Cuba es un cuento, compay

El Contramaestre

La palabra “Contramaestre” ejerció cierta magia en mi mente durante los primeros años de mi infancia, siempre la relacioné a la existencia de piratas y corsarios. No estaba muy equivocado tampoco, hoy busco su origen y se remonta a los años 1400. En la isla existe un pueblo con ese nombre, lo escuché mucho y poco me interesó su raíz. Estaba convencido de que algún día lo encontraría en su verdadera cuna, el mar. Su significado puede variar algo de acuerdo al campo de aplicación, también se utiliza en tierra y casi siempre se designa a cierto tipo de “capataz”. Tampoco se distancia del verdadero papel desempeñado en el mar, aunque tiempos atrás fuera considerado un oficial y aún hoy puede resultar así en algunos cuerpos navales militares.

Mi primer contacto con él ocurrió mientras pasaba un curso de timonel, aquel Contramaestre de origen español y del cual no recuerdo su nombre, nos enseñó como nadie todos los trabajos de corrida que se realizaban con las jarcias a bordo. Fueron cerca de treinta nudos marineros los que aprendimos, no era con la intención de mantener viva una vieja tradición. Nos enseñó el verdadero uso de cada uno de ellos y todavía los aplico cuando son necesarios. Costuras en cables y cabos consumieron la parte más importante de aquel curso que sirviera para enfrentar una nueva vida.

Durante la etapa de espera para ser enrolado, pasé cortos períodos de tiempo rotando entre las naves surtas en el puerto de La Habana. Allí comencé la aplicación de lo aprendido en nuestra escuela, siempre enriqueciéndola con las experiencias que no se adquieren dentro de un aula. Fueron muy buenos los contramaestres de esa época, hombres rudos con la piel curtida por el salitre, manos toscas casi siempre guardando alguna cicatriz, el recuerdo de sus inexperiencias tal vez. Eran obedecidos por sus hombres y una orden suya no necesitaba repetirse. Aquellos lobos de mar comprendían perfectamente una sola señal de su jefe inmediato, fueron muy respetados, una opinión suya podía ponerte de patitas en la calle, tenían olfato para descubrir dónde se hallaba oculto un verdadero hombre de mar. De aquellos tiempos recuerdo con mucho afecto a varios de ellos, los primeros que me lanzaron a trabajar colgado de una guindola al costado del buque. Los que me hicieron subir altos mástiles hasta que lograron borrar de mi mente ese pánico que se siente, cuando asciendes cada paso de la escala que te lleva a la cruceta. Aquellos que me pusieron a tapar los planes de bodegas con pesados cuarteles y veías a escasos centímetros de ti un profundo abismo. Fueron esos hombres los que pusieron en mis manos el mando de una maquinilla para cerrar o abrir bodegas, los que me formaron como marino mucho antes de cruzar la entrada a la bahía de La Habana. De ellos, creo que el jabao “Manzano” fue el primero, me estrenó a bordo de un pequeño buque refrigerado, tal vez el Minas del Frío. Luego continué con Ottón Basulto en el buque insignia “Sierra Maestra”, nunca le pregunté por el origen de su nombre. Un hombre muy pausado con el que más tarde navegué como timonel en la motonave “Habana”. El último de ese periplo de aprendizaje fue “Galán” a bordo del barco ganadero “Luía Arcos Bergnes”, siempre andaba cantando y risueño, era compositor de habaneras, algunas de ellas se conocieron fuera de nuestra tierra.

Por fin fui subordinado oficialmente de un contramaestre, ya lo he mencionado en uno de mis trabajos. Me refiero a Francisco, alias “El Bicho”, no hace falta profundizar mucho en este pintoresco personaje. Sucio como nadie, daba un viaje de ida y vuelta con la misma ropa de faenas, la del diario y pijama sin lavar. Apestaba a todo y su camarote era un verdadero infierno. Nunca dejaba de apretar un mocho de tabaco y sus escupitajos color ámbar podías localizarlos en cualquier cubierta del buque. Contando con todos esos defectos. “El Bicho” fue un gran contramaestre, como todos los de su tiempo y que más tarde desaparecieran del paisaje marítimo cubano. Como subordinado también, tuve la oportunidad de navegar con “Nestor” a bordo del buque Jiguaní. Un mulato fuerte que vivía en la zona de San Miguel del Padrón, muy bueno en su profesión.

El Contramaestre a bordo de los buques cubanos era una especie de capataz, el ejecutor directo de todas las órdenes impartidas por el Primer Oficial. Leo en diferentes páginas de Internet que se encontraba subordinado directamente al Capitán, pudo ser así en otras marinas del mundo, no en la nuestra. Bajo su mando se encontraba el pañolero, timoneles y marineros de cubierta. Entre todos y en aquellas fechas de barcos con numerosa arboladura, podían sumar hasta nueve hombres. Un buen Contramaestre ahorraba mucho trabajo al Primer Oficial, garantizaba de paso una navegación segura cuando sabía poner su buque a “son de mar”. Mantenía en buen estado de mantenimiento toda la jarcia del buque y tapas de bodegas. Condición que garantizaría con efectividad las operaciones de carga o descarga de la nave. Se preocupaban del buen estado de los equipos de supervivencia y por último, planificando bien su trabajo, podía mantener en óptimas condiciones de mantenimiento a todo el buque. Su trabajo resultaba fácil cuando disponía de una marinería integrada por hombres de mar, pero eso solo ocurrió durante los primeros años de existencia de aquella flota y no sobrevivió la mitad de la década de los setenta. Los tiempos cambiaron.

Como regla general y sin posibilidad de selección, tuve que adaptarme a esos tiempos y recibir a bordo lo que me mandaban de la empresa. Desde el inicio mismo de su enrolo, yo le concedía una calificación de 100 puntos, todos eran buenos. En la medida que iban cometiendo errores o metiendo la pata, les restaba puntos a su calificación inicial como si se tratara de un examen. Una vez llegados al límite de desaprobación, les solicitaba que se retiraran de la nave de manera voluntaria, la más común, solicitar vacaciones.

Siempre les concedí autoridad y cierta autonomía en el trato con sus subordinados. Por ejemplo, él era el encargado de planificar los períodos de descanso o francos de los marineros y no aceptaba que llegaran hasta mí en calidad individual. Siempre les exigía que se dirigieran a su jefe inmediato, debo aclarar que tuve como norma reunirme con todo el personal de cubierta antes de emprender una travesía. Allí les decía claramente cuáles eran las reglas del juego y entre otros detalles, que no recibiría en mi camarote a tripulante alguno con chismes de sus compañeros. De esa manera tan simple estimulaba su presencia a bordo y lo hacía respetar por toda la marinería. Como yo era el encargado de confeccionar los planes de trabajo en cubierta, le exigía que diariamente subiera al puente antes de comenzar las faenas para ultimar detalles. Siempre realicé inspecciones por la cubierta, pero nunca me dirigí personalmente a un marinero para reclamarle por algún error cometido, esa tarea yo se la dejaba a él.

Los tiempos cambiaron y mucho para mal de nuestra flota. Resultaba difícil encontrar a hombres de la talla de aquellos primeros lobos de mar y no se podía confiar en nadie. Nunca cambié mis métodos de trabajo y comenzaba con los 100 puntos mencionados, solo que esta vez, llegaban a restar demasiado rápido y debía hacerme sentir como mando del buque cuando me encontraba manco y carecía de un brazo derecho. La plaza de pañolero fue eliminada de nuestra flota sin desaparecer aquellos buques de arboladura numerosa, muchos de ellos fueron convertidos en contramaestres o retrocedieron a timoneles. No se produjeron cursos como los que yo pasé a mi ingreso en la marina y eso trajo resultados funestos. Me enrolé en barcos donde detecté que parte de la jarcia metálica estaba firme a sus guardacabos por medio de perros, eso significaba que los hombres allí presentes no sabían realizar costuras en cables. Me llega una anécdota algo simpática y no menos dramática. Estando en las microbrigadas de Alamar, queda paralizada una grúa porque al cambiarle el cable de izaje de la carga (amante), no aceptaba que fueran colocados perros muy cerca del tambor. Tenía un espacio muy reducido que solo permitía la entrada del cable con su guadacabo. Estuvo parada durante varios días hasta que a alguien se le ocurrió averiguar en las brigadas de la marina mercante y llegaron hasta la nuestra. Confiado, le entregué esa tarea al contramaestre Mario (alias cantimplorita), yo era el Jefe de Obras, eso ocurrió una mañana muy temprano.

Al mediodía pasé por el apartamento donde supuestamente realizaba esa faena y cuál no sería mi sorpresa, Mario no había logrado darle la primera pasada a esa costura, la más importante. Ese trabajo bien podía realizarse en media hora o una hora, no tuve más remedio que retirarlo, no sin antes decirle un millón de cosas. Poco tiempo después se presentaron con un problema similar y yo lo resolví de igual manera, los grueros no sabían cómo agradecerlo.

Pues en aquellos buques donde detecté esas animaladas, tuve que dedicarme a realizar las costuras en los cables y enseñar de paso a los contramaestres que habían ascendido con esas lagunas que luego se convirtieron en golfos y mares. Mi primera travesía como Primer Oficial no pudo ser peor, un viaje por Finlandia, Dinamarca, Suecia y para completar la carga el puerto de Amberes en Bélgica. Se produjo una terrible ola de frío ese año, creo haya sido en 1982. El mar donde nos encontrábamos atracados se congeló y fue necesaria la presencia de un pequeño rompehielos para sacarnos. Luego, quedamos atrapados por los hielos a la salida de Dinamarca y nuevamente se requirió el auxilio de otro rompehielos. Los tanques de lastres se congelaron, por suerte no se hallaban a full. La nieve caída en Finlandia vino a derretirse cuando estuvimos a la altura de Finisterre en nuestro viaje de regreso. En esas pésimas condiciones climatológicas que me sirvieran de escuela, tuve al peor de todos los contramaestres. Era un individuo de unos seis pies de estatura, blanco y muy parecido a cualquier europeo. Lo conocía de vista porque había trabajado en las oficinas de personal en nuestra empresa, exactamente donde se enrolaba el personal subalterno. Nunca supe si con anterioridad ocupó esa plaza, tampoco me extrañaría se la hubieran regalado. La primera metedura de patas y en la que le resté unos 25 puntos, ocurrió una mañana cuando nos dispusimos a tomar agua para el buque. Esta operación era ejecutada por el contramaestre del barco siguiendo mis orientaciones, responsabilidad que en otras naves de la flota había sido asignada al ayudante de máquinas. Esa mañana le indiqué que tomaríamos agua hasta una sonda indicada, el tanque no podía llenarse porque en caso de congelarse lo reventaría la dilatación del hielo. Le dije que no era necesario permaneciera en el exterior debido a las bajas temperaturas reinantes, solo que revisara de vez en cuando la sonda. Unas tres horas después, bajo a verificar cómo se estaba realizando esa operación y el hombre no aparecía por ningún lado. Me dirijo a su camarote y lo encuentro muy acurrucado y tapado en su cama, totalmente dormido. ¡Pedazo de maricón, sale inmediatamente a chequear la sonda del agua! Aquella nomenclatura de seis pies de estatura no le sirvió de mucho, tenía tamaño, pero carecía de algo muy necesario cuando se tiene mando, testículos. Ese viaje no se pudo trabajar en cubierta, la bajada la hicimos sufriendo los embates del mar constantemente hasta La Florida. En esas circunstancias no se me ocurriría gastar pintura sabiendo que la perdería por el alto índice de humedad, salitre y cantidad de agua embarcada. Sin embargo, se podían realizar algunas labores en la cámara y lo llamé para ordenarle darle mantenimiento a los baños y algunos pasillos. Un rato después, lo escucho dirigiéndose a la marinería de esta manera: “Dice el Primer Oficial que se tienen que pintar los baños, et.” Oí varias protestas de personas que llevaban casi dos meses sin realizar otras labores que sus guardias de puerto y exploté mientras entraba a donde se encontraban reunidos. “¡Mira, Contramaestre!” Veo que no tienes huevos para mandar a estos hombres. A partir de estos instantes considérate un pañolero y en cuanto llegue el buque a La Habana busca la manera de largarte de aquí. ¡Arriba, muchachos! Vayan al pañol por sus piquetas, rasquetas y cepillos. Traigan de paso el minio, yo les voy a indicar dónde tienen que trabajar. ¿Alguna pregunta? Todos partieron en silencio, es una lástima que no recuerde el nombre de aquel individuo. La persona que tiene mando en un buque debe hacerse respetar, solo hay dos maneras de lograrlo, cuando se es querido y cuando se es temido. La primera correspondió a una etapa muy romántica de la marina mercante cubana, la segunda era la única posibilidad o alternativa dejada en los nuevos tiempos. Sí había algo de cierto, tenías que hacerte respetar, imponerte en esas condiciones, porque de ello dependía la vida de muchos hombres.

La lista de los pésimos o malísimos contramaestres sería interminable. Había de todo tipo, incompetentes, chivatos, vagos, adulones, lameculos, cobardes, traidores, etc. Entre los peores recuerdo a un individuo de apellido “Pascasio”, me tocó en el buque “Bahía de Cienfuegos” aquel viaje que me pidieron la expulsión de la marina mercante, ya he escrito sobre ese acontecimiento en mi trabajo “Mandado a Matar”. Como el más lameculo de todos, no dudaría en mencionar a un gordo llamado “Henry”, no recuerdo si era de Isabela de Sagua o Caibarién. Como el más noble de ellos señalaría al viejo Medina, por su culpa perdí toda la pintura del buque durante un huracán, sin embargo, logré eximirlo de responsabilidades en las actas de averías.

No todos eran iguales, los tuve muy buenos como el viejo Nerey a bordo del “Frank País”. Pero el más pintoresco y fiel, además de ser un excelente contramaestre, creo haya sido Mayor Guerrero. Quizás el más borracho y pendenciero, pero uno de los pocos que era respetado o temido por los marineros. Estos dos últimos mencionados, pertenecen a esa etapa de nuestra flota donde al verdadero marino debías escogerlo con pinzas quirúrgicas. No dudo que existan más, solo que no fueron subordinados míos. Ahorro líneas con los mediocres, no tienen derecho a formar parte de nuestras historias.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2011-11-15

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