Cuba es un cuento, compay

En un portal de Párraga

Muy pocas cosas extraño de Cuba, pocas, en la medida que pasa tiempo me parece que siempre he vivido aquí. Siento que me pertenecen todas esas etapas muy bien definidas del año y que siempre usé la ropa adecuada para cada época. En la isla nunca pude definir la diferencia entre el verano y la primavera, aquí he aprendido a cambiar de aspecto cuando observo que las hojas de los árboles se tornan amarillas o rojas, bello espectáculo, pienso.

Viajo mirando a todos lados diariamente, unas veces son recorridos cortos hasta mi trabajo, durante las vacaciones esos trayectos se prolongan más allá de la longitud de la isla, siempre observando a todos lados, norte o sur, este u oeste, buscando.

Busco un portal, nada importante, un simple y ordinario portal, un techo que sobresalga de los límites de una casa y cerrado por una verja, muro de ladrillos o madera, en fin, algo que denuncie que aquel espacio es privado pero abierto, sin misterios y donde siempre disfrutamos. Recorro miles de kilómetros en un país donde su extensión permite hacerlo y no encuentro el portal de mis sueños. No es que sea imaginario, no puede ser una fantasía, fue algo que viví en aquellos barrios apartados de La Habana y muy común en cualquier pueblo de la isla. No tienen nada especial aquellos portales, pero si podían albergar una mesa y cuatro taburetes era suficiente.

Nunca tuve una casa que poseyera uno de esos portales de los que hablo, pero los amaba. Tal vez sea esa extraña manía de ir viajando mirando todas las casas de este país. Hasta ahora y después de diez años no lo he encontrado para desgracia mía. Trato de buscar una justificación a un país donde no existen portales y no las encuentro, debe ser el frío intenso de los inviernos o las toneladas de nieve que caen. Puede que esa sea la razón que justifique la construcción de casas “mochas”, las más atrevidas con solo un techito pendejo frente a la puerta de entrada y basta.

No sé si la nostalgia me ataque en la medida que pase el tiempo, tampoco encuentro razones fundadas para ello. En realidad nunca tuve una casa particular con portal a la calle, siempre fui un gitano hasta el año 81 que logré mudarme a un apartamento que pagué como mío y nunca lo fue. Sin embargo, en esa vida nómada que acompañó mi existencia, viví en una casa con un amplio portal. Era la casa de los padres de mi padrastro y se encontraba en la calle Carlos Nr.28 entre Fernando y Estela en el Reparto Párraga.

Párraga no tenía nada en particular que la distinguiera de otros barrios o repartos habaneros, la iglesia de Santa Bárbara en la misma esquina de las calles Guasimal y Calixto García (si la memoria no me traiciona), el cine “Novedades”, el paradero de la ruta 2, muy cerca de la iglesia una farmacia y la otra en la Curva. Como casi todos los repartos y pueblos de la isla, Párraga contaba con su “Sociedad”, una especie de institución donde se realizaban bailes públicos y otras actividades. Se encontraba ésta en la esquina de la calle Carlos (donde viví) y Calixto García, esas cuatro esquinas eran unas de las de más movimiento en nuestro querido reparto, además de la Sociedad, otra de sus esquinas poseía al bar “Elsa” y un estanquillo donde se vendía cigarrillos, tabacos y bonos de la lotería entre otras cosas. La gente del barrio la conocía como “La vidriera de Yímbula” y allí trabajaba un cojo bastante cabrón. Al lado del bar Elsa y en la misma calle Calixto García había una tienda ( no recuerdo su nombre) pero era una de las poquísimas que existían en todo el reparto. En otra esquina y frente al bar Elsa se encontraba el bar “Las Jimaguas”, su nombre se debía al par de gemelas que tenían sus propietarios y al lado de éste y bajando por Carlos, un destartalado salón de billar. En la esquina diagonal al Elsa y frente a la sociedad estaba la bodega de los chinos, una de las mejorcitas en toda Párraga. Finalmente, al lado de la sociedad y subiendo por Carlos, se encontraba una carnicería cuyo propietario era padre de un boxeador, y al lado de ella la única lavandería que me viene a la memoria.

Otro de los lados calientes de Párraga lo era “La Curva”, existían dos o tres comercios y un “Tren de bicicletas” ( así le decían los cubanos a los lugares donde se alquilaban bicicletas), recibía este nombre porque allí la guagua doblaba en busca de “El Ciego” y la salida del reparto. Del otro lado de La Curva se entraba en el reparto “La Fraternidad”, frontera con Mantilla.

Hay cosas que tal vez pertenezcan a los dulces recuerdos que conservo de ese reparto, me refiero a la primera parada de la guagua en lo que ya era verdaderamente Párraga. Allí existía y tengo que hablar en pasado, una fábrica de barras de guayaba. Cuando uno viajaba dormido, se daba cuenta encontrarse en el barrio por el olor tan agradable a esa fruta, ese agradable aroma comenzaba a recibirse varias cuadras antes de arribar a la parada justa a su costado. Este debe ser también el recuerdo de muchos paisanos de mi época porque tengo entendido que aquella artesanal fábrica desapareció.

Párraga no era un barrio negrero en aquellos tiempos, creo que la gente de esa raza era minoría y se concentraban generalmente en el área de la Curva y próximos a la iglesia Sta. Bárbara, cabe destacar que el cura de aquel templo era un negro, al que la gente llamaban comúnmente como “La Tiñosa”, no recuerdo haber conocido a otro sacerdote negro en aquellos años. Tenía lugares muy pobres, pero esa pobreza no era generalizada como ocurre en la actualidad. No todas sus calles eran pavimentadas y las que lo estaban generalmente carecían de aceras. Podías encontrar calles donde éstas existían gracias a los propietarios de las casas, por ello, pasabas de caminar por una acera a un tramo de tierra con mucha naturalidad.

Me encantaba este barrio donde viví desde el 59 hasta el 67, la gente se conocía, los vecinos eran maravillosos, las casas no se encontraban destruidas como la última vez que lo visité. Me gustaba porque no existía polución y uno podía disfrutar de una encantadora tertulia en cualquiera de sus portales, la gente gustaba de las flores y creo que no existía hogar por muy pobre que fuera, donde una tierna mano femenina dedicara unos minutos al cuidado de ellas, rosas, mariposas, galanes, margaritas, jazmines, mar pacífico, azucenas, todo un desfile de ellas que alegraban nuestras vidas. En los patios, frutos de todo tipo, eran pocos los que no poseyeran un árbol frutal, pero por encima de todo esto, mi mejor recuerdo de aquel barrio era la armonía en la que convivíamos todos, blancos y negros, pobres y de la clase media, cubanos.

Dentro de mi infelicidad adolescente allí fui algo feliz, frente a mi casa y algo diagonal a nosotros se encontraba la casa de Pancho y Olga. Ellos poseían también un portal, era como si un portal definiera la clase social de aquellos tiempos. Me gustaba gastar horas sentado en el portal de la madre de mi padrastro. Una mujer de malas purgas y madre de tres hijos varones, hoy todos desaparecidos. El primero en desaparecer fue Alberto, era un rubio como de unos seis pies de estatura, dicen que fue pitcher de los Almendares antes de la revolución. Otros me dijeron al pasar el tiempo que el “rubio” era un tipo peligroso y por eso lo desaparecieron. Mi abuelastra explotó la desaparición de su hijo hasta lo imposible, incluso, en la calle Estela un CDR llevó su nombre. Creo que al final de toda esta contienda se descubrió que el rubio era un bandolero y no un revolucionario. Pero bueno, había que tener huevos para decirle tal cosa a la vieja.

El otro hijo de la vieja y el viejo lo fue mi padrastro. Era la ovejita negra de aquel matrimonio, un simple chapista aficionado a la cerveza y casi analfabeto que, se enamoró de una mujer divorciada y con cuatro hijos (mi madre) Aquello fue suficiente para que el portal, el patio y todas las dependencias de aquella casa se convirtieran en un infierno.

El menor de los hijos de la vieja y el viejo se llamaba Jesús, era un blanco muy fuerte y de ojos azules como su madre, parecía un verdadero americano el hombre. Electricista automotriz de profesión y boxeador. En ese ambiente era conocido como “Pototo” y practicaba en el gimnasio de la ruta 4 dirigido por Lázaro de la Paz, el mismo sitio donde practicaran famosos boxeadores cubanos como Luis Manuel Martínez.

Aquella familia postiza me daba la oportunidad de disfrutar de un portal, pero me obligaba a compartir los sinsabores internos. Detrás de la magnífica casa de Susana y Alberto, se encontraba una muy destimbalada de madera que era donde vivíamos nosotros. A la vieja le gustaba que yo durmiera en su casa, claro, en un cuarto independiente. Alberto su ex-marido en otro cuarto y ella en lo que sería el trono de la Reina. Yo lo acepté porque me daba lo mismo dormir allí que en la conchinchina, en fin, dormía solo.

De madrugadas, sentía cuando el querido de Susana entraba a la casa y dormía toda la noche con ella, bueno, es que tenía que pasar por mi cuarto para llegar al de ella. Otras veces y cuando Alberto no se encontraba en la casa, yo llegaba tarde de cualquier salida y Susana (la madre de mi padrastro) me abría la puerta en una bata de casa transparente y así permanecía durante largo tiempo conversando conmigo. Susana era el nexo más próximo entre la geometría y el ser humano, su dudosamente oscura pelambre era un triángulo equilátero perfecto que me volvía loco a esa peligrosa y excitante edad. Lo mismo sucedía con la exacta circunferencia descrita por la aureola de sus pezones que burlaban aquella débil bata e inevitablemente, no podían desviar mi vista por simple y humana curiosidad.

Susana no era de rostro agradable, usaba unos espejuelos con los cristales similares al fondo de una botella, sin embargo, las veces que la vi casi desnuda encontré un cuerpo que podía todavía disfrutarse, al menos para el insaciable apetito de un muchacho sediento de nuevas experiencias. Tiene que justificarse por mi edad, pues a los trece uno vive y duerme con aquello parado a toda hora. Susana me enseñaba su oscura intimidad todas las noches y las siluetas de sus pezones, yo en cambio me masturbaba complacido, creo que ella se lo imaginaba y hacía aquello a propósito, cuando no me mostraba las bondades de su cuerpo, me desvelaba sus constantes gemidos en aquellos encuentros con David, no podía imaginar que su ex marido permaneciera sordo ante aquellos excitantes ruidos amorosos, yo era muy chamaco pero con la inteligencia suficiente para condenar al viejo Alberto como un perfecto tarrúo. Veía en la vieja la carne que necesitaba para iniciarme en esa apasionante aventura del sexo, para nada me interesaba que fuera la madre de mi padrastro. Mis conclusiones parecerían infantiles entonces pero tenían su lógica, siempre me decía que si su hijo se acostaba con mi madre, yo podía hacerlo con la suya y estábamos en paz. Lamentablemente nunca logré hacerlo aunque estuve a punto de ello, pero me desquité con la mujer de su hijo Jesús, mucho más joven que la vieja Susana y hasta llegué a enamorarme de ella. Con estas confesiones espero tener una larga lista de acreedores en el cielo o el infierno cuando muera, eso sí, tengo mis razones para desconfiar de la falsa moralidad de la que hacen alarde muchos de nuestros antecesores aún con vida, solo unos cinco minutos bastaron para que no cometiera un pecado mortal en aquellos tiempos (hoy es un deporte pecar) con quien muy bien pudo ser mi abuela con todo y su dudosa negra figura geométrica. Aquel fue el único portal del que me sentí algo dueño con todos sus problemas e inmoralidades.

Casi todas las casas de la cuadra tenían portales también, eso era una de las cosas por las que me gustaba vivir en repartos, pues en el centro de la ciudad era imposible y cuando existían eran de uso público. Frente al mío existía una casa muy bonita de gente que muy pronto abandonó el país, hablo del año 62, rápidamente fue ocupada por otro “revolucionario”. Al lado izquierdo de esa casa se encontraba la del viejo Pancho y Olga, unos seres admirables y a los que más tarde llegué a apreciar mucho. Mi vista nunca se apartaba del portal de Pancho porque con ellos vivía la chica más linda de todo el barrio, yo la amaba en silencio. Gladys llegó a ser una parte muy importante de mi infancia, pero entre nosotros existía la misma distancia que hubo entre el Príncipe y el Mendigo. Muchacho aún, comprendía que aquella muñequita no estaba a mi alcance, debe haber sido porque todavía existían sombras de las diferencias de clases. Con el tiempo me perdí del barrio, no me ocupé de visitar a Gladys y ese mismo tiempo borró las nubes que existieron entre nosotros, creo que después la fortuna me sonrió y yo estaba en mejores condiciones que ellos. Pero esa no fue la razón de mi pérdida, me mudé, hice otras amistades, me relacioné con muchas mujeres y olvidé a mi amor de la infancia.

Pasado un tiempo vencí la timidez y crucé la acera que me separaba de aquella preciosa muchacha, nunca llegamos a ser novios y siempre le oculté mis sentimientos, fuimos muy buenos amigos. Me sorprendió el servicio militar y en cada pase dedicaba varias horas a compartir con ella en su portal, me gané la simpatía de sus abuelos y crucé la frontera de la puerta de la casa. Así llegué hasta la cocina donde disfruté de sus comidas en compañía de ellos. Cada vez que oigo el disco de los Zafiros me acuerdo mucho de Gladys. Olga y Pancho deben estar en el cielo observando estas líneas, de su nieta no supe nunca mas pero aquel portal significó mucho en mi vida y hoy lo siento.

Vuelvo a ser niño por ese maravilloso poder de la mente, me siento con Pancho y Olga, veo pasar a mi gente cada día, a esa gente insignificante de las que nadie se acuerda, gente simpática, unas veces queridas y otras no. Personas a las que no puedo olvidar y trato de rescatar de la tristeza de no haber existido nunca en este mundo, seres que compartieron conmigo sus vidas, sus dolores y penas. Desde este nostálgico portal situado a cientos de millas de sus tumbas o existencias, deseo darles vidas. Hoy en aquel mismo sillón y balanceándome al lado de Pancho, disfrutando del exquisito café que nos trajo Olga, veo pasar al Cabronazo, yo soy un niño y sin embargo, él me reconoce y saluda, me quedo asombrado.

El Cabronazo

Manuel Castañeda fue un enfermero naval con el que tuve el privilegio de navegar en diferentes barcos. Creo sin temor a equivocarme que era el mejor preparado de la flota y el más profesional. Todos le llamaban cariñosamente así, “El Cabronazo” y nunca averigüé la razón de tal apodo. Castañeda me contó toda su historia en los viajes que dimos juntos, había trabajado para las importantes compañías mineras de Moa y Nicaro, sin embargo, por aquellas cosas del destino que atan a la gente a su tierra nunca quiso abandonar la isla.

Lo conocí a bordo del buque Renato Guitart y ya estaba por los sesenta años, como yo salía a las cuatro de la mañana de mis guardias de Segundo Oficial, junto al timonel, el engrasador y Maquinista que terminábamos a esa hora nos preparábamos el desayuno antes de ir a dormir y colábamos café. El viejo me pidió que se lo llevara a esa hora y siempre teníamos tremenda discusión. El cabronazo tenía la costumbre de dormir desnudo y me jodía abrir la puerta de su camarote para encontrarme con aquel espectáculo a las cinco de la mañana. Un día me encabroné y le dije que si no se ponía calzoncillos no le llevaría mas el café, como reincidió le suspendí el servicio durante varios días hasta que vino a suplicarme y prometerme que dormiría con calzoncillos nuevamente y tapado. Después de aquello volví a llevarle su cafecito.

Narrarle la historia de este viejo amigo me llevaría varias páginas, pasado unos años coincidimos de nuevo a bordo del buque Aracelio Iglesias, su carácter nunca cambió. En el pasillo donde se encontraba su camarote existían flechas que te guiaban hasta “El Café Cantante”, así le decían a su camarote. La gente aportaba antes de la salida varias latas de café instantáneo y después de la comida él lo preparaba entre bromas para todos los presentes.

Ese viaje fuimos a descargar al puerto de Alexandría en Egipto y estando yo de guardia, un egipcio sufre una herida en un muslo de varios centímetros de longitud. No era nuestra obligación prestarle ayuda pero por un gesto de humanidad lo llevé hasta el camarote de Castañeda. Desperté al viejo y le expliqué el problema mientras el herido permanecía en el pasillo, el viejo me dijo que lo pasara para curarlo, ¿pero que creen ustedes?, cuando paso al árabe al interior, Castañeda estaba sentado desnudo en su butaca con las patas abiertas y aquellos viejos huevos colgándole hasta el piso.

-¡Coño papa! ¿Cómo cojones se te ocurre recibir así a un herido compadre?- Le dije asombrado.

-¡No jodas papón! (una frase muy usada por él) acaba de pasar a ese indio salvaje y no jeringues tanto, mira la hora que es.- Escribiendo estas líneas no puedo contener la risa ante las ocurrencias de aquel viejo. Cuando pasé al árabe herido y se encontró con aquel espectáculo, empezó a decir un millón de cosas en su lengua y quería salir corriendo, no era para menos. Castañeda se levantó con tremenda calma, agarró su toalla y se la enredó en el cuerpo y el egipcio se tranquilizó un poco.

Muchos años después vuelvo a encontrarme con el Cabronazo en el buque “Bahía de Manzanillo”, yo estuve allí por un corto tiempo durante su estadía en La Habana, mientras su Primer Oficial tomaba unas vacaciones. El Cabronazo se iba a retirar y le otorgaron un viaje de estímulo con la esposa, ya contaba entonces con 70 años. Su esposa era una encantadora mujer llamada Esther y ambos vivían en un solar de la calle 31 y 70 en Marianao. Como yo había dado un viaje con mi esposa le mostré el álbum de fotos de aquella experiencia y lo entusiasmé para que se llevara una cámara fotográfica. Como el viejo no tenía ninguna le di una prestada. Ese viaje lo habían destinado para Colombia y bajó a Esther del barco, cuando le pregunté me dijo; << ¡Qué va papón! Ya estuve en ese puerto y para que vea miseria es mejor que se quede aquí>> Afortunadamente cambiaron el viaje para Canadá y trajo de nuevo a la vieja. Bueno, salieron de viaje y yo me retiré de aquel barco, cuando ellos partieron matriculé en el curso de recalificación para Primeros Oficiales y Capitanes. Estando en clases un día de esos posteriores a su salida, Polo me dice al oído;<< ¡Oye! El Cabronazo se quedó en Canadá con Esther>> Polo los conocía a ambos. Solté una carcajada que ustedes no se pueden imaginar, cuando la gente me preguntó en medio de la clase el motivo de aquella risa solo alcancé a decirles; << ¡Caballeros! El Cabronazo vendió el cajetín en Canadá con su mujer>>. Toda el aula se echó a reír.

Unos veinte días después me encontré con el Primer Oficial del barco a su regreso de Canadá.

-Ven acá compadre, cuando hicieron el inventario de las pertenencias de Castañeda no encontraron una cámara fotográfica.- Le pregunté con algo de desgano conociendo los procedimientos en ese caso.

-¡Que va compadre! El viejo se bajó del barco tirándole fotos a todo el mundo.- Me respondió el negro.

-¿Cómo es eso?- Le pregunté intrigado.

-¡Nada! El tipo sale con la camarita y le dice a la gente; ¡Caballeros! Póngase ahí para tomar una foto de recuerdo y así con todo el mundo hasta que bajó la escala del barco, todavía lo estamos esperando.- Aquella respuesta volvió a revivir la risa del primer día, me imaginaba al Cabronazo haciendo gala de todos esos gestos que tanto gustaban a la gente y diciendo para sus adentros;<< Posen cabones y mírenme bien que esta es la última vez que me van a ver>>

En ese espacio de tiempo que estuvimos separados en diferentes barcos Castañeda había visitado a su hijo en Miami y un día me dijo; <<Papón, los años que me quedan quiero pasarlos comiendo McDonalds.>> Yo no le di mucha importancia a las constantes jodederas del viejo, cuando fui a Miami hice lo imposible por localizarlos, es probable que hoy sea un poco tarde porque el Cabronazo era demasiado viejo, espero encontrarme con él en el cielo. Siguió por la calle Carlos cuesta abajo y al pasar frente al portal de Pancho soltó algunos de sus pasillos del Tap que tan bien bailara, le devolví el saludo sin apenas conocerlo, me cayó bien el viejo.

Cerulia

Sentado en el portal pasa Angel Cerulia y no se da cuenta de mi presencia, el Ceru no fue mi amigo, fue un subordinado mío, un simple cocinero, un oriental alcohólico que no se metía con nadie. Era un buen cocinero pero con el defecto de que se tomaba hasta el vino seco de cocinar.

Cerulia navegó conmigo en el Pepito Tey largo tiempo y estuvo durante las tragedias de la explosión e incendio en máquinas y aquel viaje posterior donde estuvimos a punto de naufragar. Tipo noble aquel alcohólico, y lo más curioso, mientras más borracho se encontrara mejor le quedaba la comida. Pocos años después de nuestra normal separación por ley del oficio, me encontré un día a Cerulia mendigando unos centavos para tomarse un trago en el bar que se encontraba en los bajos de nuestra empresa, pocos días más tarde lo volví a ver en el “Palacio de las Moscas”, así le decíamos a la cafetería “La Luz” de la calle Obispo. Yo siempre le daba algo y le llamaba la atención, sabía que era arar en el mar y me apenaba profundamente su situación. Sabiéndolo contribuía a su muerte, pero esa era la muerte que solo él deseaba, morir borracho. Pasado otro tiempo que hoy no distingo entre meses o años, trabajé en una microbrigada de la marina situada en la esquina de Jesús María y San Ignacio. Muy cerca de allí y todo derrengado me encontré a Cerulia un día sentado en el contén de lo que sería la entrada de su hogar, paupérrimo o desolador era el escenario que le servía de fondo, se ayudaba de unas muletas que sirvieron a batallones de lisiados como él y apenas podía sostenerse. Me contaron que en una de sus frecuentes borracheras por los bares de mala muerte existentes en la avenida del Puerto, un auto lo atropelló y lo dejó en esas condiciones, sentí una terrible pena al verlo, mucha lástima, pero no hice nada por ayudarlo, solo compadecerme de su situación y seguir andando, así era la vida de entonces, ese no era mi problema ni el de nadie tampoco, creo que todos le echábamos un pie a los problemas y solo nos acordábamos de los buenos tiempos. Caer en desgracia en ese país era algo grave, todos lo sabíamos y nadie quería saberlo. No tuvo la suerte de poseer el apellido Maradona para que lo ayudaran, ya partió como llegó a este mundo, un ser que nunca existió. Me saluda con mucho afecto y yo no puedo acordarme de él, respondo a su saludo y sigo conversando con Pancho.

Me gustaba escuchar con mucha atención al viejo Pancho, no sé por cuál razón me brindaba tanta atención, siempre aprendí mucho de los mayores, yo era una esponja entonces. En eso pasa un loco del barrio al que la gente llamaba Picallo.

Picallo

Era un loco de Párraga y desconozco los motivos que lo traen a estas líneas, era el escándalo del barrio en su tiempo. Por donde que quiera que pasaba la gente le gritaba << ¡Picallo, págale a Henry! >> Entonces el infeliz loco comenzaba a tirar piedras a diestra y siniestra. Debe haberse muerto hace muchos años y solo lo recordarán las viejas generaciones de parraguenses, era algo jabao y medio gordo. Nadie de los que le gritaban sabían a ciencia cierta cuál era la deuda de aquel loco, todos lo jodían a su paso. Picallo no me saluda ni saluda a nadie, solo atina a lanzarle unas piedras a quienes le gritan con sorna, desaparece Carlos abajo y nosotros continuamos en animada conversación. Hoy existe un intenso tráfico peatonal por nuestra calle, rostros tristes, conocidos, vestidos de diferentes modas, desde aquellas anchísimas bataholas hasta las más provocativas minifaldas, mujeres con provocativos bajaychupas, tetas de todos tamaños que se balancean provocativamente a cada paso. Pasa un tipo cuyo rostro me es conocido, es de ojos claros pero no es rubio ni jabao, tiene los ojos inyectados y sus pasos denotan algo de embriaguez. Me saluda y correspondo haciendo un esfuerzo por acordarme de él, la memoria me traiciona en oportunidades. Ya lo ubiqué, se llama Mayor Guerrero y era conocido como el “Caballo de Mayaguara”.

El Caballo de Mayaguara

A Mayor le gustaba que lo llamaran así, era un ferviente admirador de un combatiente con ese apodo de la Sierra del Escambray. Navegó conmigo a bordo del buque Aracelio Iglesias como contramaestre y lo distinguía su constante aliento etílico, sin embargo, creo que fue uno de los mejores contramaestres que tuve como subordinado. Durante las vacaciones coincidíamos mucho en “El Golfito” de Alamar, aquel lugar siempre se encontraba concurrido de marineros bebiendo aquel líquido llamado cerveza, esa era una constante de nuestras vidas.

Al principio desconfié mucho de él pero al pasar el tiempo comprendí que no solo era un buen contramaestre, Mayor se distinguía por ser un verdadero hombre y eso era algo difícil en nuestros tiempos donde se exigía servilismo, muy buen trabajador este hombre. La primera trastada de Mayor la hizo mientras nos encontrábamos cargando azúcar a granel en el puerto de Guayabal. Se largó con otros tripulantes hasta el central Amancio Rodríguez (creo que era su nombre), allí agarraron una buena borrachera y se les fue la última guagua. Eran tres los que se encontraban en esa situación, el cojo Regino (timonel), Juan Corales (ex combatiente y marinero de cubierta) y él. Para solucionar el problema decidieron entrar a la terminal de ómnibus y robarse una guagua, el vigilante reportó el robo de aquel vehículo y fueron interceptados a mitad de camino de Guayabal. Mis valientes tripulantes no se rindieron así como así, bueno, uno de ellos se apendejó, me refiero al cojo Regino, sin embargo, los valientes guerrilleros (y tripulantes subordinados míos) la emprendieron a trompadas con la policía pero la borrachera los traicionó. En la mañana y estando muy próximo a zarpar con destino a Japón, recibo a un emisario de las autoridades comunicándome el arresto de los “secuestradores” y la necesidad de mi presencia para liberarlos. Por cuestiones de trabajo tuve que delegar en otra persona la liberación de aquellos locos y partimos de viaje. Las cosas marcharon bien en cuanto al cumplimiento de los planes de trabajo para mi departamento, diariamente pasaba por la cubierta a inspeccionar el desarrollo del mismo y diariamente sentí aliento etílico en todos mis subordinados. No tuve otra alternativa que llamar a Mayor para exigirle una explicación.

-Compadre, cada vez que vengo a la cubierta le siento olor a bebida a los tripulantes.-

-¡Coño jefe! La gente se dispara su traguito de vez en cuando pero eso no es problema, ¿no están curralando duro?-

-Si Mayor, la cosa está marchando perfectamente en cuanto al mantenimiento del buque, pero temo que pueda suceder algún accidente.-

-No te preocupes, esta gente son unos caimanes, ¿no te das cuenta que son borrachos profesionales?-

-Profesionales o no hay que prevenir Mayor, ven acá Mayor y entre otras cosas, ¿de dónde carajo sacan la curda?-

-Asere te la voy a poner porque tú eres hombre, pero no le des la luz a nadie.-

-Tú sabes que conmigo no hay tema.- Fuimos subiendo escalas hasta llegar a la cubierta de botes, embarcó en el bote salvavidas de estribor mientras me invitaba a subir, una vez allí comenzó a destapar los tanques que poseen para reserva de agua y me dijo:

-¡Huele!- Me incliné sobre cada uno de ellos.

-¡Coño Mayor! Ustedes están locos, ¿y en caso de naufragar?-

-¡Compadre! Si naufragamos con esta mierda lo que hay que hacer es estar curda.-

-¡No jodas! ¿Y el que no beba?-

-Que se joda por comemierda.- tapó cuidadosamente cada tanque y bajamos nuevamente a cubierta.

-No te preocupes, tenemos material suficiente para garantizar el regreso.- Yo no lo dudaba, solo un camello podía tomarse todo aquel alcohol. Luego me explicó que habían negociado con el vigilante del tanque donde almacenan el líquido para luego embarcarlo en el puerto de Guayabal, esa práctica era realizada en varios puertos cubanos por los marinos.

Estando realizando reparaciones generales en el puerto de Yokohama e inspeccionando los trabajos de cubierta, me encuentro un día al cojo Regino colgado en una guindola personal pintando uno de los mástiles del buque.

-¡Oye Mayor! ¿Tú estás loco?- Le pregunté algo encabronado.

-Coño jefecito, ¿por qué me dices eso?, tú sabes que nunca te he fallado.-

-Compadre, ¿cómo se te ocurre colgar a ese cojo de un palo?-

-Pa que se descojone de una vez, ¿no te has dado cuenta que el muy hijoputa es chiva?-

-¿Cómo es eso?-

-Ná, me enteré por los socios del Partido que el muy maricón pita de nosotros en las reuniones.-

-Tá bien Mayor, pero coño, bájalo de ese palo porque el lío me lo voy a buscar yo.-

-Voy a hacerlo por ti, pero acuérdate de lo que te digo, te vas a arrepentir un día.- Mayor lo puso a trabajar en otro lugar y años después me acordé mucho de sus palabras mientras navegaba en el buque Otto Parellada, tenía que haberlo dejado colgando de aquel palo y que se descojonara por hijoputa.

Padecí de úlcera y gastritis durante casi todos los años de marino, desde que llegué a Canadá como de todo, bebo todos los fines de semana, abuso del picante y nunca he tenido un ataque de gastritis. Ese viaje y debido al estrés estuve a punto de reventar, en Tokio me regalaron una caja de whisky, nada aliviaba aquellos molestos dolores y acidez, por esas cosas de la vida se me ocurrió llamar al Caballo de Mayaguara al camarote e invitarlo a un trago. Después de ese trago vino uno y el otro, desapareció una botella y la otra, el tipo no tenía fondo y gracias a Dios un agregado de cubierta cubría mi guardia. Botella tras botellas continuamos hasta agotar la caja, se me alivió la gastritis pero no recomiendo este remedio, estuve dos días borracho. Mayor y yo nos separamos como siempre ocurría en la marina mercante, hoy aparece por este barrio siendo yo pequeño y me reconoce. De su bolsillo trasero saca una caneca y se da un trago, continúa Carlos abajo.

Sigo siendo un chamaco y hoy es 24 de Diciembre, me alegro porque todavía se celebran, vuelvo a cruzar la calle y me llego hasta la casa de Susana, mi supuesta casa. Me asombro porque hoy está concurrida, hasta compraron un puerquito que asaron en el patio, cosas raras tiene la navidad que borra odios. Luego se perdieron esas festividades y el odio ganó terreno. Había un ambiente festivo en aquel infierno, llegaron algunos familiares y Jesús vestía de drill 100, no era la época para ese traje pero en nuestro país cualquier color está permitido, muchas veces no hay invierno y si lo hubiera era solo de noche, por el día reinaba el sol aunque no calentara tanto como en el verano. Me gustaba verlo con esos trajes, los sabía combinar muy bien con los zapatos Amadeos o Ingelmo de dos tonos, con bellos filigramas, combinando negro o carmelita con blanco. A veces disfrutaba mucho viendo a los limpiabotas haciendo gala de paciencia cuando limpiaban esos zapatos, recuerdo que los hoyitos blancos eran marcados con unos palitos de dientes.

Aunque la casa era bastante grande, la sala era increíblemente pequeña y en esos momentos Jesús bailaba un bolero con una de sus primas, los viejos andaban por el patio atendiendo al puerquito y yo me senté de chaperón en la sala, lo hice inconscientemente. Bailaban bien apretados para ser primos y aquello me llamó la atención, luego, al acabarse el número musical, pude observar que la tenía parada, él pensó que por ser pequeño yo era comemierda. Sentí que estorbaba y fui a unirme con los viejos, no todos eran viejos, una de sus primas era de mi edad y al pasar los años fuimos noviecitos, pero solo eso. En la cocina y patio se encontraba el resto de la familia, gente que nunca se llevaron muy bien, pero me alegraba aquella superficial armonía. Nano el policía, un flaco desgarbado e inclinado tal vez por el peso de la pistola que colgaba en la cintura, no se quitaba el uniforme ni para cagar. Era tío de mi padrastro y trató de enamorar a mi vieja el muy descarado. Nano tenía una bodeguita de madera en la esquina de Cervantes y Guasimal donde trabajé unas vacaciones. También se encontraba Nena, hermana de nano y Susana, una vieja con las cicatrices de un gran incendio, creo que el 90% de su cuerpo estaba marcado, no sé si fue accidental o intencional, allá era muy normal que a la gente les explotaran las cocinas o reverberos. Nena era medio putona también y su novio de turno era un guajiro policía, su hija era joven y bonita, se encontraba entre nosotros ese día.

Sobre la mesa varias botellas de ron que en ese tiempo no costaban muy caras, hoy veo con asombro como celebran a la Guayabita del Pinar y cuando aquello, era una de las bebidas favoritas de los palmoliveros empedernidos. Claro, desapareció del mercado por muchos años y hoy aparece como algo fino para las nuevas generaciones. Me aburrí entre los viejos y salí para el portal con la primita postiza más joven, estuvimos sentados en el columpio durante un rato hasta que también nos aburrimos de nuestra presencia y pasamos nuevamente a la sala, Jesús bailaba con la hija de Nena y al finalizar la pieza se separó de ella con el rabo parado, esta vez la primita también se dio cuenta y me dirigió una mirada pícara.

Bien tarde en la noche se colocó la cena sobre la mesa y cada cual se iba sirviendo, arroz, frijoles negros, yuca, ensaladas, vinos, turrones, buñuelos, tostones, cervezas, rones, etc. Nos llenábamos con los ojos ese día y no nos importaba, al siguiente se le hacía verdadera justicia a aquellos deliciosos manjares. Después de cenar observé que Pancho y su familia permanecían en el portal y decidí cruzar la calle, me senté nuevamente entre ellos, el ambiente era mas sano. Continuaron desfilando gente por esa calle, todos me saludaban y yo no los conocía en aquellos instantes, luego los vi en mi vida de hombre, muchas mujeres de provincias y hasta de diferentes países, todas me sonreían sin comprenderlo. Pasaron muchos a los que posteriormente consideré amigos y al desertar me defraudaron, huyeron de mi casa, los venció el miedo a ensuciarse, algunos han muerto, otros desertaron igual que yo, no sé si les tocaría vivir lo mismo.

Veo a Susana corriendo por el pasillo lateral de la casa dando gritos, detrás de ella el viejo Alberto con un machete en la mano vociferaba incoherencias echando espuma por la boca, sus ojos estaban desorbitados. Detrás del viejo iba Nano apuntándolo con la pistola, le seguía Jesús el boxeador lanzando trompadas al aire. Nena corría tambaleándose por el alcohol, no pude oír lo que gritaba, detrás de ella el guajiro policía pistola en mano también sin saber a quien perseguía. Julita, la que primero bailara con Jesús se sumó a la procesión, tal vez algo caliente después de aquel bolero, la hija de Nena que nada tenía que ver en este asunto, todos decían algo y el barrio entero se enteraba. Pedro mi padrastro, muy acostumbrado a los espectáculos ofrecidos por su viejo los seguía con una botella en la mano y me preocupé porque detrás de él vi corriendo a mi madre, todavía no sé que velaba en ese entierro. Pobre Alí, apenas le quedaban pelos, apestaba y estaba muy viejo, nadie se acordaba de él en el patio, solo yo lo saludaba de vez en cuando por compromiso hasta que una fría noche le llegó la muerte. Corría el infeliz detrás de mi madre, Pedro, la hija de Nena, Julita, el policía, Nena, Jesús, Nano, Alberto y Susana. La primita de mi edad se había quedado dormida en el columpio y yo disfrutaba de aquel horrible espectáculo desde la acera del frente.

Quise ser mayor nuevamente, siempre creí que solo nosotros estábamos perdidos, hoy veo que tampoco nuestro abuelos vivieron en un paraíso de moralidad, cada uno con sus estilo. Unos con trajes de Drill y otros con bajaychupas , unos con lacitos en el cuello y otras sin ajustadores, cada uno culpando al otro, como siempre se ha hecho de generación a generación. Me despido de Pancho y Olga, no quiero participar en la fiesta de mis abuelastros, preferiría continuar sentado en el portal saludando a mis conocidos.

He perdido el interés por los portales, trataré de no buscarlos tanto en mis recorridos porque en definitiva no me resolvieron nada, solo me traen ahora malos y buenos recuerdos, no quisiera recordar nada, no deseo revivir a los muertos, pero no quisiera olvidarlos tampoco, no sé que es lo que deseo, me sentaría muy gustoso en un portal a echar una partida de dominó.

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