Cuba es un cuento, compay

Perros de mar

El perro es el mejor amigo del hombre, y el perro es el mejor amigo de otro perro, eso ya lo sabemos todos. Pero hay perros distintos, jerarcas, policías, vagabundos, animales que saben distinguir por las charreteras o comodidades de un camarote, no tengo la menor duda de ello. Rinti era un tripulante más en nuestro buque y había que observarlo cuando se encontraba de guardia en el portalón, no se le podía pasar gato por liebre. Como se las arreglaba no sé, eran cosas de animales, pero el tipo era capaz de distinguir a un tripulante entre las tantas personas que abordaban cuando estábamos atracados.

No era muy sociable tampoco, entre flemático y sanguíneo era su temperamento, puede que sean las razones de su conducta unas veces indiferente y otras agresivas. Cuando le parecía, se acercaba a ti moviendo la cola, pero eso no ocurría con mucha frecuencia y creo que las largas navegaciones lo afectaban tanto como a nosotros. No era sencillo vivir en esa especie de convento flotante donde nuestras vidas se acercaban a la de cualquier monje.

Su dueño era el capitán del buque, Raúl era un treintón en aquella época y muy bien pudo ser influenciado por las aventuras de Rintintín para bautizar a su perro con ese nombre. De haber sido más joven, solo hubiera tenido como opción al perro de los tres tanquistas polacos, y un poco más acá, el nombre del animal hubiera comenzado con "Y" griega igual que la de los amos. Como es de suponer, Rinti vivía en su camarote y pocas veces bajaba a la chusmita. Todo parece indicar que no era de su agrado las relaciones con la gente de ese mundo algo bajo de los marineros, bueno, los camarotes de ellos se encuentran por lo general a la altura de la cubierta principal.

Lo veía con relativa frecuencia por el puente cuando iba a mis guardias de timonel, Rinti al lado de su amo, tirado junto a la butaca exclusiva del capitán. Unas veces en el cuarto de derrota, donde casi siempre esperaba acostado cómodamente en el sofá. Otras ocasiones en el alerón del puente observando a su amo cuando bajaba las estrellas, pero siempre a una distancia de su dueño no superior al metro, lo admiraba por esa fidelidad.

Pertenecía a una generación de pastores alemanes, pero vaya usted a saber cuál, porque nosotros siempre lo vimos como un gran animal hasta un día, después de esa fecha, Rinti era un choteado tan fuera de fonda como nosotros. Sus actividades eran bien limitadas a bordo, subir al puente de vez en cuando, acudir al llamado de la campana del comedor y permanecer aburrido junto a Raúl cada vez que había cualquier asamblea. Pertenecía al grupo que presidía todas las asambleas y reuniones, pero sin derecho a voz ni voto. Era el único afortunado entre toda la tripulación que lo excluía de esa hoy envejecida manera de comer mierda y tratar de arreglar el mundo desde el infinito mismo de un océano. Cuando alguna intervención era realizada con mucha energía, Rinti levantaba las orejas, otras veces abría uno de los ojos con desgana y después continuaba en ese agobiante letargo que se extendía por más de tres horas. Algunas veces colaboraba con la tripulación y obligaba a concluir esas reuniones cuando se encontraba en el punto de "asuntos generales", ya saben que es el momento crucial y donde se desbordan todas las fosas mentales. Rinti se sonaba un peo silencioso, ustedes saben que esos son los más dañinos y peligrosos. Luego, le encontramos una explicación justa a esa actitud saboteadora y lo perdonábamos. El animal había sufrido como todos nosotros esos cambios propios de la etapa revolucionaria en sus comienzos románticos, donde las culpas de nuestros sufrimientos siempre iban a parar a noventa millas de distancia. Por ser precisamente un animal, aunque con muchos más privilegios que cualquier ser humano en la isla, esos cambios lo afectaron mucho y le producían esos nocivos gases estomacales, era lógico que así sucediera.

Nuestra dieta empeoraba cada día por las causas que ya conocen y que a nosotros nos informaron a su debido tiempo. Al principio de esa gran batalla librada por nuestro pueblo en contra del gigante del norte, se hizo muy común la aparición de muchas partes de los motores de las vacas en nuestro almuerzo. Un día nos tocaba riñones, otro día corazón, otro día panza, hígado, lengua, etc. ¡Claro! Ni con tanta frecuencia tampoco, supongamos que dos veces por semana y que los días restantes correspondían a las tropas blindadas que enviaban los hermanitos del campo socialista. En fin, pudimos aprendernos como expertos veterinarios todo lo concerniente a las vísceras de esos animales. Un poco más tarde iban desapareciendo todos los componentes de las carrocerías de las vacas y algunas de las piezas de sus motores se convirtieron en artículos de lujo. De esa manera, el hígado pasó junto al corazón, riñones y lengua a jugar en las grandes ligas de la cena. Mientras eso sucedía no existía problemas con el estómago de Rinti y aquellas reuniones dedicadas a arreglar al mundo duraban entre cuatro y cinco horas. Pero el bloqueo se hizo más cruel o las vacas cubanas nacían sin vísceras, como quiera que haya sido, nuestra dieta dio un cambio drástico y aquellas piezas se fueron extinguiendo como los dinosaurios. Fue de esa sencilla manera que las tropas blindadas del campo socialista se encargaron de la dura batalla del almuerzo y aparecieron los temibles ajíes y coles rellenos de Bulgaria, spam, carne rusa, carne china, macarela japonesa y por supuesto, las temibles latas de tronchos de pescado cubanos. Bueno, todo esto hubiera resultado un exquisito manjar durante el período especial, pero pocos imaginan los desastrosos efectos en nuestros abusados estómagos y la cantidad de marinos sufriendo gastritis y úlceras. Volviendo al tema del infeliz animal, Rinti sufrió como nadie esos cambios perversos. Al principio se acercaba hasta el plato de su comida, lo olfateaba y tocaba retirada con todas las cornetas. Fue de los primeros animales en declararse en huelga de hambre en la historia post revolucionaria y se puso flaquísimo. Más tarde y sin otra salida por encontrarse dentro de una trampa mortal, el infeliz animal no tuvo otra alternativa que claudicar ante la presión del enemigo, pero ya ustedes saben las consecuencias, sus peos eran bombas de gases tóxicos.

La vida para el pobre perro se complicaba un poquito cuando llegábamos a puerto y el capitán salía. No me imagino cómo rayos se las arreglaba para poder identificar las barras que tienen una charretera. Saliendo el capitán, Rinti se postraba en la puerta del primer oficial, pero con éste se jodió, tuvo que morder en el suelo y nunca lo dejó pasar al interior de su camarote. No quisiera imaginar la humillación que sentiría el pobre animal por aquel gesto donde no se le reconocía su jerarquía. En los puertos nacionales se las veía un poco más difícil después de las cinco de la tarde, solo permanecía a bordo el oficial de guardia con su brigada. Durante las ausencias del capitán y primer oficial, Rinti plantaba su campamento frente a la puerta del segundo oficial. Plaza donde recibiría el mismo trato anterior, ni sofá, ni alfombrita, cero privilegios. Allí permanecía sin comer hasta el día siguiente que regresaba su amo. La situación adquiría matices críticos cuando se encontraba de guardia el tercer oficial, ese día Rinti plantaba campamento en el portalón y durante la ausencia de su amo provocaba uno que otro problemita con las personas que no pertenecían a la tripulación. Eran las horas donde mostraba toda su agresividad y la amargura propia de la mayoría de los perros cubanos. No es que dejara o no de reconocer las charreteras del tercer oficial y desconociera cual era la puerta de su camarote. El problema era otro, durante las ausencias del capitán Sánchez Oro lo jodía sin parar. Entre las cosas que le hacía al pobre animal, había una divertidísima para toda la gente, pero coño, hay que ponerse en el lugar del cabrón perro. No es fácil que te cubran la cabeza con una bolsa de lona y que en ese estado de ceguera total, te espanten de buenas a primeras el potente chorro frío de un extintor de CO2 por el culo. ¡Vaya! Aunque el perro me cayera mal y lo tildara de chicharrón por esa pasión sostenida hacia las charreteras, esa constante jodedera de que te estén enfriando el fondillo debe disgustar a cualquiera. Esos días de las guardias de Sánchez Oro eran un calvario para el pobre Rinti. Era disciplinado el muy cabrón, nunca le dio por abandonar la nave en medio de aquellas tragedias durante las ausencias de su amo.

Recuerdo de un solo puerto donde el perro tenía su jevita y varios hijos reconocidos. Hubo un tiempo donde nos destinaron a realizar cinco viajes continuos para los Grandes Lagos. Cargábamos azúcar en sacos en Nuevitas para Hamilton y Torornto, fue precisamente en ese puerto cubano donde Rinti se desaparecía durante horas, ausencias que preocuparon a gran parte de la tripulación. La calma reinó nuevamente cuando nos enteramos por un estibador de que nuestro perro andaba involucrado en amoríos en el pueblecito de Tarafa. Todos lo celebramos y casi comenzaba a ser aceptado entre la gente de la chusmita, quienes durante un tiempo llegaron a cuestionar sobre la virilidad del perro y algunos comentarios se extendieron un poco más allá, lo acusaron injustamente de homosexual. Es muy probable que se haya lanzado en esa aventura amorosa para demostrar lo contrario. Al cabo del quinto viaje a Nuevitas, Rinti desapareció como siempre había ocurrido, pero esa noche no regresó, ni lo hizo al día siguiente y la gente se alarmó un poco. Casi de salida nuevamente para Canadá, un estibador que ya lo conocía, lo trajo gravemente herido para el buque. Se enteró por boca de los vecinos de Tarafa que, estando Rinti pegado con otra perra, fue atacado por una pandilla de perros callejeros que lo hicieron mierda, tenía mordidas marcadas hasta en el rabo. Muchas fueron las manifestaciones de solidaridad con el pobre animal y algunos se ofrecieron para salir a emprenderla contra aquellos cobardes animales.

Permaneció varios días en reposo absoluto y no salía del camarote del capitán, la aventura le había resultado demasiado cara. Una de esas mañanas y estando su amo a bordo, Rinti se separó de su compañía y decidió pasar un rato en el plato de la escala real como siempre hacía cuando se encontraba solo. Varios tripulantes pasaron por allí a saludarlo y manifestarle su solidaridad tan oportuna en esos tiempos difíciles que vivía. De vez en cuando se paraba y dirigía el olfato hacia el pequeño poblado, se observaba preocupado, puede que algo enamorado también, eso nos ocurrió muchas veces en los puertos visitados. Arsenio tuvo la intención de pasarle la mano por la cabeza y decirle algo, pero inesperadamente, el animal le lanzó una fiera dentellada que lo hizo retroceder sin poder ocultar el pánico repentino ante tanta agresividad.

Arsenio era el sobrecargo del buque y natural de Santiago de Cuba, solo un detalle lo identificaba con aquella ciudad, el canto natural de sus habitantes a la hora de hablar. Rondaba cerca de los cincuenta y se mostraba muy bien conservado para su edad. Era de ojos azules y canosa cabellera, aspecto que lo alejaba un poco de la media común, brindando la imagen de un extranjero en su propia tierra. Contrario a los hábitos aún vigentes en los hombres de mar, donde las prioridades esenciales de sus vidas eran muy simples, satisfacer a toda costa el apetito sexual y darle funcionamiento extra al hígado, como tratando de recuperar todo el tiempo perdido durante las navegaciones. Arsenio era el individuo preocupado eternamente en la construcción del socialismo en Cuba, y lograr a un hijo de puta de su envergadura, requerirá de la donación de semen por parte de grandes figuras en este campo y una voluntaria que se deje inseminar con la suma de todas esas eyaculaciones. Pretendió un día y luego de arribar de uno de esos viajes, implantar en puerto horarios de clases y círculos de estudios. No conforme con las imposiciones emanadas de su enfermiza voluntad como secretario del partido a bordo, Arsenio se plantaba en el plato de la escala real después de la comida para tomar nota de la gente que salía del buque y no acataba sus orientaciones. Solo los jóvenes de aquellos tiempos nos declaramos en rebeldía y salíamos del buque rozando su nariz a cumplir con nuestros deberes de sementales en estado de abstinencia. Hoy y decenas de años después, no encuentro una explicación lógica a manifestaciones de extrema pasividad mostrada por aquellos que aceptaron sus disposiciones. Por si fuera poco en la vida de ese enfermizo extremista revolucionario, durante algunas de nuestras escalas por su ciudad natal, este individuo en lugar de estar compartiendo el escaso tiempo disponible con su familia, gastaba horas sentado en el parque Céspedes espiando los movimientos de los tripulantes. En reuniones posteriores a nuestras salidas, Arsenio siempre dedicaba duras críticas a los jóvenes que compartíamos con las fleteras-hoy jineteras- del parque, alegando que esa era una de las maneras de hacer contrarrevolución y una manifestación de desviación ideológica. No se detuvo ante nada en su afán por construir el paraíso del proletariado, durante una de nuestras visitas a Japón, Arsenio pidió sancionar a un militante de la juventud comunista por estar mascando chiclets. Bueno, extenderme en los pasajes de ese personaje consumiría este trabajo dedicado a los perros de mar.

Rinti sufrió como nosotros todas las calamidades propias de los tiempos que le tocó vivir, Raúl nunca le concedió privilegios extras. Lo vi correr de banda a banda durante las grandes galernas, mientras luchaba tenazmente por clavar sus pezuñas en un piso barnizado, no fueron pocas las veces que sus costillas chocaron contra los mamparos de babor y estribor sin escucharse el más mínimo quejido. Al quinto viaje de recalada a Nuevitas, nuestro buque recibió como suministro de víveres una bola de carne y una cajita de pescado. Teniendo en cuenta que la tripulación estaba compuesta por unos treinta y cinco tripulantes y que la navegación hasta Montreal consumía unos nueve días, era de suponer que la travesía se realizaría en condiciones extremadamente difíciles. La última cena fue lograda con las barreduras de la gambuza y muchos pensarán o manifestarán que miento. Aquel almuerzo estaba compuesto de arroz y unos garbanzos cocinados con tomate y sal. Raúl pidió que le suministraran comida a nuestro paso por la primera esclusa de Montreal camino hacia los Grandes Lagos. Esa noche fue de fiesta y comimos a reventarnos, al día siguiente toda la tripulación cayó con unas diarreas agudas, Rinti no pudo escapar de ella como buen tripulante que era.

En Hamilton íbamos por las tardes a jugar pelota a un estadio, competíamos cubierta contra máquinas. Una tarde, apareció un hermoso perro que corría como un niño tras la pelota. Como niño al fin lo engañaron con el cuento de la pelotica y una vez a bordo no escapó más. Su presencia despertó todo el celo y envidia escondida en la nomenclatura de Rinti, actuaba como muchos en la isla y su vida a partir de esos instantes fue invadida por sentimientos hasta entonces mantenidos en la oscuridad. No soportaba compartir una misma nave con un ejemplar mucho más bello y fuerte que él, mucho más joven y con posibilidades de conquistas superiores a las experimentadas en el pueblecito de Tarafa. Sus colmillos permanecían al viento más tiempo que cualquier sable sacado entre duelos y su carácter era sumamente irritable. Pocos se le acercaban con el propósito de saludarlo y ser mal correspondidos. No recuerdo el nombre con el cual fuera bautizado aquel bello ejemplar que muy pronto se convirtió en el amuleto de los marineros.

En Toronto atracamos al lado de una fábrica de alimentos para animales, durante la maniobra, nuestro buque comprimió a una bandada de patos salvajes contra el muelle. Arriada la escala real, los cocineros confeccionaron una especie de jamo con el que fueron capturando cada pato muerto y luego convirtieron en un exquisito plato. Allí cargamos maíz a granel, pero por ese derroche de labia y simpatía que exportan los cubanos, se las arreglaron para adquirir varios sacos de alimentos para perros. Eran unas especies de tortas color carne y secas que luego de ser sumergidas en agua tibia se convertían en un apetitoso manjar para esos animales. El perro canadiense lo degustaba con placer y todo indicaba que ese alimento era conocido por él. Por el contrario, Rinti se negaba a consumir aquellas tortas y era lógico, ya su estómago y gustos se habían adaptado al menú de las laterías que nos suministraban nuestros queridos camaradas del este. Esos momentos de las comidas ocurrían aisladamente y al final le traían al canadiense el plato de Rinti, pero una buena tarde a Sánchez Oro se le ocurrió poner a los dos perros comer frente a frente. El canadiense consumió toda su cuota ante la indiferencia del pastorcito cubano y cuando se disponía pasar al plato de éste, se encontró con todo el desfile de colmillos bien afilados del nacional y ante sus muestras de agresividad permaneció manso esperando por su retirada. Rinti, cubano de buena cepa, se tragó toda aquella masa en contra de su voluntad ante la mirada impaciente del visitante, y fue a partir de esos momentos que comenzó a variar temporalmente su dieta. Esa operación fue repetida en varias oportunidades hasta que finalmente el nacional se adaptó a su nuevo alimento.

Pelito Lindo, así le llamaba su dueña, nunca supimos su verdadero nombre. Era un hermoso ejemplar de pastor alemán, muy parecido al perro secuestrado en Canadá una decena de años atrás. Escuchar la historia de su vida era tentador y provocaba cierta hipnosis sublime que te obligaba a viajar por el maravilloso mundo de Alicia. Vivía en una hermosa mansión de Miramar y siempre fue el niño mimado del padre de la dueña, quien no se ocultaba durante sus narraciones para describirnos las interioridades de aquel castillo encantado. Una de las habitaciones había sido convertida en cuarto de refrigeración, allí se conservaban cómodamente todo tipos de animales comestibles. Figuraban en la colección personal de su padre grandes venados que eran cazados en extensos cotos, donde sus compañeros de armas iban con frecuencia a deslastrar todo el estrés adquirido durante las importantísimas tareas asumidas en la construcción del socialismo criollo. Figuraban en ese ejército de soldados congelados hermosas terneras, grandes carneros, chivos, conejos, guanajos, patos, ocas, gallinas criollas, jutías, colas de cocodrilos, pargos, chernas, agujas, caguamas, etc.

Yo la escuchaba en medio de repentinos orgasmos mentales, cuando sin parar, me describía las grandes fiestas que se realizaban en aquella mansión. En medio de miles de pensamientos inocentes, no podía concebir fuera posible asar una ternera completa. No podía calcular remotamente las dimensiones del lugar para asarla, los hombres disponibles a realizar aquella faena, mientras se esperaba entre bromas campechanas y balas disparadas en la Sierra a la sombra de enormes arecas y árboles frutales con un vasito de Chivas Regal a la roca. Nunca me habló de grandes orgías o bacanales como las descubiertas por la luz en casos de otros comandantes de la revolución, pero de algo estaba convencido, deseé con toda la intensidad de mi alma tener una vida como la de Pelito Lindo. Resumían aquellas historias que siempre le solicité me repitiera como cualquier niño deslumbrado por las fantasías de los cuentos de hadas, la llegada de un gran camión cada fin de año con los regalitos del comandante mayor. Hablaba de televisores, videos, aire a condicionados, estéreos, refrigeradores, etc. Al gran jefe nunca le preocupó si ya los poseían, ese era su premio a la fidelidad y grandes sacrificios realizados en la construcción del socialismo. ¡Llegará el día! Siempre soñé, tiene que llegar el día en que no me vea necesitado a comprar en casas de segunda, ni regatear precios, soñar nunca costó nada.

Pelito lindo no era como Rinti, siempre fue muy sociable con todo el mundo olvidando casta y sangre azul. Salía por cubierta a compartir con la marinería y se relacionaba amistosamente con los estibadores extranjeros. Para sus tiempos se habían agotado casi todas las partes de los motores de las vacas, el puerco comenzaba a escasear también y la cantidad de pollo servido en puertos nacionales era insuficiente para garantizar una navegación. Una parte del campo socialista había sucumbido y con ellos desaparecían de paso las tropas blindadas que siempre nos acompañaron, nuestra situación era precaria y de extrema austeridad. Nos faltaba la comida y el dinero de nuestra paga dejaba de aparecer en nuestras arribadas.

Pelito lindo se enroló para un viaje alrededor del planeta con una recalada fatal a Corea del Norte, allí permanecimos más de un mes mientras nuestras exiguas provisiones mermaban diariamente. Sin embargo, Pelito lindo nunca se enteró de nuestros sufrimientos, él no debía encaramarse en una grúa durante varias horas para cambiarle los cables con dieciocho grados bajo cero, él no sabía lo que era enfrentarse a ese frío con un vasito de leche condensada y chícharo molido, él siempre fue muy feliz, un pasajero distinguido. Pelito lindo era casi el hijo de un comandante de la revolución, por tal motivo y mientras toda la tripulación pasaba hambre, tenía garantizada una dieta que muchos envidiamos. Su dueña, la hija del comandante, la jeva del capitán de la nave, le hervía diariamente un pollo que luego deshuesaba con santa paciencia y servía en uno de nuestros platos al distinguido animal. Tampoco comía en cubierta o en la intimidad de su camarote, ella se lo servía en nuestro pantry. ¿Y nosotros? Como buenos cubanos le celebrábamos la gracia, la aplaudíamos, nos preocupábamos por la salud del noble animal, ¿y le alcanza con un pollo?, ¿se llena? ¡Qué maricones éramos! Y todo porque era el perro de un comandante. Y allá tenía que mandar a la marinería a limpiar la cubierta de botes donde cagaba Pelito lindo, y no les cuento el tamaño de los mojones, suerte que estaban congelados y no apestaban, parecían chorizos. En ese estado de hambruna y desesperación hasta la mierda adquiere matices divinos.

El sobrecargo, ¡ohhh!, no sé por cuál razón los detestaba tanto, la mayoría eran ladrones y chivatos, el que no haya sido una de las dos cosas que me avise. El sobrecargo era el encargado del control de los víveres, compraba los de pésima calidad y pagaba en las facturas como si fueran de primera, la diferencia iba a su bolsillo y una parte al del capitán. Eran rarísimas excepciones donde sobrecargo y capitán se declararan enemigos y el que nos tocó ese viaje fue un caso especial. El tipo era militante del partido, poseía la medalla XX Aniversario, la de misión internacionalista, y vaya usted a saber cuántas más. Ese sobrecargo era el clavista del buque y secretario del partido, era él precisamente quien debía darle el pollo diario a la hija del comandante y jeva del capitán para alimentar a Pelito lindo. ¿Habrá sacado cuentas? ¡Vamos a ver! Tres días de navegación de Cuba a Panamá, treinta días hasta Shanghai, otros cinco días hasta Corea del Norte, un mes y medio de estancia en ese país, nueve días hasta Singapour, otros cuatro días hasta Bangladesh, bueno, me detengo en este puerto. Hasta ese punto de arribada, Pelito lindo se había jamado la astronómica cifra de noventa y seis pollos. Si dividimos esos pollos entre cuatro, podemos llegar a la conclusión de que el perrito había consumido la dieta de veinticuatro tripulantes, bueno, sin contar el resto de la travesía. ¿Y la gente qué decía, los militantes? ¡Nada, absolutamente nada! Nadie puede calcular la inmensa capacidad del cubano para someterse a sacrificios extremos.

Pelito lindo se ganó la simpatía de casi toda la tripulación, lo celebraban a su paso por todas las cubiertas, no se conformó con llenar de mojones la cubierta de botes y su mierda pudo ser encontrada en todos los rincones del buque y nadie protestaba. Fue considerado un héroe en Corea del Norte, fue probablemente el único extranjero que la haya metido en ese país sin que se tomaran medidas represivas contra él o la jeva. Una tarde, la hija del comandante lo sacó a cubierta para que evacuara uno de esos monumentales y familiares mojones, cuando Pelito lindo sin escuchar las demandas de su dueña bajó a toda velocidad por la escala real en busca de una perra que pasaba en esos instantes muy cerca del buque. Desafiando las adversidades del clima y los embates de una intensa nevada, Pelito lindo se la metió a una perra coreana y allí se quedó trabado. Su dueña, muy orgullosa por la actitud de su animalito, corrió al comedor de tripulantes para comunicarles la buena nueva. En el portalón se reunió parte de la tripulación para celebrar la aventura del perrito del comandante y olvidaba por instantes los pollos que se jamaba diariamente en medio de las críticas silenciosas de pasillos.

En Bangladesh nos vimos obligados a cambiar cabos y cables viejos por alimentos y animales vivos, era la única manera de garantizar la navegación hasta nuestro próximo destino, Luanda. Por cubierta andaban sueltas unas diez chivas esperando la salida del buque para ser sacrificadas. Una de esas tardes que Pelito lindo salió a cagar, consideró que las chivas podían ser un palo ideal y se le pudo observar corriendo tras ellas por toda la cubierta. Logró alcanzar a una que otra y se les encaramó por detrás, la gente no simpatizó mucho con aquellas alocadas acciones del perrito, la jama estaba en juego. A nuestra arribada a la isla, el comandante vino con su escolta a buscar a Pelito lindo, la tripulación no había cobrado en todo el viaje y nadie sabía cuántos pollos se había jamado hervidos.

Canelito era un perro traumatizado, su raza no era muy bien definida, como la de todos los cubanos. Un poco de aquí y otro poco de allá, dicen los dueños que era un puddy, pero tiraba más a sato que a otra cosa. Vivía en el Vedado y no estaba acostumbrado esos menesteres de los barcos. Siempre se le podía observar atemorizado y cuando lo cargabas sentías en tus manos los latidos acelerados de una repentina taquicardia. Era la foto de su dueño y probablemente éste, le trasmitiera todas sus inestabilidades emocionales. Me contó un día que había sido piloto de Mig 15 y luego de unas avionetas que llevaban un artillero a popa de la cabina. Sus cargos de conciencia no lo dejaban vivir tranquilo y aunque me manifestó que nunca había hundido lanchas o balsas, no le creí totalmente. Causó baja de la aviación precisamente por problemas de los nervios y sacó el título de Piloto de Altura para trabajar en la marina. Durante aquellos escasos momentos donde nos encontramos solos y aprovechando la oportunidad para aliviar un poco las penas que lo agobiaban, el dueño de Canelito me contó sobre las misiones realizadas por el Canal de las Bahamas y la costa norte de Cuba. Dice que sobrevolaba sobre las balsas a la deriva y que en muchas ocasiones los tripulantes alzaban en sus manos a niños para que no dispararan. Sobre su conciencia pesaban las palabras de los artilleros. ¡Pasa de nuevo! ¡Ponme la cola a tiro pa’que veas como los descojono! Sabrá Dios cuántas veces repitió las picadas y a cuánta gente indefensa hundió. Si no hubiera matado a nadie su conciencia no lo mortificara tanto, su conciencia no lo dejó servir para mucho, más bien era un estorbo en el puente de mando, y no es una simple deducción, tuve que arrastrar con esa carga en dos oportunidades, y volar con él en cada borrachera, y alzar a los niños de las balsas, y sentir las ráfagas de una ametralladora a popa de la cabina, y las voces de los hijoputas artilleros. ¡Pasa de nuevo! ¡Ponme la cola a tiro! ¿La puso? En Tailandia no quiso pegarle los tarros a su mujer, yo creo que no se le paraba por esos traumas, luego se separaron. Canelito era medio mariconcito, tenían que subirlo al puente cargado, se asustaba con los bandazos del buque, con las cabezadas, nadie sabía dónde coño cagaba.

En la esquina de mi casa hay un parque para perros, lo visitan de diferentes razas. Todos juegan en santa armonía, si cagan, los dueños recogen su mierdita en bolsitas plásticas. Todos se huelen el culo y continúan jugando con una pelotica, un palito, un huesito. En casa de un amigo hay dos perros cubanos, cuando tocas la puerta comienzan a ladrar, cuando abren la puerta te enseñan los colmillos, cuando entras en confianza y te sientas en la sala, confunden tu pierna con una perra, hay que caparlos, no se acostumbran a vivir en Canadá.

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