Cuba es un cuento, compay

Las nietas también se menean

Una barra no solo es el santuario de bebedores, es el confesionario de mucha gente como la barbería, la peluquería, y hasta un simple taxi. La barra supera a todos esos lugares por las bondades que tiene el alcohol, ese poder infinito en ablandar la lengua y mente más contraída, esa capacidad en relajar músculos y abrir piernas. A ella acuden todas esas variopintas muestras de nuestra humanidad, cultas, ignorantes, deprimidas, contentas, ganadores, perdidos, traicionados, extremistas, santos (muy escasos en nuestros tiempos), políticos, homosexuales, artistas, científicos, idiotas, locos, etc. Sería interminable la lista de todos los que componen esa extraña fauna conocida como cliente, nadie queda excluido.

El trabajo de un bartender no debe limitarse al dominio en las técnicas de preparaciones de tragos o, simples servicios que dentro de una barra se brindan. Tratar con toda esa gama de personas tan distintas es algo mucho más complejo, y es allí, donde pecan de ineficientes la mayoría de los cubanos que he conocido. Son muy buenos en el servicio físico que brindan, pero muy limitados cuando un cliente comienza a conversar. Digamos que, una de las principales razones sea la incultura mostrada.

A una barra acude gente extremadamente estresada por el ritmo de la vida actual, personas que en la mayoría de los casos necesitan desahogar infinidad de frustraciones, seres que desean confesar a alguien muchos de sus pecados, individuos a los cuales la soledad agobia, etc. Otros, desean compartir sus triunfos, conquistas, metas alcanzadas, planes futuros, experiencias, etc. Unos pocos llegan solo por joder y hacer tiempo antes de partir a un destino determinado. La variedad de temas que se tratan es incalculable, y es allí, donde radica el éxito del bartender, en su capacidad para atender al mismo tiempo cada uno de ellos, en brindar un buen consejo, opinión política o cultural, en aceptar una sincera confesión, y por último, en su buena habilidad para desviar la conversación de un cliente cuando el tema no sea de su dominio. Las confesiones de una barra no guardan el secreto de confesión como en la iglesia, pueden formar parte del chisme diario del barrio, como sucede con las originadas en barberías, peluquerías, y hasta en un simple taxi.

Perico es un cliente semanal, es hijo de Juan Pirindingo y Alicia, ambos viven en el País de las Maravillas. No llegó a Montreal en balsa, tampoco por el bombo de loterías que aquí no existe, menos aún en la panza de un avión. Perico llegó a este país dentro de una vagina, como el sesenta y cinco por ciento de sus compatriotas, es la vía más segura, tibia y cómoda para viajar. Poco ha poco va insertándose en la sociedad, creo que lo va logrando gracias a una voluntad férrea descubierta en esta nueva vida. Aún así, persisten rasgos de su antigua profesión que lo traicionan y regresa por intervalos a su pasado. Sin embargo, creo que Perico es uno de los pocos que es capaz de establecer y mantener un tema diferente en cada visita suya a la barra.

No recuerdo cuáles fueron las razones que lo indujeron a tratar el tema de la prostitución en el maravilloso país donde nacimos. Puede haya sido la nostalgia por aquella vida alejada de una factoría, y donde los callos no le salían precisamente en las manos.

-No te imaginas el grado de depauperación moral que existió en ese tiempo, ya tú estabas aquí. Eran niñas de doce, trece, catorce añitos que se acostaban con viejos verdes por un sandwichito, por un plato de comida, por un dólar. Yo no apartaba la vista de las ramitas de menta, las iba seleccionando y lavando para guardarlas dentro del cuarto frío.

-¡No jodas! ¿Hasta ese extremo llegaron? Fingí asombro, le mentía para invitarlo a continuar su relato.

-Fue increíble, lo que te cuente es poco. Madres que llegaban con sus hijas y se repartían los clientes, así, sin ningún pudor o vergüenza. Como no podían entrar a los hoteles y se habían cerrado la mayoría de las posadas, podías encontrarlas en cualquier lugar haciendo sexo oral. Se detuvo para beber de su gran copa de cerveza, yo giré sobre mis talones para conocer las razones de ese repentino silencio.

-Ya me han contado bastante, tengo un conocido por allá que es militante, un tipo que siempre fue honrado, que nunca delató a nadie, uno de los miles que existen aún. Me contaron que su hija estuvo jineteando, pero eso no es lo peor, me dijeron vecinos suyos, que la muchachita llevaba los clientes a su casa. ¿Cómo pudo ser posible todo eso? ¿Sabes una cosa? La película se repite, pero en el caso de tu generación tiene muchos más agravantes.

-No te entiendo con eso de la película.

-Tal vez tus padres no te hayan contado, pero las abuelitas de esas jineteras se tuvieron que menear igual, lo hicieron al ritmo de sus tiempos. ¡Claro! Existían posadas, taxistas en franca complicidad con los posaderos, y hasta las más atrevidas llevaron a sus clientes a sus casas, pero eran las menos. Aquellas hoy abuelitas, lo hicieron también por un jaboncito, por un blumer, por una pañoleta de brillo, por un pomito de perfume, etc. Nadie se arriesgaba a ejercer el oficio por un dólar porque la moneda se encontraba penalizada, pero si te pones a sacar cuentas, una cajita con una docena de pañuelitos de cabeza costaba en Canarias cien pesetas, el cambio andaba por las setenta y cinco por dólar. ¿Cuánto costaba una puta entonces? Solo centavos. Fueron tan perseguidas como las actuales, fueron maltratadas y en algunos casos de manera brutal. En aquellos tiempos se formaban pandillas de militantes de la UJC y el Partido para agredirlas en plena calle, hasta esos extremos se llegó, no hay nada peor que un pueblo sin memoria.

-No puedo creerte, yo siempre he pensado que esta situación ha sido producto del “Período Especial”.

-Eso es lo que has creído, pero en la isla han existido períodos especiales desde el año cincuenta y nueve, cada generación ha vivido la suya, y cada uno de ellas se ha encargado de olvidarla, ¿tu padre no te ha contado nada?

-No, el no se mete en problemas de política.

-Es obvio, nadie se mete en problemas de política, nadie desea poner el muerto dentro de la caja. Pero bueno, yo le conté algo a mis hijos, trato de hacerlo siempre, no se puede sepultar el pasado con cuatro paladas. ¿Cuándo vas a Cuba, te acuestas con alguna de esas chicas?

-¡No! Por supuesto que no, tampoco tengo tiempo para esas aventuras. No pude creerle una sola palabra de aquella respuesta, al parecer, le fallaba también la memoria, olvidaba que yo no bebía mientras trabajo.

-Te felicito, eres diferente a muchos de los que hacen el resumen de la semana en esta barra. Le mentí, yo sabía que Perico era un camaján. Aquella conversación fue interrumpida por la llegada de un nuevo cliente, era un viejo quebeco con mala facha y un penetrante olor a grajo y orine. Arribó con una mochila donde guardaba posiblemente sus recuerdos, maltrataba tanto el español como yo torturaba el francés. Pidió una cerveza Beck’s y por su aspecto indigente dudé que pudiera pagarla, se la serví con la misma solemnidad acostumbrada. Pocos minutos después, me invadió con preguntas sobre una canción que no conozco. Sacó fotografías de unas amistades que viven en Trinidad y hablaba, lo hacía sin parar de todos los gastos en los cuales incurría en cada viaje a la isla. Se lo están jamando por una pata, pensé.

-¿Y usted viaja con frecuencia a Cuba?

-Voy dos veces al año. De truco, ¿de dónde sacará la plata este bicho para estar viajando?, pensé nuevamente mientras continuaba sacando fotos de la mochila, yo traté de mantenerlo fuera del alcance de mi olfato.

-¿Le gusta la isla?

-¡Esta es mi novia! Me cagué al ver la imagen de una muchachita, tomé la foto y la llevé hasta el puesto de Perico.

-¿Qué te parece? Esta es la jevita del socio.

-¡Ño!

-¡Fue horrible! ¡Fue horrible! Dijo el Lonje Moco.

-Y a la chica vamos a otorgarle una beca para que estudie. A su mamá le daremos un carrito sandwichero para que trabaje y mantenga a la familia. Dijo Laura.

-¿Y de qué hago los sándwiches? No hay pan, no hay carne, y los pocos chivos existentes van a sacrificarlos los babalawos, ¿no vieron la letra del año? Respondió la madre.

-¡Fue horrible! ¡Fue horrible! Dijo el Lonje Moco.

-¡Y ésta es mi suegra! Dijo el quebeco con la peste a orine y grajo.

-¡Ño!

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