Cuba es un cuento, compay

Motonave Viñales (Mi barco 30)

Cuando Fidelito me informó que iba enrolado para el barco refrigerado “Viñales”, recuerdo haberle reclamado algo, yo nunca había navegado en una nave dedicada a esa carga especial. Me recordó y constaba en mi expediente, yo había pasado por varios buques de este tipo durante sus permanencias en puertos cubanos. No solo eso, buques como el “Jiguaní” tenían bodegas refrigeradas con una capacidad bastante amplia. En fin, había pasado por ellos como Segundo y Tercer Oficial, solo una vez en calidad de Primer Oficial y fue a bordo del buque “Gran Piedra”. Realmente yo no tenía miedo a enfrentar ese tipo de cargamento, más bien trataba de hacerme el sueco. Con toda esa maldad adquirida en los últimos tiempos, asociaba ese enrolo a la orden de matarme emitida por el partido. Había averiguado quién era el Capitán que la comandaba y resultó ser uno de los más tristemente famosos en la Flota Cubana de Pesca y ahora en Mambisa. Me refiero a Humberto Vázquez, (alias El Chino Vázquez). Este individuo de baja catadura moral y militante del partido comunista, gozaba de una extensa fama como chivato, tarrúo y ladrón. Muy bien pudo haber sido elegido para darle fin al plan de trabajo que se habían trazado y del cual disfrutara de una breve pausa.

No voy a detenerme en los detalles de mi deserción a bordo de esta hermosa nave, ya lo escribí en ese capítulo de mi vida titulado “Escapando del Paraíso”. Lo hice con lujos de detalles y sexo incluido, el que desee chismear debe localizarlo en Internet.

Era pequeña para mi gusto, me refiero al Viñales, poseía solamente unos 104.5 m. de eslora y 16.0 m. de manga (ancho) Había sido construido por Juliana Gijonesa en el año 1990 y adquirido por Cuba bajo contrato de arrendamiento con opción de compra a la compañía Castellana S.A., si la memoria no me traiciona. El elevado puntal de la superestructura, algo exagerado para sus dimensiones y calados, la hacían en mi criterio una nave algo pobre de estabilidad. Contaba sin embargo con los equipos más modernos existentes en el mercado en aquella época, incluyendo una computadora de carga especialmente diseñada para ese buque. Novedad que me ahorraba infinidad de tiempo en los cálculos de calados y los valores del GM.

Relevé a Miguel Hernández (alias El Chino), todo un pintoresco personaje que pasó el curso de Primer Oficial conmigo en la academia de Baracoa. Desertó en Canadá y me encontré con él hace varios años, después perdimos contacto. La entrega de Miguelito fue muy parecida a la de Manolito Balsa, hablaban mucho y no decían nada. Todo estaba muy desorganizado, pero como se trataba de un socio, yo asumía toda la responsabilidad. Como Segundo Oficial se encontraba Evaristo Navarrete, fue alumno mío en la Promoción XVII y luego navegamos juntos en el “Pepito Tey” cuando él era agregado de cubierta. Había un muchacho alto y flaco como una vara de pescar ocupando el puesto de Tercer Oficial. Muy bueno y noble, se llama Chantres, formamos un trío casi perfecto. Como Sobrecargo viajaba Lesmes, un viejo vecino de Santos Suárez que falleció hace unos años. Era la primera vez que navegábamos juntos y nos conocíamos desde antes de mi boda en el 71. Viajaba una doctora como enfermera y pareja de un maquinista, tuvimos que dejarla ingresada en Alicante o Castellón de la Plana, donde fue operada de cálculos en los riñones.

El Vicent se encontraba de primer cocinero, ya le he dedicado un capítulo especial. Era la cuarta vez que coincidíamos en diferentes buques, navegamos juntos en el Habana, Frank País, Otto Parellada y ahora en el Viñales. Era el número uno en su especialidad y como debe suponerse, muy demandado por los capitanes.

No recuerdo la integración de la oficialidad de máquinas, ha pasado demasiado tiempo. Si me acuerdo de dos personajes que eran vecinos míos, me refiero a Luisito (El Borracho) que ocupaba el puesto de Técnico de Refrigeración. El otro era Aguirre (alias El Cabezón) viajaba como engrasador.

Entre el personal subalterno de cubierta tenía a varios conocidos, el Contramaestre era Raimundo (alias Bauta por ser residente de ese pueblo habanero) Nos conocíamos desde hacía muchos años, pero nunca habíamos navegado juntos, la última vez que tuve noticias suyas me escribió desde España. Lázaro, un gordo monumental era timonel, fue uno de aquellos marinos que estuvo conmigo a bordo del Pepito Tey durante el viaje que nos quedamos al garete en el Atlántico. Collejo iba también como timonel, había entrado en la marina conmigo en el año 67, él era desmovilizado del ejército, creo que fue combatiente y se desempeñaba como secretario del partido. Pastor era uno de los dos marineros de cubierta a bordo, me era bien conocido, compartimos todo ese largo año que permanecimos en la agricultura cuando entramos en la marina en el 67. Viajaba además una mulata de cuerpo fenomenal, algo jabada ella, pero de un carácter ácido que alejaba a la jauría de cualquier intento por poseerla, se llama Irma Ferreiro y fue la mujer que desertó conmigo en Canadá.

Enrolaron ese viaje al Capitán Enrique López Sánchez y su esposa Ana Guanche, iban en un viaje de estímulo otorgado también en oportunidad del retiro de este magnífico hombre. Durante su viaje iba haciendo inspecciones por Seguridad para la Navegación, incluido algunos exámenes de control a la oficialidad. Ellos desertaron en Castellón de la Plana y ya escribí sobre esa excelente fuga, hoy radican en los Estados Unidos.

Antes de partir para Canadá y Europa me puse al corriente sobre los contrabandos que se realizaban en esos viajes, me contactaron también con vendedores de tabacos de muy buena calidad. Compré unas treinta o cuarenta cajas de ellos que, luego trataría de vender a unos ciento veinte dólares en España. Llevarlos hasta el buque implicaba ciertos riesgos que solo se eliminaban soltando mucha plata, si la policía te sorprendía con un cargamento de ese tipo, la prisión era segura y se extendería hasta que delataras a todos los que pertenecían o participaban en esa cadena. Había que asegurar la entrada por la aduana, cada día más corrupta, debías comprar los servicios de un aduanero y que fuera él la persona que llevara la carga hasta el barco para no levantar las sospechas de los delatores. Cuando ya tenías conseguido a ese personaje, debías tratar de conseguir a un chofer temerario que se vendiera y te transportara hasta el puerto con tu contrabando. Luego de estar a bordo, debías seleccionar muy bien el lugar donde clavarlos (esconderlos), pero en ese juego existían ciertas reglas donde podías perderlo todo sin posibilidad de reclamación. Si algún tripulante descubría tu escondite y decidía apropiarse de tu mercancía, simplemente te jodías. Como yo tenía la llave maestra que abría todas las puertas del buque y siendo de madrugada, me dedicaba a esas labores y trataba de elegir un sitio al parecer “ilógico” donde cualquiera escondería un contrabando. Por ejemplo, parte de mi carga iba en el falso techo que quedaba justamente encima de la mesa del salón donde el Capitán se reunía con las autoridades del puerto. La tropa andaría buscando por todo el buque y no se le ocurriría interrumpir a los jefes para sondear esos espacios. Otra parte de la carga la clavé en el falso techo del camarote del comisario político, fue una selección muy especial porque se trataba de otro de los grandes hijoputas que existieron en la marina cubana. Si encontraban el contrabando, él debería responder por “su delito”. Como esos individuos fueron investidos de poderes casi absolutos y eran considerados de extrema confianza, aquel contrabando era uno de los que más seguro viajaba a bordo. Nunca era recomendable esconder el total de la mercancía en el mismo lugar, se evitaba de esa manera una pérdida total por una u otra razón.

Sacarlo de sus madrigueras en puertos extranjeros implicaban sus riesgos, debías vigilar cuando esos personajes salieran del buque y si fuera posible actuar de noche. Estas operaciones casi siempre se realizaban con la complicidad de uno o dos “socios” de confianza, digo así y no menciono la palabra “amigo” porque ya iba perdiendo uso y se borraba de nuestro diccionario. La vigilancia en las escalas y alrededores de los buques cubanos en España fue reforzada con razón, estaba entrando a ese país más tabaco de contrabando que el transportado durante el comercio habitual entre las dos naciones. Poder pasar por la puerta de la aduana con una caja de puros escondidas se convirtió en un desafío y hasta en una obra de arte.

Partimos de Cuba con destino a St. Stephen en Canadá, luego la travesía sería hasta Alicante y Marsella. En cada puerto se descargaba cierta cantidad de mariscos de todo tipo, pescado, esponjas, etc. No pude vender mucho tabaco o casi ninguno en Alicante por los controles establecidos y en Marsella me compre una camisa bien ancha que, me permitía transportar solo una caja en el abdomen conteniendo la respiración cuando pasaba frente a los carabineros. Después de varios días en Castellón de la Plana, quedaron a bordo unas diez cajas de puros que tuvieron que regresar a Cuba para el siguiente viaje.

El Capitán López Sánchez logra desertar con su esposa y coincidir con su hija en una escala muy bien planificada en el aeropuerto de Barajas. Creo, haya sido ésta una de las fugas más espectaculares de la que he tenido conocimiento en la historia de la marina mercante cubana. Escuché la noticia por La Voz del CID y lo celebré con mucha alegría junto a otros tripulantes. Ya le había tomado afecto a este viejo Almirante nuestro, quien, entre otras cosas, subía cada mañana a escuchar las noticias que ofrecía Radio Martí y que no me escondía para escucharlas por el radiogoniómetro, aún teniendo como timonel al secretario del partido.

La corrupción entre nuestros hombres de mar había alcanzado niveles desconocidos y cuando creía que los contrabandistas éramos tres o cuatro, me sorprendió saber que alrededor del noventa por ciento de la tripulación andaba vendiendo tabacos en España. Unos días antes de nuestra partida de Cuba, alguien se me acercó para proponerme cocaína, yo debía averiguar su precio en España y lo hice con un proxeneta muy famoso de Castellón de la Plana, solo que no regresé por aquel puerto y nunca tomé esa carga. Cargamos dos mil toneladas de Cebolla para la isla, ya escribí sobre esto. Ni una sola libra de aquel cargamento llegó a manos del pueblo, todas iban consignadas al consejo de estado y al turismo. Nadie puede imaginar a un Capitán junto a un Primer Oficial robándose un saco de cebollas cuyo precio es inferior a los cinco dólares en Canadá. El riesgo que se corría era muy grande, prisión y expulsión de la marina.

Humberto Vázquez fue sustituido por el Capitán Hugo Vivar, un revolucionario muy burgués que había sido relevado de su cargo en el Ministerio de Transporte y regresaba a su vieja profesión. Era ese individuo sangrón que te atormenta con tantas preguntas tontas y exige demasiado papeleo por cualquier razón, Arrastraba todo el burocratismo vivido en aquel ministerio y pretendía imponerlo a bordo. No sé cual de los dos era peor, no los soportaba a ninguno de ellos, pero no tenía otra opción. Partimos en lastre para el puerto de Tampico en México con la orden de cargar unas dos mil toneladas de café, bueno, si es que se le podía llamar café a toda aquella porquería. El nuestro, de mucha calidad, era exportado a Europa y para el consumo nacional se compraba esta basura que solo era “cascarilla”. Fue un viaje corto, creo que no superó los quince días entre la ida y el regreso. Hugo Vivar se afilaba los dientes con la ilusión de continuar en esa hermosa nave, pero Humberto renunció a sus vacaciones y regresó inmediatamente. El contrabando de Tampico para Cuba fue muy peculiar, compramos cientos de aretes de fantasía fina para vender en la isla. La madriguera seleccionada esta vez fueron los mamparos del puente y cuarto de derrota. Cualquier cosa se podía vender en la isla y se obtenían jugosas ganancias. En aquellos tiempos no se realizaba una inversión si no obtenías el doscientos por ciento de ganancia. El precio del dólar andaba por los quince pesos cubanos y luego subió a veinticinco. Se podían obtener porque los cubanos no podían hacer nada con ellos y su posesión era considerada un delito penado por la ley.

Parte de la tripulación fue sometida a un severo interrogatorio, cada uno de ellos habló conmigo y en todas esas entrevistas existió una pregunta como denominador común, ¿qué puedes contarnos del Primer Oficial? Alguno de ellos fueron desenrolados del barco sin cruzar explicación alguna y se preocuparon mucho.

-Dice mi hermano que si sales trates de no regresar. Me dijo una tarde un tripulante.

-¿Quién es tu hermano?

-Pertenece a la seguridad del estado y ha participado en todos los interrogatorios, dice que estás en candela.

-Yo no pienso abandonar el país, nunca me ha pasado por la mente. Le respondí a secas y con algo de desconfianza. ¿Lo cierto? Desde esa noche comencé a elaborar mentalmente la posibilidad de escaparme de aquel infierno, fue un pensamiento febril que no me abandonó hasta pisar tierra canadiense.

Sara hizo todo lo posible por enrolarse en el barco y no le concedieron esa posibilidad. Sin embargo, la seguridad del estado le propuso dirigirse hacia St. Stephen para trabajar con dos agentes localizados allí en esos instantes.

–Es muy probable que debas servirle de cantimplora. Le dije en uno de nuestros encuentros. Mi mejor amigo, el negro Macías, logra enrolarse en el barco en muy mal momento. Ya había decidido que debía abandonar el país y mi acción podía crearle muchos contratiempos. Sin embargo, no me animaba a confiarle mi propósito, mientras más hermética se mantuvieran esas ideas, muchas más posibilidades de éxito tendría, los cubanos en general nos habíamos convertidos en seres demasiado indiscretos.

-Si me dices que sí, mañana mismo estás volando hacia Angola con un salario de ochocientos dólares mensuales. La persona que hacía aquella atractiva proposición, tenía suficientes poderes para hacerlo. Interpreté en todo eso una especie de consejo o protección hacia mi persona, pero ya mi suerte estaba echada y confiaba en poder partir a viaje.

-Aquellos tiempos ya pasaron y me siento algo viejo para someterme a otra aventura en Angola. Yo sé que lo haces de buena fe, pero no me animo a aceptar tu ofrecimiento.

-¡Tómate tu tiempo y piénsalo! Si te decides, pasa a verme inmediatamente. Si antes de morirme puedo regresar a Cuba, trataré de localizarlo para darle las gracias por ese gesto, yo comprendo que no podía hablarme en lenguaje claro.

Dos días antes de nuestra partida y encontrándonos cargando mariscos para Europa antes de dirigirnos a Marruecos. Enrolan como pasajera a una pianista que viajaría hacia España en nuestro buque, se llama Zenaida. -¿Qué vas a hacer en España?

-Voy contratada de pianista.

-¿Por qué debes viajar en barco?

-Cultura no tiene dinero para pagarme el pasaje en avión. Yo sabía que mentía y decidí no prestarle mucha importancia.

Tres días después de nuestra salida y sufriendo los embates de una fuerte tormenta, alguien me pasa un mensaje de ella. Llevaba esos días sin salir de la cama, aparentemente sufría de mareos por los bandazos infinitos del buque. Yo fui hasta su camarote, estaba justamente al lado del Capitán. Una hora y media después, me encontraba desnudo en su cama. Esa tarde supe que el mejor antídoto contra el mareo y los vómitos era una buena templada. Bajó a comer a las seis de la tarde y nunca más se volvió marear. La marejada y los bandazos se extendieron por tres días más, es cierto que el pene hace milagros. A partir de ese día, ella bajaba a dormir en mi camarote y todo el tiempo siguiente fue de una felicidad indescriptible. La muchacha tendría unos veintisiete años de edad, todo un caramelito para un hombre de cuarenta y uno como yo. Muchos han perdido la vida o la libertad en su intento por escapar del Paraíso, no puedo quejarme, creo encontrarme entre los pocos que ha realizado esa fuga templando.

Irma se puso muy nerviosa con esa relación y me llamó la atención. Traté de calmarla un poco, pero algo si había de cierto, no renunciaría al papel de semental para el que Dios creó a los cubanos. Si no lo hizo él, al menos fue nuestra interpretación.

Uno de esos días la chiquitita bajó con unos moretones en los brazos y me dijo que el Capitán trató de violarla. Por mucho que insistí en que lo acusara frente al comisario político y el partido, ella no se animó a hacerlo. Tuve deseos de subir y descojonar a ese hijoputa, pero ese imprevisto no se encontraba comprendido en mis planes de fuga y debí hacerme el de la vista gorda. Una noche, ella me propuso desertar en España y rechacé el ofrecimiento. Le dije que nunca abandonaría mi país y le llamé la atención por confiarme los propósitos de ese viaje.

Nadie es capaz de calcular cuántas ideas pasan por la mente de una persona que tiene en sus planes realizar una fuga como aquella, bueno, no debe ocurrir con todo el mundo, pero sí les puedo asegurar que para los cubanos no es nada fácil. Cuando viajas en avión esa pesadilla puede durar solo unas horas, muy diferente a la lentitud de un barco donde ese tiempo se extiende a la duración de la travesía. Desconfías de todo y todos, ves una posible traición en cada palabra y movimientos, todos resultan delatores ante tus ojos, es una verdadera pesadilla.

Cuando arribamos a St. Stephen, la pianista estuvo encerrada más de una hora con el agente de la seguridad que allí se encontraba. Debo confesar que me asusté de verdad y no quiero decirles cómo estaba Irma. Aquel individuo andaba acompañado por el Capitán Alfredo Vázquez con la justificación del embarque de semillas de papas para Cuba. Este último era un mulato que cumplía una sanción por sus desmanes a bordo del buque “Bahía de Puerto Padre”, donde robó desde el mismo instante que lo fue a buscar a los astilleros de Bilbao. Fui subordinado suyo cuando se encontraba de Primer Oficial en el buque “Jade Islands” y yo ocupaba el cargo de Segundo Oficial.

Todo mi sistema de alarma se dispara cuando observo que un barquito cubano, creo que era uno de los “batallitas”, así le llamaban al “Batalla de Santa Clara” y al “Batalla de Yaguajay”, desatraca una vez finalizadas sus operaciones de carga y lo fondean. Lo normal era que hubiera emprendido su viaje de regreso, pero se mantuvo en esas condiciones durante varias horas. Me veía viajando en calidad de preso a bordo de aquel barquito y pensaba, “solo necesito que me den oportunidad hasta la noche”. Yo tenía planificado en mi mente un plan de fuga excepcional para utilizarlo en caso de emergencia. Los botes salvavidas de esos buques se pueden arriar desde su interior y eran de fácil arranque. Como poseía todas las llaves del buque en mi camarote, cerraría todas las puertas que dan acceso al exterior y me largaría con Irma a bordo del bote disponible, el de estribor en ese caso. Solo necesitaba cruzar el río para encontrarme en territorio norteamericano. Si me jodían mucho tenía otro plan de sabotaje que no afectaría a la tripulación, pero demoraría la salida del buque. Gracias a Dios no tuve que aplicar ninguna de esas medidas, unas cuatro horas después, el batallita partía rumbo a Cuba y yo salía para el pueblo en un minivan de la agencia. La pianista debe estar esperándome a la entrada de la pizzería de aquel pequeño pueblo, le dije que me “movería” en unos negocios para quitármela de arriba mientras huía con Irma.

Varios años después y cuando hube de adquirir un poco de experiencia en este territorio, fui encontrando eslabones perdidos de mi escapada que me condujeron hacia una sola conclusión. Mi salida de Cuba era conocida de antemano, pusieron en mi poder un mapa supuestamente secreto y posiblemente cargado de desinformación de la inteligencia naval cubana. Era para entregar al Capitán y aún lo conservo conmigo. Todos los pasos indican que Sara era miembro de la seguridad cubana o cuando menos, colaboró con ellos. La pianista pudo haber sido otra colaboradora de los servicios de inteligencia cubanos y su misión asegurarse de mi deserción, esto es solo una deducción. Gastó mucho tiempo con aquel agente en St. Stephen y su justificación nada convincente.

Varios años después de estar acá, me entero que El Chino Vázquez se encontraba detenido en una prisión de los E.U. Dicen que lo sorprendieron en un barco cargado con drogas y yo me pregunto, ¿cómo salió este hijoputa de Cuba? ¿Para quién trabajaba?

Viajo en un autobús rumbo a Montreal, Irma lo hace soñolienta, había olvidado sus espejuelos en una pizzería donde nos detuvimos a almorzar. Todo el paisaje era blanco, aburrido, monótono. Detrás de las huellas de aquella guagua, se iba alejando toda una historia. Solo cargábamos la muda de ropa que llevábamos puesta, todo el dolor acumulado y la poca esperanza de regresar a nuestra tierra. Hacia delante, por el parabrisas del conductor, hacia allí se encontraba el futuro y la fe en que sacaríamos a nuestra familia de aquel infierno, paraíso de muchos que no se atreven a disfrutarlo.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2010-08-26

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