco. No cabe de otras, debemos mantenernos al pairo y esperar por la asignación de otro puerto. Por favor, ¡llama al telegrafista! El Primer Oficial se dirigió hasta el intercomunicador localizado junto a la puerta de acceso al puente.

-¡Su atención a toda la tripulación, telegrafista, presentarse de inmediato en el puente!

Correría el año 1969 y yo me encontraba de timonel en esos instantes. Estábamos comandados por una oficialidad sumamente profesional y competente. Sin embargo, confiaron en las órdenes recibidas de su operador en La Habana y no consultaron, como debía hacerse, toda la información referente al puerto asignado para la descarga. Casi dos décadas después y encontrándome de Primer Oficial en el buque “Otto Parellada”, me destinaron a cargar azúcar a granel en el puerto de Boquerón y al comprobar los calados finales de ese buque en su condición de lastre (vacío), detecté que no podíamos proceder a la entrada. Siempre tuve muy presente aquel detalle que me salvó de prisión en diferentes oportunidades.

En los tiempos correspondientes al hecho narrado con anterioridad, ningún buque cubano poseía equipo de radio VHF, creo que llevaba muy poco tiempo en el mercado, tal vez esté equivocado. Esto sucedió a bordo del buque “Jiguaní” y recuerdo perfectamente que la instalación de ese equipo fue realizada en oportunidad de cinco viajes consecutivos a Grandes Lagos de Canadá.

Las comunicaciones existentes hasta esos años, consistía únicamente en los mensajes cursados a través de la estación de radio cubana C.L.A., y en todo caso, no recuerdo muy bien, pudo mantenerse comunicación radial por medio de la estación C.L.T. Esos mensajes enviados por los buques eran luego despachados hacia la Empresa de Navegación Mambisa por medio de Fax o telefónicamente, desde allí se avisaría a la estación de los Prácticos por medio de una llamada telefónica.

Ninguna de las pobres lanchas utilizadas por los Prácticos poseía equipo de VHF, tampoco eran conocidos los walky-talky para esas fechas. Es de pensar o imaginar que todas las maniobras de fondeo, atraque o desatraque, eran dirigidas desde el puente del buque por medio de unas bocinas acopladas al sistema de intercomunicación de la nave en cuestión o, simplemente con la ayuda de los megáfonos. O sea, cada oficial de maniobra poseía uno de aquellos aparatos que contaban entre otras cosas con diferentes sonidos para llamar la atención. Aunque hoy pueda resultar hasta ridículo, la campana de proa y el pito o tifón de los barcos, eran considerados medios de comunicación también. Cada sonido emitidos por ellos a un intervalo regular, tenía un significado diferente que todo marino podía identificar fácilmente. Nuestras arribadas a La Habana u otro puerto cubano, iba avisándose por medio de mensajes radiotelegráficos frecuentes hasta unas dos horas antes de arribar al puerto de destino. Una vez frente al puerto de La Habana, por solo citar un ejemplo, debíamos esperar a una distancia prudencial del Morro y velar con los prismáticos por la salida de la lancha de los Prácticos. En esos tiempos era muy utilizado el sistema de señales por medio de la lámpara Aldis, señales que se trasmitían con el uso del código Morse. Por su parte, El Morro disponía de un sistema de señales por banderas muy particular, cuyo código para interpretarlas iba generalmente pegado a uno de los mamparos del puente. Así, y de acuerdo a la bandera o grupo de ellas mostrada en el mástil situado a un costado del faro, nosotros podíamos saber si el puerto estaba cerrado, el canal ocupado por un buque saliendo o entrando, etc.

La bahía de La Habana, principal puerto comercial del país, contaba con remolcadores de madera. Potentes algunos de ellos, pero muy viejos, se destacan entre ellos el “Pinzón”. Los otros eran más pequeños y el mismo Pinzón muchas veces debía ser movilizado hacia otros puertos cercanos para asistir en alguna maniobra importante. Por la costa norte oriental recuerdo al remolcador “Macabí”, también de madera y algo similar al anterior. Les hago mención de esos detalles para que tengan una idea aproximada de las labores que debían realizar los Prácticos cubanos sin una adecuada asistencia. Vale mencionar que aún siendo La Habana el principal puerto del país, las lanchas destinadas a trasladar a los Prácticos eran también muy pequeñas y que cada salida de ellos fuera de la protección del Morro durante los embates de cualquier frente frío, constituían un verdadero peligro para sus vidas.

En esas fechas ya había visitado varios países del primer mundo y podía establecer una comparación entre los Prácticos, remolcadores, sus lanchas y los caberos que nos asistían durante las maniobras. Las conclusiones eran muy simples, nuestros hombres eran merecedores de todo nuestro respeto y admiración, acompañado también por cierto aire de compasión.

Las labores de los Prácticos son muy importantes y casi imprescindibles durante las entradas y salidas a puertos, atraques y otros tipos de maniobras. Ellos conocen como nadie el valor de las corrientes y vientos reinantes, valor de las pleamares y bajamares, localización de bajos fondos y otros peligros a la navegación. Aunque el Derecho de aquellos tiempos consideraba que “la presencia del Práctico no eximia de responsabilidad al Capitán”, cierto era también que, sus servicios eran obligatorios en la mayoría de los puertos del mundo. Representando de paso una fuente de ingreso para el país en cuestión. Este personaje tan interesante del ambiente marítimo internacional, era la primera persona en abordar una nave recién arribada y brindaba de paso una imagen del país que representaba. En países europeos desarrollados y Japón, por solo citar algún ejemplo, daba gusto e inspiraban admiración cuando se abarloaban a nuestras naves en modernas embarcaciones y generalmente vistiendo atractivos uniformes. Eran seres que de solo verlas inspiraban respeto. Sin embargo, ninguno de ellos podía compararse en las habilidades, destrezas, valor y profesionalismo de aquellos humildes “Prácticos” cubanos.

Ellos, no pudieron escapar a la influencia de aquellos terribles momentos experimentados en nuestra tierra y verlos subiendo nuestras escalas inspiraba cierta lástima. Hubo años que fueron mantenidos sin recibir uniformes nuevos, nada caros tampoco. Solo un pantalón azul, una camisa blanca, un par de zapatos decentes y una gorra, eran los artículos necesarios para brindar una mejor imagen de nuestro país. Sin embargo, eso no sucedía y no fueron pocas las oportunidades que los vimos abordar nuestras naves con las ropas casi raídas de tanto uso y con los zapatos rotos.

Aquellos humildes hombres de mar, eran verdaderos artistas en el uso de las anclas de los barcos como auxilio a sus maniobras. Nadie como ellos para penetrar en una bahía saturada de barcos y fondear a barbas de gato en un reducido espacio. Pocos Prácticos en el mundo hubieran aceptado realizar maniobras de atraque o desatraque sin la asistencia de remolcadores. Solo unos Prácticos al borde de la esquizofrenia en el mundo, arriesgarían sus vidas aceptando salir del puerto en ridículas lanchitas. Eso solo era posible observarlo en una isla del Caribe llamada Cuba.

Muchas veces he movido las teclas para hablar del marino cubano, creo que nunca me había referido a esos hombres tan simples, sencillos, humanos y amantes de su profesión. Existen sus excepciones en toda la historia marítima cubana, pero unos pocos no podrán ensombrecer todo el mérito que merecen ellos, muchas veces ignorados por nosotros mismos. Poco importa si fueron Prácticos de La Habana, Mariel, Cienfuegos o Santiago de Cuba. Ese mérito es compartido también por aquellos campechanos de Manatí, Nicaro, Bahía Honda, Guayabal y cuanto puerto exista en esa extravagante isla llamada Cuba.

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