Cuba es un cuento, compay

Los secretos del mar

La mirada perdida entre persianas penetraba casi a diario su azul intimidad, él lo sabía y nunca se ofendió. Se estableció de esa manera una extraña y secreta amistad, luego fue convertida en complicidad. Hurtaba mi inocencia con revelaciones cargadas de salitre, los Alisios eran sus mensajeros, ellos me ayudaron a izar velas y flotar sobre aquel manto majestuoso durante mis primeros años. Los minutos corrían como siglos mientras mis ojos hurgaban su infinito y se perdían en una línea misteriosa. Soñaba su calma plateada, me divertía sobre sus levas cuando me balanceaba, sentí pánico sobre sus crestas enredadas de pelucas blancas. El susurro de su voz llegaba hasta mi cama, hablamos largas horas antes de que mis ojos cayeran abatidos por su dulce magia.

Mis viajes hasta la ventana se repetían cada día y él me regalaba el paso de un barquito a la misma hora. Marchaba agotado sobre el muro del malecón hacia la derecha de mi ventana, no podía distinguir hacia donde se dirigía, siempre se perdía entre las paredes de un edificio vecino. Detrás de la bandera flotaba en el aire el humo negro que despedía su chimenea, varias veces imaginé sentir el olor. Nunca lo vi regresar por el mismo camino y llegué a pensar que era parte de una flota, entonces, me dediqué a contarlos hasta que me cansé y perdí la cuenta.

Algunas veces, mi amigo me ofrecía la imagen del buque que se aleja y pude seguirlo con intermitencia, los vi desaparecer lentamente hasta que sus palos fueran tragados por aquella línea misteriosa. Una de las monjas se sintió atraída por mi extraño comportamiento, yo sabía que me seguía con el rabillo del ojo, disimulaba, fingía desinterés, ella no dejaba de observarme y él pudo saberlo sin que yo le confesara nada.

Un día, emergió de las profundidades de aquel manto azul, lo hizo con violencia, provocó algunas olas que chocaron contra el muro y salpicó la amplia avenida que lo separaba del parque. Su carruaje era tirado por hermosos corceles y delfines, lo acompañaban una corte de hermosas sirenas, nereidas. Su pecho estaba descubierto y mostraba una formidable musculatura, lo acompañaba una bella mujer. Con una mano sostenía las riendas de su carruaje y en la otra un tridente. Lo vi llegar desde el mar y detenerse junto a la ventana, me presentó a su mujer, se llamaba Anfitrite. Me dijo, no me dijo propiamente, me ordenó ser desde ese instante su hijo, yo lo obedecí, nunca supe si por temor o admiración. La monja interrumpió nuestro diálogo con brusquedad.

-¿Con quién hablas por la ventana? Sentí la presión de sus manos sobre mi muñeca, mis ojos se escapaban entre las persianas y lo vi partir enojado alzando el tridente como una espada, se perdió tragado por su manto.

-¡Hablo con Dios! Fue una respuesta casi imperceptible para ella, tímida y temblorosa.

-¿Cómo es ese Dios con el que hablaste? La pregunta fue seguida de un ligero tirón que me privaba de aquella magnífica vista.

-Es fuerte, llegó en un carruaje, lleva en la mano derecha un tridente. La monja se asustó al escuchar la última palabra y me condujo directamente hacia un pequeño altar que existía en nuestro piso.

-¡Reza un Padre Nuestro y diez Ave María! Eso te ayudará a salir del infierno. Sentí mucho miedo al escucharla y la obedecí, creo haber aumentado mis rezos. Esa noche llegaba hasta mi cama un ruido ronco y seco, violento. Pude identificar su voz y comprender que se encontraba muy enojado.

A la mañana siguiente fui corriendo hacia la ventana aprovechando la ausencia de la monja, grandes olas saltaban el muro y sus aguas inundaron el parque hasta llegar a la verja de nuestra escuela. El manto azul había cambiado sus colores, el barquito dejó de pasar en ese tiempo y los autos no pudieron transitar por la amplia avenida. Debía conformarme con la imagen de un hombre a caballo enarbolando un machete, el mismo que cabalgaba en esa posición eternamente. Nuestro cautiverio se prolongó por varios días, hasta que el hombre del carruaje se calmara y retirara sus aguas.

Aquella tarde, descubrí varios charquitos que se resistían en desaparecer, estaban rodeados de pequeñas playas de diamantes que brillaban por el acoso constante del sol. El muro no me permitía ver el mar, descubrí la chimenea del barquito viajando en sentido contrario, hacia la izquierda. Su paso no había variado, era aburrido, monótono, tranquilo, solo podía descubrir que se movía cuando tomaba un punto fijo de referencia, el paso de los autos lograban confundirme.

En el patio de la escuela comencé a construir mi primera nave con palitos caídos de los laureles, le robaba pequeñas ramitas a los gorriones que siempre anidaban en nuestra escuela. Golondrinas y totíes se convirtieron en gaviotas, lagartijas en delfines y las niñas en sirenas. Tuve al primer Capitán dispuesto acompañarme en aquella infantil aventura, se llamaba Nemo. Navegamos felices veinte mil leguas bajo el mar, aprendí mucho de él, pero me faltaba algo, ese contacto directo con la brisa, el sol, la sal y las estrellas.

Mis futuras naves estuvieron comprendidas por galeones, carabelas y carracas. Los tripulaciones fueron muy variadas, enrolé a piratas, corsarios y bucaneros. La temeridad y valentía eran indispensables entre los capitanes de mis flotas, la crueldad no se excluía. Corrían tiempos difíciles para satisfacer mis deseos por descubrir al mundo y todos los secretos que aún guardaba el mar en sus cofres tan profundos. Francis Drake y Henry Morgan fueron mis más destacados subordinados. Mis planes y pensamientos fueron compartidos a través de las rendijas de aquellas persianas. Él me escuchaba y observaba con el celo propio de un padre, su magia había penetrado en mi cuerpo con granos de salitre que muy pronto convirtieron mi piel en escamas.

Mi bautizo se produjo en una playa durante mi infancia, no recuerdo exactamente si fue en Varadero. Durante ese corto tiempo de relaciones con mi padre, me sumergió varias veces en el agua como parte de una broma. En repetidas oportunidades tragué aquella agua cristalina, transparente y muy salada. Sentí deseos de pedir auxilio, pero esa palabra no se encontraba en mi escaso vocabulario. La sal del mar y la de mis lágrimas se fundieron para siempre y ejercieron ese divino hechizo que me mantuvo atado al mar durante mi vida.

Mi primera gran navegación ocurrió entre los muelles de Luz y Regla, luego, la singladura fue un poco más extensa, Regla y Casablanca se encontraban separadas unos cuantos metros más. Pocos pueden calcular las longitudes de aquellos metros en la imaginación de un niño, eran millas que se perdían en la estela dejada por la lancha. Aquellas travesías se repetían semanalmente y constituyen las más significativas delicias de esa etapa de inocencia. Viajaba entre buques de vapor y cascos remachados, cadenas que se ahogaban en las profundidades de la bahía. Las gaviotas sobrevolaban todo el trayecto y se lanzaban en picada contra bandas de sardinas. Los enormes sábalos eran convertidos en tiburones por mis ojos de niño y las medusas fueron los paracaídas de soldados que saltaban hacia las profundidades de lo desconocido. Los marinos colgados de sus guindolas, se me antojaban pájaros carpinteros que repiqueteaban sin cesar para arrancar ronchas de óxido. El tableteo de sus piquetas podía burlar cómodamente el ruido del motor de la lancha que, cuando pasaba cerca de ellos, detenían sus picotazos y devolvían el constante agitar de mis manos. Con la maniobra de atraque se extinguía esa felicidad que solo costaba diez centavos, poner el primer pie en tierra desdibujaba toda la magia reflejada en mi rostro y me devolvía a una triste realidad, la que ofrece la vida bajo tus pies y elimina todo sentimiento de abstracción que solo es posible de lograr en el mar. Al final de cada recorrido estaba él con su tridente, me abrazaba y luego partía en su majestuoso carruaje tirado por caballos, delfines, sirenas y golondrinas.

Mis escamas crecieron y mis aletas me permitieron nadar en aguas más profundas, nació aquella imperiosa necesidad por descubrir que impone la juventud y no se puede encerrar en una celda. Aquella primera salida por el Morro de La Habana, fue un impacto en mi conciencia que nunca he podido borrar de la memoria. Neptuno me esperó a la salida del canal como el padre ansioso por mostrarme el camino, tuve ligeros mareos con los primeros bandazos, pero él me curó a los pocos minutos. La vista de mi ciudad desde el mar era un privilegio otorgado a pocas personas, yo fui una de ellas. Las olas chocando contra las rocas y elevándose por encima de aquel muro que una vez bloqueó la mirada, guardan toda la poesía secuestrada durante muchos años a los poetas y enamorados que solo pueden observarla desde la orilla. El color oro de sus edificios durante la puesta del sol, brindan a la ciudad ese aspecto celestial y casi bíblico vedado por la terquedad. El Morro se convierte en un lingote de oro que inicia sus disparos de luz muy cerca de esa hora, la misma que aprovecha el furtivo pescador de sueños con sus varas sentado sobre el muro, la oportuna para que el novio le arranque un beso a su pareja y se fundan en un juramento eterno, donde la eternidad puede tener la duración de un solo encuentro. La noche es paraíso del romántico, se borran cicatrices que dejan huellas en el alma, la tristeza cede a la sonrisa como la oscuridad permite se impongan las estrellas. La luna viste de novia a la ciudad y la cubre de plata, la novia se confunde con una estatua viva y el beso con el cincel que la acaricia, los dientes son perlas que se escapan y la voz es el eco del alma. Estas imágenes solo pueden disfrutarse desde el mar, pero allí, en mi tierra, toda poesía se transformó en una tumba de repente y los huesos sustituyen las letras necesarias para componerlas.

Descubrí un mundo viejo varios siglos después que descubrieran el nuestro, encontré un paisaje distinto al de mis piratas y corsarios, pero nada diferente. Bares, prostitutas y contrabando, culminaban siempre ese constante desafío a olas monstruosas que Neptuno producía cuando se enojaba. Sentí mucho miedo durante aquellas noches tan oscuras y nubladas, sin espacio para la poesía, pero el miedo se fue transformando en una doctrina y llegas a adorarlo cuando te falta. Me dejé arrastrar por todas las fantasías que se producen en las novelas y películas, me engañé voluntariamente con la prosa de muchos poetas y las melodías de aquellas sirenas tan traidoras, creí haberlo logrado todo hasta un día. Ese día, Neptuno me dijo estar cansado de enseñarme los caminos, yo debía aprender a marchar sobre el mar, ¡levántate y anda!, me dijo.

Lo escuché y estudié con ahínco, conocí muchos de los secretos que me tenía guardado y viajé hasta el cielo desde las persianas de mi aula. Quién no domine al cielo, nunca arrancará del mar sus secretos. Viví entre las estrellas y planetas, me hice amigo del sol y amante de la luna. Pude descubrir cuan cercana y lejana estaba esa línea infinita donde el sol y el mar se abrazan como amantes bendecidos del universo. Así, comencé a gatear sobre aquel manto azul que tanta influencia ejerciera sobre mí desde la infancia y los sueños aumentaron. Pude acercarme a otros paisajes desconocidos y se estableció una ardua batalla en esa lucha por descubrirlo todo. El mar, el cielo y el hombre se encuentran estrechamente conectados y hay que descubrirlos por separados.

El cielo se conquista de acuerdo a nuestras necesidades o intereses, siempre está allí, dispuesto, anciano, con su movimiento cíclico aburrido. Guarda sus secretos muy lejanos, cada día más cerca de nosotros, pero cuando te levantas lo hace el sol y cantan los gallos, extraño ritual. El hombre es impredecible, un misterio que nunca se puede descubrir totalmente, místico, irregular, destructor y de valores cambiantes Confunde la alegría con el dolor, el odio con el amor, la lágrima con una sonrisa, le encuentra justificación a la soledad y se equivoca constantemente, repite los errores, es sordo y nada lo convence.

El mar, de poco me sirvió tantos años gastados en su seno, desarrollar agallas y escamas como los peces, nunca pude arrancarle su verdadero secreto y debo acudir a la imaginación. Creo, y lo expreso por experiencia, su principal secreto radica en no poder desprenderte de él en lo que resta de vida. Separar a un marino del mar es como condenar a un Gorrión al cautiverio, muere. No lo hace inmediatamente, su muerte es lenta y dolorosa, comienza por perder aquellas escamas que le nacieron por contacto directo con el agua salada. Sus ojos pierden ese brillo adquirido cuando lo sacas de su medio y las agallas se le resecan cuando no puede aspirar el salitre que acompaña a la brisa marina. Vivir en medio de un continente es el peor castigo al que pueda ser sometido un hombre de mar. ¿Su secreto? Un hombre de mar nunca estará atado por un cordón umbilical a la tierra, es independiente, es un pez que siempre renunciará a ser pescado. La tierra llega a molestarle por los vicios que en ella impera, dejarla no significa mucho para él, aunque se vea obligado a recalar para construir su nido. En su lenta agonía, el hombre de mar siempre buscará una señal en el cielo. Las luces de la ciudad opacarán el brillo de las estrellas, sobrevive por la existencia del sol y la luna cuando la vea. Las luces de los autos le traerán los destellos de cualquier faro, pero el carbono existente, borrará aquellos olores de marisma que se aferran a sus pulmones.

¿Cómo sobrevivir esa angustia? Es necesario viajar cada año hasta una playa y tratar de respirar lo más profundo que se pueda, bañarse en ella para alimentar las escamas restantes. Luego, sentarse y recorrer un poco el pasado, Neptuno llegará con su carruaje tirado por caballos, delfines y sirenas, te abrazará y alimentará esos deseos de continuar la vida. Regresarás y pasarás algún tiempo junto a la ventana, imaginarás el muro de tu infancia seguido de un manto azul. El barquito pasará regularmente a la misma hora que lo viste, luego descubres que era el “Patria”, muchos años después supiste que era un barquito cementero que viajaba del Mariel a La Habana y viceversa. Te aferras a esos recuerdos y nunca lo hundes, escribes cualquier cosa y ese es tu diario de bitácora, algo diferente, porque en este caso la nave eres tú. Aparecerá la imagen de mucha gente conocida, inolvidable, sencilla, humana. Las atraparás en esas páginas de un diario donde sin darte cuenta, narras con cariño o desprecio todos los secretos del mar que una vez te propusiste descubrir y creíste no descubierto. Porque los secretos del mar son solo eso, las aventuras que viviste dentro de él y la gente que te acompañó para convertirla en una fortuna indescriptible, que solo es posible esconder en las profundidades del alma. Acerco el caracol de un cobo hasta el oído y puedo escuchar al mar, lo oigo como cuando era un niño.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2008-04-12

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar