Cuba es un cuento, compay

Aquella flota nuestra. Década 1970-80 - 1

La década del 1970 al 80 no pudo arrancar peor para la población cubana, me veo obligado a mencionar algunos detalles de aquella situación por dos razones; todo esto es desconocido en el extranjero y el miedo sentido por los cubanos les ha provocado una profunda pérdida de la memoria. Arrastrábamos de muy cerca las meteduras de pata o locuras del “comandante”. Detrás de nosotros y vigente aún, se encontraba esa “Ofensiva Revolucionaria” mencionada en el capítulo anterior. Nada podía satisfacerlo y la isla, se convirtió en un gigantesco laboratorio donde experimentaría todos sus caprichos. Aparejada a esa especie de “revolución cultural a la cubana”, los alrededores de la capital era convertida en un campo minado donde se sembraría café caturra. Para esos fines, fueron derribados árboles frutales que toman varios años en lograr producir. Al final de toda esa ardua campaña llevada a cabo con el apoyo de las organizaciones políticas y de masa, se logró todo el café que cabe en una sola taza. Nada de eso fue suficiente para satisfacer su estado de enajenación o locura febril, el estibador era movilizado hacia tareas en el campo para que demostrara su afiliación y apoyo a la revolución. Muy bien podía ser cortando caña, sembrando café o guataqueando malanga. Su puesto era cubierto por estudiantes que, fueron también movilizados con el mismo propósito. El campesino fue sacado del campo y destinado a estudiar para que disfrutara los beneficios de su “revolución”. En su lugar situaron a los maestros que debían identificarse con el proceso. Las posadas fueron cerradas y sus empleados ubicados como maestros. En resumen, Los barcos se pasaban más de dos meses en descargar, los estibadores no cortaban la caña suficiente y se requería movilizar a más gente. Los guajiros no aprendieron ni timbales y como las posadas se encontraban cerradas por necesidades de la revolución, había que templar donde existiera un poco de oscuridad.

Con todas esas calamidades heredadas de la década anterior, al comandante se le ocurre producir 10 millones de toneladas de azúcar. Debo recordarles que antes de su presencia en el gobierno de nuestra isla, Cuba ocupaba el primer lugar en la producción de azúcar de caña en el mundo. Los resultados de sus experimentos son conocidos, hoy debe importar ese producto para satisfacer el consumo nacional. Todavía existen cretinos que continúan creyendo en las promesas del futuro, cuando esto que vemos hoy en nuestra tierra, es el futuro prometido hace cinco décadas.

Hoy solo se hace mención al “Período Especial” de los años noventa para referirse a la catástrofe sufrida en la isla, cuando lo cierto es que se ha vivido todo ese tiempo con una austeridad insoportable, por no decir miseria. La gente, envuelta en sus miedos y con la mente ocupada en qué comerán mañana, ha perdido irreversiblemente la memoria. No se acuerdan de nada y ocultan lo que recuperan de su mente en momentos de lucidez.

La situación en la calle era dura, tanto, que resultaba mejor mantenerse navegando para evadirla, al menos se escapaba. Aún así, aquellos efectos huracanados, llegaron a afectarnos en el punto más lejano del planeta. Muchas cosas atentaron contra el buen desarrollo de la flota, pero ninguno como ese centralismo en la dirección de la economía impuesto a tempranas horas para copiar al campo socialista. El Capitán dejaba de serlo poco a poco y era reducido al nivel de un camionero o taxista. Su poder de decisión se iba limitando cada día, al extremo de tener que pensarlo muy bien cuando se necesitaba enviar a un tripulante enfermo al médico. Las oficinas de nuestras representaciones en el exterior fueron ocupadas por fieles al régimen, oportunistas e hijitos de papá, primando entre todos, la incompetencia y desconocimiento de la explotación del transporte marítimo. Al Armador (nuestra empresa naviera), se le asignaron cargos y responsabilidades ajenos a su competencia y que encarecían el funcionamiento de la flota. Hablemos del Armador en calidad de proveedor de víveres, administrador de talleres de reparaciones y mantenimiento, servicios de lavandería, etc. Sobre las espaldas de cada uno de los marinos cubanos, descansaba el peso de más de una docena de parásitos en tierra que, sumados al gigantesco aparato burocrático creado por ese sistema, convertían la carga en insoportable.

Siempre nos decían que la flota no era “rentable” y me preguntaba, ¿cómo pudo hacerlo Aristóteles Onassis?

En 1970 aparece la Ley 270, toda una trampa muy bien pensada. De acuerdo a esa ley, todo trabajador que con una razón justificada se ausentara de su puesto de trabajo, sería remunerado con el 100% de su salario, solo se requería ser destacado. Se realizaron reuniones independientes con cada tripulación de las que se encontraban en puertos cubanos. Yo participé en la del buque “Jiguaní” y puedo manifestar que después de un largo y acalorado debate entre el sindicato gubernamental y la tripulación, nosotros no renunciamos a los beneficios que representaban las horas extras, horas extras pesadas y pago de dietas. El sindicato sufrió un fuerte revés con nosotros, pero no significó mucho. Al cabo de unas semanas nos suspendieron aquellos beneficios sin explicación alguna y luego, un tiempo después, el gobierno alegó que no podía soportar la carga de la Ley 270 y la sacó de circulación. Fue una maniobra espectacular para privarnos de ciertos derechos y privilegios alcanzados por las luchas de viejos marinos.

En medio de todo ese panorama político y social, donde los efectos de la brisa terral comenzaba a soplar sobre los buques. Las condiciones de vida del marino iban perdiendo ciertas exquisiteces que se transformarían en sacrificios “revolucionarios” muy bien observados por toda la militancia a bordo. El discurso político era más agresivo y el papel de esas organizaciones muy determinantes en la carrera y futuro de los marinos.

Con la década presente se daba por terminada la “Época de Oro” de nuestra marina y nacía una etapa de austeridad que no se superó nunca. Nuestros buques fueron poblados con todo tipo de oportunistas, ladrones y delatores que se pudo reunir en tierra. Corruptos por excelencia, pero con el aval de poseer un carnet rojo que los protegía. La indolencia, mala fe, incompetencia, indiferencia, derroche, mala administración, y por supuesto, el peor de todos los males, la administración centralizada de la economía, serían sin dudas las principales causantes del hundimiento de toda una flota.

¿Cómo es posible que en medio de tantas calamidades y siendo un país “bloqueado” por su enemigo, las flotas cubanas hayan crecido tanto? Aquí les dejo las imágenes de esos buques adquiridos durante la presente década, al principio de ella casi todas de uso. Después les traeré el testimonio de naves nuevas y modernas que fueron el orgullo de nuestras marinas.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2011-02-10

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