Cuba es un cuento, compay

Por primera vez

A Bernardo lo conocí por medio de un sobrino suyo que pasó el servicio militar conmigo, casi siempre andaba fuera de la unidad porque era chofer, y los rigores vividos por nosotros nunca los experimentó.

El viejo era una magnífica persona, montañés de origen y había emigrado a Cuba en aquellos tiempos imposibles de la península. Su hermano llegó junto a él, pero se enamoró y casó por el pueblo de Antillas. No puedo recordar cuándo fue la primera vez que lo visité en aquellos años que antecedieron la hecatombe de la ofensiva revolucionaria, luego, frecuentaría mucho aquel lugar en busca de mi socio. Gustaba fumar en cachimba, creo que cuando aquello era posible comprar picadura de tabaco aún, eso nos daba la posibilidad de contar con las cajas de Populares que le tocaban por la libreta, nunca las vendió y siempre reservaba para nosotros.

Vivía en un cuartico al fondo de la barbería "Fiñe", estaba a solo cuadra y media de la esquina de Toyo, poco tenía para exhibir; dos camitas personales, y frente a la entrada del bañito una cocinita que solo usaba para hacer café o hervir la leche del desayuno. El refrigerador y el televisor eran parte del mobiliario de la barbería, no me explico tampoco cómo le permitían vivir en esa propiedad del gobierno. Su sobrino estuvo viviendo un tiempo con él, solo el necesario para llegar a enamorarse en Antillas y quedarse por allá, luego repararía otro cuartucho aledaño y la familia se incrementaría en aquella posesión del gobierno tras su regreso.

Bernardo no cocinaba ni comía en su "casa", lo pongo entre comillas porque para nosotros ese espacio donde podamos dormir es eso, nuestra casa. Le cocinaban a una cuadra de allí en una vieja casona que un día me ayudó a descubrir, era una especie de asociación que comenzaba a ser clandestina. Un sitio donde se reunía gente como él, seres siquitrillados por la revolución, antiguos propietarios de bodegas, puestos de fritas, bares, lavanderías, sastres, puestos de viandas y carnicerías. Verdaderos enemigos del pueblo y máximos exponentes de la explotación del hombre por el hombre. Viejos españoles que lo habían perdido todo, sus poquitas propiedades y aquellos sueños cargados de ilusiones en ese cruce por el atlántico. Como en aquella casa donde el viejo comía estaba obligado a dejar su libreta de racionamiento, y como mi socio andaba por Antillas; cada vez que yo lo deseara podía ir a comer con él y nadie se podía enojar, algo que hice con mucha frecuencia cuando la cosa andaba muy mal por mi casa. Me gustaba aquella guarida de mi tío postizo, imaginaba encontrarme siempre dentro de un film de la madre patria, saboreaba cuando se ponían a gusanear con ese acento del cual nunca se desprendieron. Bernardo era un tipo tan noble de corazón y tan necesitado de afecto a la vez, que no era muy difícil ganarse su cariño, yo fui un sobrino más.

El cine era un invento muy viejo, quién pudiera imaginar que más allá de la mitad de ese siglo, existieran personas que nunca lo habían disfrutado o visto. No podemos dejarnos llevar por la ceguera ni el odio producido durante tantos años, hubo cosas positivas dentro de los programas expuestos al pueblo durante los primeros años de "revolución", solo que con el tiempo nos dimos cuenta ser engañados, pero soñamos, o soñaron los más viejos que yo, un simple muchacho ajeno a la política.

Indescriptible fue aquel acontecimiento y se reflejó después en un documental con este mismo nombre, "Por primera vez". El cine llegó a bordo de un camión de fabricación rusa marca Zil de guerra, tenía una plantica eléctrica portátil, su proyector y una pantalla que fijaron con sogas contra el viento reinante. La película que proyectaron fue "Tiempos Modernos" de Chaplin.

El silencio era roto solo por la risa casi infantil de los allí presentes, sentados a ambos frentes de la pantalla en un pedacito de terreno llano. Algunos guajiros inquietos ante la novedad no se cansaban de pasar de un lado a otro, como para comprobar que era la misma película. Otros se aventuraron a tocar la pantalla, unos a seguir el haz de luz que salía desde el proyector. Los hubo que no se bajaron de su caballo ante la ausencia de asientos, la entrada era gratis y todos podían sentarse en el suelo. Pero lo más atrayente de todo era la expresión reflejada en sus rostros. Para nosotros los muchachitos de la capital aquello no significaba nada, para aquellos guajiritos hoy ancianos y algunos muertos, aquella primera vez debió ser inolvidable.

Para mí han existido muchas primeras veces en la vida, sin embargo, algunas de ellas me dejaron marcado para siempre. Creo que uno de los espectáculos que nunca he podido olvidar, lo fue, aquel instante que crucé por primera vez la boca del Morro de La Habana. Verla desde el mar fue algo superlativamente maravilloso, aún muchos años después de ser depauperada por la indiferencia y el abandono. Desde una distancia donde no se respire la peste que la ha invadido, donde no se detecten la ausencia de los colores y se borren la imagen de aquellos maderos apuntalándola, La Habana es hermosa, era. Mi rostro debió reflejar la misma felicidad infante en aquel cruce por esa frontera prohibida para los cubanos, que la de aquellos guajiros cuando vieron la imagen de Charles Chaplin dibujada en un trozo de tela.

La barbería no tenía timbre y para llamar a Bernardo, debía tocar bien fuerte en el cristal con el canto de una peseta. Muchas veces ese golpe tenía que ser continuo, bien porque se encontrara distraído frente a su viejo radio de válvulas oyendo emisoras prohibidas, o por estar sumamente concentrado en la lectura de aquella finísima revista que recibía por correo y de la que me hiciera suscriptor. Carta de España nos ayudaba a cubrir también la ausencia de papel sanitario y era recibida con mucha más aceptación que la prensa nacional. Años posteriores se usó también para la confección de cigarrillos, era un papel muy fino y delicado al tacto anal, y por qué no, a los labios de miles de cubanos. Toqué con insistencia, me encontraba en un apuro ese momento y solo Bernardo me podía salvar.

Su maleta tenía una larga historia, tuve que oírla antes de que me la entregara en una solemne ceremonia, era el paso formal de una generación a otra, pero no continua, Bernardo pertenecía a tres o más anteriores a la mía. Solo se había usado una vez para cruzar el océano en la misma dirección que hiciera Colón en su descubrimiento, él pensó descubrir también cuando partió de su aldea, todo estaba descubierto ya. No me explico aquella resistencia suya a la soledad. Puede que la experiencia de su hermano le haya servido de escarmiento, con unos cuatro hijos de las que se destacaban dos hembras, su mujer lo dejó por un negro. No existía ofensa mayor en aquellos tiempos, que te pegaran los tarros era algo natural, solo se requería estar casado, pero cuando esto ocurría con un negro se convertía en un delito imperdonable, puede que por aquello Bernardo nunca se casó.

Ese trauma de la madre y el prieto tuve que saborearla en muchas oportunidades, prefería que mi socio, el sobrino de Bernardo no bebiera, las borracheras siempre le daban por lo mismo, decía que su madre era una puta. En uno de aquellos viajes que di posteriormente por Antillas conocí al hermano de Bernardo, vivía en una casa destartalada, pero fiel testigo de años de mucha prosperidad. Creo que en sus buenos tiempos fue chofer de un taxi particular, me pareció ver restos oxidados de aquella máquina del tiempo alrededor de la desvencijada mole de madera carcomida por el moho y el abandono. Sus hijas eran contradicciones antagónicas, una gorda y morena cargada de hijos, demasiados para su juventud. Otra extremadamente blanca y delgada, sin hijos y con unas ganas horribles de templar a flor de piel. Por aquellos extraños juramentos silenciosos de fidelidad con un amigo la esquivé, en tiempos como los actuales hubiera barrido con las dos sin cargos de conciencia. El viejo no me cayó mal, creo que sentía compasión por él desde que tuve acceso a su historia, me solidaricé muy pronto con su desgracia, me jodieron sus tarros y el llanto de mi socio en cada borrachera. Me mostró un viejo reloj detenido quien pudiera saber cuándo, confió en yo ser el remedio de aquella parálisis, pero al tenerlo en mis manos comprendí que sería más sencillo echar a andar aquel destimbalado país, no era sencilla aquella operación, lo dejé soñando, pero sin esperanzas.

Ese día se demoró más que ningún otro, luego, lo veía caminar con esa pastosidad rara en él desde el fondo de la barbería, la distancia se multiplicaba con su lentitud. Después, cuando podía identificarte entre esa rara mezcla de luces que pasaban y se reflejaban en los cristales de la barbería, destellos que penetraban la oscuridad de aquellos altos portales impidiendo la identificación de tu rostro. Cuando solo se encontraba a unos centímetros de ti y se daba perfecta cuenta de quien eras, Bernardo dejaba escapar una sonrisa por el lado derecho de su boca sin desprenderse de la cachimba, ambos eran una sola pieza. Luego el click oxidado de aquella cerradura y el mismo sonido de sus bisagras, llevaban el mismo tiempo sin probar grasa. Al abrir aquella enorme puerta, recibimos en el rostro el choque de esa barata fragancia con el nombre de Fiesta, unos segundos bastaron para que mi cuerpo fuera invadido por aquel conocido talco, al menos por su olor.

Después de aquella ceremonia casi protocolar, Bernardo me entregó el maletín de piel que bien pudo ser de dinosaurio. Estaba impecablemente nuevo, ninguno de los dos llegamos a comprender por qué se encontraba tan cuarteado, según él solo se había usado una vez. Tenía pocas opciones también, no muchos podían darse el lujo de encontrar un maletín como aquel, prehistórico o no, era un maletín sobreviviente en un país donde ya no existían las jabitas de cinco centavos, lo cogí con la promesa de devolverlo enseguida.

Ese día toqué con más insistencia, estaba bien apurado y la peseta se me caía de las manos, tal vez me encontraba nervioso, desesperado. Bernardo se la gastó toda, tuvo que estar bien entretenido con esa emisora que hoy detestaba, o bien se había quedado dormido; no lo creo, él no se acuesta como las gallinas, debe estar leyendo entonces con su pipa inclinada y fija a la boca como una prótesis. ¿Por qué se demora coño? Ahora que más lo necesito. Ella me observaba en medio de aquella penumbra destrozada por las luces de las guaguas a su paso, la encontraba más hermosa aún, más corta su minifalda. Comenzaba a desesperarse también y temía perderla, las mujeres tienen su día, éste es el de ella, si se me escapa es probable que no se repetiría. Era nuestra primera salida al cine, noté las miradas de rabia o envidia cuando la vieron subir en la ruta 54 conmigo. ¡Ahh! Pero allí mismo me la gasté toda para que vieran bien, para que supieran yo era su macho, su bacán. Entonces le pasé mi brazo por la cintura y la atraje hasta sentir la separación de aquellas dos hermosas nalgas muy fijas a mí. Aquello encabronaba aún más al prieto y yo le pasaba la lengua por la oreja para joderlo un poquito más, en ese duelo de miradas dimos el viaje desde el Lawton hasta el cine Infanta. Él continuó su viaje amargado y yo me bajé triunfante de la guagua, no me dejé impresionar por las moticas encima de las guatacas, ni por el pañuelito que con frecuencia se pasaba por la boca, como si hubiera terminado de comer algo, yo vivía en Juanelo y me conocía esa rutina de memoria. ¡Comemierda! Pensé cuando entraba al cine con ella. No vimos nada de la película, no recuerdo haber visto alguna entera cuando iba al cine con mis novias. Allí, a escasos diez centímetros del dobladillo estaba lo que yo tanto había ansiado, no tuve muchas dificultades para llegar al nicho donde se encontraba escondido.

Bernardo continuaba sin aparecer y comenzaba a preocuparme, ¿se habrá muerto el viejo?, no lo creo, no puede hacerme esta mierda hoy, no se puede morir coño, puede morirse pero no hoy.

-¿Por qué no vienes otro día? Parece que no hay nadie.- Dijo ella con esa candidez de sus 14 años, era lógico, no sabía nada de las razones que nos llevaran hasta esa puerta, no le había dicho nada, pero de otro día que lo olvide, ya estaba más caliente.

-Tiene que ser hoy, es muy importante.- Le respondí como si en aquellas palabras estuvieran en juego mi vida. Miraba al interior de la barbería y no aparecía nadie, recorrí con la vista las imágenes de Pinocho, la de Blanca Nieves y todos esos enanos que luego los agarraron para hacer trabajo voluntario. Saqué de mi bolsillo un manojito de llaves y toqué tan fuerte con ellas que temí romper el cristal de la puerta, ella se asustó. Pocos segundos después, veo aparecer la imagen de mi ángel salvador con el mismo paso lento, tomándose todo el tiempo del mundo, el mismo en el cual yo hubiera caminado varias cuadras. Miró a Blanca nieves y distinguí su cachimba, le dio una chupada y adquirió la figura de un tren. Junto a la puerta pegó su rostro y colocó ambas manos como las viseras que le ponen a los caballos, descubrió que era yo y soltó la misma fúnebre sonrisa, nada lo inmutaba, no se asombró por verme allá a esa hora. La maniobra por abrir aquella pesada puerta le tomaba más de un minuto, luego, la misma bocanada de talco Fiesta. ¡Coño, por fin abrió! Yo le dije a ella que me esperara afuera, pero el viejo de curioso sacó la cabeza de su carapacho y la observó de espaldas, entramos y él cerró tras de mí con la misma calma.

-¿Qué haces por aquí a esta hora?- Me preguntó mientras nos dirigíamos a su cuartico.

-Hace falta que me tires un cabo, me empaté con esa jevita y quiero meterme en una posada.-

-Esa es una negra.-

-¿Cómo vas a saberlo? No ves bien y ese portal está muy oscuro, acaba de decirle a la gente de la empresa que te pongan un bombillo allá afuera, un día te vas a equivocar y le vas a abrir la puerta a otra persona y te van a matar. Acuérdate que la gente piensa que ustedes los gallegos están forrados en plata.-

-¡Joder! Que no soy gallego.-

-Para los efectos es lo mismo, los jodieron a todos.-

-¿Te hace falta plata?-

-Si, hasta que cobre y si tienes cigarro también.- Sacó de su bolsillo dos billetes de 20 y me los dio. De un pequeño estante donde tenía muy bien colocadas sus pequeñas pertenencias, sacó dos cajas de Populares.

-¿Qué posada me recomiendas?

-Todas están hecha mierdas, pero si quieres vete para una que te hace camino, entre las más malas no es la peor.-

-¿Cuál es?-

-Las Palmitas de la avenida Acosta.-

-Ya sé cual es, voy a dejarte que tengo al pollo allá afuera.-

-¿Al pollo? Esa es una negra.-

-Es mulata, oscurita, pero mulata, lo que pasa es que no ves bien y tienes envidia.-

-¡Vale! Que la disfrutes entonces.- Mi compañía no significó nada tampoco, se dirigió hasta la puerta con el mismo paso de siempre, nada alteraría su vida.

Abordamos una ruta 4 cuando podíamos esperar por la 54 que nos llevaría directo al barrio, ella no preguntó nada tampoco, tal vez se imaginaba cuales eran todas aquellas maniobras, tuvo que estar caliente como yo. Se repitió la misma escena de los prietos que me miraban con mala cara, el mismo gesto de agarrarla por la cintura y apretarla contra mí, la lengua por la oreja para joderlo, me encabronaban esas reacciones, no todo estaba borrado en ese aspecto. Descendimos en la avenida Acosta y se dejó cruzar la calzada, algo tenía que sospechar, hasta esos momentos no le había manifestado nada, solo al pasar frente a la estación de policía se lo dije.

-Vamos a entrar en la posada que se encuentra en la otra cuadra.- Le solté a boca de jarro.

-Tal vez cometemos un error, ¿por qué no lo dejamos para otro día?- Observé un poco de nerviosismo en sus palabras, pero debo confesar que yo me encontraba más nervioso que ella.

-Porque ese día es éste, ya estaba escrito que fuera así.-

-Te olvidas que yo soy casada.-

-Nunca lo he olvidado, pero es ilógico pensar en eso ahora, nadie nos ha visto y si así fuera, que nos vieran llegar al barrio juntos, nadie va a saber si estábamos en el cine o en una posada, van a hablar de todas maneras.- Me detuve unos segundos y no la dejé responder, la tomé por la cintura y ahogué sus palabras con un beso, ya nos encontrábamos frente a la entrada, se dejó llevar dulcemente. Me encontré con dos parejas semiocultas y pregunté por el último. Salí entonces para un costado de la posada, aún la gente era algo recatada cuando aquello y tampoco me convenía estarla exhibiendo.

Era muy poco lo que tenía para echar como equipaje en aquel enorme maletín, dos calzoncillos matapasiones con los cuales debía hacer la palomita. No recuerdo la existencia de camiseta alguna, dos pares de medias baleadas por el tiempo, todo era por pares. Tenía un pantalón de muselina china que había ido perdiendo los cuadritos en la medida que pasaron los años. Otro de igual tela y de un color un poquito más oscuro, ése me lo había mandado a hacer con un sastre gallego, otros de aquellos que comía también en el refugio de Bernardo. Un día le llevé un traje que muy bien pudo ser de mi abuelo para transformarlo, pero aquella misión fue imposible, tuve que conformarme con las dos piezas en existencia. Aquel pantalón fue uno de mis preferidos, no recuerdo donde pude trabarlo, uno de esos días le descubrí un huequito encima del bolsillo trasero, tuvo que haber sido mi hermano Ernesto. Se lo entregué a una modista que le hizo una costura invisible, pero solo para un ciego, fue el pantalón de mi recalada a Holanda amadrinado con una guapita hecho de tela de sábana. Nunca me sentí tan ridículo en mi vida, como al bajarme en aquel país con esas prendas tan estrafalarias. Espacio sobraba en el maletín que luego servía de estorbo en el pequeño camarote que compartiría con el timonel Manso.

Fuimos sorprendidos por una de las galernas más terrible y despiadada que haya pasado en mi vida de marino. Tal vez fueron las pocas dimensiones de aquel barco la que ejercieran una fuerte influencia en esa apreciación, pudo ser menor, pero yo nunca había visto olas como aquellas, nunca había experimentado tanto miedo junto en mi vida, nos demoramos 22 días desde La Habana a Rótterdam. Me prometí abandonar aquella loca aventura del mar cuando regresara, pensé mucho sobre esta decisión mientras trabajaba. Tenía dos opciones solamente para determinar el destino de mi vida, por un lado la tierra, lugar que comenzaba a ser cada día más difícil para cualquier joven. Sí, templar se convertiría poco a poco en un deporte, beber, guarachar, y cuando se pueda, tirar todo a mierda, como hace todo el mundo. Marchas, himnos, círculos de estudios, guardias, trabajos voluntarios, consignas, levantar la mano y aplaudir, no era nada atrayente mi futuro, yo quería un poco más. Por otro lado estaba el mar, con todo ese virus propagado en tierra, pero reducido a su enésima potencia. Podía escapar, habían días de descanso entre toda esa mezcla de actividades revolucionarias, existían galernas, ciclones, nevadas, maniobras de atraque o de partidas, siempre hubo tiempos en los cuales no se podía estar comiendo mierda. ¿Y marchar?, muy poco, dentro del espacio reducido de una eslora o manga. Se escapaba, claro que sí, y a veces te enterabas de un discurso dos días después, quizás una semana, ya estaba pasado de moda, o los poco bolas rojas se hacían los bobos. ¿Y la pacotilla? Esa era la mejor arma para neutralizar las pasiones revolucionarias, a los comunistas les encantaban, y si así no fuera, sus mujeres eran exigentes como las nuestras. Blumers para ella y sus hijas, ajustadores, los zapaticos de Rosa, quien prefería los españoles a los que brindaban por la libreta, camisetas de mallitas para Manolito, así podía filmar con los pollos de la escuela. ¿Y qué me dicen de los equipos electrodomésticos? Tremenda novedad los refrigeradores de dos puertas, las consolas con sus cien watts de salida, y los televisores en blanco y negro, pero con teclitas para cambiar los canales. Pantalones de tergal y camisas de terlenca que no eran necesario planchar, eso no era lo más importante, te cansabas de recorrer tiendas y tiendas durante todo un día y no las encontrabas iguales. ¿Y las plataformas? Como nos envidiaban aquellos que solo las veían en películas, te devoraban con los ojos. La tierra estaba mala y cuando el tiempo comenzaba a mejorar miraba por la estela dejada en la popa. Tenía dos opciones para elegir, debía decidirme antes de regresar.

-¡El próximo!- Salí del costado de la posada y veo el rostro enjuto de un viejo que supongo sea el posadero, las parejas habían desaparecido, le dije a Carín que se mantuviera en la oscuridad, como una perseguida, una clandestina que solo deseaba hacer lo mismo que yo, templar.

-¡Soy yo!- Tampoco supe ocultar mi nerviosismo, era la primera vez. Lo seguí por un oscuro pasillo hasta una puertecita, donde me encontré con un mulato refugiado en un cuartico que parecía de tortura. La puerta había sido cortada a la mitad y solo permanecía abierta la parte superior, sobre el canto de la de abajo clavaron una tabla que le daba aspecto de mostrador. El tipo no mostraba su rostro, su aspecto era de verdugo, puso una llavecita prendida a una chapilla con un número marcado sobre aquello que se suponía mostrador. No podía preguntar nada, no existía posibilidades de seleccionar entre los pisos, los cuartos, las vistas, él era el encargado de decirme dónde podía templar.

-¿Cuántas horas?- Al fin supe que hablaba.

-Cuatro.- Le respondí con un poco de miedo.

-Son diez pesos.- Saqué uno de los billetes y se lo entregué.

-¿Tienes cerveza?- Me miró por primera vez algo extrañado.

-¿Quién se acuerda de eso?-

-¿Y ron?-

-Eso si.-

-¡Dame dos tragos en vasos separados!- Lo vi sacar una botella de Legendario y de dos golpes por el culo le extrajo el corcho, sirvió dentro de dos pomitos de compota con una reglita marcada al lado. Cuando terminó de servir en uno movió la reglita para el otro vaso, me devolvió algo de menudo que puse en mi bolsillo y partí, la habitación quedaba junto a la puerta de entrada. Con aquellos pomitos de compota en la mano salí por ella, la habitación brindaba un aspecto tenebroso para ser mi primera experiencia, me puse más nervioso cuando entré.

-La cama tiene leche.- Me dijo Carín mientras señalaba con el índice al centro de la pieza.

-¡Dime tú! ¿Y ahora qué rayos hacemos?- Tuve sentimientos de culpa.

-No pensarás que me voy a acostar encima de la leche de otro.-

-Es verdad, ni yo tampoco, ¿cómo le hacemos?-

-¡Llama al posadero y dile que arregle eso o nos cambie de cuartos!- Me hizo temblar la idea de soltar aquel cuarto después de dos horas de cola.

-¡Métete en el baño para que no te vean!- Ella pasó a mi lado y chocó con una mesita que tenía una botella de agua para lavarse cuando terminara de hacer aquello, por poco la tumba y yo sin poder hacer nada, solté sobre la misma mesita los pomitos de compota con Legendario.

-¡Compadre! La cama está llena de leche.-

-¿De leche?- Me preguntó algo asombrado.

-De leche sí, de la que se suelta por el rabo. ¡Mira a ver que puedes resolver!- Salió tras de mí en dirección al cuarto. Lo abrí con mucho sigilo para ver si Carín se había escondido, no es fácil la vida de un clandestino. El tipo entró y miró la sábana, no conforme con su simple inspección, frotó la parte mojada entre sus dedos y luego olió como el mejor de los perros.

-¡Sí, es leche! ¿Cómo pude fallar? ¡Espérame aquí para traer una sábana limpia!- Me di un traguito del Legendario y le pasé el pomito a Carín. Pidió ayuda para virar el colchón y no se la negué, aquel colchón mostraba huellas de miles de combates en esas guerras de sexos opuestos, marcas de sangre de quién sabe cuantas puñaladas carnales. El rostro opuesto se encontraba en condiciones similares, solo con la diferencia de estar secos. Sentí asco al tocar aquellas superficies de espermatozoides disecados y sangre para producir varios metros de morcillas. Ella salió del baño al sentir el click de la puerta, con la desconfianza de todo militar al relevar en una guardia, recorrí cada centímetro de la ventana y puerta, no existía posibilidad de ser expiado y eso era algo bueno, tendríamos intimidad.

La entrada a Rótterdam la hice en la proa del barco, ese era mi puesto de maniobra. Ya habíamos sacado del pañol las pesadas estachas de henequén, éramos los últimos marinos del mundo en usar este tipo de cabos que cuando se mojaban triplicaban su peso. Los remolcadores les daban estrechonazos para partirlos, poco tiempo después nos obligaron a comprarlos de polietilenos. ¿Cómo pudiera describirle aquella entrada a ese maravilloso país? Es indescriptible la emoción que se siente, me imagino cómo pudo ser la experimentada por Colón. Mi cambio de opinión fue brusco, en cuestión de segundos borraba del casete introducido en mi mente, toda aquella mierda que me habían dicho del capitalismo "decadente". Al carajo la tierra con sus guardias, círculos de estudios, discursos, marchas, movilizaciones, consignas, concentraciones, sus trabajos voluntarios. Luego yo trataría de formar mi propia guaracha, bebería y templaría cuando se pudiera, en la vida todo tiene un precio. Todo esto pensaba mientras nos desplazábamos por los canales de ese puerto, un mundo verdaderamente nuevo para mí. De allí partimos para Inglaterra, Alemania, Francia y España, no estaba mal para una primera vez, cinco países era todo un lujo para un principiante. Pero el mar, el mar siempre ejerció en mí esa rara influencia embrujadora, la que solo es capaz de aceptar el hombre que lo ama. Caí fulminado ante su maravilloso encanto, mezcla de temor y pasión, la aventura por aquello que se encuentra detrás de un horizonte a veces inalcanzable, como la mujer que se resiste a caer hipnotizada por palabras de promesas que unas veces resultan falsas.

Ella me pidió apagar la luz, solo se lo acepté aquella vez por el miedo que me embargaba, ese terrible sentimiento de fracaso ante la primera experiencia. Luego, no deseaba que viera mi calzoncillo, es probable que ella deseara lo mismo. En medio de esa semipenumbra nos abrazamos y caímos suavemente sobre la cama, envueltos en ese juego lascivo de nuestras lenguas, roto el silencio por la intensidad de nuestros suspiros que simulaban a aleteo de cientos de gaviotas. Las luces repentinas de los vehículos corriendo por la avenida, eran cometas que se reflejaban en nuestro cielo. Un cielo con decenas de constelaciones abstractas, dibujadas con el humo de fósforos, obscenos, pero el cielo que teníamos al alcance de nuestras manos, el nuestro. No tenía ajustadores y sentía muy firmes sus senos chocar contra mi pecho. Con mucha ternura le fui bajando el blumer, quizás acompañado de esa precaución por no romperlo. Tal vez fue un gesto fortuito de delicadeza, bohemio, romántico, un momento que comenzaba a desaparecer de nuestras vidas, éramos sobrevivientes de una tragedia por comenzar. Solté el único botón de aquel calzoncillo y evité que ambas piezas tocaran el piso, nuestros cuerpos se unieron pelvis con pelvis, vientres con vientres y sentimos fiebre. Yo no sabía mucho, tenía deseos de que ella me tomara la delantera, minutos después se me escapó una sola palabra. ¡Ayúdame!

Entre en aquel húmedo y ardiente cuerpo, casi si aliento, estremecido por aquella infantil mujer y quedamos desfallecidos por varios minutos con nuestras miradas dirigidas hacia nuestro cielo. Su cabeza descansaba sobre mí y ella nunca supo que aquella había sido mi primera vez. No dormimos, hablamos, reímos, nos revolcábamos en esa dulce mezcla de eyaculaciones, permanecimos así por ratos, aparentemente sucios. Luego fue un juego repetido donde nuestras vergüenzas se agotaron y partieron, prendí la luz y disfrutamos del contraste divino de nuestras pieles, tratábamos de captar las imágenes que nos brindaban diferentes gestos, posiciones, gemidos, besos. No estuvo mal cinco entradas a ese cautivador puerto, hoy me río, quién me hubiera regalado su experiencia en esos instantes para evitar caer muertos, para variar la forma de hacer el amor, para borrar prejuicios y llegar más lejos en ese fantástico viaje. Nadie lo puede regalar, no se compra tampoco, solo es posible adquirirlo con la vida misma, ella me inició en aquel raro mundo de lo promiscuo.

Toqué con fuerza sobre el cristal de la puerta, tenía deseos de verlo y contarle, razones existían para esperar a que el café atravesara aquel colador de tela y con la forma de la teta de una cabra. Siempre se demoraba y debía repetir el toque, cambié la peseta por el manojito de llaves que no servían para abrir nada y toqué mucho más fuerte. Temí romper el cristal de aquella puerta, me desesperaba tanta calma. ¿Y si se había muerto en mi ausencia? ¡No coño! El viejo no me puede hacer esa mierda, se puede morir sí, pero no hoy.

Lo vi salir del fondo de la barbería con la lentitud que me molestaba, tomándose su tiempo. A mitad del camino le dirigió una mirada a Blanca Nieves, tuvo que haberla visto vestida de miliciana por el gesto que repentinamente hizo, acompañado de una chupada a su cachimba. Hoy lo confundí con un tren cañero que echaba más leña al fuego para aumentar la presión de la caldera. Repitió los mismos movimientos, pegó su rostro al cristal y se colocó ambas manos como viseras de caballo, sonrió del lado derecho de la cachimba, se mostró muy contento, de esa alegría sincera. Luego del oxidado chirrido de la puerta fui invadido por el olor a Fiesta y entré, nos fundimos en un abrazo.

Le entregué su viejo maletín de piel cuarteada como su vida, dentro, descubrió una botella de brandy de su tierra y la abrió para darse un traguito, rechacé su ofrecimiento para que le durara un poco más, para que viajara hasta su aldea frecuentemente, hablamos mientras se colaba el café y la conversación se extendió por varias horas. Vi en su rostro reflejada aquella alegría infantil cuando le describía su tierra a retazos, trataba de apurarme, deseaba consumirlo todo de un solo tirón y yo quería dejar algo para las próximas visitas, que tuviera más motivos para soñar en una tierra donde ya no le quedaba nada, solo el recuerdo de que un día allí nació. Bernardo se mostraba como aquellos guajiritos, ese día había visto "Tiempos modernos" por primera vez. No sé si hice mal o prolongué su agonía.

-¿Y la negra?- Me preguntó al salir de la barbería con sarcasmo.

-¡Qué no es negra coño! Mulata oscurita.- Se rió y oí el chirrido de la puerta tras de mí.

Jueves, 20 de Mayo del 2004

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