Cuba es un cuento, compay

Motonave Pepito Tey (Mi barco 16)

He saltado unos dos años y medio de mi vida que resultó una verdadera pesadilla. Después de abandonar al buque N’Gola en Santiago de Cuba en 1978, ingresé poco después al movimiento de "microbrigadas" inventadas por Castro con el fin de solucionar mi necesidad de vivienda. Ya he escrito sobre este tema y lo abandono, prefiero continuar con mi labor a bordo de los barcos.

Luego de mudarme para un apartamento de tres cuartos en el año 1981, fui citado por la Oficina 404 para realizar el trabajo de "clavista" a bordo del buque Pepito Tey. Me sentí verdaderamente sorprendido, no hacía vida de militante de la Juventud Comunista desde mi regreso en aquel viaje a la guerra de Angola en el año 1976, y menos aún me había desempeñado en esta función de trabajar con las claves. Como habíamos borrado la palabra "No" de nuestro vocabulario y como no existían tampoco esas computadoras hoy tan comunes en nuestros hogares, era de suponer que los mecanismos de control tuvieran algunos escapes.

El Capitán del barco era el mulato Cordoví, yo lo había conocido de Tercer Oficial a bordo del refrigerado Minas del Frío por la década de los sesenta. Una persona muy noble y nada extremista a la hora de aplicar el reglamento o leyes existentes en nuestra flota. Recuerdo que el buque se encontraba atracado en el muelle de Casablanca descargando abono químico, ese día se hallaba de guardia el Segundo Oficial saliente. Un muchacho muy organizado en su trabajo este oficial, condición que facilitó mucho esa operación a veces complicada de una entrega formal. No recuerdo el tiempo que disponíamos para entregar y recibir el cargo, lo cierto es que ese mismo día me encontraba firmando el acta que se redacta para esos fines y la presentamos ante el Capitán. Este joven tenía el apellido "Coto" y unos años después desapareció misteriosamente en el Océano Pacífico muy cerca de las costas mexicanas. Según se filtró de aquellas investigaciones, participaban como agravantes la existencia de alcohol, faldas y varias hojas del diario de navegación arrancadas. Nadie fue condenado, el muerto al hoyo y el vivo al pollo, dice el refrán.

Como Primer Oficial se encontraba un individuo con amplio historial de hijoputa o mala fama, trataré de recordar su nombre en la medida que escriba, lo estoy viendo delante de mí, pero no logro recordarlo, era santiaguero. Como Tercer Oficial viajaría el mayor de los hermanos Cañolo, muchos guardiamarinas guardan malos recuerdos de su etapa como Alférez en la Academia Naval, sin embargo, yo opino todo lo contrario. Un excelente hombre, muy bien preparado y ante todo, hombre. Tuvimos muy buenas relaciones profesionales y humanas.

El barco salió para Cienfuegos donde cargaríamos azúcar a granel con destino a Japón y fondeados en ese puerto, es enrolado Wilfredo Tamayo como Primer Oficial. No lo hizo solo, venía acompañado de dos camareras que viajarían como Primera y Segunda Dama. Tamayo se encargó de facilitarle la mujer a Cordoví, lo mantenía entretenido y así lo dejaba de paso hacer de las suyas. Fuimos compañeros del mismo curso de estudios e inexplicablemente se convirtió en enemigo mío sin razón alguna, creo yo, le molestaría mi presencia a bordo por mi condición de haber sido el primer expediente de su promoción, no existía otra causa. Para completar su pequeño harén, Tamayo traía consigo a un agregado de cubierta de la promoción XIX llamado Agustín, nunca había visto perro más fiel que él con su amo. Tuve que detenerlo en varias oportunidades por creerse un Primer Oficial en funciones, fue del desagrado de toda la tripulación, así que mi antipatía por ese muchacho no fue accidental. Después nos enteramos que era yerno de la Segunda dama, Mercedita.

"Camino" iba como telegrafista, un muchacho graduado de la promoción XIX, muy bueno, creo que uno de los mejores telegrafistas con los que me tocó navegar y el mérito radicaba en su juventud e inexperiencia. Llevaba de agregado a otro compañero suyo de estudios y como eran tan pequeños, yo los llamaba "Los Periquitos". Por Cubierta iba de agregado un ex alumno mío de la promoción XVII llamado Evaristo Navarrete. Llevaba también a otro muchacho de la promoción XIX, muy buena persona, pero ese viaje lanzó por la borda sus cuatro años de estudios con el robo de una bicicleta en Tokio, allí lo detuvo la policía y ya he escrito sobre esos eventos. Otro alumno mío viajaba de marinero de cubierta, subía cada mediodía a practicar algo con el sol. Las noches de Luna llena, yo lo invitaba al puente para tomar posiciones por las estrellas cuando la visibilidad lo permitía, su nombre es Jorge O’Farrill.

La tripulación no era mala, todo lo contrario, muy laboriosa y divertida. Nunca he podido comprender esa facilidad que tienen algunos para desgraciar a los hombres y convertir radicalmente a gente que fueron buenas en malas. Tamayo gozaba de esa habilidad y la gente trataba de desquitarse a su manera, nadie es suficientemente carnero o comemierda. Diariamente subían cajas de cerveza y fuentes de comida al camarote del Primer Oficial o Capitán, indudablemente pertenecían a la cuota de los marinos y ni uno u otro, tenían asignaciones libres para consumir lo que no les pertenecía. Los capitanes disfrutaban de una asignación como gastos de representación, no así los primeros oficiales. Ninguno de los dos tenía derecho al uso desmedido y descontrolado de lo que pertenecía a la dieta de los marinos. Ellos, ni cortos o perezosos, se dieron pronta cuenta de los grandes bacanales celebrados en la cubierta 01 y aplicaron los métodos correctos para disponer de lo que les pertenecía, robar. Ahora que recuerdo, teníamos otro agregado de cubierta de la promoción XVII que era el entenado del contramaestre Camacho, su apellido es Quesada.

La gente de máquinas se llevaba muy bien, las relaciones entre maquinistas y engrasadores era excelente, todos ellos encabezados por el difunto Chamizo. Un mulato medio calvo, gritón y popular entre su gente. Muy alardoso y guapetón como la gente de los bajo mundos de nuestros barrios, simpático. Chamizo siempre tenía una tertulia estudiada y que sonaba a boca de jarro después de cada comida en el comedor de tripulantes, era su tribuna preferida. Debo aclarar que ese barco tenía tres comedores, el del Capitán tuvo que ser el más serio y aburrido. Le seguía el del Segundo Oficial, se encontraba a popa de la superestructura en el mismo nivel del comedor del Capitán. Allí, la máxima autoridad era yo y era atendido por Mercedita. El otro comedor era el de los tripulantes, se encontraba también en la superestructura, pero en la cubierta principal y no recuerdo cuál era el camarero que lo atendía. Chacha viajaba de Primera Dama y realizaba las funciones de camarotera.

No recuerdo el nombre del personal de máquinas, han pasado muchos años y solo me llegan a la mente los personajes más destacados de esa época. El gordo Cruz viajaba como Tercer Maquinista, muy chévere y con la lengua bien suelta para protestar, su camarote se encontraba separado del mío por las duchas de uso común situadas en la misma crujía del barco. Como Segundo Maquinista viajaba un negro claro de unos seis pies de estatura, su apellido es Campos. Lo que tenía de altura era su precio en oro, este muchacho jugó un rol muy importante viajes posteriores durante una explosión a bordo. El tornero era un negro chillón y alardoso como Chamizo, le faltaba un dedo que fuera tragado por uno de los tornos.

Después de cruzar el Canal de Panamá nos quedamos sin comunicaciones, así navegamos todo el Océano Pacífico. Solo dos o tres días antes de recalar a Tokio, Camino logró enamorar al telegrafista de un barco griego arrendado por CUFLET y éste, aceptó recibir todo el tráfico de mensajes pendientes para nosotros en la C.L.A. Había que darle un premio al telegrafista griego, no imagino cuántas horas tuvo que pasar entre titití y tititá para vaciar el buzón de nuestro barco. La navegación en esos casos se hace muy aburrida, la ausencia de un radiograma, aunque contuvieran palabras sin importancia, es suficiente motivo para provocar la depresión de nuestros hombres de mar. Y no es cuento eso que les digo sobre la poca importancia de nuestros mensajes, pongo de ejemplo los que me mandaba mi esposa. Todos decían lo mismo: "Cariño.- Estamos bien, besos de los niños. Te quiere.. Elena

De acuerdo a la longitud del viaje, yo podía sumar cómodamente entre setenta u ochenta radiogramas que decían las mismas palabras. Lo jodío del caso era que yo los pagaba, todos los mensajes recibidos por la C.L.A., se transmitían a los buques en carácter de Collet. ¿Se imaginan eso? Un día se lo dije, ¡oye, no jodas más! Escribe cualquier tontería, he gastado una fortuna para leer las mismas letras de mierda. ¡Coño! Dime comemierda, maricón, tarrúo, que el niño voló un culo, pero no me hagas gastar plata en la misma bobería. Cambió, cambió, solo que gastaba un poquito más.

El "Pepito Tey" era un barco construido en 1961 y llegó a Cuba con el nombre de "Marble Islands". Creo haya sido una de esas naves marcadas con saña por la fatalidad, teniendo ese nombre tuvo que salir huyendo de Chile cuando el golpe de Estado de Pinochet, un primo mío llamado Pedro García Lostal se encontraba de camarero durante ese viaje. Poseía 148.4 metros de eslora y 18.8 de manga. Cinco bodegas de carga con puntales como medios de izaje. Una gran parte de la tripulación vivía en el alcázar del buque, donde existía de paso un salón de recreación para ellos. Solo los camareros y cocineros habitaban en la superestructura del buque. Mantenían cierta autonomía alejados de nosotros, quienes no nos enterábamos de las broncas o escandalosas celebraciones muy frecuentes entre la marinería.

En Tokio, experimenté por primera vez el amargo sabor que produce el rechazo de su población hacia los marinos cubanos. Había visitado en otras oportunidades esa ciudad y el trato de ellos hacia nosotros fue muy solidario y respetuoso. Esta vez, cuando entrábamos en grupo a una tienda nos expulsaban y yo no alcanzaba a encontrar las razones. Solo unos días después lo comprendí cuando nuestro agregado fue detenido por el robo de una bicicleta. No fue suficiente, salí con otro agregado y mientras fumaba un cigarrillo en la acera él entró a una tienda con el propósito de comprarse un reloj.

-¡Compadre, los tumbé! Mientras me cobraban, les robé otro reloj. Es de suponer que no lo delaté, solo que a partir de ese día comencé a salir vistiendo de traje y cargando una cámara fotográfica en el hombro. Dejé de ser cubano para siempre y me presentaba como un turista venezolano o puertorriqueño, evitaba por todos los medios el contacto con gente nuestra en la calle.

Siempre sentí temor por la presencia de una galerna o ciclón, el miedo es muy natural también entre los hombres de mar. Esos miedos eran infantiles cuando no tienes conocimientos técnicos, aumentan y son exagerados cuando adquieres conciencia de todo lo que se mueve a tu alrededor. Yo dudaba profundamente de Tamayo, sabía que había sido ascendido por su condición de militante comunista, no tenía dudas sobre las bondades del sistema con ellos, pero lo conocía como estudiante, no era nada destacado. Si le sumaba a todo esto aquellos bacanales celebrados diariamente en su camarote, solo me quedaba una pregunta, ¿en qué momento, este hijo de puta hizo unos cálculos de estabilidad correctos?

Cuando superamos las islas Hawaii con proa a las costas mexicanas del Pacífico, aquella tranquilidad llegó a su fin y comenzamos a sufrir violentos bandazos. Barómetro y barógrafo marcaban 1040 milibares, no tenían error, estábamos en el centro de una profunda alta barométrica estacionaria de acuerdo al parte meteorológico emitido desde Hawaii. Los vientos eran violentos y la mar atravesada totalmente a nuestro rumbo, era imposible mantenerse sentado un solo segundo. El buque se balanceaba a ambas bandas con violencia y el clinómetro se acercaba a los cuarenta grados, la fiesta no se detenía en el camarote de Tamayo. Nadie se mareaba por los efectos del mar sobre el buque, todos continuaban emborrachándose con alcohol. Debo aclarar para los que no son navegantes, de cuerdo a la latitud geográfica, se considera normal una presión barométrica de 1013 milibares. ¡Ojo! Esa cifra puede resultar relativa también, si las presiones reinantes a su alrededor son muy superiores, lo que una vez fuera tomado como parámetro normal puede ser considerada como una baja. Influye mucho la dirección y velocidad de los cientos, ellos siempre se van a dirigir de las zonas de altas presiones a las de baja. Por supuesto, la marejada producida en esas circunstancias nada se aleja de las presentes en cualquier galerna, sufrimos a más no pedir.

Llegamos sin comida al Canal de Panamá después de soportar unos doce días con la mar de través, escuché cuando el cocinero le entregaba dos bisteques al Capitán para que los guardara en su refrigerador. Lo hacía con la intención de garantizar la comida a los Prácticos que pasarían al buque por el Canal. La fortuna o buena suerte, quiso que se enredara una tortuga entre las pitas que yo había lanzado al mar. Tenía unos doscientos huevos dentro de ella, solo quedó el carapacho sobre cubierta.

Cuando arribamos a La Habana hice lo imposible por desenrolarme de aquel fatal barco, no pude hacerlo. Se encontraba de Jefe de Cuadros una mujer de tez negra que había sido dirigente de prisiones en Cuba, el vaquero había desaparecido hacía mucho tiempo, dejamos de ser considerados vacas para convertirnos de pronto en presidiarios. Ella era sumamente déspota y extremista, ya le he dedicado unas líneas y no merece ser recordada nuevamente. La llamaban "La Dama de Hierro", su nombre era Cándida.

Durante la celebración de la Junta de Arribada, reunión obligatoria que se celebraba con la administración del barco y una representación del Armador, organismos políticos y talleres. Se abordó el tema de nuestra incomunicación durante la navegación, porque he olvidado decirles que el equipo fue reparado en Tokio, pero quedó fuera de servicio nuevamente unos dos días después de nuestra partida. Pues bien, aquel incidente de suma gravedad, fue tratado como una comedia, ¿asombroso, no? Los operadores del barco manifestaron con mucha tranquilidad que nos habían considerado "perdidos", pero mucho ojo con esto que les cuento, nuestro silencio y posible naufragio no fue reportado a ningún organismo de rescate internacional. Hago hincapié en este detalle por una simple razón, algo similar le ocurrió a la motonave Guantánamo y el gobierno cubano mantuvo silencio, solo que en el caso de ellos pudo sobrevivir un tripulante, los demás no se encuentran vivos para narrar la experiencia de su muerte.

Cargando en el puerto de Matanzas azúcar a granel con destino a diferentes puertos argelinos, el gordo Cruz tuvo la brillante idea de llamar al inspector fitosanitario que se encontraba inspeccionando al buque para mostrarle su cama llena de excrementos de ratas. Iban a detener nuestra partida y la solución encontrada fue que miembros de la Seguridad del Estado amenazaran a ese hombre. La presencia de esos roedores en la nave, adquiría matices peligrosos como portadores de varias enfermedades. El los falsos techos se escuchaban sus correrías y orgías, supongo que incluían asaltos y violaciones a ratas menores de edad, no fueron pocas las madrugadas que me despertaba por gritos desesperados y aterradores. Los salientes de las guardias de las cuatro de la madrugada, teníamos la costumbre de colar café a esa hora y prepararnos algo de desayuno. Para entrar a la cocina debíamos hacer bastante ruido, era nuestro acostumbrado aviso a los ratones para que abandonaran el lugar. Aún así y después de demorarnos varios minutos en abrir la puerta, podíamos contar entre doce o quince ratas abandonando cualquier rincón de la cocina, incluyendo ollas con restos de comida que se encontraban encima del fogón. Era espeluznante aquel espectáculo y daban deseos de renunciar a ingerir cualquier tipo de alimentos. Estando en puerto y cubriendo la guardia de portalón, había que mantenerse en ese lugar con una escoba o palo para repelerlos, las ratas cuando andan en grupo se envalentonan y pueden atacar.

El segundo viaje resultó una copia al carbón del anterior, continuaron las orgías y despotismo de Tamayo con la tripulación, cada minuto que pasaba aumentaba el desprecio de ellos por este individuo y escuchaba frecuentemente entre la marinería varias versiones posibles de venganza. La más común y aceptada por todos, templarle a Mercedita, fue una idea fija en la mente de muchos hombres para devolverle en algo todo el maltrato recibido por parte de ese individuo.

Chamizo había sido relevado por un ruso, pero no crean que uno cualquiera. Este individuo había sido concebido en la mismísima probeta de Stalin, no pudo ser más hijoputa y merecedor del desprecio de toda la tripulación. Cambiaron a varios miembros de la tripulación, pero siempre se mantuvo a bordo un setenta por ciento de la anterior.

Descargamos algo en Argel, continuamos el Annaba y terminamos de descargar en el puerto de Orán o Mostaganém, no puedo recordar con precisión. Largamos los cabos una madrugada y nos dirigiríamos a otro puerto del norte de Europa, creo que era Alemania nuestro punto de destino. Solo unos minutos después de la salida, el buque detuvo sus máquinas inesperadamente, yo me encontraba de guardia en el puente. Trataron de arrancarla unos minutos después y escuché un sonido anormal, llegas a acostumbrarte a todos los ruidos del buque de la misma manera que dominas los de tu auto. Un poco después, una gran explosión me hizo saltar del asiento, pide ver una densa y negra humareda cubriendo ambos alerones. Cuando al fin se disipó un poco el humo, vi por las portillas del cuarto de derrota que salían llamaradas por las lumbreras situadas a popa de la chimenea y tomé el teléfono de magnetos para llamar al cuarto de máquinas. -¡Tenemos incendio a bordo! Fue toda la información y colgaron inmediatamente. Llamé al Capitán para que subiera al puente y cuando lo hizo, algo asustado y con aliento etílico, le manifesté que inspeccionaría la situación. Ya he escrito en varias oportunidades sobre este accidente y creo que en un trabajo titulado "Explosión a bordo", lo explico con lujos de detalles.

Quedamos al garete en medio de una marejada fuerza cuatro o cinco y nos movimos a merced del viento y la corriente. Pocas horas después pasaríamos frente al faro y boca de la entrada al puerto de Argel, continuamos nuestra deriva al Este a muy pocas millas de la costa y sin determinar el final de ese recorrido. Asombrosamente algunos de los tripulantes que vivían en la superestructura no se enteraron de la explosión e incendio a bordo, supongo que dormían sus borracheras. No recuerdo la presencia de otro oficial en el puente tampoco, todo el tiempo estuvimos Cordoví y yo. Estaba justificada la ausencia de la marinería que vivía en el alcázar, ellos se enteraron a la mañana siguiente cuando despertaron fondeados frente a una playa argelina.

¡Gracias a Dios por regalarnos la presencia del negro Campos! Con una serenidad y profesionalismo impropio de cualquier joven, lo vi dirigir con autoridad y maestría todas las maniobras para extinguir el incendio. Cuando me asomé al cuarto de máquinas, las llamaradas se elevaban desde la cubierta de las culatas hasta las lumbreras.

Decenas de mensajes cruzaron el Atlántico en ambas direcciones, todos tenían un denominador común, evitar a toda costa los gastos por el servicio de un remolcador que nos sacara de aquella playa. El tiempo mejoró notablemente y pudimos dedicarnos a descansar con algo de tranquilidad. Unos tres días después de nuestro fondeo a pocos cables de la playa argelina, nos visitó e inspeccionó una lancha de las tropas de guardafronteras de ese país. Navegación Mambisa nos informó sobre la proximidad del buque "30 de Noviembre", quienes tenían la orden de remolcarnos hasta Barcelona.

Fondearon paralelos a nosotros y enviaron uno de sus botes salvavidas, por los binoculares pude identificar que en dicho bote venía Manuel Balsa Larrinaga, amigo y compañero mío de estudios. No sé cuál cuento le metió a Cordoví que éste, con tremendo misterio, me dice que debo llegar hasta el otro buque. El Capitán de aquel barco era Carlos Yero, ya fallecido hace unos años. Entre tragos servidos en su camarote, me dicen que le habían metido miedo a Cordoví para que autorizara mi viaje hasta ellos y poder tomarnos unos tragos. Regresé medio borracho y se había levantado un poco de marejada, la operación para embarcar nuevamente al Pepito fue algo peligrosa, más aún cuando llevaba un bolso con varias botellas de ron para compartir con la marinería.

Después de una excelente maniobra de aproximación desarrollada por Yero para tomar nuestro cable de remolque, fuimos conducidos por él hasta Barcelona y durante todo el trayecto fui jodiendo a su Segundo Oficial Luís Valdés Arnaiz, hace unos años con residencia en Miami.

En Barcelona permanecimos tres meses reparando la máquina principal, período de tiempo durante el cual recibimos la visita de varios agentes de la inteligencia cubana para someternos a interrogatorios. Los gastos de los pasajes de esos individuos represivos, parece que fueron tomados del destinado a la compra de nuestros víveres. Nadie puede calcular el hambre y miseria que experimentamos en este período de tiempo, pero no hay mal que por bien no venga, como dice un viejo refrán. Le templaron la mujer a Tamayo como estaba previsto en los planes de la tripulación, lo simpático del caso, el elegido fue quién menos se podía imaginar. El chino era un engrasador que no sumaba ciento treinta libras de peso, muy bajo de estatura, pero jodedor como él había que mandarlo a fabricar. Se la templó y bien templada, tanto, que Tamayo al descubrir la infidelidad de la Segunda Dama, la emprendió a golpes con ella y estuvo varios días sin poder salir del camarote.

Fue sancionado por el partido y la administración, aquel castigo de ese hijoputa, provocó mi ascenso en Barcelona a la plaza de Primer Oficial. -¡Que te entregue el camarote y la jeva! Decían los tripulantes con sed de venganza. -¡Si no le quitas eso, no te vamos a respetar como Primer Oficial! Ni se imaginan todo lo que sufrió aquel cabrón por el resto del viaje, me las desquité todas de un solo golpe. Lo desenrolé inmediatamente que arribamos a La Habana, no le permití hacer guardias en el puente y tuvo que concluir su viaje disfrutando de un auto arresto, la gente no lo quería ver ni en pinturas.

Hice lo imposible por quedarme de vacaciones y la Jefa de Cuadros alegó que no podía desenrolarse el cien por ciento de la tripulación.

Cordoví se quedó de vacaciones y fue sustituido por Jorge Torres Portela. Ya le he dedicado varias páginas a este personaje en mi relato titulado "Al Garete", reincido en mencionar que fue uno de los capitanes más ineptos, extremista, estúpido, incompetente y degenerado con el que me tocó compartir suerte. Hace un tiempo se encuentra en el exilio, pero como dije una vez, su presencia en esta orilla no lo exime de todo el daño que produjo viviendo en Cuba. Como hacían la mayoría de los capitanes, trajo consigo a su Primer Oficial de nombre Artigas y yo regresé nuevamente a mi plaza de Segundo Oficial. Artigas era un muchacho preparado e inteligente, pero carente de algo que necesita tener muy presente todo aquel que pretenda dirigir o mandar hombres, me refiero a los huevos que se esconden debajo de los pantalones. Extremadamente timorato, aceptaba sin ningún tipo de obstáculo todas las arbitrariedades de Portela. Artigas viajaba con la que se presentara como su esposa y a la que yo conocía desde su origen a bordo del buque Africa-Cuba. Belkis era una muchacha bonita, joven y mucho más valiente que su marido. La guerra gratuita e injustificada que me declaró Portela desde que pisó el portalón del barco, se mantuvo sin ningún tipo de tregua hasta el momento de mi desenrolo. Toda esa pesadilla la pueden encontrar en el trabajo mencionado, donde no solo hago referencia a este individuo, conocerán de cerca las vicisitudes y miedos que se sufren en medio de una galerna con el buque totalmente apagado. Solo Dios puede explicar por qué nos permitió continuar vivos.

No tuve necesidad de insistir para tomar las vacaciones, Portela se encargó personalmente de buscarme el relevo, yo me había convertido en su pesadilla a bordo de ese barco. Sobre el Pepito Tey he escrito mucho, yo diría que demasiado, fue uno de mis peores buques y del que guardo quizás los más execrables recuerdos. Los marinos tienden a recordar con amor cada nave por donde pasan, este buque fue la excepción de esa regla.

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