Cuba es un cuento, compay

Les Pedros

Sí, porque lo mío ahora es promover ese trago, y yo me apasiono mucho con mi trabajo, y si veo a una mujer dándole la teta al chamaco en el restaurante le sueno un biberón con Mojito, y le digo al impotente que ese trago le proporcionará una buena erección, y al sordo le devolverá la audición, y al cojo que caminará derecho. ¿Y al hijoputa? Voy a ver que invento, porque con esos tipos no hay arreglo, tal vez los arregle con un supositorio, ya veremos.

Algunos amigos me han escrito preocupados por la reciente aparición de títulos de mis trabajos en francés. Les he contestado que suenan más refinados y debo practicar esa lengua ahora que ando en contacto directo con el público. Además, suena más bonito que escribir por ejemplo, los ecobios, los ambias, los aseres y los franceses se sentirán orgullosos por el uso de tan refinada lengua. De verdad que se escucha más atractivo escuchar “l'asere” Jean o l'ecobio François que Juan a secas o Pancho. Nada, cuestión de gustos y cultura ahora que debo andar en trato directo con la gente.

El asunto es que ayer mientras trabajaba, y ya saben, entre bonjour pa,cá y merci beaucoup que tú conoces y que los cubanos han olvidado, me vino a la mente una amiga peruana que se casó con un cubano y vive en Miami. Pues resulta que la madame del Perú y digna representante de la cultura inca, se dejó llevar por ese amor de nosotros los cubanos por la inmortalidad. ¿Qué les cuento? Los cuatro petits fils que nacieron de esa unión entre la madame de Nazca y el socio del Palo Cagao se llaman Rafael. Así como lo oyen, los cuatro chamas se llaman Rafael. No sé si en homenaje a aquel famoso pintor, que lo dudo. Me imagino sea por aquella dulce y fenomenal voz de ese cantante español. Quizás me equivoque y se deba a un capricho de nosotros los cubanos que enseguida nos ponemos a sacar cuentas con el asunto de la inmortalidad. Además, hay que dejarse de boberías, el consorte pudo asustarse con esa tonga de nombres raros que hoy se usan en el patio, nombres inhumanos y que la mayoría comienza con y griega.

Tampoco imagino sea un problema muy grande poder identificarlos, ya saben ustedes que nosotros los cubanos nos distinguimos por ese uso abusivo del sentido figurado de la palabra, y no les digo nada de los motes o apodos. Ya habrán resuelto ese problema a la hora de llamarlos individualmente ahora que son fiñes. ¡Rafael el orejón! O simplemente ¡Oreja, ven acá! Rafael el bizco, el cojo, el fácil, el difícil, el lindo, el manguera, el tiburón, etc. Eso, mientras sean fiñes y se les dice con esa dulzura de nosotros los padres hasta que los chamas se adaptan y responden como los peces cuando uno se acerca a una pecera, son reflejos condicionados. Cuando crecen se complica un poco la cosa, y es allí donde la gente no perdona, somos tan sinceros que pecamos de implacables. Entonces llegan otros epítetos que nos acompañarán hasta la tumba, Rafael el tarrú, el pichi corta, el chiva, el reverbero, el cabrón, el fula, el pinguero, etc. El del cojo se mantiene porque es un defecto que no pudo ser resuelto por Álvarez Cambras, claro, siempre se le suma algo más por la mayoría de edad. No los canso, ese no es un arroz con mango difícil de resolver en la casa de un cubano.

Tuvo que haber sido en una de esas conversaciones con los clientes que me preguntó el nombre y me dijo que Esteban es lo mismo que Stephan en francés, ya lo sabía. Cuando le pregunté por su gracia me dijo llamarse Pierre y le dije que es lo mismo que Pedro, no le mencioné nada de Perico pa'no complicar las cosas. Ya saben, al negocio llega todo tipo de gente, personas que no conocen nada sobre Cuba y ahora lo mío es complacerlos con toda la educación y amabilidad que exista en el mundo. En estos asuntos yo soy especial apartando la modestia, soy muy sociable y comunicativo, pero evado complicarme la vida por ese detalle del francés cubano que causa un poco de gracia y puede ser un atractivo. No sé si les dije que abrimos un negocio entre dos familias, es un bar restaurante cuya especialidad es la cocina cubana y en el bar nuestros cócteles tradicionales y más conocidos. Es el único local de su estilo que hoy existe en Montreal y ya va ganando popularidad sin haber realizado promoción, no quiero imaginar cuando nos lancemos al mercado, porque desde que abrimos me encuentro trabajando entre catorce y quince horas diarias. Pues en esto de trabajar yo soy muy especial y vuelvo a apartar la modestia. Me apasiono mucho con lo que hago y miren que he hecho cosas en mi vida, lo peor de todo es que como soy Virgo me inclino por la perfección. Pues nos estamos lanzando poco a poco como “La Maison du Mojito” y ya saben de la pasión mencionada, así soy yo de apasionado, y hasta que no venda Mojitos en supositorios no paro. Mojitos que tú conoces pa'los viejos, pal cojo, pal ciego, pal chama y pal que no se le pare el rabo.

Siempre me voy del tema en cuestión, pues cuando aquel quebecois me dijo llamarse Pierre, que es lo mismo que Pedro o Perico, me vino a la mente la amiga peruana con todos sus Rafaeles y la dicha de haber nacido en esta época para evitarle problemas a los incas en el lío de la sucesión. Y digo yo, ¡coño!, esa jodienda la tengo metida también en mi familia también. Ya ustedes saben algo de la historia de mi padre, el gallo se llamaba Pedro. No hace falta que les diga tampoco que era de anjá, creo haber perdido la cuenta de las veces que estuvo “ajuntao”, porque hasta donde tengo uso de razón solo se había casado con mi vieja. Les confieso que ignoro si llegó a contraer legalmente matrimonio con su última mujer.

Este Pedro era de aquellos comecandelas de verdad, rojo púrpura, ñángara sin límites desde los tiempos de Batista. El viejo era tan, pero tan comunista, que enterró a su familia de los EU, una gente que se había largado del país en los años cincuenta y no tenían nada que ver con Castro. En este entierro político estoy sepultando hasta su madre, detalle necesario para que sepan hasta los límites de su comunismo personal. Ya les conté una vez que una amiga mía se encontró con él luego de mi deserción, y la respuesta obtenida del tipo la sorprendió, que si yo era un gusano, que si traidor a la patria, que si patatín y patatán, puras mierdas de la gente con las venas del cerebro obstruidas de desechos digestivos. Lo peor no fue eso, creo que mucho más denigrante tuvo que haber sido morir solo y ser enterrado en territorio de su enfermizo enemigo. El comunista comecandelas del circo más grande del mundo, el rojo púrpura, el ñángara sin límites establecidos, arde hoy en ese infierno de Miami que tanto odió en vida.

Luego llegó otro Pedro del que en varias oportunidades les he hablado, curda por excelencia y con un carburador que refinaba cualquier líquido. Mi padrastro bebía todo lo que le ofrecieras, hasta creolina. Políticamente hablando no era nada, ni pro ni contra, era nulo tal vez por su ignorancia, él solo era eso, un curda. Sin embargo, cuando establecía comparaciones, encontraba en el borracho valores humanos que superaban con creces al colorao de mi padre, su defecto o virtud era beber, más virtud que defecto según ha demostrado la experiencia de estos cuarenta y seis años, porque si algo no se puede ocultar es solo eso, para dispararse ese paquete que se llama “revolución” hay que estar con tremenda nota, como siempre estuvo mi padrastro hasta el día de su muerte.

Ya voy por dos Pierres o Pedros según la cuenta que ustedes llevan y se dirán, ¿qué carajo tiene que ver esto con la historia de los Rafaeles? Aquellos eran cuatro. Pues bien, era de suponer que estos Pierres tan opuestos dejaran sus huellas en la vida con aquella historia de la inmortalidad de los cubanos. Pierre el curda tuvo un hijo con mi madre que se llama como él y lo lanzó a la inmortalidad por un tiempo. Es blanco como la leche y noble como su color, pacífico y de estatura como la del padre. Apenas lo conoció porque al morir era muy niño y en aquellas reuniones familiares, siempre se acercaba a mí para que le hablara de su padre. Casi siempre le mencionaba las travesuras de su viejo, lo hacía con más agrado que cuando hacía referencia al rojo púrpura, al ñángara, al comecandelas. No lo hacía para evitar defraudarlo y omitía todo lo negativo de su vida, verdaderamente disfrutaba al narrarle pasajes de la vida de aquel carburador inofensivo, porque innegablemente mi padrastro era el típico jodedor cubano.

Por otro lado, el rojo se juntó con una negra que es la madre de mis hermanos y de cuya unión llegaron a esta tierra cinco mulatos. Gente maravillosa y por la ciento un gran cariño, creo que ese sentimiento es mutuo y las barreras de la raza nunca han existido entre nosotros, somos hermanos y la madre de ellos es la única abuela viva de mis hijos. Aquellos muchachos abandonados a su suerte por el ñángara se abrieron paso en la vida a golpe de trastazos que ustedes nunca podrán imaginar. Entre ellos hay otro Pierre o Pedro, y con éste empato la cuenta de mi amiga en Miami. Un mulato espectacular que supo asumir la ausencia de su padre, un hombre que hasta hace poco estuvo muy comprometido al régimen cubano y hoy goza de esa libertad de movimientos limitada por su rango durante demasiados años, no deseo aportar detalles que pudieran perjudicarlo, porque en ambas circunstancias siempre fuimos hermanos y lo admiro mucho. Ya estoy empatado con la amiga de Miami en este arroz con mango de nosotros los cubanos, siempre pensé que allí terminaría la historia.

-Buenas tardes. Fue el saludo recibido apenas abrí la puerta y me encontré frente a un hombre maduro que nunca había visto en mi vida. Hacía muy poco que vivíamos en Luyanó y la mayor parte de ese tiempo me la pasaba navegando, razones suficientes para ignorar a mis vecinos. Poco tiempo digo y supongo pasado los tres años, ya Pierre el buen carburador había muerto. Hacían solo unos minutos que yo hacía entrada a la casa luego de un viaje agotador por Asia.

-Buenas tardes, ¿desea algo?- No sé de cual manera me encontré a partir de esos instantes solo con el hombre. El apartamento no era grande, dos cuartos y la gente no podía esfumarse, estaba solo.

-Sí, deseo hablar con usted.

-¿Conmigo?-

-Sí, con usted, ¿no es Esteban?

-Sí, yo soy Esteban, pero no entiendo, como quiera que sea, pase y siéntese. El tipo ocupó una de aquellas butacas que perteneció a mis abuelos. Hoy pienso deben costar una fortuna por su antigüedad, pero en sus días, aquellos fondos de mimbres habían sido sustituidos por rústicos pedazos de rudo playwood, y la pintura marina asesinó el bello color y diseño de la caoba con la cual fueran trabajados a mano por ingeniosos ebanistas. Usted dirá. Dije a modo de facilitar su propósito y disminuir en algo el manifiesto nerviosismo.

-¿Usted es el hijo mayor de Gloria?-

-Así mismo es.

-Pues, entendiendo que es el mayor de la familia y quien la representa en estos momentos, he llegado hasta aquí para pedirle la mano de su madre.

-¿Cómo? El mundo se me vino abajo cuando escuché aquellas palabras. ¿Qué usted viene a pedirme la mano de mi madre?

-Por supuesto, usted es el hombre de la casa en estos momentos.

-¡No, hombre no! ¿Qué coño tengo yo que ver con la mano de mi madre?-

-Pero usted es el hombre de la casa.

-¡Al carajo el hombre de la casa! ¿Quién coño soy yo para otorgarle la mano de mi madre? ¡Qué coño la mano! Compadre, usted está loco, ni la mano ni un pie. ¡Mire! Ni un cabrón dedo. ¡Óigame! Acabo de llegar de viaje y ando como una cafetera, hágame el favor de bajar esas escaleras y no se le ocurra repetir un episodio como este, qué coño mano ni pies. ¡Al carajo!, al carajo con su petición de mano. Afortunadamente el viejo se aconsejó y salió disparado mientras la ira me hizo sonar la puerta a su espalda. Aún no me había percatado de la soledad y permanecí varios minutos sentado en la misma butaca forrada del rudo playwood que martirizaba cualquier nalga.

-¡Mima! Fue todo lo que se me ocurrió gritar en ese instante. Vi abrirse con timidez la puerta del baño y con ese mismo temor ella salió a la sala, mi esposa llegó desde el cuarto para suavizar la cosa.

-Vieja, ¿quién es ese tipo? La noté nerviosa.

-No sé, un vecino que está encarnao en mí.

-Encarnao no, ese tipo vino a pedir tu mano, ¿por qué carajo me tienes que enrolar en esta rumba?

-Bueno, tú eres el mayor y debes asumir las responsabilidades.

-¡No jodas vieja! ¿A quién carajo se le ocurre esto? ¿Qué tengo yo que ver con tu mano, ya estás muy vieja para esto?

-Yo pensé… Como eres el hombre de la casa.

-¿Cómo se llama el viejo?

-Es chévere y muy decente, vive en la cuadra y tiene un camión.

-No me interesa el camión, te pregunté su nombre.

-¡Ah! Se llama Pedro. No sé por qué comenzó a hervirme la sangre. Imaginé que la vieja aún menstruaba y cabía la posibilidad de otro hermanito. Pensé en la casa animada con otro Pierre o Perico entre nosotros para complicar un poco más la vida.

-¡Ven acá vieja! ¿No te puedes buscar un novio que se llame Manuel, José, Alberto, Raúl, tienen que ser Pedros, vas a coleccionar a todos los Pedros de La Habana?

-Mijo, es pura casualidad.

La vieja no se empató con nadie hasta su muerte, Pedro el curda era el amor de su vida, varias veces le insistí que se casara para que apaciguara la soledad, ella no me escuchaba por mucho que borré aquellos celos egoístas de los hijos y me dejó con los deseos de romperle el record a mi amiga de Miami. Ella con sus Rafaeles y yo con los Pierres.

Ayer mismo, estaba mi hijo y nieto en el restaurante, era de esos tiempos muertos que existen en esos negocios y el Chef se encontraba conversando con nosotros en la barra. Su esposa se encuentra embarazada y al salir del baño lo llamó por su nombre.

-¡Esteban! Mi hijo, el nieto, el Chef y yo miramos en su dirección.

-¡Aclara mija! Le dijimos entre sonrisas.

-No se asusten, dentro de unos meses llega el otro. Lo expresó con cariño mientras se pasaba la mano por el vientre inflamado.

-Bonjour mesdames et messieurs, bienvenu a votre petit voyage imaginaire dans notre navette culinaire pour l'île cubaine. Avez-vous éprouvé notre exotique et populaire cocktail cubaine nommé  ‘Mojito'?

Sí, porque lo mío ahora es promover ese trago, y yo me apasiono mucho con mi trabajo, y si veo a una mujer dándole la teta al chamaco en el restaurante le sueno un biberón con Mojito, y le digo al impotente que ese trago le proporcionará una buena erección, y al sordo le devolverá la audición, y al cojo que caminará derecho. ¿Y al hijoputa? Voy a ver que invento, porque con esos tipos no hay arreglo, tal vez los arregle con un supositorio, ya veremos.

Con cariño a mi amiga Florcita, madre de los cuatro Rafaeles.

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