Cuba es un cuento, compay

Ramoncito

Vivía frente a la parada de la guagua que se encuentra a la entrada del Golfito, compartía apartamento con su hija mayor, una rubia criolla gracias a las bondades del agua oxigenada. Mantenía bajo su tutela a un varón que tendría entre trece y quince años. Nunca le pregunté por su mujer, creo que no existía en su pobre inventario. Pocas veces pasé a su interior, me deprimían las visitas a hogares cubanos donde el paisaje casi siempre era común, los muebles que pertenecieron a nuestros abuelos y el lloriqueo inconsolable, nuestra más valiosa propiedad.

Lo conocí por medio de Reynaldo, Ramoncito no pertenecía a mi mundo, bueno, Reynaldo tampoco, era solamente mi vecino. Tocaba como baterista en la orquesta del cabaret del hotel Riviera, un blanco de ojos verdes con un inglés americano muy fluido y casi sin acentos, me dijo que vivió en la yuma por un tiempo. Nos conocimos por esas relaciones casi obligadas que se establecen en un régimen promiscuo como el cubano. Varias reuniones del CDR bastaron para intercambiar saludos y ser atraídos por el bichito de la curiosidad. Reynaldo era cuñado de un oficial de la marina que hoy se encuentra en Miami, ambos radican en esa ciudad.

No tengo ideas de la profesión que desarrollaba Ramoncito, no pudo ser muy importante tampoco, su cultura era pobre, pero bueno, ese detalle no era determinante en la vida de los cubanos, una prostituta era más exitosa que un cirujano a los ojos de la sociedad. Algo teníamos en común un músico, un marino y otro hombre sin cultura y muy humilde, el amor por pescar y el buen gusto a la hora de elegir un buen pescado. Resultaba más simple mantenerme en las proximidades del río Cojímar y esperar la entrada de los pescadores para comprarle cualquiera de sus presas. Sin embargo, el placer masoquista que provoca esa lucha entre pez y persona llega a convertirse en un vicio que se considera casi un deporte o entretenimiento. Olvidas el paso del tiempo, las picadas de voraces e insaciables mosquitos, la humedad del trópico en horas de la madrugada, el hambre, la lluvia, la incomodidad del diente de perro pinchando tus nalgas, las trabazones y pérdidas de anzuelos. Una picada, una simple picada te hacía olvidar aquellos contratiempos y despertaba todas tus alarmas. Se lo decías a cualquiera de los dos y comenzaban las especulaciones sobre la posible presa, ¿cómo te picó?, ¿arrastró la plomada?, ¿picó duro? ¡Ese es un ronquito! Bueno, ya estamos cerca de la corrida del pargo, va y chocas con uno. La esperanza se mantenía viva hasta la salida del sol, muchas veces regresamos con el saco vacío o deslastrado del peso de nuestras pobres meriendas y las plomadas dejadas en el fondo de toda esa costa habanera, donde dejamos marcadas como cuños personales las huellas de nuestras nalgas.

Ramoncito tenía una magnífica lancha, se movía con el motor de un auto muy bien adaptado a su nuevo uso. Su eslora y buen estado me hizo pensar varias veces en la posibilidad de una fuga hacia ese punto donde recalan todos los cubanos. Él y Reynaldo tenían el carnet de pesca deportiva que les permitía salir de la jaula de vez en cuando. Yo era oficial de la marina con miles de millas en mis espaldas y decenas de países visitados, sin embargo, no me estaba permitido alejarme más allá del alcance de los fusiles y mirada de mis veladores. Ambos salían a pescar conmigo por complacerme, hacerme la media o quizás darse unos buches de ron y fumar sin límites, solo yo tenía esa posibilidad. Los salarios de ambos eran muy limitados, ajustados e insuficientes para llegar a fin de mes. Reynaldo realizaba trabajos de albañilería conmigo en mis largas estancias en tierra, como baterista de orquesta sabía de ese oficio lo mismo que yo de cosmonauta. Me servía de ayudante y se encargaba de preparar cualquier bobería para merendar, al final se iba con un dinerito extra y varias botellas de ron o cerveza en el estómago.

Varias veces nos montamos en el bote de Ramoncito, lo hice con mi familia y fondeamos dentro de la pequeña bahía de Cojimar. Hacíamos el simulacro de pescar, porque verdaderamente lo único que picaba allí eran los mosquitos. Una que otra vez se nos pegaban buenas sardinas que terminaban su viaje en el sartén de la casa, solo una vez se pegó un enorme sábalo que compartieron entre Reynaldo, Ramoncito y Florido, otro vecino nuestro. Yo renuncié a mi parte del pescado porque sabía de la cantidad de espinas que tiene, pero ellos lo dividieron en partes iguales y se lo llevaron. Los días que no salíamos a pescar, Ramoncito se llegaba hasta la casa para ver la novela en colores, creo que era La Esclava, muy pocos cubanos poseían televisor a color. Esa era su vida, el trabajo, la pesca, la novela y el ron barato.

Me dijo Reynaldo que alguien lo caminó y le quitaron la lancha, parece que lo acusaron de querer abandonar el país y ese era un delito gravísimo. Ramoncito construyó una balsa con la ayuda de otro amigo y se lanzó al mar llevándose también a su hijo varón. Parece que olvidó hacerle una ofrenda a Cachita antes de lanzarse en su aventura, quizás no tuvo mucho tiempo, tal vez la hizo y se le quedó entre los manglares de la costa. No podían perder mucho tiempo, ya había pasado la ronda de guardafronteras y regresarían a la media hora. Cachita no los perdonó, no escuchó sus justificaciones, rechazó sus rezos tardíos y sus miedos por las balas de AK.

Las luces de Alamar comenzaban a perderse, pensaron fuera los restos de la ciudad donde habían malvivido una parte prolongada de sus existencias. Observaban cómo las casas se iban hundiendo y la oscuridad se los tragaba dejando un hálito de luz como recuerdo de algo que fue o imaginaron. El viento comenzó a soplar malhumorado, cumplía órdenes que venían de arriba, de donde llegan todas para maldecir nuestras suertes. El cielo mostró su ira y comenzó a teñir de negro su negrura, dejando sentir su desprecio por el que escapa con destellos fotográficos. El mar, el mismo mar que una vez lo alimentó y prometió llevarlo hasta su destino lo traicionaba, se elevaba por encima de su altura y lo abrazaba con crestas risueñas y espumosas que se burlaban de su desdicha.

Cayó al agua y fue devorado por los tiburones delante de su hijo, el muchacho no pudo ver el agua teñida de rojo en medio de la negrura. Cayó también su amigo para satisfacer el apetito insaciable de una escuadra de animales que los odiaban sin razón. Solo Reynaldo sabe quién fue primero o segundo, poco importa, quizás el mismo estómago guardara carnes de diferentes cuerpos. Cachita se apiadó del muchacho y ordenó que los vientos soplaran de dirección norte. La balsa fue empujada nuevamente hacia la costa, hacia la tierra donde millones de seres son condenados a vivir como esclavos con el visto bueno de curas, reyes y santos. No sé que será de ese muchacho, sí sé que Ramoncito pertenece a ese ejército de Ramones que hoy duerme en el fondo del mayor cementerio del mundo, duerme ese largo sueño de nuestras conciencias y temores.

Un día, borracho y atacado por esos arranques perdidos de nostalgia, me vino a la mente la imagen puritana de Ramoncito y quise componerle una canción. No tiene métrica, no tiene ritmo, no tiene música, solo tiene lo que sentí en medio de aquella borrachera.

SON PARA UN MUNDO IRRACIONAL

(Letra para una canción)

El corazón de un cuerpo mutilado,
Oculto y temeroso entre manglares,
Espera por la luna llena,
Llena también de pleamares,
Que ayuden a reflotar su nave,
El barco del valor y la vergüenza.
Huye el corazón del cuerpo mutilado,
De lo que fuera el paraíso prometido,
Infierno del discurso interminable,
Marchas sin fin y sin barreras,
Va en busca de su mano cercenada,
Para escribir la historia de hoy,
La que preguntarán mañana.
Cuerpos de rostros duplicados,
Montado al lomo de un escualo,
Dicen que cuidando su frontera,
Matan como esos mismos animales,
Para mantener encerrados,
La mentira, el hambre y la miseria.
Al soplo de los vientos terrales,
Y con la subida de la marea,
El corazón iza las velas de su nave,
Boga en busca del futuro y la esperanza,
Mirando con dolor y espanto,
Las tristes huellas de su estela.
Bacanales de los irracionales,
Los que cambian libertades por escuelas,
Esqueletos confundidos con corales,
Convertidos en collares y pulseras,
Amuletos de todos los que aplauden,
Y usan de sábanas banderas.
En la piscina de una funeraria,
Nadan todos los incondicionales,
Falsos Santeros de consolidados,
Pastores no exorcizados,
Curas que gritan consignas belicosas.
Intelectuales de grandes carnavales,
Los que siempre duermen con caretas,
Quienes por cobardes vendieron su arte,
Convirtiendo en estiércol la historia,
La puta en una mujer de éxito,
Y la droga en un dogma o jarana.
Gobernantes, Reyes y Embajadores,
Guerrilleros de la muerte y partidos opuestos,
Posan muy contentos junto a la momia,
Como fondo un pueblo que come gatos,
Y tiburones que comen pueblo,
Luego.. guardan la foto de recuerdo.
Todos recitan algo que dice, tengo.

Otros corazones mutilados,
Se esconden en la maraña de la costa,
Escapan desesperados,
Ante el acecho de un cuerpo uniformado,
Al que le han extirpado la memoria.
Allende los mares otros cuerpos,
Distribuidos por todos los universos,
De un planeta sordo y enfermo,
Asiste a la creación de un monstruo,
Esperan por sus corazones,
Los que un día dejaron en la otra orilla,
Sueños en formar a un hombre sano,
Dejar constancia en su legado,
La que un día enseñarán en las escuelas,
Cuando nuestras nietas sean abuelas,
Que una vez existió un pueblo dividido,
Con falta de voz y rostros multiplicados,
Y que parte de ese pueblo sobrevivió enajenado,
Las condenas de nuevas generaciones,
Porque nunca aceptó canjear sus libertades,
Y murió abochornado de pasiones.

Estribillo..

Ni somos lo mejor, ni somos lo máximo,
No nos vendemos como un pan caliente,
No usamos caretas como otras gentes,
Y bailamos este son mutilado,
A capella, libres, y muy alegres……
bis. bis. bis

Esteban Casañas Lostal. - Montreal..Canadá - 2009-04-01

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