Cuba es un cuento, compay

Los “bad boys” de la marina mercante cubana 3

Atrás quedaba un año exacto de trabajo en la agricultura por cuenta de Navegación Mambisa y seis meses de zafra cortando caña en nombre del ejército, no puedo distinguir cuál de los dos fue peor. Medio año involucrado en una de las labores más duras que se realizaban en la isla y recibiendo como salario $7.00 pesos mensuales, puede ser comparado con el trabajo forzado al que son sometidos millones de reos en el mundo. Vivimos ese tiempo presionados por el chantaje de perder el derecho a la “desmovilización”, ya habíamos cumplido con lo establecido por la ley, pero en Cuba eso no cuenta, puede aparecer un decreto que eche todo por tierra. Sin embargo, nuestras alarmas estaban siempre vigilantes a las acciones de los tenientes y sargentos a los que nos encontrábamos subordinados. Los casos de “chivatería” entre reclutas eran muy contados, no digo que no existieran, pero no olviden que tanto el partido como la juventud comunista se encontraban en proceso casi embrionario.

Un año de constante paseos por diferentes actividades agrícolas que culminaron en aquel fatalmente famoso “Cordón de La Habana” y recibiendo como salario la suma de $50.00 pesos mensuales, no debió resultar muy agradable. Creo, sin temor a equivocarme, ese contacto directo con todos aquellos “chivatos” o primeros “Bad Boys”, le provocaron un cambio profundo al sentido de la vida para jóvenes de aquella época. No me equivoco si afirmo que este período de tiempo en el campo, aunque desarrollando labores más suaves que las de cortar caña, con mejor salario y alimentación, resultó un verdadero infierno que muy pocos pudimos vencer a cambio de toda nuestra subordinación y mansedumbre. Nunca más regresé a las actividades agrícolas a las que fueron condenados durante decenas de años los ciudadanos de la capital, escapé victoriosamente por mi condición de marino mercante y encontrarme constantemente ausente a esa pesadilla. Odié al campo como ninguno haya hecho y mis razones tenía, al extremo de detestar y rechazar gastar mi tiempo en “bases de campismo”. No quise saber nada de ese puto campo que me produjo tan malos recuerdos en la juventud.

Las aulas eran frescas, aún en los días más calurosos, una agradable brisa nos acariciaba por sus amplios ventanales que siempre daban a la azotea central del edificio. Ese techo cubría parte del lobby y algunas oficinas situadas en la planta baja. Por su tipo de construcción algo antigua, su elevado puntal permitía aislarnos del inflamante sol que siempre pasaba sobre nuestras cabezas al mediodía. Almorzábamos en el viejo buque “New Grove”, era un Liberty que se varó en las costas de la isla. Estaba atracado en los muelles Margarito Iglesias después que lo sacaron del dique, invirtieron grandes recursos para tratar de salvarlo, pero el viejo barco se encontraba herido de muerte. Aquel vapor de la Segunda Guerra Mundial no pudo esquivar la atracción que ejerció sobre un reducido grupo de jóvenes, todo resultaba una novedad para nosotros, hasta esa vieja cafetera. Muchos de los que estuvieron en la agricultura conmigo habían salido a navegar como marineros de cubierta y camareros, casi todos eran militantes de la juventud comunista y el partido. Los “simples” como yo, tuvimos que gastar un poco más de tiempo en tierra hasta que se realizaran todas las investigaciones que existían y las que estaban por inventar. Nada mejor para pasar ese tiempo en un curso de “timonel”, otros serían incorporados al curso de “engrasadores”. ¡Ah! Sin derecho a elegir, suerte que siempre fui amante de la cubierta y todas las aventuras que de ella se derivan, no me imagino tragando gases y embarrado de grasa, tuve suerte.Debíamos asistir a nuestra escuelita en dos turnos de cuatro horas, el primero dedicado a clases técnicas y el segundo a las clases de Secundaria. No recuerdo cuantos años dediqué a vencer esa enseñanza que ya estaba vencida, como no protestaba, no porque no quisiera, es que resultaba verdaderamente peligroso ser “protestón”. Si me decían que estaba en segundo año lo aceptaba, si manifestaban que pertenecía al tercero, lo aceptaba igual. Me importaba un pito las consideraciones ajenas, lo mío era tratar de subir por la escala de un barco con mis papeles en regla.Motovapor "Río Jibacoa"

Estábamos subordinados directamente al Departamento de Capacitación de la Empresa, su jefe entonces era un gordo deforme y espejuelos de alta graduación que se llamaba “León”. Había una canción cuya letra siempre me lo recordaba, decía una parte de ella: “Una vez vi un león, león, león. Que no era león, león, león”. Decían las malas lenguas que era maricón y yo lo creí, con su estampa era muy difícil que se empatara con algo. Aunque bueno, he visto casos peores con sus parejas, pero al parecer, él escogió el camino más rápido. Debe estar muerto, esos gordos siempre mueren de infarto, lo imagino alimentando las calderas del infierno. Extremista como pocos, León vertía contra nosotros todo el producto de sus frustraciones. No debe resultar cómodo vivir en una sociedad donde obligatoriamente tienes que aparentar lo que no eres, se perdió la mejor parte de la película, nació en una época equivocada, hoy pudiera gritar a viva voz que era pato y hasta casarse. ¿Quién le pone el cascabel al gato? No muchos se atrevían en la isla, todos conocían de su homosexualidad y pocos se atreverían a comentar de ella. Hay maricones y maricones, que no es lo mismo serlo cuando eres “simple” a cuando militas en el partido. Estos últimos tienen el culo bendecido por la revolución, Marx y Lenin. Los simples son simplemente maricones con problemas ideológicos, una lacra para la sociedad. Soportar a León durante los meses que permanecimos en aquel recinto no fue una tarea fácil, era la última prueba a vencer en toda aquella olimpiada. Uno que otro cayó en ese combate por lograr un sueño, el de navegar o el de largarse al carajo como hicieron algunos en su primer viaje.

Para poder embarcar se necesitaba el “Carnet de Mar”, no era exactamente lo que anunciaba su título, era el resumen de todas las investigaciones realizadas por el Ministerio del Interior. De muy poco servía haber mantenido una actitud ejemplar durante todo el tiempo transcurrido, si cuando esos gendarmes del gobierno plasmaban en tu expediente dos palabras que te condenaban de por vida, “no confiable”. Ellos tomaban como referencia las opiniones del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) donde vivías y no fueron pocos los que se vieron afectados por la antipatía de aquellos “cederistas” o uno que otro vecino partidista al que acudían en busca de más información. Ese documento lo emitían a través de la Capitanía del Puerto, pero solo era la fachada utilizada, todos sabíamos que su origen y mecanismos radicaban en el MININT. Muchas veces el tiempo de verificaciones tomaba varios meses, creo que casi siempre, hablamos de una época donde no existía el sistema de computación actual y toda esa actividad debía realizarse en persona. Solo después de recibir la notificación de haber sido concedido el dichoso carnet, la empresa se encargaba de orientarte los pasos a seguir para obtener los verdaderos documentos exigidos para navegar.

El panorama vivido por la juventud de aquellos tiempos, solo tiene comparación al experimentado por sus nietos durante el llamado “Período Especial”. Estaba vigente aquella fatal “Ofensiva Revolucionaria”, donde el comandante de todo y dueño de la isla se propuso no dejar títere con cabezas. La única distracción al alcance de nuestras manos fueron, beber mucho alcohol de 90 grados cuando se conseguía en la bolsa negra, y cuando no, era sustituido por un mejunje de producción casera llamado “Walfarina”. El nombre poco importa, los nietos de la revolución lo están consumiendo, pero ahora bautizado como “Chispa de Tren”. El sabor, olor y métodos para obtenerlo no se alejan mucho del utilizado por sus abuelos. Beber, reunirnos en grupos alrededor de un radiecito para escuchar el programa “Nocturno” y templar, fueron las opciones puestas a nuestro alcance. Bebías a temprana edad para escapar de las crueles realidades en medio de alucinaciones a corta duración. Escapabas de tu mundo con la ayuda de una música con sonidos casi celestiales para aquellos que sufrieron la imposición absoluta de la nacional, y luego, descubrías que la conjugación de ambos placeres con los deliciosos espasmos que provocan un orgasmo, podían conducirte hasta el paraíso. Ese fue todo el sentido de nuestras vidas en aquella época divina que perteneció a una juventud perdida entre gritos, consignas y trabajos voluntarios.

Nunca he podido olvidar aquella obra de humor negro que antecedió a la solicitud del pasaporte, fuimos un grupo de muchachos a la casa de un fotógrafo que radicaba a unas puertas de “Cuba 8”. Este último era un local donde alcancé alquilar alguna bicicleta durante mi infancia, se mantenía abierto como taller de reparaciones de esos vehículos. Ya les conté por algún lugar que corriendo el año 68, no nos habían entregado otra prenda de vestir desde el 64, sin embargo, era obligado retratarse con traje para solicitar un pasaporte. Nadie recuerda desde cuándo se habían perdido esas prendas masculinas de las tiendas, incluso, emanaban cierto aire de desviaciones ideológicas o como gustaban llamar, rezagos del pasado inaceptables en el seno de una sociedad “proletaria”. ¡Había que retratarse con trajes! Los fotógrafos poseían un saco para esos casos de emergencia tan naturales, solo era imprescindible asistir a cualquier estudio vistiendo una camisa blanca, ellos se encargaban también de suministrarte la corbata. Por allí pasamos todos, éramos como diez en total. Sin complejos nos vestíamos con aquel saco al que le faltaba la mitad de las mangas, eso no era importante, el mismo fotógrafo nos consolaba diciendo que no aparecerían en las fotografías.

Terminé el curso de timonel como primer expediente, lo hice empatado con otro muchacho de nombre Víctor Vals, creo que había sido enfermero en el Servicio Militar Obligatorio. Varios meses más tarde, Víctor fue enrolado en el barquito “Lidia Doce”. Recuerdo que en una oportunidad se quedaron al garete por la costa norte de República Dominicana y nos encargaron remolcarlos hasta el puerto de Antillas. Yo viajaba como agregado de timonel en el buque “Habana” y el tiempo que duró el remolque, tuve que hacer “guardias de cabos” en la popa, las estachas usadas en esos tiempos eran de henequén. En la boca de Antillas fue recibido por el remolcador Pinzón, el mayor que existía en esos momentos y con el casco de madera, él se encargaría de conducirlo hasta el interior del puerto. Víctor Vals se tiró y desertó durante su primer viaje en el Canal de Panamá, nunca más he sabido de su vida.

Ya me encontraba listo para navegar, solo necesitaba ser asignado a un barco. Durante ese tiempo de espera, éramos “integrados” a los buques surtos en el puerto habanero. Esa palabrita se hizo muy popular entre nosotros y servía para distinguir a los marinos que se encontraban “enrolados” en esas naves de nosotros, quienes realizábamos iguales funciones, pero solamente durante el tiempo de permanencia del buque en puerto, años más tarde esa práctica se aplicó a cualquier puerto del país.

Cordero era el jefe del personal subalterno en esos tiempos, la persona que te asignaba un buque como “integrado” o “enrolado”. El enrolo se hacía directamente en la empresa, no así las asignaciones para realizar una “integración”. Poseía una rústica casetica de madera colocada sobre la acera en la misma esquina de la calle Santa Clara y Avenida del Puerto, era tan pequeña que solo cabía él en su interior. Cada mañana entre siete y ocho, aquella esquina se convertía en un avispero de marinos que se encontraban flotando o esperando sus buques. Cordero llegaba exacto con su lista de asignaciones y solo debíamos cruzar la Avenida y marchar hasta la Casilla de Pasajeros para tomar la lancha que nos distribuía por los barcos que estuvieran fondeados. Aquellos encuentros diarios resultaban divertidos y te ibas familiarizando con el ambiente marino reinante. Fue así que roté entre aquellos viejos buques de calderas sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, nuestras verdaderas escuelas. El ambiente que se respiraba entonces era muy sano, compartí balsas de faenas, guindolas, guardias, limpiezas de bodegas y cuanta labor de realiza a bordo de un buque, con aquellos viejos lobos de mar que una vez fueron famosos y a los que la sociedad premió con una ácida patada por el culo. Muy pocos de ellos sobrevivieron a las purgas que se realizaban para borrar todo vestigio o señal del pasado, fueron sustituidos por nosotros, los hijos de la “revolución”. Muchos años después, cuando me hice oficial, hubiera deseado tener como subordinados a cada uno de aquellos verdaderos hombres de mar.

Las naves comenzaron a infestarse con la presencia de los buenos chicos malos, como era de esperarse, los integrados debían realizar las labores más penosas en cada nave por donde transitara, no exenta de la intervención de aquellos bichitos, cuyas palabras comenzaban a tener mucho valor entre nuestros evaluadores. Fueron muchos los que tuvimos que torear, no tantos como los existentes en los últimos años, pero tan dañinos como aquellos. Hablo de tiempos donde todo debía encubrirse dentro del sobre lacrado por nuestras conciencias, todo podía resultar perjudicial y provocar una caída en ese abismo profundo del que muchos solo lograron escapar con la ayuda de una balsa. Hubo preguntas que solo pudieron responderse negativamente, ¿ha bautizado a alguien? ¿Tiene creencias religiosas? ¿Posee familiares en el extranjero? ¿Mantiene comunicación con ellos? ¿Perteneció al ejército de Batista? ¿Votó en las últimas elecciones? ¿Ha sacado alguna vez un pasaporte cubano? Mencione las organizaciones políticas o de masa a las que pertenece. En ningún sitio preguntaban sobre las inclinaciones sexuales del solicitante, pero cuando lo descubrían, era un pecado tan imperdonable como el que corresponde a todo contrarrevolucionario. Yo tenía una ahijada que nunca existió.

Esos meses que duró la espera por montarnos en un barco, los “Bad Boys” que nos acompañaron se encontraban neutralizados por las mismas ambiciones. Fue un tiempo muy corto y relativamente tolerable donde solo se destaca la presencia de un gordo deforme y amanerado con carnet partidista. León fue el verdugo de turno durante esos meses, otro de aquellos malos recuerdos que existieron en nuestra marina mercante.

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