Cuba es un cuento, compay

Los “bad boys” de la marina mercante cubana 2

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La tierra empercude, se ensaña contigo cuando vienes de la ciudad, penetra a través de tus poros y no se detiene hasta el hueso. Remolinos de viento se producen mientras marchas por las guardarrayas, entonces, trata de molestarte aún más. Hojarascas salpicadas de polvo entran por los oídos y orificios de la nariz, respiras, estornudas, tratas de cubrirte los ojos, avanzas casi a ciega. La tierra logró llegar profunda en tu alma y sientes su sabor en la boca, escupes y no te detienes. ¿Qué coño hago aquí? Preguntas y nadie responde, tal vez el que marcha a tu lado preguntó lo mismo. ¡Soy de la ciudad! Me gusta el olor que despide el asfalto cuando cae la lluvia, es diferente al de esta puta tierra. El agua corre pegada al contén arrastrando toda la basura que encuentra, pasa uno que otro barquito de papel confeccionado con hojas de una revista que conoces. Miras en dirección al torrente y no encuentras a nadie, no existe puerto desde donde zarpara. Regresas la mirada en su rumbo y observas como se hunde a mitad del camino, la mitad de nada que tuvo principio. Otro resiste hasta el próximo tragante, naufraga en el remolino, desaparece. ¿Qué coño hago aquí? Me gusta el árbol que brinda sombra, tiene unas bolitas rojas que nadie come, ni los pájaros. Hay un banco debajo de aquel árbol, y el banco descansa sobre el hormigón de un parque donde juegan los niños. Me siento en el banco, me mira, la miro, la tierra más cercana se encuentra a cinco metros de distancia, solo hay un pedacito de ella desnuda, todo lo demás se encuentra vestida por una capa aterciopelada de hierba. Ella se oculta y no me importa su vergüenza, nos besamos.

No hay barquitos que naveguen por los contenes, el agua se acumula en charcos que debemos esquivar. La tierra está agotada de tragar, no aguanta más y el fango aparece como diarrea que logra la altura de los tobillos.

No habíamos terminado de desempercudirnos, cargábamos aún el olor a caña y paja de sus campos. El pulgar derecho mostraba cierta deformación, extrañaba el mango del machete chino. Lo fabricaron con el mismo nombre de aquellos que usaron nuestros abuelos, Collins, se podía leer muy cerca del cabo. No eran los mismos, con letras más chicas podías comprobar su procedencia, Made in China. Eran malos, muy débil su acero, perdían pronto su filo. Las limas también venían de allá, ¿a qué distancia nos quedaba? Los uniformes chinos del ejército eran de mejor calidad que los soviéticos, su tela no perdía tan rápido el color. ¿Y qué carajo pinta todo esto ahora? Nada, pero se piensan muchas mierdas. La lluvia se detiene y doblamos en otra guardarraya muy recta, mucho más que la Avenida de los Presidentes, entonces, el jefe, nos fue repartiendo por surcos paralelos que se perdían de nuestra vista y se unían al final.

-El asunto es guataquear la mala hierba, Nos dijo y quiso explicarnos cuál era la mala y cuál la buena. Como si fuéramos tan idiotas, incapaces de distinguir entre una mata de malanga de cualquier otra planta. Después se perdió en su moto MZ como aquella que le entregaron a los cortadores de caña “millonarios”. ¡Rayos! No recuerdo su nombre, solo sé que era un ex combatiente del ejército rebelde. El azadón pesaba varias toneladas y debías detenerte cada un minuto a despegarle la puta tierra.

¡Meriendaaaaaaaaaaaa! Alguien gritó a eso de las diez y media de la mañana, pan con timba. Habíamos desayunado una latica conteniendo un líquido preparado con un polvito que llegaba desde Polonia, casi siempre arribaba a la población algo vencida, varios años después de permanecer amontonadas en las reservas de guerra. Todavía las recuerdo, eran altas y estrechas con el dibujo de una madre con su niñito o algo así. Aquel líquido nunca nos llegó totalmente licuado, venía con algunas bolitas duras a las que no prestábamos mucha importancia, el hambre no permite esos lujos, masticábamos cuando solo debíamos tragar, el asunto era calentar el estómago…

…He dejado transcurrir varios días insistiendo en recuperar el nombre de aquel Bad Boy con la moto MZ, cuánto lamento no recordarlo. No puede ser fácil conservarlos a todos en la memoria, no porque ésta fuera estrecha, es que aquellos hijoputas eran demasiados y se necesitan varios contenedores para almacenarlos.

En la cocina del campamento se quedaron trabajando dos hermanos, esos no eran ex-reclutas como nosotros, eran desmovilizados de la policía y continuaban realizando su vieja profesión, chivatos por salario. Braulio era el mayor de ellos y algo grueso, el otro una simple espiguita de hombre, flaco, enjuto y de hablar algo mariconeado, muy flojito para depender de él. Yo había conocido a tipos perros en el ejército, nunca como estos que se prestaban al debut de mi vida en lo civil. Varios años después los encontré enrolados en un barco, pasado el tiempo no los volví a ver nuevamente y me alegro. Tampoco puedo hablar de un campamento, era una larga y oscura barraca con techos de zinc y diminutas ventanas. Muy calurosas, suerte que ya estaba pasando el verano. Poseía muy poca iluminación, un bombillito de cuarenta watts máximo, separado de los otros dos a unos diez metros de distancia, lo suficientemente apartados como para no permitirte leer en las horas de descanso. Las literas eran de tres pisos y su bastidor confeccionado con saco de yutes, cero colchones, eso debió considerarse un lujo o desviación ideológica. ¿El baño?, cuatro paredes de bloques rústicos aledaño a la barraca con el mismo techo de zinc, se encontraba en penumbras y debíamos bañarnos con la ayuda de una lata de las usadas para envasar aceite. Cagábamos en una letrina, oscura también para que no pudieras observar tu propia mierda.

A unos cincuenta metros de la barraca existía una “tienda del pueblo”, así le llamaban a un antiguo bodegón que allí se encontraba mucho antes de llegar la “revolución”. Antes era una bodega, ahora era eso que sonaba más proletario, solo que un poco más vacía. Tenía unos horcones dispuestos horizontalmente para amarrar caballos, mulos y burros, como en las películas de vaqueros. Justo al lado de los escalones que daban acceso a su portal, se podía observar el lomo de un viejo machete colocado en el centro de dos estacas de madera y algo separado de la tierra. Servían para que la gente se quitara el fango de las botas, muy pocos usaban zapatos en esos parajes dominados por trillos y guardarrayas. Botas con espuelas que sonaban como cascabeles en cada zancada de aquellos guajiros que olían a yegua, pantalón y camisa de kaki bien marcadas debajo de los sobacos y cuello del color de cualquier huerto. Un olor o tufo bien amargo y penetrante, sombrero de yarey y un tabaco mordido, muchas veces apagado.

Las mujeres vestían largo, un poco más abajo de las rodillas, telas de algodón generalmente almidonadas y a veces plisadas. Sus piernas eran belludas como las de cualquier macho o cangrejo y en las axilas, dejaban escapar un monte denso y negro de vellos que pudieron ser una atracción en aquellos tiempos. Preferían los colores escandalosos o dominaba el blanco, pero mantenerlos de ese color significaba un gran sacrificio.

Yo guardaba en mi mochila, como grandes tesoros, dos camisetas de manguitas marca “Perro”. Me las había regalado mi padrastro, eran las que usaban los “guapos” y como yo vivía en Párraga, no podía ser menos. Bueno, estando cortando caña nos mudamos para Juanelo, algo peor que mi antiguo barrio si de guaperías hablamos. Una sola mudita de ropa con algo de decencia me acompañaba y obligaba a revisar diariamente la mochila. No podía confiar en gente recién conocidas y hacía varios años que no nos “otorgaban” nada nuevo por la “libreta de racionamiento”.

Collejo pertenecía al pequeño clan de “partidistas” que dirigían aquel campamento, nunca hubiera imaginado que se encontraría de secretario del partido a bordo del buque donde yo desertara en Canadá veinticuatro años después, es verdad que el mundo da vueltas. Cuando aquello no era tan extremista, realmente el partido llevaba escaso tiempo de nacido y no se había desarrollado a profundidad ese lavado de cerebros. Después, sí, era un perfecto comemierda hasta el día que lo vi por última vez. No puedo suponer cómo deba encontrase hoy si es que aún está vivo, solo me acercaría para preguntarle si esto fue lo que el soñó cuando fue a tirar tiros a la Sierra.

Había otro jefe del que no recuerdo su nombre, ese no era mala gente o al menos lo aparentaba inteligentemente, porque luego aprendí una cosa muy importante, no se puede creer y menos confiar en ninguno de ellos.

El tránsito por aquel campamento situado en las afueras del pueblecito de Palos no fue muy prolongado, sí, aparecieron todas esas bacterias que luego nos infestaron. La emulación fue una de ellas y, ¿cómo podíamos competir? ¿Cómo iba a ser? Guataqueando como animales, vengan surcos tras otros, plantones de caña o malanga, fango, mierda de caballos en las guardarrayas, guajiros chivatones muy desconfiados de nosotros y sus mujeres, la tienda del pueblo y los hermanos Braulio cocinando sus sancochos.

Dos o tres meses después no había lugar donde guataquear, yo pensé haber concluido lo peor de esta nueva etapa en el campo, me equivoqué. Nos dividieron en dos grupos que asistirían dos chiverías, una en San José de Las Lajas y la otra muy cercana a Alta Habana, yo caí en la primera. El tipo de la moto MZ continuaba con nosotros, sin embargo, no recuerdo haberlo visto un solo día trabajando en el campo para darnos “el ejemplo”, siempre andaba volando.

En ese campamento se destapa la epidemia de la UJC, no eran muchos tampoco, solo unos cuantos, tres o cuatro que estaban pasando las mismas vicisitudes que nosotros, el poder se mantenía en manos de los ex combatientes.

Vengan chivos y chivas que fueron compradas por el comandante en Canadá, delicadísimos, medio maricones. Había que pelarlos, alimentarlos, curarles las lombricitas, guardarlos cuando llovía y hasta prepararles la cama. ¿Leche? Mucha más producía yo en plena etapa de mi juventud, toda una locura carísima que no duró mucho tiempo. Allí recordé con mucho cariño a “Cuca”, una chiva criolla que tenía mi abuela y andaba todo el día suelta por Mantilla. Comía papeles, trapos y cuanto encontrara en su camino, eso sí, había que ver la cantidad de leche que nos regalaba generosamente cada mañana, nada que ver con las chivas canadienses.

No sucedió algo que pudiera inquietarnos, la pasamos muy bien y la alimentación era balanceada, pero como dice un viejo refrán, “la felicidad dura muy poco en casa del pobre”.

Pocos meses más tarde nos trasladaron hacia otro campamento conocido como “La Rosita”, estaba algo apartado del pueblo de Güines, se encontraba aún en fase de construcción por la marina mercante. Lograron agrupar a la mayoría de los jóvenes que estuvimos en aquellas reuniones realizadas en el teatro de la empresa, ahora era que comenzaba verdaderamente la competencia. Los militantes de la juventud comunista eran más notables, aunque no demasiados en realidad, sus opiniones sobre los demás tenían su peso irresistible. Iniciaron entonces un proceso de depuración nunca antes visto y lo peor, no hubo necesidad de traer a nadie desde el exterior de aquel campamento. Allí se produjeron los primeros mártires de ese intento por salir a navegar, existió uno entre todos al que nunca pude olvidar. Fue un muchacho al que acusaron de desviaciones ideológicas porque le gustaba peinarse constantemente, o sea, hablo de un chico presumido, algo muy propio de la edad. Lo sacaron sin piedad, no creyeron en sus lágrimas y promesas de superar aquellos defectos o errores, le asesinaron sus sueños. Otros cayeron por errores tan importantes como ese y temí por instantes encontrarme también en el patíbulo, tuve suerte de escapar en aquella oportunidad. No puedo recordar quiénes eran los Bad Boys de ese campamento, hablo de individuos sumamente malos y es una pena no traer sus nombres a estas páginas.

Envueltos en esas importantes tareas de la revolución como lo fueron “guataquear malanga” y otros vegetales, al gran comandante se le ocurre otra brillante idea, sembrar café alrededor de toda la capital cubana. Para realizar este brillante sueño, el gran jefe no tembló ante la orden de derribar árboles frutales que toman decenas de años en parir y ofrecer sus frutos. ¡Café! Esa es la orden de la “revolución”, nuestra tarea inmediata se llamó “El Cordón de La Habana”.

Nos trasladaron para un campamento situado en la carretera que une a Santiago de Las Vegas con Cuatro Caminos, realmente no era un campamento como tal, era una construcción que años atrás había sido un elegante y bonito restaurante, se llamó alguna vez “Montecito”. Allí se hizo sentir el peso de los militantes de la juventud comunista en la existencia de cuatro o cinco de sus dirigentes, una guillotina flotaba constantemente sobre nuestras cabezas y varias veces se activó sus mecanismos de disparo. Recuerdo algunos nombres que se convirtieron en una verdadera pesadilla, varios de ellos cambiaron unos años después, pero sobre sus conciencias debe quedar el peso de todo el daño que produjeron. Se destacaron entre otros Navarrete, Luaces y Taquechel. Kiko y Miguelito fueron mucho más pasivos, algo respetados y queridos por sus compañeros.

Navarrete estuvo navegando años posteriores como cocinero, nunca coincidimos en barco alguno y desconozco su vida. A Luaces lo vi varios años antes de mi partida definitiva como mecánico en las Brigadas Técnicas, era una dependencia de la marina mercante dedicada a las reparaciones en los barcos. Tampoco tengo ideas de cómo fue su desarrollo a bordo de nuestras naves y luego en las brigadas.

Taquechel era el más dañino y extremista de todos. Feo como pocos, acomplejado quizás y debido esa poca gracia otorgada por la naturaleza, vertió todas sus frustraciones convertidas en odio sobre decenas de muchachos. Stalin era un niño de teta al lado de este pichón de tirano criollo, era el principal agitador y la cuchilla de una afilada guillotina que decapitó las esperanzas de otros muchachos como él. Varios años más tarde aquella misma cuchilla lo dejaría sin cabeza, Taquechel fue expulsado de la marina por cleptómano o ratero, algo de eso me dijeron y lo celebré mucho. Este trío impuso terror en aquellos jóvenes, cuyas únicas ambiciones eran las de montarse alguna vez en un barco. Ser amante de la música extranjera, gustar vestirse bien, ser presumido, mujeriego, y en el peor de los casos, mantener una actitud indiferente ante todas las porquerías que se impartían en los nacientes “círculos de estudios”, se convirtieron tempranamente en un símbolo de la “desviación ideológica”. Afortunadamente pude sobrevivir para hacer el cuento, pero nadie me quitó el año de esta agotadora competencia trabajando en la agricultura.

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