Cuba es un cuento, compay

Ha muerto Chichi

-¡Ha muerto Chichi! Mi cuerpo se encontraba postrado en el sofá descansando un estado febril de una gripe normal en estos tiempos de pingüinos. ¿Cuándo? Solo alcancé decir. Hoy, la están velando en La Habana. Digamos mejor en Alamar. Viajo, lo hago con esa velocidad indetenible de la memoria. Llego hasta el barrio, a mi bullicioso edificio. Reina el silencio, hay duelo entre vecinos, luto entre amigos. Las persianas multicolores se encuentran cerradas por el frío, viajo hasta la funeraria, allí están todos menos yo.

¿Quién es Chichi? Un trozo de ébano con dentadura de marfil, un pedacito de coral extraído de las profundidades de nuestro litoral, una simple pieza de carbón. El Unicornio que nadie se ha ocupado de buscar, y es preferible mantenerlo perdido porque no tiene un color nada atractivo. Chichi es una negrísima negra, como aquellas noches de infernales apagones. No es nadie ni nada, nada se puede ser cuando se es inculta, negra y pobre, tal vez por eso es mi amiga. Tanto, que es de las pocas autorizadas a sentar pautas en mi fiebre y exigir levantarme para dedicarle unas líneas. Es una negra de aquellas que me autoriza salir de ese estado de postración a prepararme un trago para aliviar mi fiebre, quizás para apagar ese dolor que quema por dentro y alegrar un poco mi alma, porque ella no se merece despedirla con tristeza.

Allí se encuentran todos los que estuvimos en el funeral de su madre, son muchos más, se suman aquellos que eran fiñes antes de mi partida y hoy son hombres y mujeres. La funeraria debe estar abarrotada de gente, todos como ella, Unicornios perdidos sin encontrar, gente con una sola pregunta para Guillén cuando les llegue la hora, ¿tengo? Todos han envejecido, la memoria se empeña en mantener mis últimas imágenes, yo las he ido reconstruyendo con los relatos de mi gente. Quiero reconocerlos cuando me llegue la hora y nos encontremos en el muro del malecón, yo sé que estarán allí y no en el cielo, nadie se traga ese cuento.

¡Claro que me preparo el trago! No uno, ya voy por el tercero y no siento la fiebre. No me encuentro en el gran salón observando sus huecitos, estoy sentado en la acera de la funeraria bebiendo con ella. Está junto a mí en el teclado y me muestra con orgullo su dentadura de marfil mientras pulso las teclas, nos reímos y esa alegría es sincera. Ella sabe que no siento nada por la muerte de celebridades. Me calma y ahoga el dolor cuando veo perder a un soldado de mi ejército. Armada compuesta por hambrientos, ignorantes, gentes simples, seres olvidados cuando suena encima de sus cajas una palada de tierra o toneladas métricas de agua salada.

No deseo compartir con ustedes mi alegre tristeza, ella descansa finalmente de una larga agonía, la que sufren los buenos como precio de entrada al cielo que no todos queremos. He deseado escribir algo que despidiera su entierro, pero ella se niega, cree que ha sido suficiente con aquel pequeño homenaje que escribí estando ella en vida y hoy deseo compartir nuevamente con ustedes, espero sepan disculparme.

¡Ha muerto Chichi! Una negra retinta y humilde, ignorante como premio a su vida. Pero vida que muy bien sería la envidia de muchos presidentes, ministros, escritores, cantantes famosos e intelectuales que cambian de colores, mientras ella supo mantener con amor y dignidad ese, tan oscuro para bien o para mal. Me bebo un trago por ella, trato de ahogar mi tristeza con la muerte de uno de mis soldados, Chicha me besa con la misma alegría que hiciera cuando yo llegaba de mis largos viajes. Abrazo a todos sus hijos con cariño y solo se me ocurre decirles una cosa, muchos los envidiarán, no todos los días se encuentra una madre como ella. Me seco una lágrima, siento vergüenza ante ella.

Martes, 25 de Enero del 2005

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