Cuba es un cuento, compay

Miranda

Escrito por Esteban Casañas Lostal.Publicado en Cuba es un cuento, compay Imprimir

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No debe ser sencillo trabajar cazando fantasmas, viajas entre las ruinas de tu ciudad o memoria buscando una presa, notas que en cada esquina recorrida, existe uno de ellos esperando ser atrapado por tus líneas. Miranda ha sido paciente y me disculpa, sabe de mi inclinación por personajes conflictivos, él no es así. Me ve pasar varias veces a su lado y sonríe con inocente malicia, siempre le prometo regresar y no se apura, nunca lo hizo.

Retrocedo decenas de años atrás y me visto con ropa de faenas, huelo a grasa y alquitrán. Cuelgan de una de las trabillas de mi pantalón un moquetón de acero inoxidable con todas las llaves de los pañoles, soy timonel y el buque se encuentra en operaciones de descarga, estamos atracados en uno de los muelles Sierra Maestra.

El oficial de guardia ordena abrir la bodega número uno, el buque está empopado, hay que colocar un cabo de retenida para evitar que las tapas de bodegas tomen mucha velocidad cuando corran hacia popa. Miranda no entiende, es nervioso, apurado, frenético a la hora de cumplir una orden, es un simple y prieto robot. No espera por mí, sube al winche y arría el gancho de carga. Baja y coloca el virador de las tapas de bodegas, lo hace con movimientos rápidos, felinos, no espera, no piensa, hay una orden por cumplir. Salta como un tigre a la torreta y tira de la palanca del winche, no escucha mi grito, voy corriendo por cubierta a la altura de la bodega número cuatro, el ruido existente en el puerto opaca mi voz. Veo cuando se estira el amante y tira del virador, las tapas salen disparadas, nada las detienen y chocan contra ellas en el pozo de la torreta. Llego asustado y observo a Miranda, está cenizo.

-¡Cojones! No toques más nada mientras estemos de guardia. Él no respondió, aún permanecía aferrado a la palanca del winche, cagado, como decimos nosotros. Razones sobraban para alterarme, no había pasado una sola guardia donde Miranda no produjera una avería. Lo miré y nunca comprendí su pasividad para aceptar mis cojonadas. Miranda era más musculoso que superman, un poco prieto, eso sí. Era un monumento de ébano que podía impresionar a cualquiera por su fortaleza. No a los que le conocíamos profundamente.

Me contó en una de aquellas guardias, estaba hospedado en un hotel que existía donde hace muchos años hay un pequeño parque, queda justamente frente al viejo espigoncito donde radican las unidades navales contra incendio, los bomberos del puerto, como le decimos nosotros. Me dijo Miranda esa noche, mientras permanecíamos atentos a la formación de potentes cúmulos Nimbus, me contó, se encontraba hospedado en aquel hotelito, no recuerdo si se llamaba La Luz o algo así. Si me dijo que estaba en ese lugar donde hoy solo existen algunos bancos, aceras y unas pocas plantas. Cuando me narraba aquella historia y sin capacidad o interés por adivinar el final, su voz se quebraba y partía temblorosa desde sus labios, luego, siempre se extendía en esa fase de silencio necesario para atraer la atención del interlocutor. Era ese instante donde yo viraba el rostro para casi implorarle no me dejara a medias, puede que motivado por una indiferente curiosidad, quizás por el compromiso de hacerle la media. Miranda continuaba sin hablar, aunque en estado normal era de pocas palabras, aquel silencio podía resultar alarmante. Estaba llorando, gruesas gotas de agua salada como las de la bahía iban cayendo de los ojos de aquel enorme animal, entonces, se disparaban todas las alarmas de mis sentidos y me obligaba a pensar que estaba haciendo guardia con un loco. Mi juventud e inexperiencia limitaban mis sentidos, nunca pensé que una mole de carne, copia de elefante o dinosaurio, pudiera conmoverse al extremo de exteriorizar esos sentimientos con lágrimas.

Cuando se calmó pudo concluir su historia, no sin antes señalarme el lugar donde existió alguna vez aquel hotelito. Nos encontrábamos atracados en el muelle Sierra Maestra Nr. 3 Sur, justo al lado del embarcadero del muelle de Luz de donde salía la lanchita de Regla.

-Quién te dice que esa noche sentí deseos de fumar cuando terminamos de hacer el amor, ya sabes que es algo muy común entre nosotros los hombres, siempre encendemos un cigarrillo en lo que nuestras mujeres van al baño a lavarse. Nosotros no, poco nos importa continuar hasta el día siguiente con ese olor a bacalao. ¡Es más! A veces lo aplaudimos, orinamos y luego, casi disimuladamente, después de cerrarnos la portañuela, nos pasamos la punta de los dedos por la nariz. ¿No es así? No lo contradije para evitar regresara al amargo momento de donde comenzaba a escapar.

-¡Nada! En lo que ella estaba en el baño estiré la mano hasta la mesita de noche y ¿qué te cuento? Mi cajetilla de Partagás se encontraba vacía y ahí es donde más se me antoja fumar. Me vestí muy rápido, como lo hago cada vez que nos mandan a ocupar puesto de maniobra y salí en busca de uno de todos los quiosquitos o bares que existían en aquellos tiempos en la avenida del puerto. ¡Qué te cuento! Acabado de cruzar aquella callecita. Volvió a señalarme con el índice en su dirección y me di cuenta que saltaba por encima del techo de la parada de guaguas que hay en la acera del Muelle de Luz. –Fue como una seca explosión que me bañó con una densa nube de polvo, increíble, ocurrió en pocos segundos.

-¿Qué pasó? Nuevamente se tomó un largo tiempo antes de responder y nuevas lágrimas descendieron por sus negras mejillas.

-El hotel se derrumbó totalmente sin darme tiempo a reaccionar, mi esposa quedó sepultada por sus ruinas, tal vez sin tiempo a secarse y vestirse.

-Miranda, vamos a poner las lámparas de bodegas. Le dije con la intención de remolcarlo de aquel bache emocional donde se encontraba varado.

Fue un viaje de verano hasta Japón y el océano Pacífico nos regaló todas sus bondades, treinta días navegados sobre un gigante plato que no moviera cualquiera de las piezas sueltas de nuestros camarotes. El ambiente de aquellos tiempos armonizaban con el clima, las tripulaciones eran pequeñas familias y Miranda era uno de sus hijos predilectos, un verdadero niño atrapado en el cuerpo de un gigante.

-¿Tú conoces a Ray Charles? Me preguntó esa tarde mientras le dábamos mantenimiento al pasillo de babor y próximos al portalón.

-¡Claro que sí, Miranda! ¿Quién no conoce a una persona tan famosa como Ray Charles?

-Te lo pregunto porque me hablaron de él en Cuba y tengo en planes comprar varios de sus discos.

-¡Ojo! Cada disco de ese negro vale unos quince dólares. Se lo dije para que entendiera que la compra de uno solo representaba un sacrificio, era el pago de tres semanas.

-No me importa, ya quedé con unos amigos que compraría tres o cuatro discos de él.

-Pero se te va a pirar casi toda la plata de este viaje.

-Yo no tengo gaticos ni perritos. Era cierto, aquel matrimonio destruido y convertido en una mole de ladrillos y arena, no había logrado dejar herederos. -¿Tú crees que sea tan bueno?

-No solo como músico, Miranda. ¿No conoces la historia de Ray Charles?

-No, por eso te pregunto.

-¡Mira, muchacho! Ray Charles combatió con el almirante Nelson en la batalla de Trafalgar.

-¡No jodas!

-No solo eso, ese negro tiene un Jumbo particular con el que mueve a toda su orquesta.

-¡No jodas!

-¡No, si no te estoy jodiendo! Tres días después atracamos.

-¡Atiendan acá! Casi gritó miranda mientras nos servíamos la sopa, la gente, acostumbrada a sus locuras, no le dio mucha importancia a su llamado. ¡Qué atiendan acá, coño! Esta vez su llamado tuvo un tono algo enojado y la gente prestó cierta atención, nunca con la seriedad de otros casos. -¡He comprado tres discos de Ray Charles! Por si no lo conocen, este negro combatió junto al almirante Nelson en la batalla de Trafalgar. El comedor se vino abajo y Miranda se sentó a comer muy feliz.

-¡Vamos a joderlo, caballeros! No puedo recordar cuál de aquellos fantasmas fue el autor de esa idea. -¡No hay que hacer nada! Solo mirarlo y reírse. Dijo el autor de aquella casi macabra idea. -¡Solo eso! Cuando el tipo pase a tu lado, lo miras y te ríes, nada más. La idea no estaba mala, muy simple, toda la tropa de cubierta lo aceptó. A la hora de la salida a faenas por la mañana, el personal de cubierta lo miraba y se reía. La historia volvía a repetirse en el horario de la faena por la tarde. Por mucho que hablara, nadie le hacía caso, como única respuesta recibía la risa de la marinería. La gente fue un poco más lejos y aquella maldad se extendió a los horarios del comedor. Miranda no podía hablar con nadie, cuando se dirigía a un tripulante, recibía como respuesta la risa de cualquiera. Esta broma pudiera resultar inocente en cualquier barrio de La Habana, sin embargo, el territorio de un barco es demasiado limitado como para compararlo con una ciudad. Treinta días viendo cielo y agua solamente, y para colmo, unos compañeros de trabajo que solo contestaban con risa a tus preguntas, lograron sus efectos después de las dos semanas de navegación.

-¡Asuntos generales! Dijo el secretario del sindicato al final de la asamblea de arribada, reunión sagrada que se realizaba antes de llegar a puerto cubano, evento que marcaba el fin de una aventura marítima. En este punto se planteaban sugerencias o asuntos no comprendidos en los planes de trabajo, casi siempre sin importancia. Miranda levantó la mano y pidió la palabra, ese derecho le fue concedido por el secretario del sindicato.

-Yo he venido observando cierta intriga y misterios relacionada con mi persona durante todo el viaje. Expresó Miranda con mucha seriedad.

-¡Por favor! Puede sintetizar su planteamiento, llevamos varias horas reunidos. Le sugirió el secretario del sindicato.

-El asunto es que, no sé, hay intriga conmigo. Por donde quiera que paso, la gente me mira y se ríe. Yo le solicito al capitán, le ordene al enfermero que me realice un chequeo médico.

-¡Permiso, Miranda! No acabamos de entender su planteamiento. Lo interrumpió nuevamente el secretario.

-Es muy sencillo, que el enfermero me revise el culo y haga constar en un certificado mi estado de virginidad. En otras palabras, yo salí de Cuba siendo un hombre y estoy convencido de regresar a la isla siéndolo, pero es necesario que conste en un papel debidamente firmado por la máxima autoridad de este buque. El salón completo se vino abajo, los más encarnizados jodedores de ese viaje fueron sorprendidos por aquella inesperada y casi infantil proposición.

Nos separamos y nunca más coincidimos en la flota. Unos años después y encontrándome de oficial, me enteré del fallecimiento de Miranda, creo que fue de un infarto, se merecía una muerte noble como esa. Hoy, varias décadas después, navego dentro de un océano castigado por galernas y entre los bandazos que me produce la memoria, lo encuentro con mucho cariño. No puedo permitir que un salvaje como él, muera sepultado por el peso del olvido. Muy bien merece lanzarle un aro salvavidas, y si lleva el nombre de M/V “Jiguaní”, estoy convencido de que se reirá a nuestro paso mientras escucha uno de sus discos de Ray Charles. ¿Y por qué, no? Tal vez se una a sus tropas y combata en Trafalgar a golpes de piqueta y raqueta, dos capas de minio y dos de blanco en la superestructura, dos de gris en las brazolas y tapas de bodegas. ¡Por Dios! Recuérdenle utilizar una retenida cuando vaya a abrir la bodega número 1, sobre todo, si el buque se encuentra empopado.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2009-08-01

Martes, 15 de Diciembre del 2009

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