Cuba es un cuento, compay

Motonave Bahía de La Habana (Mi barco 26)

MISCELANEAS

Estuve en la microbrigada de La Habana Vieja hasta que me cansé de ver culos lindos, buenas peleas callejeras y comprar de todo en el mercado negro, habían pasado varios meses. Tampoco crean que la dejé cuando me dio la gana, abandonar una microbrigada sin justificación podía marcarte de por vida con el cartelito de “rajado”. El procedimiento seguido era similar al aplicado dentro de las mafias, cuando entrabas en la familia no te dejaban salir. De algo me sirvió las enseñanzas recibidas cuando pertenecía al grupo de arte dramático en la Beneficencia, de vez en cuando hago uso de ellas. Fingí los síntomas de un infarto y Salvador Valdés, quien era el jefe de la brigada y benéfico también, me llevó en su auto hasta el policlínico. Allí me remitieron para un cardiólogo y quién mejor que mi amigo el doctor Labrada. Fui a verlo a la Clínica Dependiente.

-No tienes nada, mi amigo. Pudo ser el estrés con que se vive en esas microbrigadas. Me dijo después de leer el electrocardiograma al que me sometió.

-Eso lo sé, yo. El problema es que tengo que salir echando de esa micro, ya me aburrí y quiero irme a navegar. Hace falta que me mandes cualquier estudio para largarme de allí.

-¿Te parece bien una prueba ergométrica?

-¿Y eso, qué coño es?

-Algo sencillo donde te ponen unos cablecitos para monitorearte y debes caminar por una estela.

-¿Será?

-¡Claro! Ese equipo lo tienen roto casi todos los hospitales y se toma su tiempo, con eso puedes alegar que no puedes continuar en la micro y te ganas la baja.

-¡Perfecto! Así mismo fue, me presenté a la brigada y luego al sindicato. Escapé limpio y me tomé unos días de descanso. Tampoco podía dormirme en los laureles y averigüé con Pastora, ella era enfermera del hospital Calixto García. Pastora era la esposa de Luisito el borracho y vivíamos en el mismo edificio, falleció hace muy poco. Que Dios la tenga en la gloria, excelente mujer y madre. Me resolvió un turno por debajo del tapete y a la semana me estaba haciendo la prueba. Siempre detectaron algo que ahora no recuerdo, quizás por haber amado tanto, pudo ser un flechazo de Cupido o algo así.

Mientras se decidía mi suerte fui enrolado en el buque “Bahía de La Habana”, se encontraba atracado en el muelle Sierra Maestra Nr. 3 Sur, justo al lado del espigoncito donde se toma la lancha para Regla. Relevé al Primer Oficial de nombre Odelín, un negro que había estudiado conmigo en el curso del Viet Nam Heroico. De hablar pausado y bajo de volumen, se diferenciaba mucho del negro criollo, escandaloso por excelencia, aunque siempre existen excepciones. Odelín disfrutaría de un período de Instrucción 15, ya les hablé que es descanso sin paga. Ellos habían arribado de un viaje donde colisionaron en el puerto de Bilbao, dicen que se fumaron a uno de los oficiales por honesto y declarar la verdad sobre el accidente, no recuerdo las causas.

Se convirtieron en vanguardias nacionales y un día fueron a recibir sus condecoraciones al memorial Granma, la colisión y averías producidas no los perjudicó.

Luís Rodríguez era el Capitán del buque, un negro de casi seis pies de estatura, muy educado también y medido al hablar. Lo conocí mientras nos encontrábamos realizando las reparaciones de garantía en el dique del pueblo Astillero en Santander, lo interrogaron cuando tuve el problema a bordo del “Bahía de Cienfuegos” y me enteré que su testimonio fue muy favorable, era una deuda contraída con una persona honesta. He escuchado y leído varias opiniones desfavorables a su persona, pero todas tienen su origen en una etapa posterior a la narrada, creo que se refieren a su época como director de una corporación naviera.

El flaco Heriberto continuaba de Jefe de Máquinas, solo tuve con él unas pequeñas relaciones a distancia muy poco antes de que muriera. Su hija vive en Montreal y en una visita de la esposa del flaco, le envié unos casetes con música de nuestra época que disfrutó y agradeció. Había sido separado de la flota y abandonado bajo acusaciones de robo de dinero por concepto de combustible o algo así, no recuerdo muy bien las causas, pero se tomó esa medida sin realizarle juicio o una profunda investigación. Poco antes de morir y ante los reclamos de su esposa por algo de justicia, le fue restituida su condición de militante y exonerado de responsabilidades, pudo morir algo tranquilo, pienso yo.

Como comisario político se encontraba el gordo Marichal o Mariscal, no puedo recordar con exactitud su nombre. Un inmenso elefante con una fábrica de mojones monumental, otro de los miembros de aquel ejército integrado por oportunistas. Se mantenía también a bordo un bicho muy conocido en nuestra flota, creo que ocupaba el cargo de secretario del partido a bordo, me refiero a Argüelles, una pieza para temer en cualquier nave donde navegara. Angelito era el Sobrecargo, el día que salieron para el memorial Granma se entorchó varias medallas en el pecho y me burlé de él, se parecía a Trujillo. Se ofendió mucho y me habló enojado de todas esas batallas libradas en la Sierra Maestra, tuve que cambiar el sentido de mis palabras para no buscarme otro gran problema.

Allí permanecí durante más de un mes tratando de torear la situación y evitar que los dueños del buque intentaran agarrar mangos bajitos. Por fortuna, siempre existe alguien al conoces de tiempos atrás o navegó contigo en otra nave. Gracias a eso, puedes penetrar esa cortina misteriosa que suele tenderse en la vida interna de un buque y logras comprenderlo. Conoces las debilidades de sus personajes y un poco más.

-¡Compadre! No tenemos relaciones y solo me acerca a ti una deuda de gratitud por la posición asumida cuando investigaban sobre mi caso en el Bahía de Cienfuegos. No tolero y me joden mucho las traiciones. El prestó mucha atención a mis palabras y detuvo cuanto estaba haciendo ese momento.

-Hay gente de la que viene a olerte el culo y se muestra muy amigable y fiel a ti que te está traicionando. Están robando en el buque y solo quiero alertarte. Me lo agradeció sin exigir demasiadas explicaciones, yo no me extendí más allá de esas palabras, una simple alerta para que estuviera preparado. Podía darle nombres, pero en mi calidad de oficial en prestaciones de servicio provisional poco me importaba profundizar en los problemas de aquel barco.

Unos meses después, me llegó la noticia de que el Sobrecargo y el Primer Oficial del buque habían tenido problemas por el hurto al que ya estábamos casi acostumbrados, comida y bebida que pertenecían a la tripulación con los estilos de operaciones ya descritos. Por sus condiciones de militantes del partido, las sanciones aplicadas fueron insignificantes, era una norma o costumbre establecida en la isla. Odelín regresó a su barco cuando ya estaba a punto de finalizar las operaciones de descarga, yo regresé a la empresa.

Esta vez me mandaron a cubrir otras vacaciones temporales al buque “Bahía de Manzanillo”, se encontraban atracados en los muelles de Regla. Su Capitán era Piteiras, un hombre que no disfrutaba de la simpatía de muchos tripulantes en la flota. Siempre vestía con camisa de mangas largas por su crónico padecimiento de pitiriasis, muy acomplejado también por esa razón. Su padecimiento no podía ocultarse en la totalidad por las ropas y escapaban a la vista esas molestas escamas en el cuello y parte de su cabeza. Malhumorado siempre, incomprendido tal vez, Piteira compartía su amargura sobre la tripulación. Para serles franco, no tuve problemas con él y me remito a todo lo observado y escuchado de parte de su tripulación.

Relevé a un mulato matancero de apellido Madam, nunca hubiéramos imaginado que más de veinte años después, yo emprendería una campaña para sensibilizar a la prensa internacional con referencia al caso de un grupo de marinos cubanos abandonados en el continente africano. Madam viajaba como Primer Oficial a bordo del buque “Medea K” contratados por el gobierno cubano como mano de obra barata. El buque se encontraba con el cuarto de máquinas inundado y así quería el Armador que continuara viaje. Llevaban casi un año trabajando sin recibir sus honorarios y varios meses sin avituallar al buque con comida fresca. Ante esas circunstancias y teniendo en cuenta que aquellos marinos habían sido antiguos compañeros míos, logré la participación de varios órganos de prensa y ellos pudieron regresar a Cuba.

No recuerdo a los integrantes de aquella tripulación, solo se destacó uno de ellos, inolvidable. Se encontraba enrolado como enfermero Manuel Castañeda, el mismo Cabronazo mencionado en otros trabajos. Tenía el propósito de dar un viaje de estímulo con su esposa Esther, concedido en oportunidad de su jubilación, ya contaba con más de setenta años de edad. –Los años que me quedan de vida quiero pasarlos comiendo Mac Donalds, me dijo una noche a bordo del Aracelio Iglesias. -Quiero darme la última afeitada con una Guillet. Dijo para ilustrarme un poco más. Ya había estado en Miami visitando a su hijo y cuando le pregunté sobre esa ciudad, su respuesta me puso a pensar. -¡Todo es mentira, Papón! Le ofrecí una camarita fotográfica para que tomara fotos de aquel viaje, no se la regalé, solo se la presté.

Mi permanencia en aquel buque fue similar al tiempo pasado en el “Bahía de La Habana”, trataba por todos los medios de mantenerme alejado del vórtice de sus problemas y evitaba a toda costa ser influenciado por esa energía negativa que se respira en cada uno de los buques recién arribados a puertos cubanos. El tiempo compartido con Piteiras transcurrió sin penas ni glorias, siempre manteniendo una distancia prudencial.

Me enviaron para el buque refrigerado “Gran Piedra”, no tenía mucha experiencia en carga refrigerada, ninguna como Primer Oficial. Sí había navegado en buques que tenían bodegas refrigeradas y transportaron lo que siempre exporta Cuba, pescados y mariscos. Si no hubiera recibido el curriculum logrado por mi hijo en La Habana, no recordaría mi paso por aquel buque atracado en el puerto pesquero de la capital cubana. Las tripulaciones de los buques refrigerados formaban otra de las élites de nuestra flota, circulaban entre ellos y eran parte de esas gangas o piñas muchas veces impenetrables. No lograban establecer esas diferencias que los consideraran superiores como el caso de la tropa que servía en los buques porta contenedores, pero vivían su purito de pertenecer a un grupo de barcos que transportaban un tipo determinado de carga que ellos calificaban “especial”. Lo cierto es que por la brevedad de sus viajes realizados y casi siempre a los mismos puertos, los buques refrigerados eran ansiados por gran parte de la marinería cubana.

No estaba mal, ganaba en experiencias, ya dominaba a la perfección mis trabajos con carga general, no tenía problemas para trabajar en porta contenedores, había experimentado la rigidez del cargamento en granos y ahora incursionaba en la carga refrigerada. El cargamento con líquidos era una posibilidad muy remota, esas naves pertenecían a Navegación Caribe y no me importaban en lo absoluto, pero de algo estaba convencido, aventajaba a muchos oficiales de la marina mercante cubana en experiencias y eso constaba en mi expediente.

Como no se decidía mi suerte y se convocó a un curso de recalificación de la I.M.O., hablé con Fidelito en el departamento de Cuadros y luego de varios titubeos autorizó incorporarme al mencionado curso. Yo estaba conciente de que esa decisión se encontraba fuera del alcance de sus manos, parte de las clases fueron recibidas en el teatro de la Empresa. Fue allí, durante ese tiempo, cuando me enteré que el partido había ordenado desaparecerme de escena. Dije a inicios de este trabajo que los cubanos habíamos sido castrados de raíz y razones sobran para expresarme de esa manera. Es una verdadera lástima que no recuerde su nombre, indudablemente lo mencionaría en estos recuerdos, ¡qué clase de pendejo!

-¡Asere! Yo te recomiendo en calidad de militante que no compartas con Casañas. Le dijo aquel prieto que me conocía desde hacía un siglo a un muchacho que había sido subordinado mío.

-¿Y eso, por qué? Me dijo que le preguntó algo alarmado.

-Porque ese blanco es conflictivo y está mandado a matar por el partido. Indudablemente que ese secreto se mantuvo los minutos que nos separaron hasta el próximo receso.

-¡Fíjate, mi socio! Yo sé cómo es el juego en este caso, si así lo deseas, no te acerques a mí para que te evites problemas, es lo normal entre nosotros. Le manifesté después de alertarme sobre mi situación.

-¡Coño, parece mentira! Yo soy hombre, asere. Respondió.

-Pero eres militante, te mueves bien en los negocios y debes cuidarte. Cuando le mencionaba sus negocios, hablaba sobre algo que reportaba miles de dólares. Teníamos demasiada confianza y me relató el estilo de trabajo del grupo que operaba para comprar y vender obras de arte. Un boceto de Picasso había salido de la isla por sus manos y le había reportado una ganancia de veinticinco mil dólares. Acostumbrado como estaba al trasiego de tabacos, no imaginaba que ese negocio fuera manipulado por marinos cubanos. Los nombres de Amelia Peláez, Portocarrero y Lam se escuchaban muy familiares en su boca, tanto, que se confundían con los de sus hijos. De un cuartucho en Marianao, saltó a un excelente y amplio apartamento en El Vedado. Varios años más tarde y cuando ya me encontraba exiliado en Montreal, viajaba yo hacia New York con una amplia lista entregada por un marino, recuerdo que uno de los nombres mencionados en ella correspondía a Stradivarius. Mis compañeros de trabajo estaban ordeñando a la isla de todo su patrimonio y yo me alegraba. Porcelana francesa antigua, monedas de oro acuñados por nuestra naciente República, cuadros robados del Palacio de Bellas Artes o comprados a coleccionistas particulares, formaban parte de ese mercado negro que imperó durante varios años y logró sobrevivir al tráfico gubernamental establecido legalmente con las “Tiendas del Oro”, donde se cambiaba joyas por espejitos como hicieron nuestros colonizadores. Poco debe quedar en Cuba de valor después de ese constante desangramiento experimentado en las obras de arte que sobrevivieron después del cincuenta y nueve. Mi amigo, un gran negociante, militaba a su manera en el partido comunista de Cuba. Obviamente no puedo publicar su nombre, él vive en la isla y yo disfruto mi exilio de terciopelo. Gracias a él, me preparé para enfrentar los contratiempos, trampas y dificultades que se presentaron posteriormente, tuve tiempo para prepararme y no pudieron matarme.

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