Cuba es un cuento, compay

El Enfermero Naval

Cuando comencé a navegar no existían enfermeros en todos los buques, el Segundo Oficial era el encargado de repartir aspirinas para los dolores de cabeza. Desde esos tiempos y hasta ocupar la plaza de Primer Oficial, una de las asignaturas impartidas en la carrera de pilotos era “Higiene Naval”. Gracias a Dios no eran frecuentes los casos de accidentes o enfermedades graves, eso no quiere decir que no existieran. Recuerdo que en la década de los sesenta, falleció un marino a bordo de un buque pequeño sin capacidad en sus neveras para conservar el cadáver y se procedió de acuerdo a los viejos usos y costumbres del mar. Varios grilletes sirvieron de lastre para hundir el cuerpo a cientos de metros en las profundidades del Atlántico, no puedo recordar ahora en cuál de nuestros buques ocurrió eso. Lo cierto es que, aquel hombre viajó al reino de Neptuno sin que se tuviera una idea aproximada de los motivos de su muerte.

Imagino los momentos vividos a bordo, una constante comunicación entre el buque y la empresa armadora con un galeno a su lado para ir respondiendo. Existía un manual con instrucciones a seguir cuando se establecía este tipo de comunicación, su fin determinado era hacer llegar al médico en línea una valoración o descripción de los síntomas presentados por el paciente. Estamos hablando de una consulta médica que viajaba por las hondas hertzianas a cientos o miles de millas de distancia y contra la cual atentaban factores externos. Hablemos de las horas locales y las potencias de los transmisores principales del buque. Los mejores horarios para las comunicaciones eran de noche, con la salida del sol se dividía la ionosfera, esa capa de la atmósfera que facilitaba reflejar las hondas hertzianas. Cuando la distancia era muy larga y las diferencias horarias pronunciadas, la angustia experimentada de ambas partes debió ser extrema en esa intención de salvar una vida. Por otra parte, aquellos buques no disponían en sus equipos transmisores la potencia de sus hermanos de la década de los setenta y tanto. En resumen, salías a navegar con el riesgo de fallecer quizás por una tontería que pudo salvarse a tiempo. Esa inseguridad podía vivirse teniendo el enfermero a bordo, no todos eran lo suficientemente capacitados para hacer un diagnóstico adecuado.

El enfermero era la persona a bordo de nuestros buques autorizado a vaguear, no tenía un contenido de trabajo sujeto a cualquier planificación. Es mejor que así fuera, la justificación de su trabajo éramos nosotros y en muchas ocasiones era preferible encomendarse a la voluntad de Dios que caer en manos de ellos. En la década de los setenta se convocó al primer curso para su formación y éstos se realizaban en el hospital de la antigua “Covadonga” en la calzada del Cerro.

Es de suponer que, como no tenían un contenido de trabajo definido, ese cargo fuera invadido por pícaros y vagos sin ningún tipo de compromiso con la profesión de Hipócrates. Nunca se puede generalizar y condenar a todos por igual. Como en la viña del Señor, los hubo buenos, regulares y malos, yo agregaría otra evaluación, malísimos.

Me tocó la suerte y desgracia de navegar con personajes ajustados a cada nivel de esa evaluación que, nunca será técnica o profesional, me inclinaría por una un poco más humana. Yo podía evaluar los conocimientos profesionales de los pilotos subordinados y maestranza, no así la de los médicos o enfermeros que navegaron conmigo. Debía sujetarme a los mismos criterios existentes entre paciente y médico, solo que esta vez, el paciente debía comportarse mucho más exigente.

El enfermero naval cubano debió alzarse al mismo nivel, tal vez un poco más alto, que cualquier “paramédico” de los que viajan en las ambulancias de Canadá o los EEUU, no tengo referencias a los existentes en Europa. Debía ser así por su estado permanente de orfandad en medio de cualquier océano y con pocas posibilidades de comunicación con tierra. Sin embargo, nunca fue así y no fueron pocas las oportunidades en las que solo servían para repartir aspirinas como lo hicieran los viejos segundos oficiales. La mayor parte del tiempo libre, casi todo, allí, donde navegara una tripulación saludable, la empleaban enredados en chismes, bretes de comadronas, chivaterías y por último, robar los pocos medicamentos a bordo para lucro personal. Ya he mencionado que en la isla cada cual roba de acuerdo a sus posibilidades y el enfermero tenía las suyas. No tan jugosas o atractivas como otros cargos, pero siempre representaron alguna ganancia en una tierra donde se carece de todo.

Yo estaba en la obligación de realizarles una evaluación antes de la terminación de cada viaje, era uno de los mecanismos diabólicos del sistema aplicados a nuestro giro. Como he manifestado, no me encontraba capacitado para hacer una evaluación técnica o profesional del individuo, solo debía limitarme al aspecto humano y actitud ante el trabajo. En muchos casos, el resultado de aquellas evaluaciones era funesto y casi siempre me remitía a inspecciones realizadas en las enfermerías de los buques. Debo admitir que muchas de nuestras naves, poseían excelentes acomodaciones para las enfermerías y capacidad para mantener aislado al enfermo. Sitios que esos individuos no mantenían en óptimas condiciones de higiene para las que fueron concebidas, fue una pelea constante entre gatos y ratones.

Para empeorar un poco más la situación, en la década del ochenta, se le ocurrió a un sesudo crear la plaza de “Enfermero-Sobrecargo”. No sabían cómo rayos eliminar una que había sido parásita y de la cual hablé bastante en el capítulo anterior. Solo que esta vez, aquella decisión empeoró mucho más las cosas. No habíamos logrado a un verdadero enfermero y se enredan en el parto de un híbrido mucho más voraz que la anterior criatura. Ahora, tenían en sus manos la posibilidad de robar no solo la medicina del buque, su campo se amplió hasta el de los víveres y divisas. No puedo citar a uno solo de ellos como ejemplo de éxito en ese propósito, solo puedo referirme a pícaros brutos e inteligentes.

Como en la viña del Señor hay espacio para todos, puedo hablar de aquellos que verdaderamente fueron enfermeros navales. Como el decano de todos ellos y un maestro en su profesión, me arriesgaría a decir que el mejor de los mejores fue “El Cabronazo”, se llamaba Manuel Castañeda y ya le dediqué un trabajo. Entre él y un verdadero médico solo existía de limitación un título universitario, todo un maestro. Pudiera mencionar a otro del cual no recuerdo su nombre, me refiero al negro enfermero del buque angolano “N’Gola”, no por gusto los portugueses lo tuvieron de enfermero en una nave con cerca de cincuenta tripulantes, todo un profesional. Los cubanos en ese buque teníamos un duplicado del cargo, el enfermero “Pepito”, sin embargo, como la mayor parte del tiempo andaba borracho, no sé si era bueno o malo en su trabajo, siempre elegí consultarme con el negro, muy profesional y discreto.

Con mediocres y regulares navegué la mayor parte de mi vida como marino, recuerdo sus rostros, no así sus nombres, nunca supieron destacarse como uno u otro, eran neutros y nunca sobresalieron en nada.

¿El peor de todos? No puedo negarle ese lugar a Charly, un negro espigado hasta los seis pies al que conocía desde mi incorporación en la marina mercante. Navegó conmigo en el buque “Bahía de Cienfuegos”, lo hizo en calidad de híbrido. No servía como enfermero y mucho menos como sobrecargo, era un infeliz alcohólico cuyo vicio lo sometía a la voluntad del que tuviera acceso a su droga. Charly fue un verdadero desastre en ese viaje que dimos la vuelta al mundo y duró nueve meses. Durante las reparaciones de garantía en el dique Astilleros de Santander, tuvimos un caso de paludismo a bordo y ya he escrito sobre el suceso en un trabajo titulado “Rogelio”. Aquel negro salvó la vida por mi intervención y si está vivo es probable que no lo sepa. No recuerdo que Charly haya hecho algo por él, le resultaba indiferente o lo premiaba su desconocimiento en la profesión. Sin embargo, paralelo al caso de Rogelio, se encontraba el de un maquinista de apellido “Del Peso”. Tuvo un accidente durante un partido de beisball y al parecer se fracturó un pié. Permaneció durante varios días cojeando y con el pie inflamado sin recibir ayuda del enfermero. No era enviado al médico, como ocurrió en el caso de Rogelio, para ahorrarle divisas al país. Imagino haya soportado todo tipo de dolores en esos largos días, pero mi imaginación no fue suficiente para activar los mecanismos necesarios para conmoverme. No ocurriría así por varias razones, era un oficial de máquinas y secretario de la juventud comunista. Si él carecía de testículos para reclamar su derecho a ser conducido a un médico, yo no estaba dispuesto a comportarme como su ángel salvador. Siempre pensé que debía probar de su propia medicina y solo me interesé en el negro quien era verdaderamente subordinado mío. Luego de una o dos semanas de sufrimientos, Del Peso fue llevado a un hospital y remitido por avión a La Habana. Nos enteramos varios meses después cuando arribamos a la isla, que había sido sometido a dos intervenciones quirúrgicas, todavía andaba con bastón. Charly fue dominado por el comisario político, quién explotó hábilmente su debilidad, lo convirtió en un ácido enemigo mío, todo por un trago o la mitad de una botella.

Estando el buque “Bahía de La Habana” preso en Montreal por cerca de un año, lo encontré un día tirado sobre el césped del área turística del Viejo Puerto. Me le senté detrás, llegué silencioso, sin que me viera o pudiera sentir mi presencia. Así, mudo, permanecí durante largos minutos que hoy no recuerdo, observaba todos sus movimientos. Sabía perfectamente que estaban pasando hambre en el buque, pero no deseaba asustarlo.

-¿Qué bolá, Charly? Le dije cuando llevaba más de media hora sentado a su espalda. Reaccionó rápido, con mucho miedo, quizás reconoció mi voz, nos conocíamos desde hacía muchos años. -¡Tranquilo, tranquilo! Sigue mirando hacia delante si quieres, no hay nadie del buque por aquí. ¡Vamos a hacer una cosa! Yo voy a levantarme y tomaré la avenida del puerto en dirección a tu barco. A la izquierda de esa avenida hay una lomita y en la curva existe un bar, yo te voy a esperar adentro para tomarnos unas cervezas. Terminando de decir aquello me levanté y dirigí mis pasos hacia el punto que le había indicado. Minutos después me senté en una mesa interior y pedí una cerveza sin muchas esperanzas de que llegara. Media hora después entró él y pedí dos jarras de cervezas más. Tal vez tuve la seguridad de que asistiría al encuentro por conocer su debilidad y la mala situación atravesada por los tripulantes del buque. Bebimos hasta entrada la noche y hablamos de todo lo que pudo tranquilizarlo. Yo no le guardaba rencor por todas las mierdas que me hizo en aquel buque, cuando se puso del lado del comisario político. La pelea la había ganado y todos ellos debían guardar en su conciencia la mierda que me hicieron, Charly fue uno de ellos. Bebió hasta estar ebrio y partió en el compromiso de un nuevo encuentro. Yo necesitaba enviar algunas cosas para mi familia y cuando aquello no existían agencias de “mulas” en todo Canadá. Charly no regresó nunca más y perdí todo contacto con él.

¿El primer enfermero? Todo lo primero se recuerda, el primer amor, la primera maestra, el primer buque, el primer Capitán, la primera eyaculación, el primer beso, la primera penetración, el primer contramaestre. Yo recuerdo al primer enfermero con el que me tocó navegar, fue en el buque “Jiguaní” cuando era timonel. Delvis Monteagudo era su nombre, no era habanero. Sufría de una aguda acné juvenil en el rostro con huellas de su paso desde temprana edad. No era atractivo a las mujeres en los puertos nacionales que visitábamos, sin embargo, aquel defecto físico nunca lo privó de esa simpatía tan natural que lo hizo popular en la tripulación. El tiempo que otros de los suyos empleaba en chismes y bretes que enredaban la vida en alta mar, Delvis los utilizaba en actividades mucho más productivas. Su amor por la música y conocimientos de la guitarra, lo llevaron a organizar un combo musical a bordo del buque “Jiguaní” junto a otro virtuoso con más experiencia en este campo, me refiero al timonel llamado “Alarcón”, conocido como “El Ñato”. No fueron algo espectacular, pero de una cosa estoy convencido, amenizaron todas nuestras fiestas y llegaron a tocar en los carnavales de “Puerto Cabello” y en un hotel de aquel pueblo venezolano. No solo trataba de ser un artista aplaudido tal vez por un reducido público en un escenario tan amplio como el mar. Delvis era un magnífico enfermero en el que podías confiar cualquier tipo de dolencia, su especie luego desapareció. Cuando me tocó escapar de la isla, mucha de aquella gente brillante se me había adelantado y dejaron tras sí lo peor. El Cabronazo desertó con más de setenta años de edad, creo que Delvis lo había hecho antes. Los que quedaron, eran pícaros, híbridos y chivatos. ¡Claro! Siempre hay excepciones, solo que tuve la fatalidad de no conocerlos, pero existen, no lo dudo.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá 2011-11-13

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