Cuba es un cuento, compay

Obregón

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Era uno de los engrasadores del buque “Jiguaní, negro como casi todos los de su tiempo. Como si existiera entonces discriminación racial o, los destinaran a ese departamento por la cercanía de su color con el del fuel oil que consumían los barcos. Obregón era un tipo muy tranquilo, sedado al hablar y amigo de pocas relaciones. No participaba mucho en las tertulias que se producían en el salón de tripulantes después de las comidas. Siempre andaba en chancletas, muy aseado y lento al caminar. Bajo de estatura, pero fuerte como un roble, aunque su cuerpo se encontraba en los límites de la obesidad. Aquella fortaleza suya inspiraba respeto en los demás, siempre ha sido así. Sin embargo, nunca hacía alardes de ella, es que en nuestra isla, mientras más grande y fuerte fueran los hombres, así eran de nobles y humildes. Era como si adivinaran que ante cualquier problema, nadie los iba a enfrentar con las manos. Contraria a esa actitud de ellos, podías encontrar a cualquier garrapata que se desgastaba en alardes de hombría, bravocunerías, guaperías, etc. Ellos no, siempre se distinguieron por su amabilidad en el actuar y hablar.

Obregón hablaba en tono bajo, tanto, que te obligaba a preguntar en más de una oportunidad por lo que hubiera manifestado en cualquier encuentro. Tampoco era “jodedor” en el sentido criollo de esa palabra, cuando el buque llegaba a puerto nacional, oportunidad aprovechada por nosotros para deslastrar esa carga pesada de los huevos, él prefería quedarse junto a otros viejos jugando dominó. No creo que fuera impotente o medio pato, es que esa fue la vida elegida por él y donde se contemplaba largos períodos de abstinencia sexual. ¡Vaya! Estamos hablando de seres con los testículos blindados. Yo nunca pude resistir esa tortura y siempre salí como perro rabioso a la calle. Primero me limitaba a los puertos nacionales, el idioma y dinero no me acompañaba en el extranjero. Luego aprendí a seducir y ser sincero, explicar nuestras limitaciones monetarias, muchas veces me comprendieron y tuve éxito.

¡Era bembón! Tampoco porque tuviera una pila de virtudes yo iba a omitir algunos defecticos corporales. ¡Sí, era fuerte! Pero estaba desculado, en aquellos tiempos no era muy importante, pero hoy mismo, las mujeres se fijan si tienes nalgas o no. Tampoco tenía caderas y las piernas eran largas, como las de la ranita René, como las de Miyares. Sus ojos eran algo saltones y te escupía algo al hablar, pero era muy buena gente. Además, arribamos a puertos donde las mujeres no se detenían en estas nimiedades. Por ejemplo, cuando estuvimos en Chile los negros fueron muy demandados. Hasta yo, que era blanco, me empaté con tres chamacas. No hablo de mí solamente, el viejo Fermín se empató con una temba como él y era blanco. Obregón no se apuntó una, se quedaba pescando Jureles por la borda y nos cubría las guardias, no digo yo si era buena gente. Miren que nos hablaron para que no compráramos pacotilla en Valparaíso, debíamos demostrar a los hermanos chilenos que la situación no estaba tan jodida en Cuba. Él se limpió el culo con todos aquellos llamados, no solo él, Fermín compró un pavo y cuando le dije que sería decomisado por los fitosanitarios de la isla, ¿saben que hizo?, lo cocinó y se lo llevó de pacotilla.

Poco tiempo después nos separamos, eso era muy frecuente en la vida de los marinos. Haces relaciones casi familiares con ellos y cuando se separan pueden pasar muchos años sin volver a encontrarse.

-¿Tú conociste a Obregón? Me preguntaron un día durante el curso de oficiales.

-¡Claro! Navegamos juntos en el “Jiguaní. Le respondí sin prestar mucha atención a los gestos realizados por aquel compañero de estudios.

-¡Ni te imaginas, men! ¡Ni te imaginas el susto que nos hizo pasar! Detuve lo que estaba haciendo, no podía esperar algo extraño de una persona tan tranquila como aquel negro.

-¿Qué pasó? Fui escueto, como queriendo evitar los anuncios comerciales.

-El barco se estaba hundiendo y sonaron la alarma de abandono. ¡Vaya sorpresa que nos esperaba cuando llegamos al bote!

-¡Compadre, no le de tantas vueltas al trompo! ¡Acaba de soltar!

-Yo estaba al frente del bote número 2, tú sabes que es el que le pertenece al Primer Oficial. Cuando llegamos a la cubierta de botes, ya Obregón se encontraba encima de él con un hacha en la mano y toda la pacotilla.

-¡No jodas!

-¿Qué no joda? El hacha daba vueltas en el aire mientras en la otra mano mantenía agarrada una caja gigante de detergente Tide.

-¿Se volvió loco?

-Tenía los ojos más botados que nunca y gritaba como un salvaje: ¡Este bote es mío! ¡Este bote es mío! Imagínate tú, el barco hundiéndose y aquel gorila arrebatado amenazando con un hacha al que subiera.

-¡Ñooo! Para cagarse. ¿Cómo pudieron resolver la situación?

-Tú sabes que los cubanos somos mueleros, si fuimos capaces de conquistar a una rusa, japonesa, polaca y hasta árabe, ¿cómo carajo no íbamos a convencer a uno de los nuestros? Siempre apareció un negociador que le calmó los nervios, por suerte para él, si no se calmaba y cedía, había que meterle un bengalazo, porque para más desgracias, el Capitán no tenía arma de fuego.

-¡De tranca! No se puede creer ni en la gente más pacífica de un barco en situaciones como esa.

-Ponle mucha atención a las conferencias de psicología que te van a dar durante el curso. Nos despedimos, me quedé con la boca abierta.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2011-09-10

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