Cuba es un cuento, compay

Paco no puede regresar

El invierno que corría era duro, nada que ver con los actuales. Millones de toneladas métricas de nieve eran regaladas por el cielo cada año. Mierda blanca que entorpecía el tráfico y obligaba a redoblar la prudencia cuando se conduce un auto. Las temperaturas bajas que rondaban los veinte grados bajo cero, insistían en permanecer a veces por más de una semana. No les menciono aquellas que congelaban las palabras en el aire y luego permitían recoger todas las letras separadas sobre el suelo. Ya los tiempos han cambiado, tal vez no. Puede que me haya aclimatado un poco, sin embargo, no puedo olvidar las veces que observé los termómetros públicos marcando -36. Es dura y peor cuando ese frío es empujado sobre tu cara por una corriente de viento que lo convierte fácilmente en -50. ¿Qué saben los de ahora lo que es frío y nevadas?

El tráfico era lento a esa hora de la tarde y me esforzaba en mantener una distancia superior a la normal. Evitaba los frenazos violentos o los bruscos acelerones que solo logran atravesar el auto, todo es cuestión de maña, diría cualquier viejo. Hacía solo unos meses que había sacado la licencia de conducir y la tensión de los primeros días comenzaba a ceder ante la confianza que iba ganando conmigo mismo. Conducía escuchando música, es algo que no puedo evitar, no he dejado de hacerlo.

Esa tarde viajaba con Paco para disgusto mío, me encontraba ocupadísimo en la renovación de lo que sería nuestro restaurante. Si algo sobraba en esos días, lo era precisamente el trabajo. Muchas veces discutí con mi hijo y le exponía las razones para no llevarlo conmigo. Una muy importante era su exagerado grado de vagancia, Paco nunca había trabajado duro, según me contó, toda su vida se dedicó a reparar televisores. Tampoco hubo necesidad me dijera que su trabajo resultaba algo sedentario, lo delataba la flacidez de sus músculos o ausencia de ellos. Es de ese grupo de hombres que con apenas sesenta años se muestran sumamente arrugados y no dejan señal alguna de que una vez tuvieran bíceps, espalda, tríceps. Verlo en camisetas podía provocar risa, era una masa amorfa, aunque él era tan descarado o carente de complejos que muy bien podía reírse contigo. Me encabronaba llevarlo en el auto, no soportaba verlo parado con las manos metidas en los bolsillo y preguntar a una hora exacta, ¿cuándo llega el almuerzo? ¡Coño! Está bien que no sepas nada de construcción, pero muy bien pudo ayudar en la limpieza. El día entero servía para cargar mis baterías contra su figura, no lo soportaba

¿Ayudar? Su hija vivía en el apartamento que se encontraba justamente encima del mío y de vez en cuando pude escuchar sus protestas. Paco era incapaz de sacar la bolsa de basura el día de su recogida, era un inútil fosforescente. No podía calentarse la comida en el microwave, ni caminar media cuadra para llegarse al mercado a buscar leche. Cuando ella llegaba del trabajo, se encontraba el fregadero lleno de vasos sucios. Cada vez que iba a tomar agua, refresco o jugo, Paco usaba uno diferente y no lo fregaba, me contaba. Un día sintió que yo había colado café y me tocó la puerta, no tuve otra opción que brindarle.

-¡Oye! Regresa y friega la taza. ¡No te vayas a equivocar conmigo! No soy tu mujer, ni tu hija y mucho menos tu sirviente. Se aconsejó y la fregó, después de ese incidente no volvió a bajar y me alegré muchísimo, no lo tragaba.

Aquella desgraciada tarde y después de un día sumamente agotador, recorría el mismo sendero para llegar a mi apartamento con la misma prudencia que las nevadas imponen. No sé de dónde carajo le llegó la inspiración, pudo haber sido el encontrar a otro viejo como él y a dos pasos de la tumba, no era tampoco tan viejo, casualmente tenía mi edad. Solo que se encontraba muy maltratado, descojonado, diría yo para que entiendan mejor. Ese día Paco hizo el pan y se puso muy contento, se despachó junto a aquel viejo hablando de las bondades del comunismo y en su defecto, hicieron hincapié en la mal llamada revolución. Los jóvenes que allí se encontraban trabajando, unos cinco en total, carecían de argumentos para neutralizar a ese par de ancianos, que no lo eran tanto. Yo escuchaba, escuchaba, volvía a escuchar y contaba hasta cien, luego regresaba sobre la cuenta y en uno de aquellos instantes donde mencioné mentalmente el 99, exploté como una cafetera. –¡Partía de cabrones y maricones! Ustedes podrán engañar y confundir a estos muchachos que no vivieron nada del pasado, pero yo soy de la edad de ustedes y pude vivir parte del batistato en la isla. Batista era un cabrón, no puede negarse, pero Castro ha arruinado nuestro país con todas las sandeces que ustedes mencionan. Nuestra isla no ha vivido momentos peores, ¡yo no sé qué cojones hacen ustedes en este país!

Al viejo que sirvió de pala a Paco y estaba muy enfermo le dio un ataque, ese día su familia tuvo que llevarlo al hospital donde permaneció ingresado por más de una semana, tengo pendiente escribir algo sobre él. Sin embargo, aquella plena identificación de dos seres afines y conformes con el daño producido en nuestra tierra, produjo cierto estado emocional muy feliz en Paco, eso pienso ahora que han pasado tantos años.

Yo continuaba la lenta marcha que impuso una gran nevada, no me desesperaba, la música era mi mejor relajante. La velocidad máxima tuvo que andar por los veinte kilómetros por hora en los momentos que nos desplazábamos, era el horario pico. Los intercambios convergentes de opinión de Paco con el viejo moribundo, tuvieron unos efectos similares al del consumo de mariguana, no la he probado, pero lo imagino. Tuvo que ser así porque sin yo mencionar palabra alguna, muy concentrado en el tráfico y escuchando música, Paco se despachó repentinamente en una arenga revolucionaria como las que escuche de boca de los comisarios políticos a bordo de los buques que navegué. No conté hasta cien en esa oportunidad, creo que no llegué a cinco. Estacioné donde primero tuve oportunidad, no podía continuar, si lo hacía podía ser víctima de un infarto. -¡Fíjate, pedazo de maricón! Si vuelves a abrir la boca en lo que resta de viaje, puedes estar convencido de que me detendré y te bajaré del auto a patadas por el culo. Vas a tener que ir caminando hasta tu casa y poco me importa si te congelas en el camino. ¿De acuerdo? No respondió, creo que se cagó cuando vio una reacción tan violenta. Yo estaba convencido que sería así, los conocía perfectamente, los comunistas cubanos son como las ratas, son valientes cuando andan en pandilla. Ese fue el último día que trabajó en lo que sería nuestro restaurante, que por supuesto, no trabajó. Creo que a la semana siguiente regresó a Cuba y ese día compré una botella de ron para celebrarlo. Paco no cabía en este inmenso país, añoraba y extrañaba su isla, la libreta, los apagones, la lucha, reuniones del CDR y partido. Sufría por su FIAT polaco, nunca le pregunté si lo obtuvo reparando televisores o chivateando, pudo ser por ambas cosas, nos despedimos de él.

El viejo que le sirvió de pala murió apenas dos semanas después de abrir el restaurante, ya les dije que escribiré sobre esa historia. Fui hasta su funeral para asegurarme que estaba bien muerto, lo estuvo, hoy debe encontrarse de fogonero alimentando las calderas del infierno. No soy yo quien lo condena, es la voz de varios jóvenes que lo conocieron cuando él se destacaba como dirigente del turismo en Varadero y otros puntos de la isla. Todo lo resumían en pocas palabras, “es un hijo de puta”, yo tampoco me había equivocado.

Unos seis meses después, Paco se encontraba de regreso en Montreal, ¡qué vida más dulce!, pensé. Yo me encontraba trabajando unas dieciséis horas diarias con el propósito de echar a andar nuestro negocio, su llegada me resultó indiferente, me caía mal y no lo toleraba.

Un día cualquiera, su familia pasó por el negocio y me dejaron el paquete. Paco se sentó en la barra y no se me ocurrió brindarle ni un vaso de agua. La vista se le perdía por cada rincón y creo, según la expresión de su rostro nada confiable, no aceptaba que aquella obra maestra fuera realizada por manos cubanas, porque eso fue nuestro restaurante, una obra de arte. Luego de permanecer sentado en la barra por unas dos horas ante mi indiferencia, trató de establecer cierta comunicación y romper el hielo como decimos los cubanos.

-¿Te enteraste que pedí refugio político? Me preguntó en uno de esos pases por la barra del bar.

-No, no me he enterado. Le respondí a secas, muy parco y sin interés en continuar conversando con él.

-Pues, ayer fui hasta las oficinas de inmigración y llené todos los formularios. Insistió en atraer mi atención y volví hasta la cuenta de cien, pero no logré superar los siete.

-¡Qué pena! Siento una gran pena por ti, si lo hubieras consultado conmigo, puedes estar convencido de que te diría no lo hicieras. Le contesté sin argumentos extras.

-Lo dices porque te caigo mal.

-Eso es insignificante para mí, he ayudado a muchos antipáticos como tú en este país. Me había mentido y luego me enteré. Paco llevaba un tiempo recibiendo el cheque de la ayuda social y en espera de su comparecencia ante el tribunal de apelación para el estatus de refugiado político. –El asunto es que este país te queda grande y nunca te vas a adaptar a él, tú necesitas vivir del cuento y ese privilegio no te será concedido aquí. No le cayó muy bien mi respuesta y tampoco insistió. No me dio la gana de brindarle absolutamente nada y lo dejé solo donde se encontraba escuchando música, al menos disfrutaba de algo gratis en el restaurante. Tarde en la noche pasaron por él y me alegré cuando lo vi salir, me caía súper mal, no puedo ocultarlo.

Dos o tres meses después, sus parientes me dijeron que Paco había renunciado y regresaría a Cuba. –¡Es lógico! Les dije sin ningún síntoma de asombro. -Su pariente es comunista y eso significa que lleva consigo todos sus ingredientes.

-¿Cuáles? Preguntó alguno de ellos que no recuerdo.

-Uno muy importante, es un reverendo vago, como todos ellos. Le debe resultar más fácil y con menos sacrificios que ustedes le manden su “mesada” a Cuba sin falta y, que frecuentemente incurran en los gastos de la carta de invitación, pasaje y todos los gastos adicionales para mantenerlo durante su estancia en este país. Estamos hablando de un güevón transformado en turista al costo de todos los sacrificios que ustedes realicen del lado de acá, ¿no es razón para devolverlo a la isla? Es probable que mis argumentos no resultaran de la simpatía de ellos, pero en el fondo estoy convencido de que era aprobado.

-Mañana salgo para Cuba. Me dijo una mañana antes de que yo partiera para el restaurante.

-Debes saber de que no podrás regresar nunca más a Canadá, le mentiste a este gobierno, tú no eras un refugiado político. No me respondió y me alegro en el alma, deseaba humillarlo como hicieron con tantos de los nuestros allá, ese miserable no valía la pena. Allá se encuentra muy feliz con su FIAT polaco, una vez lo invitaron a Miami y el muy descarado fue. Su familia en esa ciudad no lo soporta, tienen el mismo criterio que yo, ¿por qué debo soportarlo?, ¿por ser cubano? ¡Qué se vayan a la mierda!

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