Cuba es un cuento, compay

Motonave Otto Parellada 2 (Mi barco 28)

En aquellos tiempos habían creado una especie de decreto, ley, estatuto, ordenanza, quién pudiera saberlo, se establecieron las tripulaciones “fijas”, solo en apariencias. En ese juego de ajedrez, la Seguridad del Estado siempre jugaba con las fichas blancas, era el salidor y ganador. Por supuesto, cuando no se encontraba presente tenía un buen sustituto, el partido comunista.

Realizaron una reunión “relámpago” presidida por el secretario del sindicato de la marina, alias “El Niño”. Se encontraba también en la mesa presidencial el secretario del partido a bordo, me refiero al negro gruero de apellido Scull. La comedia se puso en escena con la finalidad de explicar a los tripulantes sin vacaciones acumuladas las razones de su desenrolo y nada mejor que apelar a la resolución vigente de las “tripulaciones fijas”.Cometieron un grave error también a la hora de justificar el retorno de la camarera Ana, una negra monumental y demasiado corpulenta, dicen que fue atleta, no recuerdo si lanzaba la bala o el disco. Lo cierto es que dejaba pequeño a cualquier hombre, su estatura y fortaleza imponían respeto. No era mala gente aquella oriental, solo que la presentaron como la esposa de Scull. El otro error “gravísimo” que se cometió en la mencionada reunión, fue presentar también a la dientuda Mercedes como la esposa de Amador el Jefe de Máquinas. Ambos matrimonios eran falsos, tanto una como la otra eran las queridas oficiales de los compañeros militantes del partido. En el caso de la supuesta esposa de Amador, ella militaba también en el partido y era una de las incondicionales de Remigio. No me propuse establecer ningún tipo de demanda pública en aquel instante, verdaderamente me interesaba que Dulce fuera desenrolada, se había enamorado de mí y estaba provocando problemas en el matrimonio sin quererlo. Sin embargo, tampoco iba a dejarla abandonada ante la injusticia que cometieron con ella y redacté una carta para que se presentara a reclamar sus derechos ante el secretario del sindicato de la marina y cualquier instancia que creyera pertinente.

“Todo parece indicar que cuando una mujer “militante” mantiene unas relaciones ilegítimas con un hombre y si por excelencia es militante, esa relación es considerada a los ojos de ustedes como oficial para salvar la imagen de ambos. Ana y Mercedes fueron presentadas como las “esposas” que no son, cuando realmente no dejan de ser otra cosa que las “queridas oficiales” de esos militantes. En el caso de las mujeres “simples” (así le llamaban a las personas que no militaban en las organizaciones políticas), ellas no corrían igual suerte, se les llamaba amantes, queridas o simplemente “putas”. ¿No se encontraban ambas en la misma situación? ¿Es que el carnet del partido inmuniza a las personas contra estos defectos o errores? Recuerdo haber escrito frases más duras en aquella carta que Dulce tuvo en su poder y presentó al sindicato y partido. ¿Hubo respuesta? El barco no partió inmediatamente, creo que consumimos más de un mes en las operaciones de descarga y carga. No hubo testículos para enfrentar aquellas verdades, ni por parte de “El Niño” y mucho menos del partido, ellos tenían su estilo de trabajo desde la oscuridad. Estoy convencido de que aquella carta fue una bala más colocada en el arma que debía eliminarme, solo que les faltó un verdugo eficiente.

Muchas ratas abandonaron la nave cuando el rey negro firmó el acta de entrega, sin embargo, parte de esa plebe decidió mantenerse a bordo para, según ellos comentaron y llegara a mis oídos, cuidar, conservar y mantener el trono de aquel cabrón, calcularon muy mal. Matienzo se quedó de vacaciones, pero como manifesté en el capítulo anterior, era una bella persona que siempre se mantuvo alejado de toda la fetidez que genera el partido en los buques. En su lugar fue enrolado un mulato algo flaco de apellido Amador como el Jefe de Máquinas, habíamos pasado juntos el curso de Primer Oficial en la academia de Baracoa. Cumplía una sanción en la plaza de Segundo Oficial porque cargaba en sus hombros el hundimiento de un pesquero chino con varios muertos, eso pudo pasarle a cualquiera que navegara por aguas de ese país. Muy bien preparado, inteligente, capaz y leal incondicionalmente al mando del buque. Pedro Maqueiras también solicitó vacaciones, fue lo mejor que pudo haber hecho. Le tenía reservada una buena reserva de latigazos por bruto, incompetente, pendejo, perro y traidor. Me ahorró trabajo y lo lamenté mucho, hubiera sentido gran placer lastimándolo. En su lugar fue enrolado el negrito Emilio, ya le dediqué un trabajo titulado “El Trancapuertas” donde expliqué algo sobre su ascenso. Lo conocí de escribano en el buque escuela “Viet Nam Heroico” y no sé cuándo le regalaron el título de Piloto de Altura. Imagino haya sucedido en igualdad de condiciones a las de Remigio, Emilio era el “clavista” del buque. Lo cierto es que al negro se le acabó la tierra en el meridiano 180 y no adivinó un cálculo astronómico hasta cruzar nuevamente el meridiano de Greenwich. Mucho más incapacitado que Maqueiras, Amador le colocó cartelitos en todos los equipos del puente prohibiéndole tocarlos, no era mala gente e inspiraba compasión a cualquier persona de buenos sentimientos. Yo mismo le dije que en situaciones de dudas me llamara al camarote y no les cuento las veces que tuve que subir a resolver tonterías. Aún así y sintiéndose abandonados o desprotegidos, la plebe lo enarboló como bandera por su cargo y color, calcularon muy mal.

La vieja Gladys se aconsejó y se largó al carajo, fue una decisión muy inteligente, ella sabía lo que le esperaba si continuaba en el buque. Fue sustituida por el gordo Lázaro, era un individuo que vivía en Regla y no se ocultaba para alardear que lo hacía en la casa que perteneciera al difunto Roberto Faz. De acuerdo a los comentarios de la tripulación, Lázaro era uno de los incondicionales de Remigio, pero perteneciente a esa clase humana habitada por los “vivos”, no dudó un segundo en sumarse al nuevo trono, aunque siempre fue mantenido a distancia y observado con desconfianza.

El comisario político también se bajó con su rey negro, no volví a encontrarlo en otro barco, fue inteligente también, él sabía lo que podía esperarle. Bueno, esta seguridad tiene sus fundamentos y el principal es que Calixto Veloso era militante también, solo que era blanco de ojos claros, esa era la diferencia.

¿Cómo azotar con crueldad sin que te acusaran de extremista o abusador? Muy fácil, solo era necesario mantener a tu alcance el “Reglamento de la Marina Mercante”. No era imprescindible aportar innovaciones de la cosecha particular, la sola aplicación de las reglas establecidas en ese librito, era un arma suficientemente cruel ante los ojos de quienes estaban acostumbrados o trataban de imponer un modo de vida anárquico e irracional a bordo de los barcos, condición facilitada con la existencia de los núcleos de las organizaciones políticas en nuestras naves y capitanes castrados que se dejaban arrebatar el mando.

Todavía deben estar acordándose de mí aquellos hijoputas, me desquité cada segundo de molestias producidas apoyado por la ley y un Segundo Oficial que no entendía de presiones o chantajes. ¡Por supuesto! La presencia de Veloso fue un factor determinante, sin su mando no hubiéramos podido neutralizar a toda esa pandilla de ratas.

Mercedes, la camarada camarera militante del partido y “esposa” de Amador, tuvo que agarrar sus dientes de caballo y clavárselos en el culo. Trató de mostrar sus garras a inicios de viaje y se les cortó inmediatamente, terminó su travesía como una mansa paloma. Lo mismo ocurrió con Ana y su monumental arquitectura, no se hizo sentir aún sabiéndose la supuesta “esposa” del secretario del partido. Walquiria y la gordita habían sido desenroladas también, uno de esos lugares fue ocupado por Martica, la verdadera esposa de Veloso y militante del partido de verdad. Ella no entendía de negra con dientes y culo grande, tampoco, pese a su escasa estatura, se deslumbró o temió al tamaño gigante de Ana. Aquella enana tenía más agallas que todas las perras de Remigio juntas y se les paraba bonito cuando era necesario.

Scull dio su viaje muy silencioso, pero de aquella paz siempre se debía desconfiar. No fue necesario salir de los puertos cubanos para accionar la fusta, desde las mismas costas cubanas aquellos cabrones conocieron el sabor del látigo y los tiempos de venganza. Los síntomas de rebeldía se apagaron muy pronto y todo cambió en la medida que se consumían las millas de navegación.

El cojo Regino también pidió vacaciones y le entregó el cargo de pañolero a Echeverría, era un negro medio tonto que había ingresado en la marina conmigo en el año 67. Le tomó el pelo en el acta de entrega que ambos debían firmar, yo solo le hice varias preguntas que lo hicieron temblar.

–Echeverría, ¿revisaste el inventario de pinturas?

-¡Sí, no! ¡No y sí! Titubeó, sintió algo de miedo y quise ayudarlo.

–Vamos hasta el pañol, aquí tengo el inventario de las pinturas y éste es quien dice la verdad. Noté que Regino permanecía callado y sudaba copiosamente. Faltaba una lata de veinte litros de barniz marino.

-¿Y ahora, cuál es tu cuento? ¿Quieres que llame a la policía económica? Le dije a Regino. -¡Y tú! Me dirigí a Echeverría. -No debes ser tan idiota y confiar en gentuza como ésta porque tengan un carnet del partido. Regino no hablaba, sabía que lo tenía atrapado y no lo salvaría Remigio y mucho menos el negro Scull, estaba verdaderamente cagado, Echeverría no sabía qué carajo decir. -¡Mira Regino, pedazo de mierda! Trata de desaparecerte de mi vista antes que me arrepienta, desafortunadamente tienes familia y cualquier acción mía los perjudicará a ellos. ¡Sale inmediatamente de mi camarote, maricón! Como una verdadera puta se levantó del asiento y salió como los perros vencidos. -¡Echeverría, vira al revés ese pañol para ver si se ha robado algo más! El negro salió en silencio y apenado.

Salí de La Habana con los calados parejos después de cargar unas quinientas toneladas métricas en contenedores con destino al puerto de Corinto en Nicaragua, al llegar a Panamá el Práctico me informa que estaba emproado y no le creí. Tiré una escala de gato por la popa y comprobé que era cierto, mis advertencias o solicitudes sobre el consumo de los tanques de combustibles no fueron cumplidas, debía aplicar medidas coercitivas si deseaba arribar a Japón con los calados calculados. Redacté un hazme contar que le di a firmar al Jefe de Máquinas donde le orientaba los futuros tanques a consumir, no había excusa o pretextos que pudieran justificar otra negligencia, viajé un poco más tranquilo, pero siempre desconfiando de los demás, eso me ayudó a sobrevivir.

Descargamos en varios puertos chinos, Dairén fue uno de ellos, le habían cambiado el nombre por Dalián. La gente andaba algo entretenida haciendo pacotilla y las tensiones a bordo se reducen, aún así, cada vez que se encontraba de guardia el negrito Emilio ocurría alguna anormalidad. Sus justificaciones se limitaban a expresar que todo había ocurrido por culpa de “un trancapuertas”, así nos averió la escala real de babor y tuve que redactarle un informe. Todo parece indicar que la brigada de guardia andaba durmiendo y los cambios de marea en aquel puerto eran demasiado pronunciados. La reparación de la mencionada avería superó los dos mil dólares, toda una fortuna cuando corrían tiempos sumamente difíciles para nosotros. La asignación de dinero para comprar materiales y comida fresca se había reducido a unos ridículos $500 dólares para todo el buque. Si comprabas ensaladas debías renunciar a guantes de trabajo, si decidías satisfacer esa necesidad, era probable que no alcanzara la plata para comprar bombillos. Decidir en qué consumir aquella pequeña cantidad de plata y poder resolver en algo los problemas de tres departamentos, requería muchos más cálculos que los utilizados para confeccionar una bomba atómica.

Allí vi por primera vez un espectáculo que resultaba dantesco y no me reí porque se trataba precisamente de nosotros, los chinos sí se burlaron con ganas. El Sobrecargo Lázaro se desplazó por todo el muelle seguido de una caravana de bicicletas con canastas cargadas de frutas y vegetales. ¡Dios mío! Al paso que vamos tendremos que salir a regatear precios directamente con los campesinos. No creo que situaciones como esas se hayan vivido en otras flotas del mundo, nadie imagina a un Primer Oficial negociando el cambio de cables y cabos viejos por patos, gallinas, frutas y vegetales. Yo me vi obligado a hacerlo en varias oportunidades para poder continuar viaje, siempre llegaba el dinero para el combustible y agua, pero faltaba el de comprar víveres y el pago de la tripulación.

En Dalián el Segundo Oficial le hace un informe al marinero de cubierta llamado Miguelito por estar borracho durante su guardia, ni se imaginan el revuelo formado dentro del partido y las presiones ejercidas por Scull para “librar” a su militante del mencionado informe. A Miguelito yo lo conocía desde 1967, era otro que había entrado a la marina conmigo. Lo llamé a mi camarote y le dije que estaba obligado a darle curso al informe del oficial de guardia y de la única manera que se libraría de él, era convenciendo a Amador. Nada de eso ocurrió, Miguelito no quiso conversar con el Segundo Oficial, ni éste estaba dispuesto a ceder, claro que contó con todo mi apoyo. Miguelito falleció encontrándome exiliado en Canadá, me enteré porque se convirtió en babalao y era padrino de religión de una sobrina de mi esposa. Toda aquella candela tenía sus justificaciones, cuando se tomaba una medida administrativa contra cualquier militante, el partido se veía obligado a tomar una medida política con su miembro. Sin embargo, si un evento similar ocurría con un “simple”, ese mismo partido no descansaba hasta ver rodar su cabeza, razones suficientes para no ceder un solo milímetro. A Scull lo expulsé de mi camarote, no sé si antes de esa acción mía, él había sufrido una humillación de ese género, era un hombre que me superaba en estatura, pero de esa misma altura era su cobardía.

De China partimos rumbo a Tailandia para cargar arroz en sacos y allí surgieron otros contratiempos de los cuales ya he escrito. Nos ordenaron dirigirnos hasta Bombay, tomaríamos una pequeña cantidad de bidones con una química necesaria para la elaboración de azúcar. La zafra azucarera estaba a punto de paralizarse por la falta de ese producto y nosotros, un barco de altísimo consumo, fuimos los elegidos para tomar aquella insignificante cantidad de carga, unos ciento cincuenta barriles. Las dificultades comenzaron desde el mismo fondeo de Tailandia, el buque nunca había navegado por aquella zona y carecíamos de cartas náuticas (mapas) para poder realizar la travesía por el estrecho de Singapur, Malacca, Indico, etc. Luego tendríamos que darle la vuelta al mundo por Sudáfrica para evadir posibles acreedores, por supuesto, debíamos tomar combustible en la India. Ya escribí con lujos de detalles sobre esa pesadilla en un trabajo titulado “Los mapas más caros del mundo”, todo se hubiera resuelto rápidamente si el Capitán de la nave tuviera poderes para encargar las mencionadas cartas a Singapur y le fueran enviadas por el servicio de UPS o Federal Express. Aquella incapacidad o limitaciones para decidir, provocaron una demora superior a la semana en Tailandia. Deben calcular el costo Armador por tener el buque parado, viajes en lancha hasta el puerto porque la compañía telefónica no aceptaba nuestras llamadas, faxes, etc.

Pudimos partir y el paraguas vuelve a trabarse en Bombay con el dinero necesario para pagar el combustible, varios días esperando. Luego, la orden de salir rumbo a Cuba con toda la velocidad que diera nuestra máquina. Será necesario recordarles que a velocidad económica, aquel mastodonte consumía unas treinta y seis toneladas métricas diariamente. Con todas las revoluciones permitidas, nuestro consumo superó las treinta y ocho toneladas.

Ricardo era un muchacho graduado en la antigua URSS, un mulato oriental que se arrebató con las narritas tailandesas y una tarde perdió la lancha de regreso al fondeadero. El partido pidió sangre en su caso y me vi obligado a levantarle un informe. Lo llamé a mi camarote y le expliqué lo que estaba sucediendo. Él había navegado conmigo en otro buque y era buen chico, comprendió perfectamente. El costo de la lancha que lo devolvió a bordo fue de cincuenta dólares y por ese precio yo no deseaba joderle el futuro, pero para los extremistas del partido y en su caso especial por no ser militante, el pecado cometido era mortal. Cuando nos encontrábamos cinco millas frente al Morro de La Habana, lo llamé nuevamente a mi camarote y en su presencia rompí aquella acta. Varios años después desertó en Montreal y tuvimos contacto, hace tiempo que lo he perdido.

Emilito hizo su última trastada en el Atlántico Sur, una noche y próximo a las costas de Brasil, le entregué la guardia con la mar por la popa. Una hora después, siento al buque dando cabezadas y me alarmé. Fui hasta el puente y me encontré a Veloso dándole una buena sacudida. No solo era bruto y torpe, cualquier marino con experiencia se hubiera alarmado por un cambio tan brusco y repentino en la dirección del viento y la mar. El piloto automático se trabó y no funcionó la alarma, cuando Veloso llegó al puente se encontró con la nave desarrollando un rumbo inverso de ciento ochenta grados. El problema de la avería a la escala real, el desconocimiento de los cambios de signos en los cálculos astronómicos, todas las dificultades que se presentaron en las operaciones de carga y descarga en sus guardias y ahora esto, fueron razones suficientes para ponerle un petardo en el culo cuando el buque arribó a La Habana.

Veloso fue relevado por un Capitán al que le falta un dedo y la gente apodó “El Mocho”, Fidelito prometió enviar mi relevo a Puerto Padre y lo amenacé con abandonar el buque si no llegaba. Los negros de vacaciones se fueron integrando nuevamente a sus puestos, solo les faltó el rey negro, no sé a dónde lo enviaron. De algo estaba convencido, debía abandonar inmediatamente aquel feudo de oscuridad. Amador se adelantó y consiguió su relevo, yo no recuerdo exactamente quién fue el Primer Oficial que me sustituyó.

No fue muy sencillo salir de Puerto Padre, el agente no pudo conseguir pasaje para La Habana en tren, guagua o avión, la situación era cada día más caótica en el país. Cerca de nosotros existía una base de la empresa Obras Marítimas y me enteré que al siguiente día saldría una “aspirina” para la capital (así le decían a las guagüitas de fabricación nacional marca Girón). Soborné al jefe y logré un pasaje en aquella carroza.

Esa mañana logré embarcar al autobús ante las demandas de una jauría humana por hacerlo, varios pobladores apelaban a problemas familiares y de salud por lograr un asiento, yo no podía conmoverme y ceder mi puesto, no tenía donde quedarme en aquel pueblo y no estaba dispuesto a regresar al buque. Aquella guagua debía dirigirse hasta Cienfuegos para recoger al relevo de las dragas operando en ese puerto, no era fácil este bojeo sentado en unos asientos rígidos plásticos, su dureza comenzaba a sentirse a partir de los pocos minutos y nadie podía calcular el tiempo que consumiríamos hasta la capital. Caída la noche paramos en un restaurante que alguna vez fue un bello paraje, solo que esta vez el menú se redujo a un plato de insípidos espaguetis nadando en una salsa aguada y sin queso. Para comerlos nos pusieron unas cucharitas de postre, me acordé mucho de ese incidente cuando vi la película “Alicia en el pueblo Maravillas”, nuestras vidas estaban colmadas de aquel surrealismo en el que muy pocos deseaban creer. Para bajar aquel plato de espaguetis se nos sirvió un vaso de agua caliente, no existía otra oferta y tampoco se podía renunciar. Había ron, ese producto siempre estuvo dispuesto en el mercado después de la famosa ley seca. La gente no tenía plata para comprarlo y pedí una caja de doce botellas, todos me miraron con asombro. Una vez en la guagua repartí varias botellas entre los pasajeros y el resto del viaje se hizo un poco más animado, solo borrachos éramos capaces de dar rienda suelta a ese carácter jocoso que siempre existió entre los cubanos. En cada pueblo se hacía una breve parada donde desembarcaba algún pasajero y montaban otros, varios de ellos pagaron por viajar sentados en el estribo del vehículo. Aquellas acciones del chofer y su ayudante eran ilegales, nosotros sus cómplices. De madrugada pasamos por Cienfuegos y se recogió al personal que viajaría a la capital. Al medio día siguiente de mi partida de Puerto Padre, le pedí al chofer que me dejara en la intersección de Vía Blanca y la carretera vieja de Guanabacoa, continué hasta Alamar en una ruta 210.

Había pasado más de un año desde mi embarque en el “Otto Parellada”, tenía vacaciones acumuladas y me dispuse a disfrutar de ellas.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2010-08-22

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