Cuba es un cuento, compay

Explosión a bordo

Hacía años que nos botaron de allí, nadie sabe las razones y tampoco se preguntaba, no es sencillo preguntar en un lugar donde no existan las respuestas. Motivos no habían, no entraban turistas a la isla en ese tiempo y siempre permanecía vacía. Nosotros abordábamos las lanchas que nos distribuían por los barcos en la casilla de pasajeros de la aduana, allí también nos esperaban nuestros familiares cuando regresábamos de cada viaje, cómodos, sentados, con aire acondicionado y lo más importante, bajo techo.

Pero un día todo se jodió y nos largaron a la calle, tal vez por un decreto, una disposición, una orientación, nadie sabe. Eso sí, todos nos quedamos callados como buenos carneros, como lo que siempre fuimos a partir de esas fechas. Nadie preguntó y todos aceptamos.

Fuimos a parar al muelle Sierra Maestra Nr.3 sur, al lado de la casita que servía de Control Sanitario Internacional, justo al lado del muelle de Luz de donde partían las lanchas de pasaje para el pueblo de Regla. Al principio existía ley seca, aún así, nuestras familias debían esperar de cuatro a seis horas por nosotros mientras realizaban los tortuosos sondeos en busca de algo. Muchas veces arribamos y ellos estaban allí esperando por nosotros bajo la lluvia y de madrugada.

En la medida que caían los mangos, nuestra colonial avenida del puerto era adornada por decenas de cajas, grandes, chicas, inmensas, voluminosas, altas, pesadas, etc. Llegaron a formar un largo jardín desde la Lonja del Comercio hasta la terminal de trenes, hermosas cajas de madera blanca que sustituían a las flores o árboles, sin pasar mucho tiempo su color cambiaba a cenizo y por último a negro, ese era el color preferido de nuestra ciudad, sus calles sus paredes, monumentos y hasta el cuello de nuestras camisas era siempre negro, como el humo de las guaguas o el polvo levantado por el viento, negra se convertiría nuestras vidas y ya los mangos desaparecieron.

En todo ese tiempo fueron cambiando las cosas, apareció la cerveza y los borrachos, con ellos también las putas callejeras y de poco valor, las sucias y desdentadas con sus chancletas chinas de meter el dedo, irresistible aliento etílico como su vocabulario. Frente al muelle se encontraban tres bares, cada uno de ellos compitiendo por ser el peor, albergando en su interior lo peor de La Habana Vieja.

En las mañanas coincidíamos varias tripulaciones de buques fondeados, toda una tragedia, la mayor parte de las veces las lanchas no llegaban a tiempo y la gente se hacinaba con la larga espera bajo el sol. La solución era sencilla, un gran vaso de cerveza de pipa y luego otro si la demora continuaba. Millones de horas de trabajo se perdieron en esa gracia y nada pasaba, nunca pasó nada.

Con ella coincidí en muchas oportunidades en ese muelle después de este viaje, siempre yo le decía lo mismo; << Coño Margarita, antes de morirme quiero templar contigo.>> Ella solo se reía y me mandaba pal carajo, era así de sencilla. Yo nunca terminaba allí, me gustaba atacar a fondo y lo mío no era broma; << Margarita, tú debes tener el bollo horizontal o con musiquita, yo quiero que me enseñes eso que vuelve loco a tantos hombres.>> Ella me mentaba la madre y se reía.

Margarita era una camarera de nuestros buques, medio temba y nada atractiva, era mulatica clara de oriente, chiquitica de estatura, creo que me daba al pecho solamente y usando tacones, desculada y cuando la veías de frente daba la impresión de que se le había escapado el caballo, era zamba. Tal vez ahí era donde guardaba su secreto, me refiero a la curvatura de sus piernas. Muy puta, pero eso sí, era una puta sincera, ella era Margarita con ella adentro y con ella afuera. No era como muchas que cuando la tenían dentro eran mamasitas, y cuando la sacabas era una “compañero”, por eso me gustaba la cabrona también. Luego, cuando se daba dos tragos se volvía hasta descarada, un día me dijo así; <<Oye Second, ya mis hijos son grandes, están hechos y derechos, por eso, lo que me queda de vida es pa templar y gozar.>> ¡Coño! Nunca me la pude echar.

Estuvo conmigo en otro barco y ella andaba empatada con el Sobrecargo, la vieja siempre buscaba acomodarse algo y sabía que estaba en la mata de la curda y la jama. Pues en ese barco iba un grupo de agregados de máquinas y cubierta, jóvenes todos y locos por meterle mano a Margarita. Hicieron una apuesta entre los dos equipos para ver quien se la tiraba primero, ahora no recuerdo quien fue el ganador, si cubierta o máquinas. La cosa es que unos de ellos se dedicaron a entretener al Sobrecargo y a emborracharlo hasta que lo lograron. En el pasillo exterior de la cubierta de maestranza colocaron cuatro cajas de cerveza, encima de ellas una puerta de madera suelta y pusieron sobre ella una colchoneta. Me contaron al siguiente día que organizaron una colita y se la bailaron todos, eran seis u ocho en total. Yo imaginé que habrían matado a la pobre mulatica, pero nada de eso, por la mañana puso el comedor para el desayuno con mucha normalidad, me le quedé mirando para ver si cojeaba algo y no observé señal alguna de molestias. Es una bárbara esa vieja, comenté para mis adentros, un verdadero banco de semen portátil, como les cuento, no daba señales ni de ardentía y eso me mantuvo todo el tiempo intrigado.

Yo relevé al Segundo Oficial de apellido Coto, era un muchacho trigueño y bastante fuerte, muy sociable de trato, y me entregó lo correspondiente al cargo con mucha organización. Ese fue el penúltimo barco de Coto, en el siguiente desapareció en aguas del Pacífico próximas a México. Solo él sabe que le sucedió y guarda su secreto en las profundidades del océano, las investigaciones no llegaron al final de camino alguno. Se habló de alcohol, la posibilidad de una vagina por el medio, el diario de navegación con hojas arrancadas, no hubo respuestas, solo el silencio hasta que fue olvidado.

El Primer Oficial era un negro que había estudiado conmigo, coño tengo que mencionarlo, porque siento tremenda satisfacción cuando hablo de todos esos hijos de puta. Wilfredo Tamayo sembró pautas y estableció distancias desde que me enrolaron en el buque, lo hizo desde el instante que me presenté en su camarote con el enrolo y me llamó Segundo. Aquello me asombró un poco porque la gente de nuestro curso no comía tanta mierda con eso de la jerarquía, y los que hacían uso de ellas eran los más burros. Le acepté el reto, ya había oído hablar bien mal de él.

Nuestro primer encontronazo ocurrió en el mismo puerto de Matanzas donde nos encontrábamos cargando. Me había pasado toda la madrugada de guardia y como a eso de las nueve de la mañana, mandó a su perrito faldero con el mensaje de que me presentara en su camarote luego de tumbarme la puerta. Cuando abrí le dije a su perrito que le dijera al amo que me cagaba en su madre y si tenía cojones bajara a tocarme la puerta. Siempre tuve por norma mantener en mi camarote un buen trozo de hierro y un buen cuchillo para casos de emergencia. Su perrito, quien era un agregado de cubierta de la promoción 19 llamado Agustín, muy servicial el muchacho, tanto que nunca dudé le lavara los calzoncillos a su amo y los blumers a Margarita, salió con mi telegrama y no recibí respuesta.

Recuerdo que antes de la salida del buque y en medio de las inspecciones que se realizaban en aquellos tiempos de cólera, un maquinista de apellido Cruz le muestra a uno de los inspectores sanitarios, una colección de mojoncitos de ratas encima de su cama, condones, toallitas sanitarias, restos de comida que incluían jabones mordidos por los roedores, botellas de cerveza de rata, ceniceros cargados de cigarrillos y tabacos de ratas, etc. Asombrosa colección expuesta por aquel maquinista que temía ser un día secuestrado por aquellos animales. Pa qué fue aquello, por poco acusan al gordo de ser agente de la CIA, todo parece indicar que las ratas eran militantes del partido y agentes de la seguridad del estado. Se cagaron en la noticia y se limpiaron con el telegrama, salimos con todas ellas a viaje y Cruz con el antecedente de una delación.

Cuando terminaba mis guardias a las cuatro de la mañana y como era costumbre en casi todos los barcos donde navegué, la guardia saliente encendía la cocina y le preparaba varias cosas a los cocineros, oportunidad que aprovechábamos para desayunar algo. Antes de entrar a la cocina nosotros hacíamos bastante ruido, hubo momentos que contamos encima del fogón unas veinticinco ratas, y lo más curioso, cuando ellas son numerosas se envalentonan y atacan, son como las brigadas de acción rápida, no fueron pocas las veces en las que nos partieron para arriba. Todas las noches sentíamos sus pasos por todo el falso techo, las celebraciones de grandes bacanales y hasta los duelos a muerte entre ellas, llegó el momento que nos acostumbramos a su inevitable presencia, pero sentimos miedo a ser mordidos embarcados en nuestros profundos sueños.

Aquel estúpido de Tamayo apenas cruzaba palabras conmigo durante el viaje, solo las necesarias en los cambios de guardia, en navegación no podía hacerme un cuento porque ya yo había sido profesor en la academia naval, tampoco considero que en nada referente a la carrera. Su actitud dividió a los agregados de cubierta en dos bandos, con él se encontraba su perrito fiel y conmigo el resto que sumaban unos cuatro. Durante toda la navegación hasta Argelia, yo sentía todas las celebraciones que se hacían en su camarote, quedaba exactamente encima del mío y aquellas fiestas eran diarias, es de suponer que con la bebida que le correspondía a la tripulación. Por tal razón mi equipo se organizó y comenzaron a realizar decomisos en la gambuza del buque.

Argelia es un castigo para cualquier marino, no solo ese país, creo que todos los que practican la religión musulmana. Lo peor de todo es que no existió viaje donde no permaneciéramos menos de un mes, este no fue una excepción y para más desgracia nos tocó descargar en tres de sus puertos, Argel, Orán y Mostaganem. Así, mermando cada día los víveres y casi comenzando la primavera salimos con rumbo a Bulgaria o Rumanía, no puedo recordar exactamente pero era un puerto del Mar Negro.

Desde que largamos los cabos la máquina principal no funcionaba bien, los marinos nos acostumbramos a todos los sonidos de la misma manera que, el propietario de un auto es capaz de detectar cuando existen problemas, todo se vuelve armoniosamente monótono y el sonido de una simple piqueta sobre cubierta nos puede despertar. Paramos en varias oportunidades y volvíamos a arrancar con despacio avante, puse el asiento del puente al lado del radar y solo me levantaba para responder al telégrafo cuando solicitaban una parada. Las costas argelinas son profundas y altas, fáciles de navegar e identificar por el radar, ya las conocía también y me daba tranquilidad el hecho de que era precisamente yo el que preparara todas las derrotas.

Los timoneles tenían la costumbre de cambiar sus guardias por acuerdo que ellos solos hacían, en esos momentos tenía en el puente a un mulato gordo de Guantánamo, es una pena que no recuerde ahora su nombre, muy conversador, pero nada de confiar aquel camaján. Cuando ya habíamos sobrepasado la mitad de la guardia y en uno de esos intentos por arrancar la máquina, sentimos una explosión que estremeció a todo el buque. Llamé por teléfono al departamento y nadie contestaba, salí al exterior por la banda de estribor y observé una densa humareda saliendo por la lumbrera situada a popa de la chimenea. Las lumbreras eran unos enormes ventanales horizontales dispuestos para darle entrada de luz al departamento y a la vez permitir el escape de gases que se producen por todos los equipos. Aquellas ventanas por sus dimensiones y peso no podían ser levantadas por varios hombres, para ello disponían de hidráulicos accionados desde el interior de máquinas. Contaba además con unas rejillas protectoras para evitar que persona alguna pudiera caer desde esa altura, esas muy bien pudieran sobrepasar las doscientas libras de peso. En barcos modernos noté la ausencia de esas lumbreras, que sirvieran también para introducir piezas al departamento con la ayuda de grúas.

El Capitán subió a los tres minutos de la explosión y le manifesté que haría un recorrido para evaluar la situación, él asumió la guardia del puente en mi ausencia. Al bajar pasé por el camarote del Primer Oficial, junto a su puerta se encontraba colgada la llave del cuarto de CO2 y me la eché en el bolsillo. Lo hice para evitar que el pánico empujara a cualquier tripulante a cometer un error y disparara el gas, esa acción le había costado la vida a tres marinos durante el incendio del buque “El Jigüe” en el astillero de Hong Kong. Continué en mi descenso hasta llegar al departamento de máquinas, al abrir la puerta que daba acceso por la cubierta principal, una ardiente bocanada de humo negro abrazó todo mi rostro, las llamas sobrepasaban la cubierta de las culatas del motor principal. Cerré inmediatamente esa puerta y me dirigí a la banda contraria, al doblar por el pasillo de babor, me encuentro a un electricista llamado Vicente junto a la puerta que daba acceso al exterior, tenía su chaleco salvavidas puesto y se disponía a salir en ese momento, cuando lo agarro por el hombro y le pregunto; << ¿A dónde cojones tú vas?>> El tipo temblaba y trataba de desprenderse de mí, una fría masa de aire acompañada de gotas de mar se introdujeron de pronto por aquella puerta. << Abandono de buque, abandono de buque.>> Era todo lo que alcanzaba a responderme en medio de una crisis de temblores y pánico. Ese era su primer viaje a bordo de nuestros buques y era lógica su reacción, lo agarré por el cuello y le di dos bofetadas. << Aquí no hay abandono de buque maricón, quítese el chaleco y ayude a su gente a apagar el fuego.>> Fue todo lo que se me ocurrió decirle en aquel momento. Debo agradecerle a Dios que el hombre reaccionara positivamente, se calmó y se incorporó a una fila de tripulantes que iban pasando los extintores de la superestructura para la máquina.

Es una verdadera pena que no recuerde el nombre del Segundo Maquinista, es un negro no muy prieto de unos seis pies de estatura, flaco como una vara de pescar, sencillo, tranquilo, muy joven aún y su esposa había tenido gemelas o las tuvo en ese viaje. Cuando logré entrar al departamento me detuve a observarlo unos segundos mientras evaluaba la situación, y me asombró su serenidad y ecuanimidad a la hora de impartir las órdenes. Creo que él y solo él fue el que salvó al buque de una tragedia mayor, porque el Jefe de Máquinas era un ruso invadido por el miedo y cuyo color, se transformó en un pálido enfermizo durante todo el tiempo que duró el combate contra el incendio.

La avería fue enorme e irreparable a bordo, el carter de la máquina principal había explotado por la banda de babor y por sus orificios podía entrar un hombre caminando cómodamente. La honda expansiva chocó contra el casco del buque y se dividió en dos, una se dirigió al fondo del departamento levantando todas sus cubiertas de acero y lanzando al aire a quienes se encontraban sobre ellas. La otra se dirigió hacia arriba y desprendió las tapas de las lumbreras de los hidráulicos lanzándolas a la banda contraria. Las rejillas de protección que eran atornilladas, cayeron a cinco metros de la lumbrera sobre la cubierta de botes. Yo regresé al puente informándole todos los detalles al Capitán Cordoví, cuando tomé posición por el radar nos encontrábamos separados de la costa a unas diez millas de ella y a cinco del faro situado al oeste de la entrada de Argel. Encendí las luces de buque sin gobierno y abandoné la guardia sin llenar el diario de navegación hasta que se hicieran las conclusiones. Quedamos a merced del viento y la corriente que nos arrastraba hacia el este.

Cuando me levanté casi al mediodía, nos encontrábamos fondeados a solo unas millas de una playa al este y muy cerca de la boca de entrada a Argel. En horas de mi guardia se abarloa una embarcación de la marina argelina que inspeccionó la máquina y se retiró con unas botellas de ron. Solo nos quedaba esperar por las decisiones que tomaran en La Habana.

Dos días después y mientras consumíamos las guardias viendo pasar buques de este a oeste y viceversa, La Habana nos informa que el buque 30 de Noviembre nos remolcaría hasta Barcelona donde evaluarían los daños y realizaríamos reparaciones. Ese dichoso día llegó y el buque fondeó a una milla de nosotros, bajaron su bote y les preparamos nuestra escala real. Con los binoculares identifiqué a Manuel Balsa, era un socio que estudió con nosotros, se encontraba de Primer Oficial en aquel buque y vivía la onda de misterioso. Manolito había pertenecido al MININT y nunca pudo desprenderse de esa rara enfermedad. Cuando subió a bordo le hice un pase de Tamayo y subió al camarote del Capitán, estuvo por allá unos veinte minutos y al bajar me dijo; << Dale flaco, vámonos en la lancha.>> Le pregunté por la historia y me contestó que le había dicho a Cordoví que un agente de la inteligencia quería entrevistarse en su buque conmigo. Con esos truenos todos se cagaban en Cuba, me fui con Manolito en su lancha a beber en el camarote del Capitán Yero hasta que nos cansamos. Debo hacer un paréntesis aquí, Carlos Yero era el cuñado de Rogelio Acevedo, cayó preso cuando el gran escándalo de ese buque donde casi toda su tripulación fue conducida a prisión por contrabando. Escapó junto a los que mantuvieron una actitud varonil y rechazaron los cargos imputados, volvió a caer preso en otra oportunidad por un escándalo en Canarias y libró nuevamente. Estando yo en el exilio me entero de que a Yero fueron a buscarlo preso al puerto de Matanzas, y durante el viaje a La Habana hubo un accidente donde el único muerto fue él. Dicen amigos de la flota que la seguridad del estado filmó a todos los que fueron a su velorio, esto no lo puedo afirmar, solo unas palabras para decir que no era mala persona, pero arrastraba consigo a toda una banda de pendejos de la que nunca me confié, y eso se lo manifesté a Manolito la primera vez que cayó preso.

Cuando me cansé de beber regresé a mi buque con un maletín lleno de botellas de ron, se había levantado una fuerte marejada y no fue muy fácil embarcar. Dejé mi carga misteriosa en el camarote y partí a realizar la maniobra en la proa. Ya teníamos el cable de remolque hecho firme a la cadena del ancla, la tarea ahora era hacerle llegar ese pesadísimo cable al otro buque. Yo debía lanzar desde la proa un cohete lanza cabo, o sea un cohete que llevaría una guía de nylon o soga fina muy fuerte y liviana. A esa guía le ataríamos un cabo o soga de una pulgada de mena o circunferencia, con ese cabo enviaríamos uno de los usados por nosotros en las maniobras, y atado finalmente a él, enviaríamos el cable de remolque que sería necesario cobrar con los winches del otro buque.

Cuando estoy en la proa, un timonel me trae la escopeta lanza cabos y observo que todos los cohetes se encontraban vencidos. Le pido a los marinos que se alejaran de mi posición y lanzo el primero con el ángulo indicado en dirección al otro buque, la fuerza del viento elevó la guía y cayó fuera de su estructura. Preparé enseguida el segundo y lo lancé, el cohete dio contra una grúa y se elevó, la guía fue a dar en el mar también. Yero hizo una maniobra temeraria para acercar su buque al nuestro, no creo que la haya realizado en estado de sobriedad, su proa llegó a aproximarse a la nuestra unos cinco metros y ordené a los marinos retirarse hacia la banda contraria, por puro nerviosismo no les entregamos los cabos en las manos a ellos, con el walky-talky les pedí a sus tripulantes que se mantuvieran agachados cuando vieran partir el cohete, y lancé el tercero a ras con la cubierta de ellos, fue el que llevaron hasta la popa y logramos enviarle el cable después de trasiego planificado con anterioridad.

En Barcelona nos recibieron unos potentes remolcadores que nos llevaron hasta el astillero, al día siguiente salí a la calle con Yero y Manolito, grande debió haber sido la borrachera cuando no supe diferenciar entre un travestís y una mujer, ellos gozaron conmigo pero no me dejaron llegar a un final del que luego pudiera arrepentirme. Se marcharon, no sin antes pasar con Manolito por una farmacia donde ellos compraban el polvo con el que preparaban en Cuba el tinte de pelo para mujer. Luego y cada vez que arribaba algún barco cubano, llegaba siempre uno que otro marino orientado por él para que yo lo guiara hasta aquella farmacia. En pago recibía una que otra invitación a comer o beber.

Mientras esto sucedía, la máquina del buque era desarmada como una casita construida con piezas de dominó. A solo tres días de nuestro arribo llegaron tres personajes “misteriosos” que sometieron a todos los marinos del departamento de máquinas a agotadores interrogatorios. Amablemente nos pidieron que si deseábamos enviar cartas a Cuba se las entregáramos y yo caí como un comemierda, nunca llegaron.

Pasamos tres meses de agonía o castigo en Barcelona, recuerdo que al llegar salí con Cañolo el Tercer Oficial a beber y gasté toda mi plata, no se imaginen que era mucha, creo que no sobrepasaban los cuarenta dólares. Lo hice porque llevaba conmigo un billete del banco Hispanoamericano del 1898, no recuerdo el valor pero pensé que era rico con aquella reliquia. ¡Mierdas! A pocos días de estar en aquella ciudad visité casas numismáticas, y comprobé que el cabrón billete no valía más de trescientas pesetas. Ni me animé a venderlo, no sé qué rayos hice con él, era grande el encabronamiento que tenía.

Uno de esos días de eterno aburrimiento y hambre a bordo, porque debo decirles que si pasé hambre en mi vida de marino, una parte de ella la sufrí estando atracado en Barcelona. No llegaba el dinero para comprar comida y el del pago se demoraba, pues uno de esos días llegó el buque Sandino y mi amigo Cebolla de Primer Oficial, fui a visitarlo con el viejo Cañolo y en una noche nos bebimos entre cuatro una caja de brandy. Cañolo se vomitó en el camarote del Tercer Oficial y cuando se sintió bien, casi al amanecer regresamos a nuestro buque, en ese retorno el que se encontraba borracho como una uva era yo. No recordaba nada de lo ocurrido durante ese regreso.

Al siguiente día Cañolo me invitó a salir, él tenía unas pesetas y las gastó conmigo en un bar. A nuestro regreso, se encontraban en horario de merienda los trabajadores del astillero, enseguida se dirigieron a nosotros.

-¡Almirante! Venga a beberse una cervecita con nosotros.- Yo me asombré ante tanta amabilidad y me le quedé mirando a Cañolo.

-A mí no me mires ni cojones porque la cosa es contigo, ¿sabes por qué te dicen Almirante?- No alcanzaba a comprender absolutamente nada.

-La verdad es que me desayuno con esto.-

-Pues mira que no, te dicen así porque anoche descargaste parte de la borrachera con ellos, les preguntaste si conocían Cristóbal Colón y allí no terminaste, les dijiste que era un tipo que había llegado a Cuba en tres barcos cargados de españoles mamalones. La verdad es que no sé como no te mandaron a la mierda.- Yo lo oía con atención y no daba crédito a su historia.

-¡Jodé hombre! No te hagas de rogar y llega a beber una cervecita.- Dijo uno de ellos y desviamos nuestros pasos hasta el grupo.

-Caballeros, espero sepan disculparme por lo de anoche......- No me dejaron continuar mientras uno de ellos abría dos cervezas.

-No jodás Almirante, eso pasa en las mejores familias, muy buena que la tenías anoche y parece que hoy también cargaste las baterías.- Todos reímos y conversamos durante un rato hasta que ellos regresaron a sus faenas. Luego y al pasar los días, todos me saludaban como el Almirante y aquella voz corrió al turno de día.

En todo aquel tiempo y por las compras realizadas, que incluyó la asignación de pintura para el año, Tamayo recibió unas cinco cajas de brandy de las cuales no ofreció una sola botella a sus subordinados, era un camello egoísta bebiendo y no se le podía reclamar nada, así eran las reglas del juego entonces, estaba prohibido aceptar regalos pero no conocí a un solo Capitán u Oficial que las rechazara, tampoco se les podía cuestionar porque la mayoría de ellos eran militantes. Muchas veces no eran tales los regalos, solo el producto de negociaciones fraudulentas en las que yo mismo caí a finales de mi estancia en la flota.

No recuerdo qué rayos yo hacía ese día en el alerón del puente, tuve que haber estado revisando los equipos, me imagino. Se me acerca Cordoví y me manifiesta que desde aquellos instantes yo era el Primer Oficial del buque.

Cuando me cansé de beber regresé a mi buque con un maletín lleno de botellas de ron, se había levantado una fuerte marejada y no fue muy fácil embarcar. Dejé mi carga misteriosa en el camarote y partí a realizar la maniobra en la proa. Ya teníamos el cable de remolque hecho firme a la cadena del ancla, la tarea ahora era hacerle llegar ese pesadísimo cable al otro buque. Yo debía lanzar desde la proa un cohete lanza cabo, o sea un cohete que llevaría una guía de nylon o soga fina muy fuerte y liviana. A esa guía le ataríamos un cabo o soga de una pulgada de mena o circunferencia, con ese cabo enviaríamos uno de los usados por nosotros en las maniobras, y atado finalmente a él, enviaríamos el cable de remolque que sería necesario cobrar con los winches del otro buque.

Cuando estoy en la proa, un timonel me trae la escopeta lanza cabos y observo que todos los cohetes se encontraban vencidos. Le pido a los marinos que se alejaran de mi posición y lanzo el primero con el ángulo indicado en dirección al otro buque, la fuerza del viento elevó la guía y cayó fuera de su estructura. Preparé enseguida el segundo y lo lancé, el cohete dio contra una grúa y se elevó, la guía fue a dar en el mar también. Yero hizo una maniobra temeraria para acercar su buque al nuestro, no creo que la haya realizado en estado de sobriedad, su proa llegó a aproximarse a la nuestra unos cinco metros y ordené a los marinos retirarse hacia la banda contraria, por puro nerviosismo no les entregamos los cabos en las manos a ellos, con el walky-talky les pedí a sus tripulantes que se mantuvieran agachados cuando vieran partir el cohete, y lancé el tercero a ras con la cubierta de ellos, fue el que llevaron hasta la popa y logramos enviarle el cable después de trasiego planificado con anterioridad.

En Barcelona nos recibieron unos potentes remolcadores que nos llevaron hasta el astillero, al día siguiente salí a la calle con Yero y Manolito, grande debió haber sido la borrachera cuando no supe diferenciar entre un travestís y una mujer, ellos gozaron conmigo pero no me dejaron llegar a un final del que luego pudiera arrepentirme. Se marcharon, no sin antes pasar con Manolito por una farmacia donde ellos compraban el polvo con el que preparaban en Cuba el tinte de pelo para mujer. Luego y cada vez que arribaba algún barco cubano, llegaba siempre uno que otro marino orientado por él para que yo lo guiara hasta aquella farmacia. En pago recibía una que otra invitación a comer o beber.

Mientras esto sucedía, la máquina del buque era desarmada como una casita construida con piezas de dominó. A solo tres días de nuestro arribo llegaron tres personajes “misteriosos” que sometieron a todos los marinos del departamento de máquinas a agotadores interrogatorios. Amablemente nos pidieron que si deseábamos enviar cartas a Cuba se las entregáramos y yo caí como un comemierda, nunca llegaron.

Pasamos tres meses de agonía o castigo en Barcelona, recuerdo que al llegar salí con Cañolo el Tercer Oficial a beber y gasté toda mi plata, no se imaginen que era mucha, creo que no sobrepasaban los cuarenta dólares. Lo hice porque llevaba conmigo un billete del banco Hispanoamericano del 1898, no recuerdo el valor pero pensé que era rico con aquella reliquia. ¡Mierdas! A pocos días de estar en aquella ciudad visité casas numismáticas, y comprobé que el cabrón billete no valía más de trescientas pesetas. Ni me animé a venderlo, no sé qué rayos hice con él, era grande el encabronamiento que tenía.

Uno de esos días de eterno aburrimiento y hambre a bordo, porque debo decirles que si pasé hambre en mi vida de marino, una parte de ella la sufrí estando atracado en Barcelona. No llegaba el dinero para comprar comida y el del pago se demoraba, pues uno de esos días llegó el buque Sandino y mi amigo Cebolla de Primer Oficial, fui a visitarlo con el viejo Cañolo y en una noche nos bebimos entre cuatro una caja de brandy. Cañolo se vomitó en el camarote del Tercer Oficial y cuando se sintió bien, casi al amanecer regresamos a nuestro buque, en ese retorno el que se encontraba borracho como una uva era yo. No recordaba nada de lo ocurrido durante ese regreso.

Al siguiente día Cañolo me invitó a salir, él tenía unas pesetas y las gastó conmigo en un bar. A nuestro regreso, se encontraban en horario de merienda los trabajadores del astillero, enseguida se dirigieron a nosotros.

-¡Almirante! Venga a beberse una cervecita con nosotros.- Yo me asombré ante tanta amabilidad y me le quedé mirando a Cañolo.

-A mí no me mires ni cojones porque la cosa es contigo, ¿sabes por qué te dicen Almirante?- No alcanzaba a comprender absolutamente nada.

-La verdad es que me desayuno con esto.-

-Pues mira que no, te dicen así porque anoche descargaste parte de la borrachera con ellos, les preguntaste si conocían Cristóbal Colón y allí no terminaste, les dijiste que era un tipo que había llegado a Cuba en tres barcos cargados de españoles mamalones. La verdad es que no sé como no te mandaron a la mierda.- Yo lo oía con atención y no daba crédito a su historia.

-¡Jodé hombre! No te hagas de rogar y llega a beber una cervecita.- Dijo uno de ellos y desviamos nuestros pasos hasta el grupo.

-Caballeros, espero sepan disculparme por lo de anoche......- No me dejaron continuar mientras uno de ellos abría dos cervezas.

-No jodás Almirante, eso pasa en las mejores familias, muy buena que la tenías anoche y parece que hoy también cargaste las baterías.- Todos reímos y conversamos durante un rato hasta que ellos regresaron a sus faenas. Luego y al pasar los días, todos me saludaban como el Almirante y aquella voz corrió al turno de día.

En todo aquel tiempo y por las compras realizadas, que incluyó la asignación de pintura para el año, Tamayo recibió unas cinco cajas de brandy de las cuales no ofreció una sola botella a sus subordinados, era un camello egoísta bebiendo y no se le podía reclamar nada, así eran las reglas del juego entonces, estaba prohibido aceptar regalos pero no conocí a un solo Capitán u Oficial que las rechazara, tampoco se les podía cuestionar porque la mayoría de ellos eran militantes. Muchas veces no eran tales los regalos, solo el producto de negociaciones fraudulentas en las que yo mismo caí a finales de mi estancia en la flota.

No recuerdo qué rayos yo hacía ese día en el alerón del puente, tuve que haber estado revisando los equipos, me imagino. Se me acerca Cordoví y me manifiesta que desde aquellos instantes yo era el Primer Oficial del buque.

Martes, 20 de Diciembre del 2005

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