Cuba es un cuento, compay

El campeón

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Yo conocí a varios campeones, pero todos no eran iguales, no valían lo mismo. Los hubo con golpes brindados por la suerte, esa que existe cuando apareces más de una vez en un periódico de pocas páginas. Debe ser una fortuna coincidir con un periodista en tiempo y espacio, no solo eso, que ese espacio sea suficiente para colgar una foto tuya en ese periódico. Poco importa después el destino final, casi siempre limpiando un ojo ciego y espantoso, pero daba la oportunidad de coleccionar esa hoja para los recuerdos. Yo mismo, conservo un pedacito de aquel periódico, sus letras han sido desteñidas por el tiempo y la foto anda borrosa. Nadie imagina su importancia, aparecer en un periodiquito tan importante como el Granma, de tan escasas hojas, en un país de once millones de habitantes, es como ganarse la lotería. ¿Y los campeones? Porque campeones sobran en esa tierra de tantas competiciones. No todos eran dichosos o caían bien, quizás no poseían la estatura que agradara al periodista, va y tenían las orejas paradas, tal vez vivían muy lejos y carecían de gasolina para llegar a sus hogares. Esos campeones no tenían la oportunidad de brindarle sus medallas al comandante por medio del Granma, y como no hablaban, nadie los escuchaba. Pudieron aparecer una vez ante las cámaras, quizás dos o tres. La gente los vio durante las competencias y cuando eran premiados. Se izaba la bandera al ritmo del himno y el campeón besaba su medalla, por su mente corría una idea reservada para el regreso, colgarla al cuello del jefe de todo y decirle algo, pero el círculo tan férreo de la escolta no le permitió acercarse y debió conformarse con una foto de grupo. Es probable que haya sido intencional y el campeón guardó aquella página del periódico antes de que sus hermanos la utilizaran en el baño. Esperó, esperó sentado en el portal de su casa por la llegada del periodista que nunca llegó, se agotó de tanto esperar y debía entrenar para la próxima competencia, la siguiente eliminación, el futuro viaje, la otra medalla.

La vida le jugó una mala pasada, tres años pesan en el cuerpo de cualquier ser humano y de esos efectos no escapan los campeones, se envejece antes de tiempo. Detrás, viene otra gente pisando talones, con ambiciones, deseosos de medallas y fotos, locos por un viaje, por colgar la medalla en otro cuello que no fuera la suya, tal vez un pescuezo que termina en un hombro, y el hombro se encuentra protegido por dos charreteras, y cada una de ellas con un rombo dividido por dos colores y una estrella.

El campeón andaba triste, taciturno, gastando las aceras del barrio, recorriendo cada cuadrado del vivero al Golfito, como si aquel fuera un estadio olímpico. Imaginaba ver encender la antorcha en el coliseo romano, nunca supo si se encontraba en Grecia, una sola letra confundía a los rumanos con el imperio de César, nunca se lo enseñaron, tal vez sí, pero perdía la memoria. Andaba, vagaba diariamente borrando sus glorias y el himno que sonada mientras se izaba una bandera. Allí, se reunía con otros campeones, quizás diferente a él y con mejor suerte. Llegaban a calmar su sed, la que alimenta cada round de una pelea, la entrada de un partido, los metros de una carrera que ahora eran sobre pistas de Tartán. Esperaba, siempre lo hizo por la decisión del jurado, lo hacía con disciplina, la que aprendió en la escuela de alto rendimiento, la que estudió en su cuarto hambriento. Siempre esperó por el criterio de alguien, la votación de los jueces, el favor de los aplausos, el cronómetro, la foto flash de último momento, la meta. Su vida fue solo eso, una meta sin final, sin decisiones, sin suerte para aparecer en la foto correcta.

Otros campeones con ambiciones lograron destronarlo y privarlo del asiento en un avión, subir al podio de premiaciones u optar por un chándal nuevo, que en la isla le dicen mono.

No se retiró con las manos vacías tampoco, le dieron algo, como a otros. Un apartamento en Alamar donde vivían otros campeones, no tanto como otros. Porque por ejemplo, allí no vivía Garbey aunque perdiera con Lemus, ni Stevenson con su bombita casera, ni Sotomayor con sus acusaciones por consumir drogas. Pero a los campeones siempre les daban algo, tampoco había mansiones para darles a todos, Miramar no había crecido como Alamar, se pasmó con el tiempo, la congelaron. Fue un privilegiado por ser campeón, no estuvo en las microbrigadas, no supo nunca el valor de aquellos apartamentos, no le exigieron ser vanguardia, trabajar horas voluntarias que tampoco lo fueron. Pero se lo entregaron vacío, ¿cómo llenarlo?, ¿cómo colocar en aquel espacio una cama, una mesa, juego de sala, una cuna para su hija, un ventilador que aliviara el calor, un refrigerador para conservar lo poco que le daban por la libreta, un televisor para ver las novelas u otras competiciones donde nacieran otros campeones? No lo sabía, nunca había trabajado, nunca había sufrido una cola en el mercado. No conocía la existencia de las guardias cederistas, ni que a los niños de siete años le retiraban la leche para alimentar a campeones como él durante décadas, solo por una medalla.

El campeón despertó un día, creo que fue en El Golfito de Alamar, allí estaban Correa, Rojas y Sixto Soria entre otros, unos con autos, otros a pie, todos borrachos, pero en esa embriaguez que dura años y se beben hasta las medallas y glorias. Por cada perga de cerveza un himno que se entona y una bandera que se iza, por cada borrachera un aplauso y una medalla que cuelga de un pescuezo y se alza con un beso. Por cada nota enaltecida por sentimientos patrios, un deseo reprimido por colgar la medalla en otro cuello a cambio de algo, la inmortalidad tal vez, un nombre viajando a la eternidad, poco importa su precio, todos pagan, hasta los campeones.

-¿Cuánto pides por el refrigerador? Me sorprendió, nunca le pregunté cómo rayos se había enterado.

-¿Estás interesado en él? Le pregunté como cualquier mercader que desea desprenderse de su mercancía.

-Sí, ¿Cuál es el precio?

-¡Mil! Ni más, ni menos, solo eso. Le respondí sorprendido por su repentino ataque.

-¿Y se te puede pagar a plazos?

-Campeón, creo que te equivocaste de dirección.

-Porque si yo te doy doscientos de entrada y un pago de cien mensuales…

-¡Te equivocaste, campeón! En la calle se juega al duro, la tremenda, la insoportable, la que no sale por televisión, la que no da medallas.

-Pero bueno, yo puedo darte una entrada y luego pagarte unas mensualidades.

-Eso no existe en la bolsa negra, dando y dando, esa es la regla del juego.

-¡Mira! El asunto es que yo tengo una chamaca de tres años…

-¡Oye, Disculpa! Este mundo no entiende, yo no puedo parar un taxi y decirle que le pagaré a plazos, ni al carnicero, ni al que tiene la llave en los hoteles o restaurantes, ¡desmaya!, estás en Cuba.

-¡Asere! Tumba al tipo y vamos a seguir con nuestra trova. Me dijo Enrique cuando observó el curso que iba tomando la conversación.

-¿Hay algo que yo no sepa? Le pregunté un poco sorprendido por su inesperada intervención.

-¡Claro, mi ambia! ¿No te das cuenta de que el socio es un reventao? Este chama es uno de esos atletas que cobra un salario por la nómina de los torcedores de tabaco, lo hacen para que no aparezca como profesional, ¿cuánto cobra, te das cuenta?

-¡Coño, es verdad!

-Aparte, tiene tremendo bateo con su jeva, esa negra no entiende.

-¡Fula! Los bateos con las jevas no hay quien les de solución en este país.

-Pero mira, si llegamos a un acuerdo… Intervino el campeón.

-¡Asere! No hay arreglo que valga, tú no cobras más de doscientos pesos mensuales y eso no alcanza para vivir. Además, esa negra tuya es conflictiva, si quieres, puedes resolver tu problema enfriando la leche de tu chama entre todas tus medallas. El campeón bajó la cabeza y se retiró, anduvo entre las mesas de hormigón esperando por una invitación, recorría el mismo camino de aquellos campeones que deleitaban a los borrachos del Golfito. Unos, contaban de sus carreras, otros del golpe certero que enviaban a la lona al oponente. Aquellos, hablaban del mejor clavado en la piscina. Nosotros escuchábamos el himno, los veíamos subir al podio de las premiaciones, izaban la bandera y los observábamos besar la medalla ganada. Nada de eso nos importaba, el refrigerador costaba mil pesos.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá 2008-03-23

PD.- Sirva como homenaje a un Campeón Panamericano sumido en la misma miseria de su pueblo, poco importa su nombre, yo lo sé.

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