Cuba es un cuento, compay

Aquella flota nuestra. Década 1980-90 - 4

La atmósfera respirada a partir de la mitad de la presente década era altamente nociva, el grado de corrupción alcanzada, no había tenido parangón en toda la historia de la marina mercante cubana. Cada buque se convirtió en un campo de batalla entre gatos y ratones, donde no podía distinguirse cuál de ellos robaba más. La labor del Primer Oficial resultaba en extremo peligrosa, por un lado existía la latente amenaza de estrictos controles gubernamentales y el fantasma de una policía económica que, inesperadamente podía realizarte una auditoría. Todo debía encontrarse debidamente inventariado por el código CUP importado del campo socialista y donde se incluían hasta los clavos usados. Por otro lado, un peligro mucho mayor que aquella, debías cuidar tu espalda de una tripulación dispuesta a traicionarte en el instante menos esperado. De muy poco servían esos controles de seguridad, cuando el más despiadado enemigo lo tenías dentro de tu propia casa. No solo robaban los simples marinos, el material dispuesto a su alcance resultaba el de menor valor. Vi a capitanes robando el combustible de los vehículos transportados como cubertadas, y cuando eso ocurre, los ratones se lanzan a su libre albedrío. No escapaban de esas fechorías las propiedades del buque, todo debía mantenerse estrictamente sellado y asegurado. Aún así, el hurto era inevitable. Navegué en barcos donde después de realizar inventarios de rutina, detecté la falta de colchones, equipos electrodomésticos, ropas de cama y no deseo hablar de la gambuza, tan asediada como cualquier banco importante en el extranjero. Por cubierta, los pañoles de pintura eran los blancos preferidos por los ratones. Debo aclarar que en términos generales, las cantidades de esos robos manifestaban abiertamente que no eran destinados al lucro personal, me inclino por la satisfacción de necesidades imposibles de ser cubiertas por el mercado estatal.

Solo una vez en tantos años, navegué en un barco donde permanecían abiertas la cocina, gambuza y pantry. Eso sucedió a bordo del buque angolano N’Gola, pero solo hasta un día. Una vez nos abarloaron al buque insignia cubano “Sierra Maestra” estando fondeados en el puerto de Luanda, y bastó unas cuantas horas para que barrieran con todo, arrasaron como lo hace cualquier peligrosa plaga.

Cuando esas necesidades personales eran incapaces de ser satisfechas con las existencias a bordo, apareció otro modo de operación que se extendió más allá de nuestras bordas. El robo a la carga cobró tanta naturalidad que, gozaban de la autorización de muchos capitanes, y por supuesto, las organizaciones políticas a bordo de las cuales el jefe del buque era subordinado. Cometería una injusticia si acusara a todos por igual, creo que aún en los peores momentos, no dejaron de existir hombres verdaderamente profesionales que abrigaban consigo toda la ética carecidas por sus colegas. El robo a la carga fue un delito al que siempre me opuse y en una oportunidad, aquella actitud honesta, estuvo a punto de costar mi continuidad como oficial de esa flota. Me oponía a esa modalidad de hurto y no lo hacía por considerarme una persona “pura”. El fondo de mis razones iba un poco más allá de la profesión y tenían justificaciones políticas. En todos los casos vividos, aquel robo era prácticamente autorizado por el Capitán, y posteriormente, tomándose atribuciones indebidas, se involucró la figura de distintos comisarios políticos que, pretendieron elevarse por encima de la estatura del Primer Oficial y en muchos casos fue aceptada por “pendejos”. Como yo no militaba en organización política alguna, podía permitirme ese lujo al costo de ciertos riesgos contra los cuales sabía protegerme. Me opuse en la mayor parte de los casos, porque en el fondo, no lo hacían para proteger a la tripulación. Lo hicieron para ahorrar gastos y llegar a La Habana con un informe que lo reflejara con el objetivo de obtener méritos personales.

Todo Capitán y Oficial domina perfectamente la existencia de un documento conocido como “Bill of Lading” o Conocimiento de Embarque en español, no voy a profundizar en las características de ese documento del cual, debe mandarse por avión diferentes copias al puerto de destino, casi siempre acompañadas de un plano de carga. Esto se hace para que el receptor de la mercancía prepare las condiciones de descarga y agilice dichas operaciones. En Cuba, ese documento pasa por diferentes manos donde también existe corrupción y no fueron pocos los casos donde recibimos “visitas” de autoridades portuarias, en apariencias, con el propósito de inspeccionar la carga. Una vez atracados y a punto de comenzar las operaciones, sería detectado robos a la carga que no fueron hechas en el puerto de origen. O sea, ellos sabían perfectamente donde se encontraban los objetos de valor y fueron directo al grano. Después, los estibadores se encargarían del resto.

¿Creen que ya he concluido? La peor pesadilla y algo inconcebible, ocurría a bordo de los buques porta contenedores. Los ladrones tenían un estilo muy personalizado, abrían los contenedores durante el viaje, realizaban sus fechorías, y luego, volvían a colocarles sellos que tenían en su poder. Aquello me obligó a estibarlos puerta contra puertas, fue la única solución para combatir aquella epidemia. En los buques refrigerados sucedía algo parecido hasta que se optó por cerrar las bocas de lobo con grandes candados. No éramos santos, como he manifestado con anterioridad, nosotros también aportamos nuestro granito de arena al naufragio de aquella flota nuestra. Los dejo con imágenes de hermosas naves adquiridas en la presente década.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2011-06-12

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