Cuba es un cuento, compay

Motonave Bahía de Cienfuegos 2 (Mi barco 25)

Una ceremonia protocolar como las usadas para presentar a un nuevo presidente fue realizada mientras permanecíamos atracados al muelle de Casablanca. Frente a una parte de la tripulación se encontraba un prieto algo obeso con cara de descarado, oportunista, vago, y para colmo, nunca había sido miembro de nuestra marina mercante. Pertenecía a ese pequeño equipo de tierra que gozó con la bendición del partido para disfrutar esta deliciosa botella. Vestía charreteras con tres rayas como las mías y para más deshonra, colgaba sobre ellas un ancla, el símbolo que distinguía a los oficiales de cubierta de la propela utilizada por la gente de máquinas. Su salario sería igual al mío, solo lo aventajaba con la antigüedad. Nos caímos mal desde el primer contacto, pudo ser mi no militancia en el partido, el cargo administrativo que yo ocupaba, sus desconocimientos de nuestra profesión, ¿quién pudiera saberlo? Yo sí lo sabía, me encontraba ante ese perfecto inmoral que producía a granel el sistema imperante en nuestra tierra.

Pensó que su permanencia y protocolo de presentación servirían de garantía a las vacaciones no programadas que se tomó, tal vez con otro hubiera tenido éxito, conmigo se equivocó.

-¡Primero! Creo que ha cometido un error. Me dijo esa mañana en el portalón delante de una parte de la tripulación allí siempre presente.

-¿Por qué dice eso, camarada político? Le pregunté con ironía y conocimiento de causas.

-Porque usted me ha descontado una parte del salario.

-Camarada político, tenga la seguridad de que si he procedido de esa manera es porque razones sobran y está establecido sea así, usted debió reportarse a nuestro buque.

-Sí, tiene razón, pero yo me encontraba realizando gestiones en el comité del partido.

-¡Ya ve que tengo razón! Usted no se encontraba a bordo, creo que en ese caso debe reclamar la diferencia de salario en el comité del partido. ¿No considera inmoral recibir el pago por un trabajo que no se ha realizado? Camarada político, estoy procediendo de acuerdo a las reglas y leyes de nuestra Empresa. Si no está de acuerdo con ellas debe remitirse al departamento de nóminas y si así lo desea, yo puedo acompañarlo. Usted no estuvo en nuestro buque en esos días descontados, ¿no considera inmoral cobrar ese dinero sin trabajarlo? Insistí delante de su público y no me respondió. Se retiró del portalón, ya estaba convencido haber ganado un enemigo potencial durante el tiempo futuro.

Por mucho que traten de demostrar lo contrario, solo puedo manifestar que nosotros, los cubanos fuimos castrados de raíz. Nos dejaron sin güevos y plumas, tratamos de escudarnos o protegernos detrás de la imagen de cuatro cabrones como éste, un magnífico ejemplar. Su presencia a bordo de nuestra nave trajo consigo una división profunda entre timoratos o cobardes que se encontraron amparados bajo la sombra del comisario político. Los pocos, muy escasos rebeldes que luchaban por sobrevivir a esos tiempos angustiosos, trataban de permanecer anónimos y evitaban a toda costa cualquier tipo de problema. De una parte, los que se acomodaron a la protección cel plítico. De la otra parte, ese pequeño grupo que nunca ha encontrado una sombrilla y se quema al sol.

-¡Primero, entrégueme la llave del camarote del Práctico para dársela al timonel Carlitos! Dijo otra mañana cuando nos encontrábamos atracados en Puerto Padre, casi me ordenó en la oficina del Sobrecargo, plaza ocupada por el enfermero Charly y al cual yo visitara para solicitarle precisamente una de las dos llaves, las del camarote del Sobrecargo o las del Enfermero.

-Creo que estás confundido, yo no tengo que entregarte ninguna llave, ni tú estás autorizado a otorgar camarote alguno a bordo de este buque. El tipo no se pudo poner rojo por la intensidad de su color negro, imagino que aquella manifestación bien fundada de rebeldía tuvo que caerle muy mal.

-Después hablamos. Manifestó con la intención de suavizar mi postura ante las visitas que se encontraban en aquel lugar.

-Conmigo no hay que hablar mucho, no lo creo. Sencillamente este es un negocio que a ti no te importa, no incumbe a tu cargo, solo eso. El camarada del partido municipal o sabe Dios si provincial, me miró con desprecio y yo me limpié el culo con su mirada.

-¡Coño, compañero! Parece mentira, estaba presente el delegado provincial (o municipal) cuando me diste aquella incorrecta respuesta. Tuvo el descaro de reclamar en mi camarote.

-¡Mira a mi espalda! ¿Qué ves? Si no me equivoco, ese es el llavero general de este buque. Además de eso, esta es la llave maestra que abre todas las puertas de esta nave, solo existen dos, la otra se encuentra en manos del Capitán. Si no te basta con esta muestra, aquí está el reglamento de la marina mercante cubana. Lo saqué de la gaveta de mi buró y lo soné con fuerza sobre él. –Como podrás observar, por si acaso lo desconoces, tus responsabilidades son netamente políticas. Las administrativas le corresponden al Capitán y después a mí. Te recomiendo que lo leas y estudies de paso.

-Nosotros podemos ser amigos. Dijo el tipo e indudablemente no creí en su palabra.

-No necesariamente debemos ser amigos, tampoco he solicitado ser tu enemigo, pero cada uno de nosotros tenemos funciones muy diferentes que debemos respetar. Se marchó sin convencerme de sus propósitos o buena voluntad, tampoco me interesó mucho. Como era de esperar, toda esa retahíla de pendejos a bordo de cualquier nave, encontró amparo en este individuo.

Ese viaje y al costo de varias maniobras, pude embarcar a mi esposa para disfrutar del placentero “viaje de estímulo”. Ella no realizaba guardias en el Comité de Defensa de la Revolución, ni yo pagaba los servicios de un falso sindicato. Resolvimos la situación pagando algunos meses de la cuota sindical y obteniendo una carta del presidente del CDR de mi edificio. Luisito renunció a su cargo y militancia un tiempo después. Fue considerado un traidor a la Patria sin abandonarla, aún habiendo sido combatiente en Angola. Hace varios años que vive en La Florida y nos encontramos por aquella tierra.

Iba también Nieves, la esposa del marinero de cubierta Robertico. Mary, quien ya se había casado con Cosme, alta y muy hermosa en aquellos tiempos. La China, mujer de Arnaldo el telegrafista, hembra que sabía calzar los pantalones de su marido, muy provocadora en la forma de vestir a bordo de un barco. Viajaba en ese grupo la esposa del Chino, aquel cocinero al que Jorgito le cayera a trompones a bordo del Aracelio y que perteneciera a la guerrilla del Che. La última mujer era la esposa del timonel Carlitos, creo que se llama Odalis, puro veneno con residencia en el barrio de Alamar.

Ese grupo de mujeres se dividió en dos e influyeron en las decisiones de sus maridos. La China y Odalis se declararon incondicionales del negro político. La dientuda esposa del Chino nunca tiró a ninguna banda, no era aceptada o rechazada desde cualquier pandilla. Nieves y Mary se mantenían en el limbo, trataron de presionarme para que le ofreciera el camarote del Práctico a Robertico y no me dejé convencer, lo sometí a una rifa luego de haber pasado el Canal de Panamá. Mi esposa no tenía necesidad de sumarse a un grupo u otro, solo estaba convencido de que al final de toda esa tragedia me apoyaría incondicionalmente.

El viaje fue trágico desde que largamos los cabos en La Habana, yo luchaba por mantener un orden a bordo del buque y el Capitán se abría de piernas ante la presencia del comisario político. Tanto se abrió aquel pendejo, que el negrón logró arrebatarle el mando. Uno de esos días y mientras nos desplazábamos por el Océano Pacífico con destino a Malasia, me presenté en su camarote.

-Sepa usted que solo debo subordinación a su mando y no reconoceré otro. Con esto le estoy manifestando que puede contar con mi apoyo total como se encuentra establecido por el reglamento de la marina mercante cubana.

-¡Imagínate tú, no puedo hacer nada, es el partido! Me dijo aquel infeliz.

-¡Si puede hacer, cojones! Solo ponerse los pantalones y demostrar que usted es el Capitán a bordo, yo lo seguiré y apoyaré. De muy poco sirvieron aquellas palabras, Montalbán era un cobarde fosforescente, podías observarlo a miles de millas de distancia sin necesidad de radar. La falta de un mando único trajo consigo ese caos que produce la incertidumbre y falta de dirección. El negrón actuaba a su antojo con una sola dificultad, no lograba someterme. En esas circunstancias y con un muy pobre dominio técnico sobre nuestra profesión, ya dije que era una persona extremadamente culta, se produjo ese descontrol que yo trataba de evitar a toda costa. No solo fue el comisario político quien actuó a su antojo, Manolito, el Jefe de Máquinas, había cerrado filas con su clan alrededor del político y actuaba de acuerdo a su voluntad. Se tomaron decisiones muy peligrosas sin contar conmigo y que pudieron poner en peligro la seguridad del barco y las vidas de los tripulantes. De muy poco sirvieron las descargas que le hice en público a Montalbán, muy simple, había perdido toda autoridad en su nave.

Ese buque necesitaba lastrar todos sus tanques y la bodega número tres para navegar en lastre. Era sumamente importante tener todos esos tanques de lastre llenos antes de proceder a llenar la bodega con unas tres mil seiscientas toneladas de agua. Lo era, porque con esa acción se garantizaba una especie de barra sólida que brindaría resistencia al buque para soportar el peso de esa bodega mencionada. Luego, ningún líquido debía moverse mientras se navegara en esa condición. Manolito, alegando cierta resistencia sufrida por la máquina principal, le solicitó a Montalbán deslastrar algunos tanques y éste aceptó la maniobra sin consultar los libros de recomendaciones del astillero e ignorándome a mí. Ustedes no pueden calcular la cantidad de malapalabras expresadas en el puente cuando me dieron la fatal noticia, no quieran haberse encontrado en el pellejo de Montalbán en aquel momento. Indudablemente que mandé a lastrar los tanques inmediatamente, milagrosamente no partió al buque en dos.

Llegamos a Port Kelang en Malasia para descargar el azúcar a granel, la salida era por pequeños grupos y con límites de movimiento. Nos demoramos unos días y establecí relaciones amistosas con un Capitán de la marina de ese país, visitamos su casa en varias oportunidades. Continuamos con destino a Singapur, allí haríamos combustible y compraríamos material de estiba que necesitaríamos en Birmania. Cuando todo ese material fue embarcado, el suministrador me informó que había dejado un regalo para mí con el Capitán.

-¿Dónde se encuentra lo que dejó el proveedor para mí? Le pregunté en mi camarote y con la grabadora funcionando para guardar sus respuestas. Esa acción de reclamar alguna comisión llevaba implícita muchos riesgos, los regalos eran considerados ilícitos y debían llevarse para La Habana. Muy pocos oficiales se atrevían a reclamarlos y yo no confiaba en Montalbán.

-Primero, ese hombre no ha dejado nada para ti. Fue su respuesta y no quise insistir por tan poca cosa, yo sabía que aquel hombre no me mentiría.

En el río Rangún fondeamos y allí se produjo un despelote de intercambios o contrabandos por artículos producidos por los nativos que se abarloaron al buque en sus canoas. Nadie se escondía para realizar sus negocios y no fue motivo para preocuparme, sencillamente no me importaba, eso era trabajo que pertenecía al partido y su máxima representación a bordo, el comisario político. Sobre este viaje hablo con lujos de detalles en mi trabajo titulado “Mandado a matar”, razones por las que saltaré algunos pasajes de esta larga historia.

Terminadas las operaciones de cargar arroz en sacos con destino a Costa de Marfil, el buque es fondeado y parte de la tripulación es conducida hasta un hotel mientras fumigan la carga. Un pequeño equipo permanece a bordo, entre ellos el comisario político. Después de nuestra descarga en Costa de Marfil, el buque tenía programada las reparaciones de garantía en el pueblo de Astillero en Santander, España. Es de suponer que yo trataba de conservar todos los cables cambiados a las grúas y cuanta pieza se detectara defectuosa para presentarlas como prueba de nuestras reclamaciones. Quién les dice que el comisario político tomó varios de aquellos cables y los cambió por carne a los nativos del lugar sin consultar con nadie. Carne que además, se encontraba en mal estado de conservación y apestaba. Le reclamé al Capitán y ya deben imaginar su respuesta.

Una noche y estando atracados en el puerto de Abidján en Costa de Marfil, parte de la tripulación embarcó a varias putas del puerto sin respetar la presencia de mujeres a bordo. Robertico era quien se encontraba de guardia de portalón y según me contaron, el comisario político alentaba a la gente a que pasaran con aquellas mujeres a bordo.

Yo tenía un overall blanco que me habían regalado en una reparación en Hong Kong, era el único en todo el astillero que vestía así. Las autoridades de aquel dique se diferenciaban por el color de su casco, resultaba muy fácil localizarme y ese detalle sirvió mucho en mi defensa por las declaraciones de testigos. Junto a nosotros se encontraba el “Bahía de La Habana” realizando también su reparación de garantía, el Capitán de aquel barco era Luís Rodríguez y su Jefe de Máquinas Heriberto el flaco, ya fallecido.

Antes de arribar a España dediqué incontables horas a la inspección exhaustiva y detallada de cada una de las partes correspondientes a mi responsabilidad. Llegué a ese astillero con una lista amplísima de defectos de construcción correspondientes a cámara y cubierta. Fueron revisados cada uno de los compartimentos de la superestructura minuciosamente sin dejar escapar un solo detalle, revisé también cada grúa, bodegas, cubierta, etc. Después, no quise delegar en ningún oficial mis responsabilidades que incluían también caja de cadenas, tapas de bodegas, casco, anclas, etc. Diariamente se me podía localizar en el fondo del dique, planes de bodegas, topes de las grúas, etc., tampoco confiaba en la calidad y organización del trabajo de los astilleros españoles. Fue un mes y medio sumamente agotador que asumí con toda responsabilidad mientras el resto de la tripulación disfrutaba de sus faenas y guardias normales. En ningún momento recibí apoyo de organizaciones a bordo y menos del Capitán, muy entretenido y ocupado en las relaciones mantenidas con un homosexual de Santander. Sinceramente, no me duele escribir estas cosas después del daño que todos esos personajes produjeron a nuestra marina mercante y nación.

Llegamos a ese puerto con un hombre enfermo al que no se quería mandar al médico por temor a que el buque fuera declarado en cuarentenas y para ahorrar gastos. Ya escribí sobre ese acontecimiento y creo que ese es otro hombre que me debe la vida. Gracias a la presencia de Manolito “Huevo de Toro” como representante de la Empresa en esa reparación y ante mi insistencia, Rogelio, el negro camarero enfermo, fue enviado a La Habana por avión y se detectó que padecía de paludismo. En un encuentro deportivo organizado a bordo, Del Peso, un maquinista que viajaba como secretario de la juventud comunista, tuvo un accidente en un partido de beisball que lo dejó inmovilizado con un pie inflamado. Como no reclamaba sus derechos para que lo llevaran al médico, yo tampoco asumí esa responsabilidad. Al final de cuentas, tuvo que ser enviado a La Habana por avión y fue sometido en la isla a más de una intervención quirúrgica.

La situación a bordo era cada día más peligrosa y ya a estas alturas no teníamos capitán a bordo. Robertico abofeteó al secretario del partido, plaza ocupada por un engrasador mulato al que todos llamaban como “El Chino”. Uno de esos días que permanecíamos atracados en Polonia, el partido realizó una reunión y al día siguiente nadie me miraba a los ojos. La experiencia me decía que debía esperar lo peor y que había sido víctima de alguna traición, me dirigí hasta el camarote del Capitán inmediatamente.

-Hace varios meses te manifesté que solo respondía subordinación a tu persona como Capitán y no me escuchaste. Te ofrecí todo mi apoyo y no reaccionaste como era de esperar. Yo sé que anoche se trató algo contra mí en esa reunión del partido y vengo a decirte una cosa. No soy fácil de masticar y créeme, si pretenden joderme vas para alante con ese maricón que estuviste de Luna de Miel en Santander, ¿me escuchaste?

-¡Primero! El asunto es que el partido…

-¡El partido del coño de tu madre, pedazo de maricón! Te lo advertí muy bien y te lo repito, me podrá joder ese partido repleto de maricones al que perteneces, pero tú saldrás delante de mí con el mariconcito que dormiste en este camarote. No lo dejé terminar de hablar y tampoco me importaba su respuesta, tiré la puerta cuando abandoné su camarote y bajé hasta el del Primer Electricista.

-¿Sabes qué? En el informe de viaje que tengo confeccionado menciono que tú eres la única persona con moral dentro de este núcleo. No voy a cambiar mi informe, solo vine a decirte que eres tan puta como todos los militantes del partido de este barco.

-El problema es que el partido…

-El partido tuyo me lo paso por los cojones, eres un cobarde. Tampoco lo dejé hablar, el hombre había levantado la mano para condenarme en aquella reunión y muy poco espacio tenía para defenderme cuando una decisión era reflejada en un acta “por unanimidad”. Subí a mi camarote para continuar escribiendo hasta veinticinco hojas, esa era mi defensa, yo contra todo el mundo. Al Capitán le dio una especie de infarto después de mi visita y fue hospitalizado.

-¡Atiendan acá! En ausencia del Capitán, yo soy el sustituto a bordo y deben esperar por mi presencia para sentarse en el comedor. Todos continuaron callados y cumplieron mi orden en la próxima campanada. Algo tenía muy claro desde hacía muchos años, para mandar había que tener cojones y a mí me sobraban. Después me enteré por otros militantes que en la mencionada reunión se había manejado la posibilidad de mandarme hacia Cuba en otro buque surto en ese puerto y del que era comisario político un personaje llamado Eurípides, muy amigo del negro Ignacio, solo que faltó huevos para hacerme tal proposición.

El tripulante Esteban Casañas Lostal no reúne las condiciones políticas para ocupar la plaza de Primer Oficial y se solicita su separación de la Empresa. Era una condena a muerte lo que estaba leyendo y pertenecía a la evaluación política que me entregaba el comisario frente al secretario del partido.

-No firmo ni pinga y tú, en cuanto atraquemos, te voy a esperar en el muelle para explotarte la cara como hizo Robertico. Le dije al Chino mientras tiraba la evaluación sobre el buró del político.

-Pero firma que no estás de acuerdo. Sugirió el negrón.

-No voy a firmar ni cojones. Les dí la espalda y me retiré. El telegrafista vino a entregarme un mensaje donde solicitaban confirmación de calados para entrar al puerto de Nuevitas y en medio de toda aquella tragedia tuve que ponerme a recalcularlos para no tener dudas. Mi respuesta a La Habana fue positiva y nos dirigimos a la entrada de ese puerto.

-¡Por favor! En cuanto enfile la recta que lo conducen a los Ballenatos, hace falta que pare máquinas por un minuto para bajar a verificar el calado de popa. Le dije al Práctico y acertó aquella extravagante solicitud. Yo mismo coloqué una escala de gato a la altura del codaste de la nave y me mantuve con un walky-talky esperando el aviso del Práctico. Bajé por la escala y comprobé que el calado se encontraba pasado en más de un metro.

-¡Práctico! Pare máquina y fondee, no podemos entrar, estamos pasados de calado. Así se hizo y subí al puente.

-¿Qué sucedió? Preguntó Montalbán con su voz amanerada.

-¿Qué sucedió? Si quieres puedes llamar a la seguridad del estado, yo me voy a cubierta a tomar sondas, Manolito permaneció en silencio.

Resulta casi imposible sintetizar todo lo que ocurrió durante ese viaje y la arribada al puerto de Nuevitas. Permanecí con fiebres durante el tiempo que esperaba por el relevo de la tripulación y una comisión investigadora enviada por el director de la Empresa. Inmediatamente a nuestra llegada, envié a mi esposa para La Habana con el informe de mi defensa, ella lo repartió en todas las dependencias que debían preocuparse por el caso. El secretario del partido nunca bajó a tierra, lo esperé diariamente a la salida del puerto. Todo el proceso seguido en mi contra se encuentra ampliamente explicado en mi trabajo “Mandado a matar” y debo saltar este pasaje por lo extenso de aquella situación.

Una vez más me salva la experiencia y la desconfianza, el buque tenía más de un metro pasado de calado en popa y si hubiera aceptado entrarlo directamente al atraque en Tarafa, la pala del timón y la propela las largaría en el bajo rocoso que se encontraba a la altura de la isla Los Ballenatos. Manolito el Jefe de Máquinas había deslastrado los tanques nr.2 y el Peak de proa sin contar conmigo. Pude detectar aquella violación cuando tomé sondas una vez lanzada el ancla en el fondeadero, Dios estaba conmigo y conservó mi lucidez en aquellos momentos angustiosos.

Todos fueron desenrolados y sancionados por el partido, fue éste un caso bien sonado en toda la historia de la marina mercante cubana. Sin embargo, no sabía que aquella victoria sobre esos inmorales, me habían condenado a muerte, el partido es inmortal, dicen ellos.

Salimos con destino a Canadá y uno de los tripulantes escuchó cuando El Chino, secretario del partido sancionado, hablaba con Julián sobre mí y cómo éste le manifestaba que se encargaría de pasarme la cuenta. Miguel Haidar se enroló nuevamente y al regreso de aquel viaje, con el pretexto de tenerme a mano por si acaso ocurría algún juicio de la comisión disciplinaria de la marina, fui desenrolado del barco y tomé vacaciones. El comisario político fue expulsado de la marina mercante y el Capitán del buque bajado a Segundo Oficial por tiempo indefinido. La mala fama adquirida por aquel contratiempo que yo venciera por estar de mi parte la razón, trajo consigo que muchos timoratos evitaran a toda costa las relaciones conmigo por temor a ensuciarse, conducta muy natural entre casi todos los cubanos.

Finalizadas las vacaciones decidí permanecer un tiempo más en tierra y acudí al sindicato para que me enviaran a las microbrigadas. De acuerdo a las normas vigentes en aquellas fechas, mi salario se mantendría por encima de los seiscientos pesos, el doble de lo que ganaba un ingeniero en tierra. Me mandaron para la construcción de un pequeño edificio que la marina estaba construyendo en la calle San Ignacio y Jesús María. Aquello era una extensión de mis vacaciones, siempre permanecía con interrupciones por falta de materiales, todo un vacilón muy bien pagado.

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