Cuba es un cuento, compay

El Ché y el gobelino

Hoy se cumplen cuarenta años de mi paso por aquella chivería, lo recuerdo perfectamente, ese día fuimos convocados a participar en una concentración que se realizaría en la plaza. No estoy muy seguro de que haya sido exactamente ese día, creo que no. Yo no era chivero, ni pastor, ni la cabeza de un guanajo, yo comenzaba a dejar de ser yo y debía moverme en el mismo sentido de la corriente, hacía muy poco que había cumplido los dieciocho años.

Sweet y yo no nos mantuvimos diez minutos entre aquella gente con aires fúnebres, silenciosa, enlutada, triste. Nuestra juventud nos alejaba de un velorio que no era nuestro, nos desplazamos por 20 de Mayo hasta Infanta y doblamos a la izquierda. Anduvimos por una avenida casi semidesierta y no nos llamó la atención, comenzábamos a acostumbrarnos. En Clavel doblamos a la derecha, Sweet no comentaba nada, era de poco hablar. Cuando llegamos a Subirana doblamos nuevamente a la derecha y nos detuvimos frente a la tercera puerta, ese día tenía colocada una aldabita y como llegaba con un extraño preferí tocar. Nos sentamos en la sala, mi abuela no se sorprendió por aquella inesperada visita, no existía esa costumbre de llamar por teléfono para anunciarla. Ella tenía teléfono, aún recuerdo su número 70-76-31, es solo una prueba a mi memoria. Eran otros tiempos, llegabas y nadie te ponía mala cara, pocos minutos después el aroma del café inundaba cualquier casa. Aunque esa costumbre se iría perdiendo por el dichoso racionamiento, pero se conseguía, ya existía un mercado secreto. Mi abuelo prendió un tabaco casi de su estatura, no hablaba, era poco comunicativo, poco familiar, caía mal desde el primer encuentro con su persona. Permanecía sentado en su butaca al lado del televisor, justamente a su lado, durante horas y el cuello virado hacia la pantalla, consumiendo cualquier cosa y listo para darle una trompada al aparato cuando se movían aquellas líneas horizontales, pocos tenían televisor también. Sus bocanadas de humo blanco azuloso bloqueaban de vez en vez la imagen, abuela tampoco hablaba. Allí permanecimos sentados como fugitivos hasta el final del discurso, era la hora de regresar al campamento, dormir, descansar para enfrentar un nuevo día donde deberíamos comentar algo, identificarnos, revolcarnos con los chivos.

Ese día nació un nuevo santo que no había sido crucificado, el mismo pelo largo, las mismas barbas, el mismo amor por los pobres, los desposeídos, los explotados. Ya teníamos dos, el primero se perdió en una avioneta, pero de ése solo se hablaba una vez al año. Ambos fueron beatificados sin el consentimiento del Papa, uno para consumo nacional, y el otro, para vender en moneda fuerte, éste saltó nuestras fronteras rápidamente y se consume mucho más que los discos de Elvis o las fotos de las cataratas del Niágara.

Luego, la historia es conocida por todos nosotros, gallardetes, banderitas, órdenes, escuelas, barcos. ¡Ohhh! Aquella canción del Carlos Puebla que tanto gusta a los turistas y latinos peluditos que visten un pullover con su imagen legendaria. ¡Pobre viejo!, lo vi varias veces naufragando en galernas de alcohol en el restaurante El Patio. Guarida de tantos marinos que abrían sus puertas con sobornos y extendían su propina al infeliz diablo para que les cantara esa canción, ¡qué borracheras aquellas cargadas de espíritu revolucionario! Siempre fue así, nos reunimos grandes grupos y nunca faltaba uno que llevara su carné como credencial, siempre fue más importante que el de identidad.

Un día caí en baja, en esas bajas que no pueden ser registradas por ningún barómetro, en las que tus compañeros y socios te dan la espalda para no ensuciarse, en las que el miedo te invade ante la incertidumbre del qué te pasará. Pasó un pariente muy conciente, muy proletario, muy revolucionario, muy comunista, muy, muy, y me trajo un poster de su santo preferido. ¡Úsalo! Tal vez san Ernesto pueda abrirte el camino, me dijo. Yo nunca había creído en Changó, Orula, Ochún, y menos en la pila de babalaos fabricados como cualquier morcilla. Lo miré y me gustó, era en colores y de aproximadamente un metro de largo por unos sesenta centímetros de ancho. Una de las paredes de la sala se encontraba vacía, y como estaba pintada de blanco, aquellos colores muy bien podían contrastar artísticamente en su entorno, hasta hacía juego con los muebles de la sala y el equipo de música, pensé. Va y con esto me limpio un poco, va y tiene poderes de verdad y acabo de salir de ese cabrón bache, volví a pensar y lo colgué.

Algo me molestaba mucho, entre otras cosas, que mis hijos fueran obligados a pedir ser como él cada mañana. Siempre preferí que fueran como yo o en el mejor de los casos como ellos mismos, pero opinar sobre eso me ensuciaría mucho más.

Pasaron unos tres años y no se cumplieron ninguno de los milagros esperados de aquel santo. Es más, nunca pudo controlar mi lengua, mi maldita lengua, mi desgraciada lengua, la causante de todos mis males, la condenada por un extraño maleficio que al final me trajo hasta estas frías tierras. En Singapur compré un gobelino muy bello y a un precio razonable, o sea, que se ajustaba a los dos dólares diarios que ganaba, gasté un poco más de lo ganado en una semana, digamos que semana y media, pero valía la pena sacrificarme por aquella extraña vanidad. Era una caravana de camellos saliendo de un oasis, tendría un metro y medio de ancho por uno de largo, me encantaron sus colores y se encontraría en armonía con mis muebles y equipo de música, no lo pensé dos veces.

Una vez con el gobelino en la casa, retiré el poster de aquel santo que no concedía ni arreglaba nada. Lo desbaraté y metí en el tanque de la basura. No se me ocurrió pensar que muy bien pudo ser utilizado en el comité para presidir sus misas semanales, o bien en las escuelas de mis hijos para que oficiara sus oraciones colectivas, y hasta en el mismo barco. No pensé que si se lo hubiera llevado al secretario del partido, me serviría para limpiar un poco el pasado y presente de aquel momento, no lo pensé o no quise pensarlo, ¡a la mierda con esta cosa!

No por gusto un estado ha invertido tanto en sus propósitos por destruir una comunidad como la nuestra, han sido años de infiltraciones constantes, gastos económicos elevadísimos, campañas de propaganda difamatoria interminables. Nunca en la historia de nuestra América, un gobierno se ha ensañado con tanto odio en contra de sus nacionales que viven en el extranjero, ese ha sido nuestro caso. Razones sobran, un día dejamos de ser una propiedad y decidimos ser libres. Pero esa no es la más importante de todas, no lo comprendí hasta encontrarme del lado de acá.

En esta otra orilla se encuentra una gran parte de nuestra verdadera historia, aquí viven los dedos acusadores que un día subirán a un tribunal pidiendo justicia. Aquí es donde realmente se conoce la repugnante historia de quienes han sido vestidos como santos y resultan ser unos aberrados criminales. Aquí fue donde me enteré de los crímenes cometidos contra nuestro pueblo por ese embajador del odio que, hoy beatifican millones de idiotas en diferentes continentes.

No me avergüenzo por haber colgado la imagen de un asesino en la sala de mi casa, creo que a millones de seres en nuestra isla deba sucederle lo mismo. No por gusto se aferran en mantenerla aislada del mundo, pero tarde o temprano la verdad tendrá que imponerse y caerán íconos, mitos, altares, leyendas, estatuas. Ese día llegará y toda esa porquería tendrá un solo destino, el basurero de la historia.

Gracias a Dios por haber alumbrado un día mi camino, mis hijos no son como él, mi nieto nunca lo será, las máquinas de matar hombres serán destruidas y el odio que supo sembrar en nuestra tierra se convertirá nuevamente en amor.

Lunes, 15 de Octubre del 2007

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