Cuba es un cuento, compay

Motonave Bahía de Cienfuegos 1 (Mi barco 24)

El hombre es el único animal que choca dos veces con la misma piedra y yo soy uno de sus más fieles exponentes. Ando debajo de un pájaro volando buscando que me cague por segunda vez en pleno vuelo. Pudo haberme seducido el lujo de su novedad, tal vez el confort de su acomodación, quizás su juventud, solo unos días nos separaban desde su nacimiento. Yo había renunciado a ese encuentro, pero no puedo negar que al visitarla ese día me cautivó y me sentí perdidamente enamorado de ella. Partí nuevamente con su imagen grabada en mi mente y le di tiempo, como dice ese viejo refrán, “lo que está’ pa’ti, nadie te lo quita”, yo sabía que la atracción era mutua. Continué mis vacaciones y esperé con la misma paciencia de aquel enamorado que envía mensajes con la mirada.

Gaínza solicitó vacaciones y fue relevado por un mulatico al que la tripulación premió con el mote de “Corre Caminos”, creo que se llama Gustavo. Sumamente inquieto o nervioso, pienso yo. No paraba un solo instante y su cuenta millas debía finalizar agotadísimo cada día. No sé por qué a la tripulación no le cayó bien, sentían antipatía por aquel muchacho al que no encontré defectos durante nuestras breves relaciones de recibo-entrega.

Le caí mal desde mi presentación, él no había solicitado relevo, ni yo gozaba de fuertes influencias para solicitar participar en un “golpe de estado”. Tampoco debía someterme a mis escrúpulos, ya había sido víctima de esa práctica en nuestra empresa y poco me importaba quien fuera el perjudicado. Además, él no tenía derecho alguno a reclamación, se había graduado recientemente y tenía que pasar por todas las pruebas a las que someten a cualquier principiante. ¡A tomar por culo! Me dije cuando llegué al buque con mi documentación en regla. El Corre-Camino me entregó el cargo de mala gana, pocas explicaciones y breves recorridos por cubierta. Tampoco podía mostrarme mucho, solo había dado un viaje muy corto hasta Canadá, insuficiente para aprenderse a fondo todos los misterios y recovecos de cualquier nave.

Me instalé en un superconfortable camarote con amplia oficina, dormitorio y baño. Amueblado de acuerdo a su época y con un sistema de comunicación interna a mi servicio, teléfono disponible para la mayor parte de la tripulación, creo que hasta el rango de los timoneles. El buque era una especie de hotelito flotante bellamente decorado, poca diferencia entre los comedores y salones destinados a tripulación y oficialidad. Todos los camarotes eran individuales, aunque la marinería compartía el baño entre dos.

Mucho se ha hablado de los defectos de fabricación de esas naves multipropósitos, yo tengo muy pocos argumentos en su contra. Creo haber navegado en un barco muy noble al que utilicé eficientemente en diferentes servicios, hablemos de carga general, granos y contenedores. Ninguno que haya sido diseñado a un uso específico, puede ser considerado superlativamente eficiente en otra explotación cualquiera. O sea, no será fácil utilizar a una nave diseñada para contenedores en carga general o granos o viceversa, siempre existirán detalles que dificulten esas operaciones para las cuales no fueron concebidos. Sin embargo, tuve la oportunidad de someterlos a esas pruebas y no puedo quejarme, el buque se portó magníficamente bien.

Sus problemas eran ajenos a la construcción en lo que a “cubierta” concierne, hablemos de sus principales dificultades. Las grúas dieron muchos contratiempos durante su primer año de explotación. ¿Podemos culparlas a ellas o sus fabricantes? Mucho se alega en escritos leídos de personas que dirigieron ese grupo de barcos culpando a los fabricantes. Sin embargo, no mencionan en ningún sitio los errores personales de los constructores y la falta de visión del personal que fue a recibir esos barcos. Los problemas que enfrenté nada tenían que ver con los fabricantes de las mencionadas grúas, habían sido guarnidas con unos cables de torchado contrario a las indicaciones del fabricante y ese detalle no se tuvo en cuenta por las partes involucradas en la construcción y recibo del buque. Otro de los graves problemas encontrados durante su explotación por la parte de “cubierta”, lo fue el referente a las averías que se producían con las mangueras de alta presión para las aperturas de escotillas. Era lógico que eso sucediera en una flota que pensara que el período de explotación de las mismas fuera eterno y la asignación para comprar víveres y materiales para dos departamentos, sumara la cifra de $500.00 dólares en un viaje alrededor del mundo. Es de suponer que en su contacto directo con el agua de mar, altas y bajas temperaturas, esas mangueras tuvieran un límite de tiempo para su uso. Nada de eso era analizado por ingenieros y especialistas a la hora de referirse a los problemas de esas naves.

Miguel Haidar tomó vacaciones y fue relevado por el Capitán Arquímedes Montalbán, un viejo con el cual me encontrara por primera vez. Era oriundo de la ciudad de Camagüey, muy culto y con dominio casi perfecto de los idiomas inglés y francés. Se encontraba enrolado como Segundo Oficial un muchacho llamado Luaces, algo introvertido y de porte militar aunque usaba melena. Gustaba fumar en pipa y siempre vestía de jeans con botas de vaquero que se encargaban de anunciar su paso por cualquier pasillo del buque. Como Tercer Oficial viajaba Miguel Cosme, entretenido en las preparaciones de su boda con la hermana de Haidar. De telegrafista iba Arnaldo, había formado parte del equipo del Aracelio seleccionado para buscar ese barco en Bilbao. Charly, un negro alto de unos seis pies de estatura y flaco como una vara de pescar se encontraba de enfermero. Nerey permanecía de Sobrecargo y otra vez debía dedicarme a atarle las manos, ya sabíamos de la pata que cojeábamos y nos manteníamos a una distancia prudente.

Parte de la tripulación, por no decir la mitad de ella, pertenecieron al buque Lázaro Peña, la mayoría de ellos formaban el equipo de máquinas. Como Contramaestre viajaba un individuo llamado Pascasio y de cubierta solo encontré pocos rostros nuevos. Se mantuvieron Guerrita, Rojitas y Robertico entre otros, suficientemente bueno este trío para viajar confiado.

El Jefe de Máquinas era un individuo blanquito llamado Manolito, creo que formó parte de la tripulación del Lázaro Peña y fue a buscar al barco, nunca pregunté las razones para que no se considerara a Pascualito entre los premiados siendo militante del partido. Manolito tenía un clan bien cerrado con el personal de su departamento, que como dije con anterioridad, lo seguían desde el anterior buque.

Por cámara me resultaban nuevos la mayoría de los rostros, solo uno de ellos era muy familiar y de toda mi confianza, me refiero a Piri Bragado. Los demás respondían ciegamente a las órdenes del Sobrecargo, quien entre otros defectos que le toleraron algunos capitanes y primeros oficiales, se encontraba ese afán por considerarse pertenecientes a un departamento independiente. Una de las razones por las que chocaron con frecuencia conmigo fue esa, yo les cortaba las alas y privilegios que ellos (los Sobrecargos) impusieron a bordo de nuestras naves. Como el reglamento establecía claramente la existencia de dos departamentos en el buque, máquinas y cubierta, yo no aceptaba ese grado de independencia logrado hasta mi llegada a cualquier buque. El Primer Oficial es la máxima autoridad del departamento de cubierta y el sustituto del Capitán en su ausencia, reglas que yo aplicaba en toda su extensión para evitar cualquier intento de crearme alguna “cabeza de playa” a bordo. Una gran mayoría de esos individuos eran unos perfectos ladrones sin contenido de trabajo cuando estaban navegando y una vez en puerto, se las arreglaban para justificar constantes ausencias al buque alegando estar resolviendo problemas en la empresa. Encontré en cada barco donde me enrolé, que ellos estaban excluidos de las brigadas de guardias y los ubiqué inmediatamente en una de ellas. Era lógico que les provocara cierto malestar y poco me importaba, mi cuenta era muy simple, si yo, siendo el sustituto del Capitán debía hacer guardias, ¿por qué no hacerla un güevón que viajaba de parásito a bordo de nuestros buques y encima de eso robaba las propiedades de su tripulación? ¡Claro que debía caerle mal a muchos Sobrecargos! Tampoco me importaba caerles bien.

Estando en el proceso de enrolo a ese buque, es declarado el “Aracelio Iglesias” como ganador del tercer lugar en la emulación nacional. Ya les dije que la presencia de Julián al frente del sindicato de marina mercante me beneficiaría indirectamente, pero no resultó muy sencillo tampoco. Como “vanguardias”, teníamos derecho a una cena en el restaurante “Río Cristal”, una noche en el cabaret “Tropicana”, una semana en uno de los hotelitos dedicados a los canadienses situados frente al hotel Atlántico de las playas del Este y por último, lo más ansiado de todo marino en aquellos tiempos, un viaje de estímulo acompañado de la esposa al extranjero.

Fui hasta el sindicato para ver la lista de los agraciados y cuál no sería mi sorpresa, yo no aparecía entre los premiados y en el lugar del Primer Oficial aparecía el nombre de Almarales. Como conocía de todos los antecedentes turbios de aquel sindicato, ese día cargué conmigo la libreta de singladuras de la academia naval, donde aparecían días de embarque y millas navegadas. Julián no tuvo otra alternativa que incluirme en la mencionada lista, aunque tampoco eliminó de la misma a su socio Almarales, gesto al que no le di importancia porque verdaderamente no me perjudicaba y sí lo beneficiaba a él. Aquellas medidas preventivas tomadas de mi parte no fueron el fruto de una premonición, predicción o producto de una capacidad superior para adivinar el futuro. Las “casualidades” alertaron mi sistema defensivo, por azar del destino, siempre quedaba entre los tres primeros lugares de esa emulación el barco al que perteneciera el actual secretario del sindicato. La historia se repitió posteriormente estando un individuo conocido como “El Niño” y el “Otto Parellada” quedó vanguardia en primer lugar. Comí en Rancho Luna, disfruté de Tropicana, me bañé en la playa de Santa María con una cuota diaria de una botella de ron y una caja de cerveza. Fuimos al show del Atlántico, ganamos buena “prima” en el salario y después di el viaje de estímulo, pero eso pertenece a otra historia.

Como el barco era nuevo y solo había realizado oficialmente el viaje 2 Norte-Sur a Canadá, partí en lo que sería el viaje Nr. 3 Norte con destino a Túnez. Cargamos azúcar a granel en el puerto de Guayabal y salimos en lo que sería una magnífica aventura. Nos asignaron a una enfermera del hospital Fajardo para realizar un viaje de estímulo ganado por ella en su centro y su presencia a bordo fue una bendición. Ya le dediqué todo un episodio en mi trabajo titulado “Santa Ofelia del Vedado”, donde narro todas las maldades de la que fuera víctima ese viaje. Asombrosamente no teníamos Comisario Político a bordo y sin temor a equivocarme, creo haya sido éste uno de los viajes más felices que dí en la marina, luego de todos los cambios producidos en cuanto a calidad humana se refiere. Es de suponer que nunca se encontrará la perfección dentro de una aventura marítima y que existieron sus contratiempos a los cuales les he dedicado otras páginas.

En alguna parte he narrado que uno de los modus operandi de los sobrecargos y capitanes para robar la comida del buque, se produce antes que ésta llegue al costado del barco. En franca complicidad con los administradores y choferes de la entidad abastecedora llamada CUBALSE, parte de los productos destinados a nuestras naves eran desembarcadas en las casas de ellos y como es de suponer, el sobrecargo nunca reportaba faltantes. Ese viaje no fue muy atractivo para Nerey por las escasas ofertas existentes en La Habana y pospuso abastecer al barco con los representantes de Camagüey. Vale destacar que los contactos y relaciones de estos personajes eran bien fuertes a lo largo de toda la isla, donde el robo era un mal común. Desafortunadamente los abastecedores de aquella provincia tenían muy poco que ofrecernos en sus inventarios y el buque salió mal abastecido, lo que se traduce en una alimentación deficiente y problemas que se derivan por el malestar que eso provoca entre los hombres a los que yo debía exigirles trabajo.

La navegación hasta el Mediterráneo fue muy cómoda, nos encontrábamos en pleno verano y tenía tiempo suficiente para estudiarme todo lo relacionado con mi cargo. La felicidad siempre dura poco en casa del pobre y simples detalles pueden invertir el sentido de la corriente emocional disfrutada hasta un momento. La pésima comida ofrecida fue uno de los detonadores de aquel malestar, no solo por la escasa variedad de su oferta, debe sumarse el mal trabajo realizado por los cocineros de turno. Uno de esos personajes que gozan de esa facilidad para convertir a una tripulación buena en mala de la noche a la mañana, era militante del partido e incondicional de Nerey. Complacía los pedidos del comedor de oficiales sin protestar y maltrataba a la marinería, situación que nunca toleré por depender las operaciones exitosas de un buque precisamente de esa mano de obra tan importante. Debe sumarse a esto las nulas intenciones de Nerey y el Capitán para efectuar compras en Túnez, donde la oferta de productos eran las de un mercado normal, puede afirmarse que existía de todo lo necesitado por nosotros. ¿Dónde radicaba el problema? Muy sencillo, ya se había anunciado nuestros próximos puertos de carga, Wismark y Polonia. El barco pasaría por el Canal de Kiel y las compras se le realizarían a un chileno radicado en Holanda. Es de pensar que los productos resultarían más caros, pero nada de eso importaba a estos individuos, el objetivo de aquella obstinada espera tenía como fundamento recibir la comisión por las compras realizadas en dólares americanos. Ninguno de los dos eran amantes del dinero árabe que ofrecían en Túnez y debían gastar allí. De esa manera fuimos sometidos a sacrificios injustificados desde nuestra partida de Cuba y Montalbán, pretendió realizar una reunión con el personal de cámara y las organizaciones políticas, ignorando mi presencia como jefe de ese supuesto departamento. Cuando todos se hallaban reunidos en su salón hice acto de presencia y escuché con paciencia cada una de las exposiciones.

-Parece mentira que ustedes, siendo jóvenes y militantes de la juventud comunista, cantera de la que se nutre nuestro partido, sean los primeros en protestar. Aquí no se está pasando hambre, yo diría que se come muy bien… Bueno ese es un extracto de su intervención donde sin ningún tipo de escrúpulos trató de impresionar y coaccionar a los muchachos. Hubo silencio, no lo dudo, palabras cargadas de tanto patriotismo expresadas por un militante con cargo de dirección dentro del núcleo ponen a cagar a cualquiera. Para desgracia suya, yo no era militante ni le debía subordinación alguna, no tenía por qué mantenerme callado.

-¡Mira, Nerey! Yo no sé a qué le llamas comer bien, pero en mi concepto, lo que estamos es comiendo mierda. La comemos no solo por culpa de este desdichado cocinero que complace sonriente los pedidos de los oficiales y maltrata a la marinería. Estamos comiendo mierda por tu culpa y no del imperialismo, saliste con el barco mal abastecido por negligencia personal y eso lo sabes perfectamente. Los muchachos no tienen la culpa, son bastante buenos y están reclamando sus derechos. Nerey cambiaba de colores y el Capitán no sabía dónde carajo meter la cara, los jóvenes me escuchaban sonrientes.

-Ya sé que yo soy el cáncer de este barco…

-No es solo que lo seas, es que te vas a ir inmediatamente de este buque cuando lleguemos a La Habana, la tripulación de este barco no te quiere y yo menos aún. No lo dejé terminar de hablar. La reunión terminó sin propuestas de soluciones y cada uno marchó por el camino que había llegado. Yo sabía que Nerey era el Clavista del barco y deseaba o explotaba esa condición ante los infelices tripulantes, al parecer, nada de eso me impresionaba y sabía perfectamente el terreno que pisaba.

-¡Capitán! No se le vuelva a ocurrir realizar una reunión con el personal a mí subordinado sin invitarme, se lo prometo, la próxima vez vamos a tener graves problemas.

La estancia en Túnez se extendió más allá de un mes, nunca había experimentado esa modalidad de descarga. El azúcar viajó a granel en nuestras bodegas y decenas de estibadores embarcaban diariamente para ensacarlas. Se sufre hasta el infinito cuando te asomas a cualquier escotilla y notas que no ha bajado tanto con relación al día anterior. Las grúas comenzaron a darme grandes dolores de cabeza y fue la razón que me obligó a detenerme en ellas. Planos e indicaciones de los fabricantes se mantuvieron por horas sobre mi buró buscándole una explicación al constante descorchado y rotura de sus cables. ¡Eureka! ¿Cómo no iba a suceder? Ya lo dije con anterioridad, el diámetro, cantidad de cordones y resistencia eran los indicados. No así la dirección de su trenzado que resultó contraria a las recomendaciones del fabricante. Viajé con el proveedor hasta la capital y visité a uno de los principales suministradores de cables en ese país. No tenía disponible el que necesitábamos en nuestro buque y las operaciones peligraban con ser interrumpidas. Le fuimos cortando los pedazos averiados a los cables y completamos esa falta por medio de un falso amante, pero llegó el momento en que ese truco tampoco resolvió nuestro problema y tuve que guarnirlas con un cable ordinario, pero con el trenzado en la dirección indicada. Las maniobras para desguarnir y volver a guarnir una grúa como las de aquellos buques pueden tomar varias horas. Operación, si se quiere, algo sencilla cuando la temperatura exterior es agradable. Nada fácil cuando los hombres se encuentran sufriendo los efectos de dieciocho grados bajo cero, mal alimentado y abrigado. Esa experiencia la sufrí en viajes posteriores.

¡Increíble! Los estibadores detuvieron las operaciones y dijeron que ya había sido descargada la cantidad de azúcar comprada. En la bodega Nr.3 quedaban unas sesenta o setenta toneladas, ¿qué hacemos con ellas?, ¿qué sucedió? Efectivamente, pudieron haber sido cargadas de más por defectos de la pesa en Cuba, pero ese error no puede determinarse en un buque cuando las aguas del puerto están en movimientos. El TPI (Toneladas por pulgadas de inmersión) de ese barco era de unas treinta. O sea y para explicarlo de una manera sencilla, se necesitan treinta toneladas de peso para hundir a esa nave una pulgada. Esa cantidad varía de acuerdo al calado y forma del casco del mismo buque. Dos pulgadas no se pueden apreciar con exactitud cuando existe marejada, es que resulta insignificante para nosotros, pero estaban allí, dentro de una bodega que debía inundar con agua de mar para poder navegar en lastre hasta Alemania. ¿Qué hacemos con ella?

Es viernes y las operaciones del puerto se detienen hasta el lunes, si esperamos, debemos pagar todos los derechos de atraque y corremos el riesgo de arribar tarde al puerto de carga con los prejuicios y daños que implican una demora. ¿Qué hacemos con ella? El Capitán, una persona con pobre poder de decisiones no sabe qué hacer.

-¡Mire, Capitán! El costo armador de este buque anda por los dos mil dólares diarios, así que debe multiplicarlos hasta el lunes y el tiempo posterior en el cuál decidan los burócratas ¿qué rayos hacer con esa azúcar? Por otro lado, cuelga sobre nosotros una penalidad por demoras en arribar al puerto de destino y en ese caso el precio a pagar también será superior al costo de esa azúcar. ¿Mi proposición? Organizar tres brigadas de tripulantes para palearla y sacarla a cubierta para luego arrojarla al mar. Muy sencillo, saque sus cuentas y se lo explica a las organizaciones políticas y de masa en una reunión. Si no cree adecuado mi punto de vista, esperemos atracados hasta que se resuelva este problema. El hombre me escuchó y partí hacia mi camarote, una media hora después era convocada la tripulación y se organizaron tres brigadas que estuvieron trabajando hasta horas de la madrugada para vaciar la bodega. Si esto hubiera sucedido en un país desarrollado, tal vez el receptor se callaría la boca y recibiría aquella cantidad de azúcar como un regalito de las deficientes pesas cubanas. Desgraciadamente nos encontrábamos en un país con escaso desarrollo como el nuestro, esa noche comenzamos a inundar la bodega y partimos en horas de la mañana rumbo a Wismark, Alemania del Este.

Las maldades que le hicieron a Ofelia y al Segundo Oficial no tienen perdón de Dios. El viaje, aunque cargado de contratiempos y dificultades, fue uno de los más divertidos en mi historia como marino. El Segundo Maquinista, un gordo altísimo de Guanabacoa y llamado Sabadí, era el autor intelectual de cada sonrisa arrebatada a cada marino a bordo de nuestra nave, él era espectacular en ese campo.

Cargamos abono químico a granel en Alemania y continuamos viaje hasta Polonia para rellenar con vehículos y equipos. Allí embarcó una polaquita que despertó todo el apetito sexual de la tripulación, tomaba baños de sol en la cubierta del magistral.

-Me empaté con la polaquita. Me dijo un día Cosme y se lo aplaudí, era una chica de unos veinticinco años de edad, ojos celestes como el cielo en cada crepúsculo y el cuerpo de aquellas sirenas que siempre imaginamos cuando nos masturbamos, lo envidié de veras.

-Me empaté con la polaquita. Le dije un día a Cosme y no me aplaudió mucho, me escuchó con algo de asombro. –Vamos a ponernos de acuerdo, ella no quiere que tú te des por enterado. Yo tiemplo cuando te encuentres de guardia y viceversa, ¿okey?

-¡Okey!

-¡Compadre! Tu teta es la izquierda y la mía es la derecha. Te lo digo por el chupón que le sonaste y le dejaste tremendo moretón.

-¡Okey!

-¿Yo soy caliente?

-No te preocupes mamacita, eres un reverbero.

-¿Y eso que ser?

-Tampoco te preocupes mucho, es un decir.

-¿Cuántos palos le echaste hoy?

-Le soné tres.

-¡Coño! Yo le eché dos. Es caliente la cabrona y todavía sigue pidiendo.

¿Yo soy caliente?

-¡Claro mamacita! Eres un reverbero.

-¿Y eso que ser?

-Ni te preocupes y sigue pa’lante, menéate como haces, vas muy bien.

-¿Me parezco a las cubanas?

-¡Ni te imaginas! Eres tan o más caliente que ellas.

-¿De verdad? Siempre se lo pregunté al padre de mi niño y nunca me respondió.

-¡Compadre! Te equivocaste de teta.

-¡Imagínate! Es una loca que quiere que la muerdan por todos lados.

-Bueno, quédate ahora con la derecha, pero no vuelvas a equivocarte.

-¡Vamos a echar el último! Estábamos esperando Práctico frente al Morro de La Habana.

-¡Por Dios, vístete y échalo con tu marido! Seguro que te está esperando el en malecón, yo tengo que hacerlo con mi esposa cuando llegue a la casa. Se vistió de mala gana.

Un tipo vestido de uniforme con una o dos estrellotas sobre el hombro vino a esperar a Ofelia y todos los que la jodimos nos cagamos. Ella no dijo nada.

-Ahora cuando subas trata de calmar a tu esposa, ella se encuentra muy nerviosa. Le dije al mulatico marido de la polaquita, fin de viaje.

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