Cuba es un cuento, compay

Tormenta de recuerdos

Aquella larga pitada tuvo un especial significado en mi vida, me estremeció como ninguna y mis ojos se desviaron inmediatamente hacia la coqueta ciudad. La consumí con avaricia y guardaba cada detalle de ella como hojitas cuidadosamente dobladas en los archivos de mi mente, como un secreto que nunca se quiere revelar, como temiendo perderla alguna vez. Con el tiempo aprendí a diferenciar las pitadas y conocí sus significados, pero solo dos lograban erizar cada molécula de mi cuerpo, las de salida y entrada a La Habana. Fui recorriendo hambriento todo el muro del malecón y me detuve frente al parque de Maceo. ¡Qué distinto se ve desde aquí! Es tan bello como en mi infancia.

El mar lograba limpiar las pestes de una ciudad que luchaba por no morir ante la indiferencia de sus habitantes, se perdían los tanques de basura desbordados que diariamente tratábamos de esquivar junto a la parada de la guagua. Se evaporaban los humos que nos asfixiaban y no se escuchaba la radio del vecino con aquella música que hace danzar a un paralítico. El buque dio dos pitadas cortas y comenzó a cambiar su rumbo a estribor, los edificios comenzaron a moverse hacia popa. Lentamente se esfumaban los gemidos que llegaban desde cualquier ventana de una ciudad promiscua y caliente, activa y apasionada, sexualmente alardosa, hipócrita y traidora. Cautivadoramente exagerada, asombrosamente hambrienta y satisfecha, experta devoradora de hombres y mujeres entre sus piernas. El ombligo de ese mundo tan absurdo y peculiar como el cubano, muy tramposo. Se estremecieron todos los palos del barco y una densa humareda escapó protestando por su chimenea.

-¡Revisen el trincaje de las tapas de bodegas! ¡Pañolero! Vayan arranchando toda la cubierta! Fue la voz del contramaestre, orden trasmitida con movimientos de ojos, cejas y pestañas que nos indicaba abandonar el castillo de proa. Algo me decía que debía aprender a comprenderlo, no hablaba mucho o tal vez no deseaba separar el mocho tabaco de su hedionda boca. Me molestó ser apartado bruscamente de aquella mirada bohemia y tímida, furtiva y prohibida, evitaba despertar aquella virginidad perdida a un precio muy caro. Sacudía hojas secas de caña, surcos de malanga, bolsitas con posturas de café, condones recién descubiertos, peste de chivos machos y muchas chivaterías de seres disfrazados de machos, todo caía al mar y lo contaminaba. Deseaba disfrutar aquel nuevo romance y gritar como el almirante en medio de sus desesperos o embriaguez, esa era la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto, solo que el único humano era yo. Deseaba olvidar todas las mierdas que esa tierra guarda en sus entrañas para atraparte con su embrujo y emboscadas y luego maldecir tu inocencia con una asquerosa carcajada. Solo el mar posee esa virtud de perdonar y purificar vicios, infidelidades, muros destruidos, estatuas orinadas por perros y borrachos.

-¡Sapo! Apila toda esa madera de ventila y pásale un estrobo por abajo. Le gritó Miguelito el pañolero a Menéndez. -¡Hazlo con el nuevo! Ese era yo y sentí deseos de mandarlo al carajo. El Morro nos quedaba por estribor y La Habana se iba perdiendo sin apuro por la aleta del barco, como aquellos amores que deslumbran por el hambre de sexo. Miguelito no era mala gente, muy noble, pero muy cerrado, terco y bruto. Había llegado a La Habana a principios de la revolución con una caravana de guajiros que desfilaron por la Plaza Cívica montados a caballo y con machetes en la cintura como los viejos mambises.

-¿Y después del desfile? Siempre le preguntaba alguien que conocía de memoria aquella historia contada repetidamente durante las tertulias de popa.

-Después de pasar frente a la tribuna y en esa calle ancha donde está el Ministerio de las Fuerzas Armadas… Siempre se detenía en ese punto para darle más protagonismo a su narración, no tenía otra historia que contar. –Bueno, allí me quité el sombrero de yarey, el machete de la cintura y con él le di un planazo al caballo. No quieras ver cómo salió espantado el pobre animal. Se detenía nuevamente y se reía de lo que consideraba el mejor chiste de su vida, solo él se reía. Los ojos se le achicaban y rasgaban hasta dar la imagen de parentesco con algún asiático. Era de tez cobriza y pelo negro como el azabache, menudo de cuerpo y con las piernas algo separadas por la ausencia de la montura. Era un hombre sin mucha suerte en el campo del amor y la gente comentaba, hablaba, chismeaba. Si no la tiene chiquita es malo en la cama. Fueron las conclusiones.

-¡Lobaina! Ve acomodando esos cuarteles junto a la escotilla de la bodega para mañana meterlos después de la limpieza en el entrepuente. Lobaina lo miró y puso mala cara, los cuarteles eran pesados. -¡Trabaja con el otro Sapo en eso! Bernardo lo miró por el rabillo del ojo y no expresó lo que sentía en esos instantes, soltó la tabla que tenía en sus manos y partió de mala gana junto al otro hasta la bodega número tres.

-¡Cojones, como pesan estos cuarteles! Protestó el otro Sapo cuando levantó el primero. Su constitución física era bastante pobre para su edad, bien flaco y encorvado como el jorobado Lagardere, nariz pronunciada y solo vencida por la de Chirino. Rubio como pocos en una isla mestiza y unos ojos azules como los de cualquier ser nacido un poco más al norte. Nos contó durante el viaje que había trabajado de patrón en varias lanchas de la Seguridad del Estado y que una u otra vez, dieron sus viajecitos en el yate El Pájaro Azul de Fidel. Nunca había trabajado duro, esa gente no trabaja, cualquier tarea que le encomendaran chocaba con sus protestas. No era mala gente y pertenecía al círculo de narradores que amenizaban las tertulias de popa después de las comidas. Lobaina era un guajiro de Nicaro un poco más refinado que Miguelito, pero todos sus esfuerzos por ocultar aquel origen campesino resultaron inútiles, su andar lo delataba. Pertenecía a esa generación del hombre nuevo que la isla paría con mucho dolor, sudor y lágrimas, pero no era extremista. Fue flaco a la influencia del degenerado capitalismo, gustaba vestir bien y andar perfumado en un país condenado al mal olor. Su primera novia fue una negra muy simpática e inteligente que estudiaba medicina. Fui cómplice de sus preparativos para la boda, pero algo le hizo cambiar repentinamente el rumbo y se casó con una blanca. Imagino se haya dejado influenciar por las consignas de aquellos tiempos y quiso “adelantar”, porque él era mulato. A lo lejos se divisaba la entrada al túnel custodiada por el Morro, un poco por la amura de estribor se disfrutaba de los edificios de La Habana del Este, un territorio inexplorado por mí, un chamaco de barrios. El sol estaba muy próximo a ponerse por la popa, otra de esas divinidades vedadas a millones de los míos desde el ángulo de mi vista..

La comida era espectacular y el servicio recibido en el comedor era uno de aquellos momentos sagrados que no deben olvidar los marinos de mi generación, todo un lujo comparable con los mejores hoteles de la isla. Chirino era el camarero del comedor de tripulantes, alto como una palma y de una fealdad única, especial, repulsiva. Su apéndice nasal era proporcionado a su estatura y le daba el aspecto de una aspiradora humana, gracias a Dios era muy sereno y relajado, nunca respiró con violencia en aquel pequeño comedor, no corrimos el riesgo de asfixiarnos por falta de oxígeno. Era de los poquísimos militantes del partido en aquellos tiempos de pureza marinera, muy noble, pero incapaz de mantener en secreto lo que veían sus ojos, creo que en Cuba le llaman chivatos. Por ser minoría, el poder de acción de esos individuos era muy limitado, hablo de tiempos donde las tripulaciones comprendían a muy pocos de esta especie que más tarde nos dijeron eran nuestros “ejemplos”. Chirino no podía empatarse con nadie en cualquiera de los puertos donde arribáramos, yo entiendo a las mujeres de esos pueblos. Sonárselo debió representar un costoso sacrificio, hasta las putas tuvieron que cobrarle tarifa triplicada, razonable y aceptada actitud. Era muy buen trabajador y complaciente con todos los tripulantes sin distinción, pero cargaba una mirada triste y saturada de frustraciones, nadie puede imaginar lo que ocurría dentro de su mente, si alguna vez ocurrió algo.

Un día, estábamos atracados en Bilbao y llega un representante de la Flota Pesquera al buque para pedirnos que asistiéramos al acto de cambio de bandera de un buque adquirido por Cuba. Lo iban a bautizar con el nombre de “Puerto de Sagua”, era un pesquero cerquero, la tripulación era española y lo entregarían en Canarias. Como en aquellos tiempos no existía el fuerte y numeroso ejército de “Jineteras” que se ha casado con extranjeros para escapar del país, era de suponer que se careciera de representantes de nuestra tierra, única razón para invitarnos a ese acto. Chirino andaba de franco ese día y regresó tarde. Nosotros debíamos presentarnos en el barco antes de las doce de la noche en cualquier puerto español y entregarle el pase que nos daban al carabinero que montaba guardia en el portalón. Llegó bastante tarde y borracho, se podía beber en aquellos tiempos de España franquista. Un chico de vino costaba dos pesetas, los bares tenían botas de cuero donde te empinabas gratis y una cerveza San Miguel, el mejor de nuestros santos, podía costar unas siete pesetas. Nosotros ganábamos un dólar diario, unas setenta y cinco pesetas, podíamos darnos el lujo de beber algo y olvidar las demandas de blumer, medias, zapatos y todas las putas necesidades que convirtieron nuestras vidas en pequeños infiernos. Listicas de pedidos que nunca supimos cómo carajo satisfacer a golpes de pajas y privaciones, largas caminatas por ahorrar el precio de un pasaje en autobús, la sed y el hambre aguantada por comprar unos ajustadores que esconderían unas apetitosas tetas. Pajas, muchas pajas en nombre de la madre, la esposa, el hijo y el espíritu santo, ¿y luego?

-¿Y aquí no ge ginga? Gritó Chirino en medio de aquel comedor repleto de gallegos y gallegas. Alguno de ellos lo comprendió y se indignaron, no recuerdo si alguien quiso pasarle la mano. Buenos oídos los de aquellos españoles capaces de descifrar aquel sonido casi gutural en medio de las borracheras y la música a todo volumen. Chirino era medio fañoso también y en ocasiones nosotros mismos no lo comprendíamos. Hubo que sacarlo con urgencia de aquel barco y al día siguiente, el naciente comité de los rojos le pasó la cuenta, decidieron sancionarlo.

-¿Y aquí no ge ginga? Preguntaba algún jodedor desde la mesa de los engrasadores con voz fañosa.

-¡Gí, aquí ge ginga, pero gin carné! Respondía alguno de nosotros desde la mesa de cubierta.

Para subir al puente debías pasar inevitablemente por la puerta del camarote del segundo oficial, siempre la mantenía abierta y junto a la cama tenía un cubo que utilizaba para vomitar. La peste de la jaula de los leones del zoológico habanero era más tolerable que el irresistible olor nauseabundo despedido por José Levi Tur. Todo el viaje lo realizó en cama, creo que aquel fue su último viaje como navegante.

-¡Segundo!, vaya inmediatamente a cambiarse de ropa para recibir al Práctico. ¡Carajo! Usted parece un pingüino o una mala palabra. Levi se sorprendió ante la violencia de aquellas palabras expresadas por uno de los capitanes más exquisitos de la flota, pero su facha no dejaba espacio a otra reacción. Las botas de frío rusas que le llegaban casi a las rodillas y aquel gorro peludo con las orejeras tiesas como las aspas de un helicóptero le daban el aspecto de espantapájaros siberiano. Después de aquel viaje encontró trabajo en la Empresa de Navegación Mambisa y llegó a ocupar cargos de dirección en el partido, dicen quienes estuvieron cerca de él, se destacó por sus extremismos e intolerancia. En el año ochenta presentó su renuncia para abandonar la isla por el Mariel y fue víctima de uno de los peores actos de repudio organizados por personal de la Empresa, la gente acudió a esa cita en venganza por todo su pasado. Nunca abandonó la isla y creo que anda metido en la asociación hebrea, malos comentarios sobre él me han llegado desde Israel y no me asombra.

-¡Mijo! En caso de que el buque se hunda, ¿existen posibilidades de salvarnos? Me preguntaba diariamente aquella viejita gallega cuando yo subía a mis guardias de timonel, viajaba de pasajera junto a un matrimonio de cubanos que se decían artistas. Ella iba a encontrarse con su familia en Galicia y los cubanos a cumplir un contrato con alguien, eran famosos en su casa. Uno de aquellos días de tranquilidad se hizo una actividad para celebrar alguna fecha importante y los cubanos cantaron a dúo. ¡Cuba, qué linda es Cuba! ¡Quién la defiende, la quiere más! Yo los miraba y volvía a mirar mientras cantaban y no lograron engañarme con el patriotismo ensayado para interpretar la canción. Tenían cara de exiliados en ese pedazo de territorio flotante y debían continuar la comedia hasta poner los pies en tierra, creo que no regresaron.

-No se preocupe mi vieja, están los botes salvavidas para abandonar el barco y sobrevivir algunos días mientras vienen por nosotros.

Julio Justiz Calderón capitaneaba aquella nave que conducía una insoportable carga de sueños y ambiciones. Transportaba el peso de dos generaciones que comenzaban a colisionar y doblaban con facilidad las cuadernas de aquella nave. Era un hombre extremadamente culto, tanto, que no pocos fueron los comentarios sobre una dudosa virilidad. Muy elegante, exageradamente elegante, todo un Lord tropical. Subía al puente en una bata de casa de seda y resultaba anacrónico, objeto de muchas burlas. No había despertado aún, no sabía que vivía en un país donde las mujeres daban el culo por un blumer que les tapara ese culo condenado a la intemperie. Su trato con la tripulación mantenía esa distancia existente en cualquier corte, era un rey que se dirigía con exquisitez idiomática a sus plebeyos. Muy exigente en todo lo relacionado con la vida de sus subordinados, comenzando por la cocina. El mayordomo debía presentarle el menú de la semana y él lo revisaba cuidadosamente para anular cualquier intento de repetir un plato. Fue una época dorada donde casi todos eran magníficos en sus oficios o profesiones, aquel mayordomo era tan o más refinado que el capitán, creo que el mejor de la flota y le debo a Vicent un capítulo especial. La vestimenta de su tropa era otro de los puntos que robaban mucho de aquel tiempo diario de su vida, aquel capitán no soportaba que sus hombres anduvieran sucios. Un día, el Sapo Menéndez se puso a trabajar agachado sobre la tapa de la bodega número tres con el pantalón descocido y sin calzoncillos. Todavía hoy no me explico cómo rayos soportaba los impactos de virutas de óxido contra su pene y testículos que colgaban con descaro entre sus piernas. Así se mantuvo toda la mañana, esperaba por la llegada del capitán al puente.

-¡Primero! Mande ese hombre a bañarse y que cosa ese pantalón. Aquel grito histérico se escuchó en cubierta y sirvió para cargar las baterías contra él.

Muchos años después, cuando finalmente me hice oficial, me detuve a pensar mucho sobre aquella tormenta enfrentada en medio del Atlántico con el barquito Habana. Mis análisis vagaban en medio de aquellas olas monstruosas entre la duda o la admiración. ¿Debía admirarlo por su temeridad? ¿Tenía que condenarlo por sus desconocimientos y sacrificios al que sometió a su tripulación? Lo cierto es que un viaje cuya duración era normalmente de diecisiete días, Julio lo extendió a veintidós. Se aferró a la idea de enfrentar la galerna con aquel juguetico hasta un día, ese día me prometí abandonar aquella vida llena de peligros.

-¡Mijo! En caso de que el buque se hunda, ¿existen posibilidades de salvarnos? Preguntó aquella dulce gallega mientras yo bajaba de la guardia.

-¡Claro, mi vieja! Si los botes no funcionan tenemos las balsas salvavidas, y si las balsas no funcionan tenemos los chalecos salvavidas, no se preocupe. Ella continuó en el mismo pedazo de pasillo, soportaba los bandazos de cuarenta grados agarrándose con fuerza a los pasamanos. El pánico se reflejaba en sus ojos y color de la piel. La peste del camarote de Levis tenía viciada aquella cubierta.

-¡Atención a la tripulación y pasajeros! Se escuchó por todos los altavoces interiores del buque y le prestamos atención, casi nunca era utilizado por el capitán. Pónganse los chalecos salvavidas y diríjanse hacia la popa. El buque realizará un giro brusco para regresar al rumbo inverso.

-¡Mijo! En caso de que el buque se hunda, ¿existen posibilidades de salvarnos? Allí se encontraba ella aferrada a la escala de acceso a la cubierta 01, el ayudante de máquinas Bolaños trataba de ayudarla y la calmaba un poco.

-¡Mi vieja! Ya usted vivió bastante, no se caliente la cabeza con eso y encomiéndese a Dios. Ahora sí que nos jodimos todos, no hay arreglo, no hay escape. De puta madre sirven esos botes y balsas contra estas montañas de agua. ¿Los chalecos? Solo servirán para recibir a la muerte con algo de ternura, con el frío que hay vamos a durar unos minutos. ¡Nada! Nos jodimos mi vieja. Ella gimió y dejó escapar unas lágrimas.

-¡Oye! No le digas esas cosas a la señora, la vas a poner más nerviosa.

-¡No jodas, Bolaños! Estamos a punto de cagar pelos, ¿para qué la voy a engañar?, es mejor que se vaya preparando.

-¡Atención a la tripulación! Dentro de unos minutos vamos a comenzar este peligroso giro, traten de mantenerse bien aguantados a las estructuras del buque. Se escuchó por la bocina de popa y todos guardamos un silencio sepulcral. El buque comenzó a levantar la proa mientras su popa se encajaba en el mar y el agua logró superar la barandilla ante nuestras miradas cargadas de terror. Su ascenso se realizaba con lentitud, como cansado. Luego, se detuvo en la cresta de la ola e inició un descenso violento que pensamos nada detendría. La popa experimento fuertes sacudidas, era como una perra rabiosa tratando de desprenderse del indeseado macho que la quiere montar. Pudimos sentir los giros desenfrenados de la propela cuando descubrió el aire y luego caer bruscamente aquellas incontroladas revoluciones realizadas en vano en su nuevo contacto con el agua. Bolaños había creado con sus férreos brazos una especie de tenaza alrededor de la viejita, evitaba que la pobre anciana saliera disparada por la furia de aquella nave gobernada a su antojo por el mar. El choque de la proa con la nueva ola frenó en seco la caída, no podíamos observar cuánto de su eslora se había perdido dentro del agua, pero imaginamos a todo el castillo de proa sepultado. Volvió a levantar la cabeza desesperadamente, como tratando de respirar. Entonces, todos vimos la inclinación experimentada en la estela de agua, estábamos cayendo a estribor, nadie hablaba. El buque comenzó a elevarse de proa, pero esta vez con pronunciada escora a estribor, se iniciaba el momento más peligroso, todo dependía ahora de la capacidad de la nave en recuperar su posición.

-¡Mijo!... No pudo terminar, no creo fuera a realizarme la misma pregunta de todos los días, la muerte se reflejaba en sus pupilas. El Habana se inclinó a estribor más allá del límite de nuestros miedos, permaneció cómodamente acostado durante unos segundos que parecieron siglos. Despertó y regresó con violencia hacia la banda contraria. El giro estaba a punto de concluir y el mar se proyectaba contra nosotros desde la popa. Aquellas olas gigantes nos subían como elevadores y pasaban debajo de nosotros, ahora nos empujaba con desprecio por el mismo camino recorrido. El mar no aceptaba el reto de los hombres, ese día volvimos a nacer y mi promesa de abandonar tan loca aventura cobraba matices de seriedad nunca vividas. Creo que la viejita se orinó, Bolaños la ayudó a quitarse el chaleco salvavidas y la acompañó hasta su camarote. Muchos años después y cuando tenía amplios conocimientos de estabilidad, pude comprender que el barco se encontraba capacitado para soportar esos esfuerzos anormales. Íbamos cargados de níquel en los planes de bodegas y rellenos de tercios de tabaco en los entrepuentes. Los valores de la altura metacéntrica brindaban la oportunidad de realizar aquellas locuras, ¿lo sabía Julio?, ¿quién pudiera preguntarle en la oscuridad de su tumba?

Bolaños era un fornido mulato de pasa buena, le faltaban casi todos los dientes superiores. Así, con el casquillo de esos dientes casi gastados hasta sus raíces, el mulato soportaba aquellos mochos de tabaco junto a sus labios resistiendo la cercanía del fuego. Su voz era estridente y muy aguda, tenía un ojo con el rumbo algo perdido, pero de una nobleza entrañable y muy servicial. No sé si todavía se encuentre vivo, pero lo mantengo secuestrado en una de las fotos de mi boda, una imagen cargada de adorables fantasmas insepultos. Perteneció a ese equipo de viejos lobos de mar con los que me gradué de marino, gente muy cercana al retiro y otros obligados a ese retiro forzado que te lega un camino saturado de nostalgias. El Bola montaba una mesa de dominó debajo de la torreta de la bodega número tres, allí lo veo sentado de pareja con El Bicho, ambos masticando sus mochos de tabaco y echando tanto humo como una locomotora. Contrarios podían sentarse Correa el sobrecargo y el telegrafista Rigo, el primero contaminando el ambiente con otro mocho de tabaco mientras observaba las fichas con sus lentes de cristal fondo de botella. Rigo jodiendo y protestando por los pases que le daban. Murillo, el gran trovador y cuentista, esperaba su turno sentado sobre una caja de cerveza, entraría de pareja con Leiva el agregado de cubierta, nunca salía porque estaba enamorado, y porque tenía el pito cubierto por un molesto pellejito. Todos ellos cubriendo las guardias de nosotros los jóvenes que salíamos de putas en cualquier puerto, ¿podían ser mejores compañeros? No todo era color de rosas, en cualquier saco existe una papa podrida. Zuáznabar era un mulato muelero, demagogo, baboso, pero a nadie hacía daño en aquellos tiempos. Papucho era un mulato alto de Cárdenas con la boca parecida a la de cualquier dinosaurio, debe cargar en su conciencia la expulsión del engrasador Víctor. Pobre negro, fue separado de la flota por templarse a una francesa, Chirino participó en ese chivatazo. Juan Cardona renunció servir en el comedor de oficiales cuando se enamoró de la china en Nicaro, una bella mulata blanconaza que era enfermera del hospitalito.

-Necesito un par de medias. Me dijo un día en la terminal de trenes de Santiago de Cuba y le di las que tenía puesta. Lo recuerdo cargando aquel reproductor de discos portátil en el parque de Nicaro y todas las pepillas alrededor de nosotros.

-¡Putas malparidas! Ya vendrán a nosotros algún día, les gritamos aquel primer viaje en el mismo parque, solo era necesario un poco de tiempo, el suficiente para cambiarnos la camisa de kaki por una de nylon y apestar un poco a Tulipán Negro. Allí estaban ellas bailando Gogó y pegándonos sus ladillas griegas al son de la música puesta en ese aparatico de mierda que era mucho para nosotros. Siempre hay una nota mala en los ensayos de cualquier orquesta, José Meléndez, el gallego, fue esa nota desagradable en una tripulación tan maravillosa como aquella. Su úlcera estomacal lo había convertido en hijoputa o viceversa. Intransigente, extremista, déspota, intolerable, repudiado por una parte de la tripulación, este gallego-reglano era la nota discordante entre tanta armonía. Sobre él se fabricaron muchos mitos, era abakuá, agente de la seguridad del estado, agente de la CIA, héroe, representante de la marina en Tokio, fue el primer oficial de ese viaje. Un verdadero hijo de puta resumiría todas sus funciones hasta lograr el cargo de director de la marina mercante cubana. Terrero era el jefe de máquinas, nunca imaginaría en esa fecha que uno de sus hijos se convertiría en el cuñado de mi hija cuarenta años después. Dicen que Puig anda de taxista ilegal con aquel Lada comprado siendo capitán, ocupaba la plaza de tercer oficial entonces y no pesaba más de cien libras, también estuvo en mi boda. Uno de sus hijos anda por Miami y el hermano por Dinamarca. Como yo, nunca imaginó en esas fechas de sueños y cantos embriagadores de sirenas que, nuestros apellidos tendrían ramificaciones en otras tierras. No existían razones, nosotros éramos los embajadores de un paraíso por construir.

Logramos llegar y los días anteriores a la recalada fueron empleados en engrasar toda la arboladura del buque. Se abrió ante mí un mundo totalmente nuevo, desconocido y sediento fuera descubierto, me convertí en el nuevo almirante. ¡Esta es la tierra más…! Me encandilaron las luces, la indiferencia de los caminantes, las tetas que desafiaban el aire en cualquier parque, la libertad de movimientos, la tolerancia a la palabra extraña, el pensamiento divergente y existencialista. Me perdí en las calles de Londres, naufragué en las vidrieras de Saint Pauli y mis ojos de joven penetraban los blúmers de aquellas putas guardadas en vidrieras. La Coruña me habló en susurros de aquellos abuelos que murieron de nostalgia en una isla lejana y ardiente. Rotterdam me hincó con tantas grúas en las nalgas y oriné en sus canales de falsa Venecia. Le Havre me embriagó sin beber una copa de vino, ajeno a su cultura romántica y bohemia, poesía que anda regada en cada acera donde nuestra erre es arrastrada hasta la guillotina. Me quedé con deseos de descubrir algo más y aquellas ansias por la novedad se convirtió en un vicio que el mar inyectaba en mi ser con fuertes dosis hasta convertirme en un perdido adicto.

No pude cumplir aquella promesa de abandonar esta puta y adorable vida de marino. El mar me atrapó con su seducción y engaños. Neptuno redujo mi voluntad a su antojo y logró mermar cualquier tipo de dolor que no fuera el abandonarlo. Hoy, alejado de sus costas, sufro los efectos de esa tormenta que alborota los recuerdos. Poco me importan las tierras con sus himnos ridículos adornados con banderas, soy un pez o gaviota. Solo el mar posee esa virtud de perdonar y purificar vicios, infidelidades, muros destruidos, estatuas orinadas por perros y borrachos.

Esteban Casañas Lostal. - Montreal..Canadá.- 2009-02-01

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