Cuba es un cuento, compay

German Piri Bragado, “El Chivo”

Fue una de esas tardes bochornosas de Santiago la última vez que compartimos, la puerta de su casa permanecía abierta de par en par, mostraba con indiferencia y descaro todas sus miserias. La sala era bastante amplia para los pocos muebles, los mismos que tal vez pertenecieron a su abuelo, no recuerdo exactamente si eran de mimbre. Junto a mi butaca y sobre el piso, un vaso a medias de Paticruzao sin hielo, como lo bebían allá, puro strike. Piri no bebía desde hacía mucho tiempo, la salud no se lo permitía, me dijo que se había convertido en una olla de presión a punto de explotar. Hablábamos de cosas sin importancia, nada lo era y todo nos inquietaba, lo hacíamos muy mal, tal vez bien, quién pudiera saberlo, nos cuidábamos de las paredes con orejas. Nuestra conversación era un susurro muchas veces interrumpido por la gritería de sus hijos, eran varios, no recuerdo cuantos.

Al fondo de aquella sala se empinaba una rústica escalera de madera, muy mal trabajada. Algunas de sus tablas conservaban viejos letreros, varias de ellas escritas en el alfabeto cirílico, otras en chino. Pude leer una que decía claramente, como si fuera el título de una película: “Carne en conserva”. Unos pasos antes de llegar a la cima, existía otro pedazo de tabla que decía: “Made in U.R.S…”

Yo sabía, todos sabíamos desde dónde había viajado aquel pedazo de madera, pero el serrucho eliminó la última S para dar entrada a una puerta. No era una puerta en el sentido correcto de la palabra, parecía la entrada de una cueva. Luego me contó con orgullo exagerado, sano, casi infantil, que en aquella barbacoa artesanal dormían sus “Chivos”. Estábamos enrolados en el buque Moncada, yo como Primer Oficial y él como camarotero, pero nos conocíamos desde hacía muchos años.

-¿Sabes una cosa? No me gusta mucho el cuadro que tiene formado el Capitán Juan Carlos en ese barco. Me detuve para observar su reacción, lo que continuaría diciendo muy bien podía ofenderlo y debía ser precavido en mis manifestaciones por mucha confianza que le tuviera. Piri pertenecía a ese grupo de combatientes de la Sierra Maestra que una vez dejaron como paquete de regalos en la marina mercante, quizás fueron los que de verdad sonaron tiros por toda la isla para librarnos de Batista.

-Chivo, a mí tampoco me gusta ese piquete. Nadie dejaba de ser un simple chivo para él, poco importaba el rango a bordo, nunca se encontró embarcado, más bien trabajaba en una chivería. Resultaba simpático cuando pronunciaba aquella palabra tan presente en su diario vocabulario, la ausencia total de dientes en su boca, producían un sonido semejante al escape de aire comprimido en cualquier tanque siempre que la palabra se iniciara con ceache. Si le prestabas atención al movimiento de sus labios, las vibraciones originadas insistían en mantenerse latentes por el resto de la palabra y le brindaban cierto aire de comicidad. La chiva nos trajo un platillo con chicharritas algo requemadas para acompañar el traguito y detuvimos la charla. Entró una vecina y me la presentaron formalmente, después del protocolo se llegó hasta el platillo y se llenó la palma de la mano izquierda, todo eso sin nadie invitarla, tuvo que ser una vecina de mucha confianza, pensé. Se quedó un rato parada en medio de la sala mientras consumía una a una cada chicharrita, nos habló de sus desventuras cotidianas y los sufrimientos pasados en la cola de la luz brillante esa mañana. Habló también sobre la hija de Antonia, otra vecina que vive a tres puertas de la chivería. Dijo Lucrecia, porque al final tuve que preguntarle el nombre, que la hija de Antonia tiene problemas ideológicos y la habían trabado la noche anterior en un tranque con un marino griego. Dijo, la policía la agarró en la Alameda y se la llevó para la estación, y como ella, hablo ahora de Lucrecia, es la secretaria de vigilancia en el Comité de Defensa de la Revolución, Antonia le tocó la puerta a las tres de la madrugada para que la ayudara a liberar a su hija. Como buena y revolucionaria solidaria, acompañó a su vecina hasta la estación de policía y habló con el comisario político. Después, le dio una charla revolucionaria a la hija de Antonia para que evitara caer en esos errores, pero no le dijo nada sobre como poder solucionar la escasez de blúmers, jabones, ajustadores, etc. Esto no me lo dijo ella, lo pensé yo. Por suerte no aceptó el trago y se marchó cuando terminó de consumir las chicharritas, que como les dije, se las fue metiendo en la boca de una en una.

-Piri, yo no he sacado la ropa de mi maleta. Estiré la mano por encima del brazo de la butaca y tomé el vaso del piso sin quitarle los ojos del rostro.

-¡Chivooooooos! ¡Dejen de joder, coño! No sé si lo último que le dije fue la razón de ese repentino enojo, raro en él, pues si de algo tengo constancia es de ese dulce y casi tierno carácter invariable que lo distinguía del resto de las tripulaciones con las que navegamos.

¡El Chivo, carajo! Si pudiera haberlo tenido de compañero en esta aventura del exilio, creo que murió antes de yo partir, pero lo disfruté en otros dos barcos. Navegó conmigo en el Aracelio Iglesias y en el Bahía de Cienfuegos. Siempre igual, nunca cambió, tampoco se puso los dientes y no imagino cómo rayos trituraba los chicharrones, era como los Sábalos, sin dientes, pero le partían el anzuelo a cualquier pescador. Dormía poco, creo que a casi todos los de su grupo les sucedía lo mismo, psicosis de guerra o persecución de los fantasmas de sus muertos, porque alguno debieron producir durante esa guerra. Tampoco se peinaba, siempre andaba con esos pelos que limitan entre pelos y pasas, parados. Como si estuvieran sometidos a un asedio constante de la electricidad estática. Puede que no se lavara la cara al levantarse, lo encontrabas con el rostro brillante a cualquier hora, ausente de jabón y agua. El día que se bañaba era de fiesta, toda la tripulación se daba cuenta y lo celebraba. ¡Eso, sí! Era muy querido y recordado a la hora del desayuno o el postre. Nunca nos dijo donde aprendió, pero el mejor pan horneado en un barco fue preparado por el Piri, y el mejor flan también, tal vez por esa razón haya sido tan querido por la marinería.

-¿Sabes una cosa? Yo no tengo pensado salir a viaje en ese barco. Le dije después del tercer trago, un poco antes de partir hacia el hotel Casa Granda en busca de cualquier putica que me hiciera feliz. El chivo no me dijo nada, insistió en rellenar el vaso nuevamente, pero eran las diez de la noche y no tenía sentido interrumpir aquella campechana felicidad que se respiraba en lo que fuera su granja.

-¡Sobrecargo! Prepare el desenrolo de Germán Piri Bragado por problemas familiares. Le decía Juan Carlos al sobrecargo del buque cuando entré a su oficina a despachar asuntos de la carga, miré a Piri y la respuesta recibida fue muy seria.

-La mujer está loca y anoche sufrió un ataque. Dijo el Capitán cuando pregunté por la suerte de Piri, me mostró el certificado médico presentado.

-¡Ven acá, cacho de cabrón! ¿Cuándo coño se volvió loca la chiva?

-¿Y tu piensas que yo soy comemierda? Anoche me dijiste que no tenías pensado salir a viaje en este barco. ¿Me ibas a dejar embarcado? ¡No, hombre! Yo no navego una milla con esta pandilla de nagüitos. No supe qué rayos responderle, no sabía si hablarle bien o mal de los orientales, él lo era también, pero pertenecía a esa especie que yo conocí en el sesenta y uno, la gente más hospitalaria de Cuba.

Nos separamos esa vez y nos volvimos a encontrar, no recuerdo exactamente cuándo fue la última vez, han pasado muchos años, tantos, que hoy me veo obligado a revolver las gavetas de mi memoria para reunirme nuevamente con él. Se tira en cualquier sitio del puente o cuarto de derrota, finge dormir y me mira entre pestañas, me vigila. No se entera del bandazo o cabezada sufrida por el buque, poco le interesa. Cierra firmemente los ojos y trata de escalar algunas montañas de la Sierra Maestra. Se abre paso en el llano a golpe de disparos de escopetas, ¿de cuál tropa era? Los escuchaba discutir en la popa muchas veces, unos reclamaban la gloria de Camilo, otros, habían bajado con el Ché. Los más sectarios pertenecían a Efigenio, ninguno de ellos bajó con la gente de Raúl o Fidel. Lo cierto es que los abandonaron cuando comenzaron a estorbar y no quedaba pedazo del pastel por repartir. Los conocí de cerca, viví con ellos y estoy convencido de algo, sus luchas y rebeldía tuvieron sus justificaciones. Ellos trataron de regalarnos un mundo nuevo, pero el tiempo les demostró cuan equivocados estaban. Gastaron lo mejor de sus vidas en una lucha cuyo precio fue lograr derrotar a un déspota para colocar a uno peor en el poder, el mismo que los regaló a la flota mercante cuando se convirtieron en un estorbo dentro del gobierno.

Piri murió antes de que yo partiera definitivamente de Cuba, combatió en la Sierra Maestra, pero fue de aquellos hombres que hoy, medio siglo después de su gesta, fueron traicionados junto a su pueblo. Varios años después, aquellos “nagüitos” comenzaron a ser identificados por los pueblos del oeste de la isla como “Palestinos”. Seres muy odiados en la capital cubana.

-¡Chivo! Hazme la media hasta el aeropuerto. El Piri me acompañó y bebimos varios Mojitos, llegué con olor a ron a La Habana, el viaje es muy corto.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2009-10-09

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