Cuba es un cuento, compay

Yola necesita un héroe

-¿Yola? Dígale a su hijo que pase por casa de Ramón esta noche sin falta, un amigo muy especial que llegó del extranjero estará allí y dispone de poco tiempo.- No le dio tiempo a preguntar, cuando lo intentó, solo se escuchó una leve sonrisa del otro lado del teléfono, segundos después se escuchaba el tono discar y ella colgó también. Un fuerte temblor recorrió todo su cuerpo, aquella voz le resultaba extremadamente familiar, y la maldad de abandonarla con la duda también. En fracciones de segundos dispuso que asistiría al lugar indicado con su hijo.

Le gustaba lavarse la cabeza en el patio, tenía un lavadero que era amplio y evitaba de esa manera mojar el piso del baño. Disfrutaba meter toda la cabeza debajo del débil chorro de agua, y cuando no la había en la pila, lo hacía con la ayuda de una enorme lata de aceite vacía que tenía para esos fines, ella era fuerte y la cargaba con facilidad. Por fortuna ese día tenía agua, y estuvo bajo ese relajante chorrito mientras se lavaba, y pensaba una vez más en la voz del teléfono.

Yola era palestina, tiene que haber sido de las primeras que se lanzaron a la conquista de La Habana, sabe Dios si pertenece a aquel contingente que vino a desfilar a la Plaza a principios de la revolución. Puede que sea de ellos, de los que allí mismo le dieron un planazo de machete por las ancas a sus caballos y no regresaron al campo. Tiene que ser de los primeros, porque no se justifica entonces que tuviera una buena casa, y los que vivían debajo de ella también eran nagüitos, y tenían una casa similar, ¿cómo se la arreglaban esta gente con lo difícil que estaba la vivienda en la capital? Nunca le encontré respuesta a esa pregunta.

Era una mulata color cartucho con el pelo bueno, bastante alta para ser mujer, con unas ciento setenta libras de peso aproximadamente, tal vez un poquito más. Yola estaba a punto de saltar la barrera de la obesidad, aunque todavía no lo había hecho. No puede decirse que tuviera el cuerpo bonito, de verdad que era algo planchada de culo, pero su caso no era extremo tampoco. Planchada del todo no lo era, pero con ese color, pelo, peso y estatura, muy bien podían haberle cedido un poquito más de nalga para poder referirnos entonces a tremenda mulata.

Yola era de esas personas que simpatizaban de corazón con la causa revolucionaria, de las que conservaban inmaculadamente puras aquellas ideas, de las que soñaban con un futuro hermoso, debe ser ahora de las más traicionadas y con la Fe destruida. Era la presidenta del comité de la cuadra, y me atrevo a meter la mano en la candela por ella, Yola no era chivata. Chivata lo era la secretaria de vigilancia, una vieja fea como la bruja de Blancanieves que se llamaba Gloria, esa si era un peligro. Varias veces hice la guardia con Yola, el tiempo se nos iba rápido hablando de jodederas, de las cosas que solo ocupan la mente de los cubanos, el trabajo, la jama, el ron y la templadera. Ella gozaba y hacía sus aportes, era muy distinta a su marido, ella era jovial y el hombre un ácido. Los otros días veía el film cubano titulado “Entre ciclones”, y creo que usaron su biotipo para construir a uno de los principales personajes, casualidad también que el marido de Yola es telefónico. Como el de la película, extremista, intransigente, despiadado, frío, ciego, fanático y hasta estúpido si se quiere, porque no hay ser humano más imbécil que aquel ciego a la realidad que lo rodea, aquellos que solo ven éxitos y conquistas, los de la mente hueca y el pecho lleno de medallitas.

Yola era más humana, nunca se apartaba del mundo habitado por los vivos, nosotros, y por eso me caía bien. Otra de sus cualidades que la elevaban muy por encima de muchos de nosotros, lo era su valentía, esa mulata no comía miedo con nadie. Recuerdo que en una de aquellas guardias, dobló por la esquina de la calle Goss y Estrada Palma un tipo corriendo a la vez que gritaba ¡Ataja! ¡Ataja! A ella le llamó mucho la atención porque delante del tipo no venía nadie al que estuviera persiguiendo, cuando ya había recorrido en aquella desesperada carrera una media cuadra, dobló por la misma esquina otro individuo gritando ¡Atajen coño! ¡Atajen coño! No sé de dónde carajo Yola sacó una forifai y sonó par de cohetazos al aire, lo hizo tranquila, y con esa serenidad que a todos los del grupo nos faltaba en esos momentos, se le paró de frente al corredor con la fuca en la mano, el tipo frenó en seco y como si tuviera acoplado los brazos al sistema de frenaje, se quedó parado con ellos en alto.

-¿Así que ataja? De ahí no te me mueves cabrón, porque si lo haces te vacío el peine.- El tipo apenas podía hablar, resoplaba como los toros y le temblaba todo el cuerpo, Yola seguía con la pistola muy horizontal mientras el otro personaje se acercaba al grupo. El barrio enseguida se despertó con aquellas detonaciones, era uno de los barrios más tranquilos de La Habana, y el ruido más alto que se escuchaba a esas horas era el producido por los despertadores rusos en cada casa. Nadie sabe cómo, tuvo que haber sido algún vecino el que llamara a la policía, ellos se aparecieron a los veinte minutos de los disparos, un tiempo record. Tanta jodedera por un pobre mirahuecos que tal vez se estaba haciendo una paja. Se llevaron al tipo y nadie le preguntó a la mulata de dónde rayos había sacado aquel enorme pistolón, era lógico que lo hicieran porque en el país hacía rato que se habían recogido las armas, pero no, lo importante era llevarse al jamonero y el patrullero enseguida partió. La esquina continuó repleta de curiosos y Yola era la heroína de nuestra cuadra.

A ella le gustaba ese tema, me refiero al de los héroes. Llegaron aquellas grandes cruzadas africanas y cuando regresaba alguno de cumplir misiones, Yola le celebraba alguna “actividad”, que así comenzaron a llamarle a las fiestecitas donde uno se espanta un trago o se suena un laguer. Una descarguita, pero con sentido político, porque eso sí, no es de llegar y tomarte el laguer así de jamón, había que consumir su trova política.

Llegó Almeida de una misión y yo estuve en su “actividad”, el tipo no era mala gente, la verdad que apenas ni hablaba. No sé si era porque estaba traumatizado con las misiones, porque ya cargaba tres a la espalda. Y que no era para menos señores, era preferible estar jugándose la vida en África que permanecer en su casa, el problema es que Almeida era el marido de Gloria, la vieja de vigilancia. Era horrorosa y nada que ver con la bruja de Blancanieves, esta vieja era muchísimo más fea, flaca canillúa, desculada, usaba unos espejuelos con cristales fondo de botella que ni les cuento. Para agravar un poco más la situación, Gloria tenía un gusto pésimo para vestir, porque bueno, en Cuba no había abundancia de ropa, pero las mujeres eran artistas para darle forma a cualquier trapo. La pobre, ni me la imagino desnuda, solo servía como chivata.

Otra actividad en la que participé fue en la de Frank, era un flaco medio enano que vivía casi en la esquina de la casa, precisamente en su patio era que se realizaban las mencionadas “actividades”. El hombre era capitán del ejército, pero otro tipo que no estaba en nada, lo suyo era tomarse sus tragos de alcoholifán con los socios de la cuadra. Frank no tenía el trauma de Almeida porque su mujer era una guajira que paraba un tren, me imagino que fue obligado por las circunstancias.

Hasta que un día de Julio del 78 llegué yo de cumplir misión y Yola me hizo una “actividad” en el patio de Frank, allí estaba Almeida también y casi todos los de la cuadra. Yola estaba contenta ese día, ya tenía tres héroes en su colección, en mi descarguita hubo buen tirito de laguer, claro, siempre llegó después de la descarguita. Entre col y col Yola me hizo entrega de una novela rusa, no me llamó mucho la atención y la guardé porque tenía una patriótica dedicatoria. Si me hubieran dado más cerveza hasta yo mismo me creería que era un héroe. Meses más tarde leí la novela a bordo de un buque y le agradezco a Yola por haberme sacado del bache en el que me encontraba. Detestaba todo lo ruso excepto a sus mujeres y el vodka, era un sentimiento de rechazo involuntario, todo lo encontraba feo, apestoso, tosco, bruto, de mal gusto, etc. Luego comprendí que ellos tenían cosas hermosas o al menos la tuvieron, la novela “Crimen y Castigo” de Fiodor Dostoievsky era uno de sus mejores exponentes.

-¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que hable- Comenzaron a corear todos y Yola me dijo al oído, te jodiste, tienes que decir algunas palabras como los anteriores. Claro que lo haría por ella, la veía tan feliz.

¿Qué les diría? Ya sé, caballeros, no coman tanta mierda, yo no soy héroe ni la cabeza de un guanajo. Yo no fui voluntario para Angola, si me negaba me sacaban de la marina y yo no soy berraco. Yo robé varios sacos de café en el barco y los vendí en España, trafiqué con periquitos desde Sao Tomé para Islas Canarias. Vendí varios cabos del barco y me quedé con el dinero, pero de verdad, yo no soy un héroe. Tenía ganas de decirles aquello y me contuve, de haberlo hecho no estuviera escribiendo esta historia. Mientras pensaba en estas cosas ellos continuaban esperando por mis palabras, tenía que decirles algo, pero ese algo debía hacerlos felices, hablarles lo que ellos deseaban escuchar, lo que estaban acostumbrados a oír.

-Ustedes saben que yo fui en una misión por la marina mercante, pues qué les cuento, estando allá me proponen una misión importantísima y me trasladan para las tropas bicitransportadas. Encontrándome en el campamento de Viana en Luanda, me ordenan trasladar una documentación secreta a varias Unidades que se encontraban aisladas por los ataques enemigos. Fue así que partí en mi bicicleta con destino a Sadabandeira. A tres días de camino y en medio de la selva, caí en una emboscada tendida por un pelotón de gorilas que no me dio tiempo a sacar el AKM de la parrilla para defenderme. Cuando descendí de mi bicicleta recibí una fuerte patada en los huevos que me hicieron temblar hasta los dientes. Al tratar de incorporarme, otra fuerte patada en el culo me hizo pegar la frente en la tierra, y mi rostro dio justamente a unos centímetros de una serpiente conocida como “Tres pasos”, por fortuna fue vista por uno de los gorilas y éste le disparó, me quedé asombrado por la puntería de aquel animal. Me despojaron de todo lo que llevaba y mientras revisaban mi mochila, traté de buscar la píldora de cianuro que me habían dado para el caso, no la encontré, al parecer salió disparada cuando recibí la patada en el culo. Mientras aquellos enormes animales trataban de descifrar toda la documentación secreta, pude extraer del bolsillo de la pierna izquierda de mi pantalón de campaña una granada con el propósito de tragármela, pero mis movimientos fueron descubiertos por uno de los gorilas, quien con suma rapidez me arrebató la granada y su intención por ajusticiarme al instante fue frenada por el grito de otro gorila.

-¡Alto coño! No vayan a dispararle, ese soldado es cubano, es un hombre valiente y hay que respetarle la vida.- Me quedé petrificado al oír a un gorila hablar, no solo eso, aquel animal usaba perfectamente nuestra jerga criolla y supuse al instante que era algún animal adiestrado en la isla.

Hice una pausa con el propósito de ir al baño y buscar de paso una cerveza, al regreso, Almeida me miraba fijo a los ojos y con ellos me decía que no apretara. Cambié la mirada hacia Frank y sus ojos decían lo mismo, mi respuesta fue muda, aguanten como yo lo hice cuando ustedes llegaron, ellos me comprendieron. Prendí un Popular y realicé un breve paseo con la mirada por todos los rostros presentes, se mostraban concentrados en la historia que les contaba, continué entonces.

-Aquel gorila que había intervenido en mi defensa se acercó y me tendió la mano amigablemente, yo acepté el gesto y le ofrecí la mía, nos fundimos en un fuerte abrazo camaraderil. Ante mi asombro comenzó a desprenderse de una especie de traje de gorila, debo confesar que muy bien diseñado y con la peste característica de aquellos animales. De su interior iba apareciendo la inconfundible tela de camuflaje usada por nuestras tropas, pero mi asombro mayor ocurre cuando el personaje se quita la máscara, ¿saben quién era aquel valiente soldado?- Lancé la pregunta en espera de una respuesta y solo obtuve un profundo silencio, las miradas no se apartaban de mí y no tuve otra opción que continuar.

-¡Compañeros! Aquel soldado era nada más y nada menos que Julito el Pescador.- Al terminar de mencionar su nombre se oyó un fuerte aplauso, todos lo admiraban, la mayoría deseaba seguir su ejemplo, era el héroe impuesto en aquellos tiempos.

-Pues sí, Julito me explicó que había recibido la orden de penetrar en los territorios enemigos, y de ser posible infiltrarse entre los animales. Gracias a su arrojo y paciencia, había captado a ese pelotón de gorilas que servía al enemigo, convirtiéndolos en guerreros de una causa noble y justa.- (Aplausos) Almeida sabía que yo mentía, Frank sabía que yo mentía, Yola sabía que yo mentía, todos los vecinos sabían que yo mentía. Solo mi hijo me dijo algo al oído, todos los demás se mostraban muy complacidos con la historia narrada.

-Julito se encontraba comprometido con una gorila y ella mostraba con orgullo su embarazo, compartí el resto del día con la manada y continué la misión que me fuera encomendada. De Sadabandeira partí para Lobitos, Cunene, Cabinda y retorné a Luanda con la satisfacción del deber cumplido. El resto del tiempo en Angola lo emplee dándole mantenimiento a mi bicicleta rusa.- Di por concluida mi historia y recibí como premio una fuerte ovación, luego, cada uno de los vecinos me dio un abrazo. Yola fue muy feliz esa noche.

No crean que a Yola se le podía pasar gato por liebre, de tonta no tenía un pelo y para ella un héroe debía serlo con todas las de la ley, como lo fuimos Almeida, Frank y yo. Su marido partió en misión para Granada y lo sorprendió la invasión americana. Pensé que aquello sería la culminación de su felicidad pues tendría un héroe en su propia casa, pero estuve muy equivocado. Ni Yola lo consideró un héroe, ni hubo “actividad” por su regreso, un día en la acera de su casa le pregunté los motivos.

-Los héroes llegan con cicatrices por las heridas sufridas, con la ropa rasgada, con la piel curtida y los labios cuarteados. En caso de no haber estado en combate llegan como ustedes, sencillos, modestos, tranquilos, sin alardes de méritos recibidos, etc. Pero mi marido me decepcionó mucho cuando arribó al aeropuerto, te imaginas que estén bajando heridos y que ellos sean entrevistados por la televisión, había hombres que conmovían al más frío de los sentimientos. ¿Y cómo crees tú que hizo su aparición ese animal? Ni te cuento, el muy estúpido salió del avión con un ventilador debajo de los brazos. ¿Te imaginas la humillación? Yo que pensaba recibir y abrazar a mi héroe y lo que llega es un pacotillero de mierda.- No le dije más nada con la finalidad de que se olvidara del asunto, pero Yola tenía mucha razón.

Se lavó la cabeza con suma ternura y paciencia, tenía la costumbre de mirar al fondo del lavadero en busca de algún piojo, era muy normal tenerlos en esos tiempos. Se enrolló con cierta maestría una vieja toalla alrededor del cabello, al finalizar, su aspecto era bello a pesar de la edad, algunas hebras de hilo pendían de su frente y le daban el aspecto de una diosa vieja.

Del escaparate extrajo una caja de cartón que una vez sirviera para envasar zapatos, leyó con la misma curiosidad de siempre la palabra “Primor”, recordó entonces que allí le habían despachado los zapatos para los quince de su hija, la misma hija que se apuró en convertirla en abuela. Dentro de la cajita había una bolsita de nylon y sacó su contenido, extendió sobre la cama una hermosa saya plisada. Recorrió con la vista cada pulgada de tela en busca de mordidas de cucarachas, Yola había olvidado que esos asquerosos insectos no comían tela sintética, aún así se empeñaba en encontrarle huequitos. Luego, y a lo largo de varios pliegues hizo tensión en la tela, tiró con fuerza desde dos extremos para ver si no de había podrido con los años, comprobó que aún era resistente. Con amor fue pasando la plancha por cada pliegue, no hacía falta hacerlo, pero no deseaba renunciar a la costumbre de sus abuelas. La llevaría a esa casa puesta porque él siempre se la criticaba, le decía lo mismo cada vez que se la veía puesta; “No te va esa saya plisada, acaba de comprender que te hace más gorda.”

Se detuvo momentáneamente frente al espejo y se abrió la bata de casa, no le gustaba engañarse, sus senos no le mentían, eran par de libras de “falda” que le colgaban del pecho. ¿Falda? ¿Quién carajo se acuerda de ella? Tengo ganas de comer “ropa vieja”. De teta a teta había media cuadra de camino, ella era bastante ancha de pecho. Se miró la barriga y buscó con afán el ombligo, oculto debajo de una especie de salvavidas que le deformaba las caderas. Un poco más abajo no quedaba mucho de aquel tupido y negro monte, sintió vergüenza de su figura y cerró la bata. Se acomodó frente al espejo para colocarse los rolos, le pediría a su hija que la peinara para la ocasión.

Hacía varios años que no visitaba la casa de Ramón, muy bien pudo hacerlo con frecuencia por la cercanía, pero los tiempos que corrían no se prestaban para hacer visitas. Desistió hacerlo cuando comprobó que muchos parientes escondían lo que estaban cocinando, era una guerra a muerte por sobrevivir y la gente se volvía egoísta. Por fortuna ya estaban saliendo de eso, aún así no era fácil, su marido había quedado fuera del trabajo, la compañía de teléfonos fue vendida en parte a inversionistas extranjeros y esa gente no entendía de patriotismos, ni de misiones, ni de medallas, ni de un carajo, se impuso el modernismo y ya él estaba viejo, los jóvenes lo derrotaron.

Yola se había mudado a otra parte del barrio, no ganó mucho en aquella permuta, yo vi las cabillas del techo explotadas, a la corta o a la larga tendrían que tirar una placa nueva, eso se lo dije la única vez que la visité antes de partir. Yo creo que ella se mudó por vergüenza, no le cuadraba la caja con el billete, siempre soñó tener una cuadra de héroes y en el ochenta se le jodió la cosa, se sintió traicionada cuando sacó la cuenta. ¡Vamos a ver! Se dijo, tengo tres héroes, Almeida, Frank y Esteban, pero se me han ido otros, se fue Manolo, el sobrino de billetaje con la esposa y el niño, se fue el delincuente del pasaje, se larga también Alipio con la mujer, la niña y el hijo, se quieren ir todos, ella no se rendía tan fácilmente. ¡Ah no! Tengo que salvar a ese niño de las garras del enemigo, se dijo Yola mientras emprendía una ardua batalla ideológica para evitar que el hijo de Alipio partiera, lo convenció y el muchacho renunció a su salida. Yola había vencido esa dura guerra, no entendía que solo lograba dividir a una familia. Fue lo más negativo que recuerdo de ella en ese empeño por defender su revolución. Cuando pasaron los días de celebraciones por aquella victoria ideológica, el muchacho cayó en el olvido, alguien se enamoró de su casa y comenzaron a cerrarse puertas. Se marchó también y aquella fue una gran derrota para Yola, tal vez por eso decidió mudarse.

-¿Dónde se encuentra tu padre?- Le preguntó Yola a mi hijo en cuanto arribó a casa de Ramón, mi hijo la miró sorprendido.

-¿Dónde va a estar Yola? El no puede venir todavía.- Le respondió a secas.

-Yo sé que él vendrá tomarse unas vacaciones o cuando finalice su misión.-

-¡Yola despierta! El viejo no está cumpliendo ninguna misión.- Hizo caso omiso a aquellas palabras y salió a buscarlo entre los presentes. ¡Esa voz! ¿Cómo no pude imaginar que su hijo tuviera la misma voz de él? Pensaba mientras fue hasta el baño para convencerse de que no le tomaban el pelo.

Tampoco entendía ese empeño de alguna gente en convertirme en agente, la experiencia de Yola la había vivido toda mi familia. Resulta que cuando mi mujer fue a realizar los trámites para el cambio de propiedad de la vivienda, tenía que presentar una carta de la marina donde hiciera constar que yo era desertor. En la Empresa de Navegación Mambisa se la negaron alegando que yo no aparecía registrado como desertor, de allí la enviaron al DNI y obtuvo resultados similares. Cuando le envié copia de mi carta de refugiado no pudieron continuar su negativa. Luego se aparece la ex de un hermano mío y le dice a mi familia que yo iría de vacaciones a Cuba, no era una mujer cualquiera porque Lary ostentaba los grados de capitana en el DNI. Uno de esos días que los llamé por teléfono mi hijo me sorprendió.

- Viejo, espero que no seas nada de lo que aquí se comenta.- Yo estaba fuera de juego y no lo comprendí, él tuvo que explicarme con lujos de detalles.

-¡Olvídalo! Primero muerto que trabajar para esa gente.-

La velada fue corta y el tiempo apenas le alcanzaba a mi hijo para compartir con todas sus amistades. Ella regresó junto a los muchachos.

-Yo sé que si no fuera por la familia tú nunca hubieras abandonado el país.- Le dijo a mi hijo.

-Oye Yola, desmaya eso que bastante luché para salir de este infierno.- Ella no respondió y tragó en seco.

-Mi hermano, yo creo que la vieja tuya delira o se está volviendo loca.-

-Ni le hagas caso, sigue con los mismos mojones de siempre en la cabeza.-

-Coño, porque la verdad que para pensar que mi viejo es agente a once años de su deserción, eso solo se le ocurre a un loco.-

-Tú sabes que ella siempre ha estado soñando con héroes.-

-¿Y no le alcanza con los cinco que le venden ahora?-

-Yo creo que eso es lo que la tiene ida, ella no cree en esos cinco, y la verdad, me la tienen trocada con tantas marchitas y esas detestables mesas redondas.-

-Pues mira, vas a tener que hacer lo posible para encontrarle un héroe, de lo contrario te la van a llevar para Mazorra.-

Dobló con mucho cuidado la saya plisada, la guardó en la misma jabita plástica y con una mezcla de tristeza la volvió a guardar en la vieja cajita de cartón. Leyó con curiosidad el nombre “Primor” como si nunca lo hubiera hecho, y la colocó en el mismo lugar que le correspondía dentro de aquel escaparate repleto de piezas de museos. Miró al espejo y peinada se encontraba un poco más joven, abrió su bata de casa y regresó a la realidad, sus senos caídos, el salvavidas alrededor de su cadera y lo que una vez fuera un monte hoy era un pobre matorral, sintió vergüenza de sí y cerró la bata. Aquella voz, pensó, ¿cómo no pudo distinguirla?, él vendrá de vacaciones algún día.

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