Cuba es un cuento, compay

Orlando del Río

Pertenecía a ese grupo de cubanos que haría dudar a cualquier extranjero sobre su origen y esa estrecha vinculación existente entre nuestros habitantes y el color negro o mestizo. Orlando era un tipo alto, casi seis pies de estatura, pelo claro y algo rizado, pero nunca llegando a rubio. Sus ojos eran verdes como el mar en algunas zonas costeras, tenía todo lo singular que pudiera confundirlo con un norteamericano o canadiense. Recuerdo su rostro, algo parecido al del actor norteamericano Clint Eastwood, pero con un carácter mucho más tropical. Mujeriego hasta la médula de sus huesos, bebedor de cuanta botella apareciera en su camino y divertido como nadie, ese fue el Orlando con el que realicé muchos viajes a bordo del buque "Jiguaní".

Ocupaba la plaza de Jefe de Máquinas sin haber desfilado por la academia naval, era empírico como casi todo el equipo que lo acompañaba. Recuerdo que hizo muy buena yunta con Raúl Romero, otro como él. Algo no tuvo lugar a dudas en cuanto a su competencia, aquel buque nunca paraba y fue muy eficiente, todos eran unos magníficos mecánicos.

Tenía varios hijos, no recuerdo si del mismo matrimonio, lo cierto es que la plata no le alcanzaba mucho para cubrir los gastos de sus aventuras. No me acuerdo, sin embargo, cuál fue el momento o viaje donde establecimos unas relaciones parecidas a las de padre e hijo. Teníamos un pacto, como él recibía dinero por concepto de "representación", se encargaría del consumo nuestro en el extranjero. Tampoco era para alarmarse, nunca abusé de su confianza, pero no fueron pocas las veces que salimos a compartir en la calle. En pago, yo me encargaría de todas las averías que producían aquellas salidas con él en puertos nacionales, no fueron pocas tampoco.

Nuestras diferencias de edades no fue un obstáculo para que se desarrollara entre ambos una buena amistad, Orlando poseía un carácter alegre y bonachón que podía adaptarse al de un niño. Participaba junto a nosotros en cualquier travesura, como aquella de robarnos cajas de cerveza en la gambuza y enfriarlas con un extintor de CO2.

Recuerdo aquella vez que estuvimos en el bar situado en el faro del Morro de Santiago de Cuba, pidió dos cervezas y el camarero le respondió que debía consumir pan con croquetas. No se molestó y nos comimos las primeras, volvió a pedir dos cervezas más y se repitió la historia. Pasamos varias horas bebiendo y acumulando sobre una bandeja de aluminio todos los panes comprados. Nunca tuve idea de cuál sería el destino de aquellos trozos de harina resecos hasta que arribó otra guagua, sin ningún tipo de complejos abordó el transporte y comenzó a repartirle pan a cada uno de los viajeros. Cuando regresó al bar pidió dos cervezas más y continuamos la misma historia. Esa tarde regresamos borrachos para Santiago de Cuba y me invitó a visitar un lugar que en apariencias mantenía en secreto su existencia. Era una "Piloto Clandestina", un bar ilegal asistido por hermosas muchachas y con una oferta de licores y comidas muy superiores a los de cualquier restaurante propiedad del estado. Orlando se asustó un poco cuando encontró a más de la mitad de la tripulación bailando y bebiendo, comiendo y tocando nalgas. Algunos desaparecían por ratos, era de suponer que iban a otros cuartos para deslastrar el contenido de sus testículos. Pasamos una noche divina, todo cubano sabe cuánto se disfruta lo que está prohibido. Al día siguiente y cuando doblábamos la esquina de la calle donde se encontraba aquel bar clandestino, chocamos de frente con una visión espantosa. En unos camiones de la policía montaban cajas de cerveza, muchachitas contentas, borrachos, un chivo que escapó ese día de la olla y a la vieja matrona o gerente del negocio, nos perdimos de allí.

Éramos locos, aventureros, divertidos sin horarios fijos, muy putañeros, como casi todos los marinos de aquellos tiempos. Ese día nos invitaron a pasear por Caracas, nuestro barco se encontraba en Puerto Cabello, varias horas de viaje hasta la capital venezolana. ¡Vámonos bien, de los pendejos no se ha escrito nada! Fuimos los primeros marinos cubanos en visitar aquella hermosa ciudad que nos había cerrado las puertas varios años atrás. Una parada amistosa en Valencia y una caja de ron Cacique al lado del asiento de Orlando. Una tras otras se fueron abriendo botellas, siempre tenía más sed que un camello atravesando el Sahara de norte a sur. Viajó hasta Caracas con la cabeza fuera de la ventanilla para aliviar la borrrachera y cuando llegamos se encontraba más fresco que una lechuga, así era él.

Nunca lo vi vestido de etiqueta ni con una muda de ropa que tuviera vergüenza, siempre andaba en Jeans, pullover y mocasines. Raras veces, solo cuando lo exigía el momento, se ponía uniforme y colgaba aquellas charreteras de cuatro rayas y una propela, creo que se acomplejaba al hacerlo. No fueron pocas las veces que me senté en su camarote junto a Romero para calcularles la cantidad de combustible en los tanques, no sabían hacerlo, tenían muy bajo nivel cultural, pero mecánicos como aquellos deben volver a parirlos, no los encontré jamás.

Yo me encontraba en Cuba cuando los acontecimientos del Mariel, estaba trabajando en la construcción de tres edificios de viviendas. Me enteré de los actos de repudios realizados en contra de gente nuestra y Orlando fue premiado con uno de ellos. Decidió abandonar el país y le dieron el mismo trato que a cualquier escoria. Lo que más me dolió de aquella triste comedia, fue saber que ese acto de repudio fue realizado por tripulantes de su propio barco, sus compañeros, los mismos con los que él compartía suerte y horas de trabajo. La miseria humana experimentada en nuestra isla también nos había abordado, qué pena sentí por él.

Hace unos años me enteré que había muerto en Miami, lo imagino por el cielo cargando una fuente repleta de panes con croquetas, seguro que se fue vestido con un Jean.

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