Cuba es un cuento, compay

Motonave Otto Parellada (Mi barco 27)

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Mi suerte estaba echada, el verdugo asignado para desaparecerme de la marina mercante cubana fue el Capitán Remigio Aras Jinalte. Comandaba en ese tiempo el buque “Otto Parellada”, una nave de construcción soviética que pertenecía a un lote de embarcaciones gemelas adquiridas por el gobierno cubano. Unos 163 metros de eslora y un consumo de combustible superior a las 36 Tm. diarias desarrollando velocidad económica. Muy confortable su acomodación, pero extremadamente complicado de operar tanto en máquinas como en cubierta. Estos acorazados rusos poseían un desplazamiento en rosca (totalmente vacíos) demasiado elevados, creo que superior a las siete mil toneladas. Cuando le sumabas los pesos de combustibles y agua para navegar, el tonelaje disponible para la carga se limitaba a unas 12,600 Tm. Si analizas su consumo, tripulación requerida para operarlo y capacidad de transportación, nos encontramos ante los peores barcos importados por la isla, pero no podías manifestarlo sin correr el riesgo de ser calificado como “contrarrevolucionario”. Todos los primeros oficiales que navegaron en esos mastodontes, conocieron el sabor de las dificultades creadas por los rusos a la hora de realizarle los cálculos de estabilidad o simplemente el movimiento de pequeños pesos. Un simple cálculo de calados resuelto en pocos minutos en cualquier nave de construcción capitalista, podía consumirte varias horas en este tipo de buque. Carecía de una simple tabla de trimming y el movimiento de pesos pequeños debía ser obtenido en una tabla a la que se entraba con “tonelámetros”, obligándote a multiplicar pesos por distancia en operaciones que solo consumen minutos en cualquier otro buque. No deseo detenerme en esa colección de antigüedades que formaron parte de los equipos disponibles en el puente, verdaderas reliquias de tamaños gigantescos para los tiempos que corrían. Por solo hablar de uno de ellos, pudiera decir que el radar era un pequeño tanque de guerra.

El camarote era amplio y tenía su baño incluido. Una oficina y sala que pudiera ser la envidia de muchas viviendas en el planeta. Otra oficina de carga frente al camarote y una más para ser utilizada durante las operaciones de carga en la entrada de la cubierta principal. Tenía un gimnasio donde practicar deportes con cancha de baloncesto y mesa de ping pong. Una piscina que se llenaba con cierta frecuencia cuando andábamos en altamar y con temperaturas apropiadas. Salones y comedores no eran muy atrayentes en cuanto a lujo se refiere, pero igualmente resultaban muy cómodos. Toda la tripulación disfrutaba de camarotes individuales, claro está, su confort y dimensiones estaban vinculadas al rango de cada cual.

La complejidad de aquellos primeros buques de caldera donde trabajé cuando mi ingreso en la marina, se rendían ante el volumen de ellas presentadas por los buques rusos. Su arboladura era sumamente compleja y requería de infinitas horas para su engrase y mantenimiento. Las aperturas de sus escotillas requerían de la experiencia y habilidad de sus marinos para operarlas sin contratiempos para evitar averías. La cantidad de recovecos practicados en toda su eslora, hacían incómodas y costosas todas las operaciones de mantenimiento con el gasto de cientos de galones de pintura. Nada de eso se tuvo en consideración a la hora de adquirir aquellas naves, que como manifesté con anterioridad, se hundían como submarinos cuando los cargabas con doce mil toneladas.

El noventa por ciento de la tripulación del “Otto Parellada” era negra, creo que el porcentaje era superior y me alarmé enseguida. No era un hecho casual aquel acopio de prietos en un buque cubano, no podía serlo en un país con una población tan variopinta como la nuestra. Fenómeno similar experimenté en aquel buque con un Capitán santiaguero e igual porcentaje de tripulantes integrados por “Palestinos”. Indudablemente debía enfrentarme a otra gran piña, pero esta vez de corte racial. Todos aquellos hombres se encontraban agrupados alrededor de su Capitán, uno de los pocos negros que logró llegar a esa escala y al cual adoraban como se hace con un rey.

Remigio fue el peor verdugo asignado por el partido para arrancarme la cabeza, lo conocía desde su época de Sobrecargo y luego cuando viajamos juntos en el Viet Nam Heroico a Venezuela, viaje donde prácticamente le regalaron las calificaciones por su condición de agente de la inteligencia cubana. Racista como pocos conocidos, extremista, implacable, intransigente, despiadado. Incompetente, inmoral, oportunista, cobarde, bajo, comunista de postalita, ladrón, bruto. Me quedo muy corto para señalar todos los defectos que encontré en este miserable que se supo aprovechar del cargo y explotar nuestras condiciones de trabajo para mantener humillada a su gente. Muchas veces traté de comprenderlo y llegué al punto de darle la razón en oportunidades, nuestra gente no entendía otro idioma que no fuera el del látigo. Mientras más cruel fueras con ellos, en esa medida te admirarían y rendirían pleitesía, pude comprobarlo con esa misma tripulación en viaje posterior.

Sobre mi tránsito en este buque he escrito muchas páginas, fue otra de las pesadillas vividas en mis últimos años en la marina mercante cubana. Mi debut fue sorprendente, asignaron como puerto de carga a Boquerón, se encuentra al fondo de la base naval de Guantánamo. Encontrándonos en lastre no podíamos entrar a ese puerto por las limitaciones del calado, nada de eso había sido estudiado por nuestros operadores. Un continuo flujo de mensajes entre buque y empresa para tratar de convencerlos, una estúpida participación del Capitán para tratar de convencerme.

Puerto Padre se encontraba cerrado y se presentó un problema familiar que requería mi presencia en La Habana. Llegar hasta ese puerto requirió del esfuerzo personal y muchas horas de estudio para dominar y domar a ese pequeño monstruo. Ya estaba decidido a enfrentar mi mala suerte, no le temía al barco y mucho menos a Remigio con toda su turba de negros. La gravedad de mi situación y la proximidad de la salida del buque hacia Japón, provocó los temores del departamento de cuadros y el partido. En una breve visita a la Empresa, se me comunicó que ante la imposibilidad de salir a viaje sería relevado y ya me tenían asignado otro barco. Me enrolarían en el buque “Sierra Maestra” comandado por el Capitán Carlos García, el hombre ya está muerto y no tiene la posibilidad de defenderse.

Indudablemente sabía perfectamente la mala fe que encerraba aquella decisión, y como reza en un viejo refrán, más vale malo conocido que bueno por conocer. ¡Claro! Yo conocía perfectamente a Carlos García, había navegado con él a bordo del buque Jiguaní y sabía de la pata que cojeaba. Muy sencillo, me proponían cambiar la horca por la guillotina. -¡Mira, Fidelito! Dile a tu jefe que en el supuesto caso de no poder partir en el Otto Parellada, traten de buscar a otro verdugo. No soporto a Carlos García y no voy a estudiarme otro barco en tres días. ¿Comprendiste? Fidelito te respondía con su silencio, pero estoy convencido de que se encontraba al corriente de todas aquellas situaciones por la que atravesamos muchos oficiales de la marina cubana.

Había dejado listo el plano de carga para Puerto Padre y el buque rellenaría en Matanzas, allí embarqué y me encargué de finalizar las operaciones. Recuerdo que Guillermo Sánchez Oro se encontraba de inspector por Cubazúcar, ambos nos sorprendimos en aquel encuentro, navegamos a bordo del buque Jiguaní cuando él era Tercer Oficial y yo timonel.

La oficialidad de cubierta del Otto estaba integrada por Matienzo como Segundo Oficial, un mulato claro de poco hablar, muy sencillo y noble. Estudiamos juntos en el buque escuela Viet Nam Heroico. Aunque era miembro del partido, siempre se mantuvo apartado de toda su efervescencia, pasaba la mayor parte de su tiempo libre en el camarote y no se sumaba a la cofradía de Remigio. Viajaba Pedro Maqueira en el cargo de Tercer Oficial, un blanco con acento español en su hablar, espejuelos para aliviar su miopía y con fracturas cerebrales. Era otro producto del Viet Nam, pero de aquellos con bajísima calidad. Su nivel técnico era limitadísimo y optó sumarse a la pandilla del rey negro en busca de protección, lógico. Como telegrafista iba un incondicional del Capitán, era un joven de la raza negra que ocupaba la plaza de secretario de la juventud comunista y había sido premiado con un auto polaquito por no se sabe qué mérito. ¿Lo cierto? En esos momentos ocupaba la cartera de secretario del sindicato de marinos un personaje conocido como “El Niño”, había sido tripulante e incondicional de Remigio. “Casualidad” que el buque saliera vanguardia nacional ese año de la misma manera que ocurrió con el “Aracelio Iglesias”, por supuesto, “El Niño” disfrutaría de los premios que se otorgaban a la tripulación, todo era una pantomima, pura trampa. El telegrafista era uno de los principales agitadores a bordo y un individuo de mucho cuidado, no olviden que la voz y criterio de estos bichos pesaba mucho sobre el destino de los hombres a bordo.

El secretario del partido era un negro de apellido Scull, ocupaba el cargo de gruero, posibilidad solo existente en este tipo de barcos por la complejidad de su sistema de izaje. No era oficial y se consideraba como tal, privilegio concedido por el Capitán a uno de sus más fieles servidores. Como secretario del supuesto sindicato de marinos, hablo así porque en Cuba es el único sitio donde se te exige pagar para que te repriman, eso es el sindicato gubernamental, otra herramienta de control. Al frente de esa organización viajaba nada más y nada menos que el timonel cojo llamado Regino, el mismo que colgaron en una guindola personal a bordo del “Aracelio Iglesias” para darle mantenimiento a los palos. Cuando le ordené al contramaestre bajarlo de aquel mástil, dijo unas palabras que luego no olvidaría. ¡Te vas a arrepentir! Tuve que haberlo dejado colgado en aquel palo, claro que me arrepentí y mucho.

Al frente del personal de cámara iba Gladys, una mulata entrada en años y delatada por la conversión de lunares en verrugas. Conservaba su excelente figura debajo de unos apretados jeans, nunca se le vio en saya o vestido. No era bonita de cara, pero no puede negarse que tuvo sus quince muchos años atrás, quizás cuando La Habana fuera tomada por los ingleses. Aún así y como ya he manifestado en otras oportunidades, los defectos de las mujeres comienzan a desaparecer después de una semana de navegación. Tenía bajo su mando a tres camareras, la negra Walquiria, ella había trabajado en el departamento de capacitación de la marina. Iba haciendo vida de pareja con el ayudante de máquinas, no recuerdo ahora su nombre, logré recordarlo, se llama Macías, lo conocía perfectamente porque entró junto a mí en la marina en el año 67. Era un individuo de ojos claros y nada mal parecido que renunció ese viaje a las masturbaciones y se sacrificó con la compañía de la negrita.

Tuvo que serlo porque era redondita como un balón de basket y tan oscura como el chapapote que se utiliza para asfaltar las calles, ambos eran incondicionales del mando también. La otra camarera era una muchacha algo obesa que vivía en Regla y viajaba junto a su esposo, él ocupaba la plaza de Cuarto Maquinista. Pasados los quince días de navegación y cuando el hormiguero estaba alborotado por falta de mujeres, le otorgaron decenas de tareas con el fin de salvar a la patria, al buque y la revolución. El hombre se pasaba la mayor parte del tiempo realizando reparaciones en su departamento y fue propuesto para vanguardia en diferentes oportunidades. ¿Lo cierto? El Jefe de Máquinas, un jabao alto de nombre Amador y su Segundo Maquinista, personaje del que no recuerdo el nombre, trataron de mantener ocupado a ese infeliz mientras ellos hacían lo imposible por conquistar a su mujer. Increíble las cochinadas que se hacían en aquellos tiempos, ya he escrito sobre estos acontecimientos. La camarera restante era Dulce, una mujer que rondaba muy cerca de los cincuenta, es probable los hubiera sobrepasado. No la dejé escapar y acaparé para mí por las mismas razones mencionadas, nunca imaginé la cantidad de contratiempos por vivir debido a esa razón, estar con una mujer. La guerra comenzó cuando Gladys, actuando como matrona de las camareras, se propuso destruir nuestras relaciones para que Dulce se mudara al camarote del Capitán. Decidida a continuar el viaje conmigo, nos convirtieron la vida en un yogurt, ya he escrito sobre este asunto. La escala de valores éticos y morales andaba por el piso. El concepto de hombría era muy diferente al que viví en mi juventud, todo era aceptado por muy bajo que fuese, se imponían nuevos tiempos. Si el desafío por conquistar a la mujer que compartía su vida conmigo se hubiera realizado de una manera limpia, yo hubiera aceptado el reto en buena lid y la dejaría a ella libre de hacer su selección, pero las cosas no ocurrieron así. Es despreciable ver a un hombre hablando con una mujer para proponerle que estableciera relaciones con su Capitán, no trataban de seducirla para tenerla, no fueron pocos los que se acercaron a ella con esa finalidad y cuando no lograban su objetivo, se desquitaban de maneras propias en guerras entre maricones.

Remigio era un cero a la izquierda, además de incompetente nunca te miraba a los ojos cuando hablaba contigo, actitud muy propia de cobardes y traidores. Sabiendo de la pata que cojeaba y el medio donde me encontraba, tuve que mantenerme constantemente alerta y a la defensiva, no tenía otra salida. Solo podía salvarme la experiencia adquirida durante los años transcurridos, solo contaba con el apoyo de Dulce y el negro Macías, él era uno de mis mejores amigos, no es la misma persona que viajaba de pareja con Walquiria. Aún siendo negro, sufrió cuanto ataque existe por el solo hecho de ser amigo de un blanco, se escucharán exageradas estas palabras y de profundo contenido racista, pero no se alejan de la realidad, así ocurrió.

La navegación hasta Yokohama ocurrió con más penas que glorias, después de pasar Hawai se presentó un tifón mucho más al sur de nuestra derrota y sin amenazas de riesgos para nosotros. Remigio estuvo cambiando de rumbo con exagerada frecuencia y total desconocimiento de las trayectorias medias de esos fenómenos meteorológicos, ya escribí sobre esto. En uno de esos cambios coincidimos en el puente y no me pude contener. ¡Capitán, el tifón no tiene nada personal en contra suya! ¿Por qué no le da una ojeada al libro de meteorología? El tipo se encabronó y abandonó el puente. Creo haya sido el individuo menos ético con el que me tocó trabajar, despachaba directamente con el contramaestre y violaba los planes de trabajo confeccionados sin consultar una sola palabra conmigo. Ante una situación de esa índole, opté por tirarlo todo a mierda y luego anotar las cosas que se habían hecho. ¡Uf! Se me olvidó mencionarle al camarada “comisario político”. Era un jabao sin antecedentes de marino que, había aterrizado en la flota con un paracaídas otorgado por su partido. Los mismos antecedentes del hijoputa con el que compartí desgracias a bordo del “Bahía de Cienfuegos”, solo que éste era un poco más maricón que aquel y gastaba parte del día oliéndole el trasero a Remigio.

Una tarde y mientras todos comían, le pedí a Gladys que subiera hasta el puente. Siempre en buena forma, le solicité que dejara a las mujeres trabajar tranquilas. Lo hice porque la gordita no solo estaba sufriendo el acoso de los maquinistas para templársela, la propia Gladys le insistía en que tuviera relaciones con el Capitán. Al día siguiente fui convocado a una reunión en el camarote de Remigio, desconocía las razones y me encuentro con la plana mayor. Allí estaban presentes el secretario del partido, sindicato, juventud comunista, el comisario político y Gladys. Cuando se deciden dar inicio a la orden del día, resultó ser que me encontraba acusado de amenazar a Gladys la tarde anterior. Tuve deseos de caerle a trompadas allí mismo e hice algo que Remigio no estaba acostumbrado a recibir, los dejé a todos con la palabra en la boca y me retiré del camarote. Días después le pedí a Dulce que la agarrara sola en cualquier pasillo y le entrara a golpes para quitármela de arriba, todo funcionó perfectamente, la vieja nos agarró algo de miedo, así funcionaban las cosas.

En una asamblea general antes de arribar a puerto japonés, le pedí a Dulce que protestara por las molestias que nos hacían de madrugada con el teléfono, solo eso, yo me encargaría de hacer el resumen. –Yo pensaba que estaba navegando con hombres, pero lamentablemente veo que este barco está lleno de maricones! Fueron entre otras mis palabras y una vez en puerto el comisario político trató de rectificar mi criterio y se lo volví a restregar en el rostro.

Los extremos de Remigio no tenían parangón en toda la historia de la flota, como existían antecedentes, tuve que descontarle los días de enfermedad a varios tripulantes durante la navegación, algo inusual en nuestra flota. Yo mismo me desconté los días que estuve ausente cuando se me presentó el problema familiar en Puerto Padre. Tenía que hacerlo aunque no estaba en mí, siempre le explicaba al tripulante las razones, bueno, cuando se trataba de una persona que no pertenecía al clan del Capitán.

Ya he contado en otros trabajos los ardides utilizados por Remigio para tratar de empapelarme y servir mi cabeza en bandeja de plata al partido. No pudo lograrlo con las proposiciones que me hizo para que le pidiera comisiones al proveedor de Japón y menos aún cuando me ordenó cargar productos químicos junto con alimento de ganado en la misma bodega estando atracados en China. -¡Es un asunto de Estado, una prioridad! Me dijo el muy hijoputa. -¡Muy bien! Yo voy a redactar el acta de entrega del cargo y usted lo firmará, desde ese instante usted viajará de Primer Oficial y yo regresaré de pasajero, pero yo no tomo esa carga. Remigio no estaba acostumbrado a enfrentar personas que le ofrecieran resistencia y se le aflojaban las piernas, yo lo conocía perfectamente.

Estando atracados en Shangai hubo una fiesta o bacanal en la cubierta de los marineros y engrasadores. Gladys estuvo ausente a sus labores durante tres días y hubo cierta alarma a bordo. Según las malas lenguas, la borrachera fue de desnudos y cinco tripulantes se la pasaron por la piedra. Se sabía desmoralizada ante los ojos de los demás, pero era una mujer fuerte de carácter que no se daba por vencida fácilmente, nada logró cambiarla hasta el final del viaje.

Cometió el error de comentar que le pagaría a delincuentes en La Habana para que me golpearan, yo me enteré y me le adelanté, hablé con bandidos dedicados a esas labores y les prometí buena paga si me sucedía algo, hasta la simple caída de un autobús debía ser interpretada como una acción de ella. Pagaría también para que le quemaran el auto, así marchaban las cosas en nuestro paraíso.

Llegamos a La Habana en plena fecha de festividades “revolucionarias”, correría el mes de Julio y existen varios días feriados que se pagan doble a quienes lo trabajan. Confeccioné la pre-nómina y se la entregué a Gladys con una orden expresa. –Me muestras la nómina general cuando la hayas redactado. Ella se imaginaba las razones y no replicó. Por supuesto que ninguno de los personajes del estado mayor de Remigio, incluido él, cobrarían doble cualquiera de esos días sin haberlos trabajados, no existieron reclamaciones.

El rey negro pidió vacaciones y con él se desenroló parte de su plebe, fueron inteligentes. Donde hay desquites, no hay agravios, algo parecido dice en un viejo refrán. Enrolaron al Capitán Calixto Veloso, ya habíamos navegados a bordo del buque angolano “N’Gola”. -¡Me le das látigo a todos estos negros desde ahora hasta el momento en que nos desenrolemos! ¡Látigo! Si no se lo das a ellos, yo te lo voy a dar a ti. La suerte cambió repentinamente para todos aquellos cabrones, pero esto pertenece al siguiente capítulo.

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