Cuba es un cuento, compay

Motonave Renato Guitart (Mi barco 11)

El escenario era dantesco, nunca había observado nada similar en todos los puertos visitados. Una costra de mierda humana cubría casi toda la eslora del casco por ambas bandas, la peste era insoportable. Desde los imbornales bajaban arcos chispeantes que tomaron el sentido del viento reinante durante la marcha, eran de un amarillo pálido y cada hueco podía imaginarse como la boca de un tragafuegos. El orine había realizado su trabajo contra la pintura marina, ella había sido diseñada contra los efectos del salitre y la corrosión, nunca contra los efectos de ese líquido que expulsa nuestro cuerpo. La arboladura le daba al buque ese aire simpático de cualquier carroza en plenos carnavales, todos sus amantes, amantillos, puntales, palos y hasta la antena del radar, mostraban una extravagante guirnalda de papel sanitario. Desde nuestra distancia podíamos observar las huellas de puntos oscuros y carmelitosos, algunas extendidas como rajaduras, líneas gruesas que hablaban un poco de su origen. El contramaestre le daba órdenes a unos marineros para que aplicaran el potente chorro de agua de la manguera sostenida entre sus manos contra el casco. Cebolla y yo continuamos nuestra marcha a lo largo del muelle, el país se encontraba en guerra, nosotros, no.

Tony se quedó de vacaciones y fue relevado por el negro Wilfredo Pineda Pelayo, muy feo y con un millón de complejos personales. No existe nadie peor para ocupar una plaza de "jefe" que un cabrón con cualquier tipo de complejos y él tenía muchas razones para justificar su mal humor. Se bajó también el viejo Eloy Paneque Blanco y su muñequito Sucu Sucu, lo mantuvo siempre sobre la mesa de ploteo. Sucu Suco era el verdadero piloto de su guardia, el capitán le ordenaba tomar una posición y Paneque le trasmitía la orden a su muñequito, no sabía. Por la plaza de Paneque enrolaron a mi socio del alma que se llamaba Jorge Marcos Joan (Alias Cebolla), ya murió. Un tipo a todo dar y con muy buena preparación técnica, fue el tercer expediente de mi curso. Teníamos un agregado de cubierta, el negro había navegado conmigo en otro barco, no recuerdo ahora cuál, no se me olvidó uno de sus apellidos, si la memoria no me traiciona era "Vinent". Infeliz que luego nos provocara millones de problemas, muy complejista también, tuvo inmediata afinidad con Pineda.

El viaje anterior fue todo un vacilón, reparamos en Cádiz y en ese puerto nos mantuvimos por más de un mes. Cebolla y yo nos hicimos amigos del viejo más bandolero que haya existido en ese puerto, tenía más de setenta años y era muy famoso entre todos los pescadores. Nos agarró cariño o lástima, quién pudiera saberlo, lo cierto es que diariamente iba por nosotros hasta el barco y no faltaron oportunidades en las que se tirara a dormir en el sofá de mi camarote. Nos abrió una línea de crédito en todos los bares de Cádiz, por supuesto, nunca la utilizamos. Su pasado era algo oscuro, nos contó que se demoró largos años en llegar desde la frontera francesa hasta esa ciudad andaluza, solo nos dijo un motivo, delinquía por todos los pueblos que pasaba. Nosotros lo bautizamos con el mote de "Papillon" y como era tan viejo, gozó de entera libertad para andar en nuestro buque, fue de los pocos extranjeros no considerado un potente agente de la CIA.

García relevó a Expósito como primer cocinero, perdimos en ese cambio. Como ya les había explicado, su cargo como secretario del partido nunca lo privó del cariño y afecto de toda la tripulación. García era un viejo bandolero y dispuesto a embarrarte para cubrir sus fechorías, era como un manatí, solo que mucho más barrigón y feo. Vivía también en Regla y era vecino de una prima mía, siempre olía a rancio.

Después de la reparación regresamos nuevamente al Mar Negro, Bulgaria, Rumanía y la Unión Soviética estarían en la lista de nuestro destino. Nunca me gustó navegar dentro de ese mar, sentía la sensación de entrar a una trampa cuando dejaba por la popa al Estrecho de Bósforo. Temía por las consecuencias de cualquier guerrita tan de moda en esos tiempos, quedabas atrapado en un mar que no te pertenece y sin otra posibilidad de escapar. Cebollas conoció a Violeta, encantadora como siempre y con unas formidables piernas que me volvían loco. Mylonka había terminado sus estudios y regresado a su pueblo, tal vez suspendió los exámenes, sus amigas de habitación no supieron explicarme. En Cuba recibí una carta de ella donde me proponía matrimonio, estaba escrita en francés y la tradujo la esposa de un hermano mío. Era ingenua después de todo, nunca imaginó que yo era casado.

Las guardias de navegación permitieron que recuperara algunas libras de peso, lo que yo engordé lo perdió Cebolla, pero en su caso era necesario. Iba cubriendo la guardia del Primer Oficial sin dificultad, ya tenía dominio absoluto del cielo. Cebolla iría cubriendo la del Segundo Oficial y Vinent la del tercero. Como siempre fui muy autodidacta, dediqué todo el tiempo disponible a prepararme para el cargo superior. Los cálculos de estabilidad tendrían prioridad absoluta, nunca acepté ser sorprendido por las casualidades o eventualidades, debía estar preparado para lo que llegara. Me consideraba un Segundo Oficial competente, ignoraba todo síntoma de modestia y era verdad, me encontraba preparado para asumir cualquier cargo de cubierta y eso se lo debía a una dedicación e interés particular poco común en la oficialidad de aquellos tiempos. La tendencia general era acomodarse en el cargo asumido y esperar por una llamada o propuesta para un curso de superación, yo siempre pretendí ir delante de la carreta. Poco tiempo después, sería propuesto por Pineda para llevar al barco por la costa ocupando su plaza en lo que él disfrutaba de unas cortas vacaciones.

Salimos para Manatí cargados con unas barras de acero de las que se utilizan en la construcción de muelles, pero nos fundimos a escasas cinco millas de la costa y exactamente frente a La Habana del Este. Nos remolcaron para el dique de Casablanca y allí permanecimos durante varios meses con la máquina principal desarmada. Ese tiempo de inactividad atenta contra la fidelidad tan escasa entre nosotros los marinos, las aventuras nos persiguen como si estuviéramos marcados por el destino. Cebolla y yo nos convertimos en concuños, lo empaté con una hermosa muchacha que era gemela de una novia mía y debíamos fijarnos muy bien para distinguirlas.

Una tarde y cuando nadie lo esperaba, ordenaron sellar la máquina principal y nos prohibieron bajar a tierra. El buque había sido tomado militarmente, tambores de guerra sonaban por Angola. Tenía solamente el uniforme destinado a las guardias y la ropa con la que iba para la casa, un solo calzoncillo, el que llevaba puesto. La Habana no contaba con los adelantos disfrutados en el mundo exterior, nada de estaciones para llamar por teléfono y aunque existiera, yo no tenía ese aparatico en mi casa, solo se obtenía por certificado médico, soborno o algún mérito "revolucionario". No podía llamar a la casa para pedir me trajeran ropa y tuve que partir con las únicas piezas disponibles.

Ya escribí suficientemente sobre los preparativos y ese viaje cargado con mil doscientas almas en un barco que reunía muy malas condiciones para transportar seres humanos, eran soldados y debían aceptar con resignación su suerte.

Viajaba como "clavista", ya lo he mencionado en un capítulo anterior. Conocía muy bien todo lo que ocurría a bordo y los intercambios de opinión entre el mando de aquella misión y La Habana. Aquel viaje fue una aventura inolvidable, tanto, que después del paso de varias decenas de años, puedo respirar la peste que nos llegaba desde las bodegas del buque. ¡Cojón de oso! Así decíamos nosotros para identificarla desde el puente, lugar que debíamos mantener cerrado para evitar la entrada de pedazos de papel sanitario cagados. Culos negros, mulatos, blancos, flacos y gruesos, apuntaron por ambas bandas para descargar sus mojones o diarreas. La versión cubana de un servicio sanitario en un barco que transportaba esa cantidad de hombres era muy rústica, una simple escalerilla de madera con unos débiles pasamanos que, garantizara en algo el equilibrio cuando apuntabas el culo fuera de los límites de la brazola. Se requería ser muy descarado o estarse reventando de las ganas de cagar para someterse a semejante sacrificio público. Luego, cuando el buque oscilaba por cualquier bandazo producido, debíamos permanecer atentos para dar el primer grito de: ¡Culo al agua! Por suerte, los muchachos se aferraron muy bien a esos pedazos de madera y no sufrimos ningún accidente.

Navegábamos por aguas tropicales donde corría muy poco de viento, correspondía a la zona de las "calmas ecuatoriales" y el barco, por su edad o abandono, tenía el sistema de ventilación forzada fuera de servicio. Un vaho repugnante se elevaba por las bocas de escotillas donde vivían unos quinientos hombres, peste a huevo, vómito, culo y grajo mezclados ascendían hasta la altura del puente. No podía esperarse menos que eso en una nave donde estaba prohibido bañarse, el consumo de ese líquido para beber y cocinar ascendía diariamente a unas treinta toneladas. No poseíamos destiladora que pudiera aliviar el consumo, la orden era clara, el que fuera sorprendido bañándose sería conducido a un pañol en funciones de calabozo.

Algunos de los soldados que iban para esa guerra fueron extremadamente inteligentes, se declararon "maricones" durante la travesía y finalizaron el viaje en calidad de prisioneros. Fueron enviados para Cuba inmediatamente, salvaron el pellejo, pero cargaron consigo la marca de una homosexualidad tal vez falsa.

A pesar de todas las dificultades existentes, fue un viaje divertido en todo el sentido de la palabra. Lograba arrebatarnos de esa amarga monotonía vivida en un viaje de rutina, rostros nuevos que se observaban con curiosidad en cada paseo por las bodegas. En mi camarote, un capitán del ejército durmiendo en mi sofá y un primer teniente en el piso sobre una colchoneta. Ambos debían considerarse privilegiados al mantenerse viviendo en la superestructura del buque, alejados un poco de aquella repugnante peste respirada en las bodegas. Los dos sintieron mucho temor por mi persona cuando los presentaron a bordo, les manifestaron que se encontraban subordinados a mí. ¿Cómo individuos de ese rango podían subordinarse a un civil? Fue una de las inmediatas preguntas que les vino a la cabeza y se medían muy bien a la hora de hablar conmigo. Trabajaban como "clavistas" del ejército y al finalizar el viaje debían entregarme todo el material que ellos poseían, esa fue la orden. A mitad de navegación y cuando las tensiones se habían relajado un poco, les tomé algo de confianza y les hablé claro. Por supuesto, esa decisión la había consultado con mi amigo Cebolla, algo muy importante se encontraba en juego, nuestras vidas.

-¿Saben una cosa? Antes de partir de Cárdenas recibimos a un Mayor del ejército con una orden de Raúl Castro. Si quieren me pueden creer y en caso contrario me delatan. Los observé fijo a los ojos durante unos cortos minutos con la intensión de leer sus reacciones, creo que los sorprendí.

-¿Y era muy importante esa orden? Preguntó el capitán, es una lástima que hoy no recuerde su nombre. Solo deseo que se encuentre vivo y pueda leer lo que he escrito sobre ese viaje para Angola.

-No voy a andar con rodeos y espero que comprendan la importancia de estas palabras. Nuestras vidas dependen mucho de las reacciones que se puedan producir en caso de que lleguemos a experimentar esa situación y tenemos que estar preparados. Hice una pausa para sacar una botella de ron de la taquilla, había hurtado una caja cuando recibimos los víveres.

-¡Compadre, no te demores más! Dijo el primer teniente cuando se dio el primer trago de ron.

-Si el barco es detectado por fuerzas navales enemigas, tenemos que encerrar a todos los soldados en las bodegas y hundir el buque. Me detuve nuevamente para beber y esperar por las reacciones de aquellos hombres que muy bien podían hundirme para siempre.

-¡Coño, no puedo creerlo! Fue todo lo que pudo manifestar el capitán.

-¿Qué sentido tiene que yo invente algo así? Les estoy hablando muy serio y me la estoy jugando con ustedes. Esa orden se le impartió a toda la tripulación unos minutos antes de ustedes embarcar, no creo necesario agregarle todo lo demás, pura retórica internacionalista.

-¿Crees que se pueda realizar esa operación? Ahora intervino el primer teniente.

-No lo creo, la gente no es comemierda y se huelen la muerte cuando está cerca. Pero eso no es lo peor, el asunto es que cada soldado viaja con su fusil AKA y proyectiles. ¿Se imaginan por un solo minuto la que se formará? Nosotros no estamos armados, bueno, me refiero a la tripulación, ustedes tienen lo suyo.

-La cosa es grave. Dijo el Capitán.

-Mucho peor de lo que imaginas, supongamos que no ocurra ese cruce con un buque de guerra militar, pero, nunca olviden que se encuentran navegando en un barco muy viejo y podemos sufrir una avería.

-¿Averías de qué tipo? Me interrumpió el capitán.

-Una vía de agua, un incendio, una explosión con todo ese material bélico que llevamos en las bodegas, una colisión, etc. Todo es posible cuando se participa en una aventura de este tipo.

-¡Ño! Nunca había pensado en nada de eso. Fue ahora el primer teniente y serví nuevamente los vasos.

-Yo lo sé, ustedes no son marinos y es primera vez que se montan en un barco. Pues bien, si algo de eso sucediera, nos mataremos como moscas.

-¿Por qué? Me miró muy serio el capitán.

-Se han preguntado ¿cómo abandonaremos el barco?

-En los botes, ¿no? Escuché aquellas palabras cargadas de ingenuidad infantil.

-Se equivocan, los botes solo tienen capacidad para treinta y cinco personas. Somos más de mil doscientos hombres a bordo actualmente. Entonces, el primer teniente miró para el lugar donde iba acomodado mi chaleco salvavidas.

-¿Y aquello? Lo señaló.

-Ese es el mío y uno de ustedes me matará por obtenerlo, luego, el que se quede sin él matará al que lo tenga puesto. Saldrá por la cubierta y lo matarán a él, así, hasta que queden pocos sobrevivientes y puedan lanzarse al agua.

-¿No hay para nosotros?

-No creo haberte hablado en inglés, el buque no fue abastecido con material de salvamento para la tropa, ustedes están condenados a morir desde la misma salida, nosotros también. Cuando concluí de explicarle aquello reinó el silencio durante varios minutos, estaba convencido de que pasarían mucho trabajo en aceptar esa realidad.

-Ya he estado conversando con Cebolla sobre este problema, él es la única persona de mi confianza. Hoy en la noche voy a sacar dos chalecos salvavidas de una caja que hay en la cubierta de botes, uno para cada uno de ustedes. También vamos a esconder en este camarote las dos pistolas de bengalas que existen en los botes y si quieren salvar el pellejo deben seguir todas nuestras instrucciones. A partir de aquella conversación mejoraron nuestras relaciones y se hablaba sin miedos entre nosotros. Antes de llegar a Angola, ambos combatientes estaban convencidos de que se habían equivocado y se sentían profundamente traicionados. Afortunadamente para nosotros, el viaje terminó con éxito. Junto al muelle de Lobito destinado a la carga militar, una enorme montaña de palos que correspondían a las literas donde durmieron los soldados de cada buque nuestro. La historia completa de aquel viaje la escribí hace varios años y la titulé "La misión de los condenados". Hasta ese año no se había hablado de esa orden recibida en cada uno de los buques que partieron para Angola, ya es de dominio público y da una idea del carácter fanático de esa revolución que se alimenta de muertos.

La tranquilidad regresó nuevamente al buque cuando abandonamos Lobito, la sensación de vacío era muy grande, reinó ese silencio solo disfrutado en los cementerios. Los fantasmas de aquellos soldados andaban por todas las cubiertas del barco, un sentimiento de culpa nos invadía cuando los recordábamos, habían sido abandonados en una tierra totalmente extraña para nosotros y participarían en una guerra donde solo teníamos razón para perder en el orden social, político, económico y humano. Mientras navegábamos con destino a Las Palmas de Gran Canarias, sufríamos los embates del paso de aquella tropa sobre nosotros. Los víveres no habían alcanzado para alimentar esa enorme cantidad de estómagos y considero que todo ocurrió por culpa del capitán Ferreiro. Cuando me pidió que realizara los cálculos del viaje por diferentes derrotas, le dije que la duración de la travesía sería de unos veinticinco días. Todavía hoy no me explico de dónde carajo el sacó esos veintidós días que informó al Estado Mayor de las FAR en el puerto de Cárdenas, pues fuimos servidos de acuerdo a la palabra del capitán y tres días de diferencia en la alimentación de más de dos mil hombres son de un gran significado. No existió otra opción que acudir a las reservas de nuestra gambuza y aún así, llegamos comiendo muy mal. Como víveres solo recibimos unos tres racimos de plátano y dos o tres chivas, una de ellas preñada y a la que no quisieron sacrificar por lástima. Deben suponer el hambre que pasamos durante esos doce días de navegación hasta Canarias. Cebolla y yo teníamos una reserva de galletas de sal y varias latas de chocoleche que les daban a los soldados, esa fue nuestra alimentación durante la mayor parte de la travesía. Tomamos un taxi en el rompeolas y le pedimos que nos llevara a un restaurante barato donde se comiera bien. Cenamos opíparamente, tanto, que por poco nos desmayamos por ese choque frontal con las proteínas. Comenzamos a sudar frío, nos pusimos pálidos y el hombre de aquella fonda se asustó y estuvo a punto de llamar una ambulancia. Fue verdaderamente una salvajada, pero era la única forma de satisfacer esa ansiedad que teníamos por un verdadero plato de comida.

Con la gambuza casi en cero, Ferreiro insinuó dejar las compras para cuando llegáramos a Bulgaria y la tripulación se le volvió a sublevar, nunca he podido comprender el carácter miserable de ciertos hombres y en Cuba abundaron muchos de esa especie. Sometían innecesariamente a sus tripulaciones a una austeridad incontrolada solo buscando méritos personales, gracias a Dios que hasta esos momentos existía una tripulación bastante unida. Muy poco tiempo después, ese ambiente desaparecería para siempre de nuestra flota y fue una verdadera lástima.

Teníamos orden de recalar en Cádiz para realizar reparaciones menores a la máquina principal, las razones de aquella arribada forzosa eran otras. Sería relevado el Jefe de Máquinas Manuel Tapia Dorticós por Pepe "El Bistec", todos los mensajes referentes a ese relevo yo los había cifrado y sabía que le estaban pidiendo la cabeza por los problemas presentados durante la travesía para Angola. La soga siempre se parte por el tramo más débil y querían justificar de alguna manera aquella locura de armar a la carrera un barco que se encontraba en el dique para destinarlo a operaciones de guerra. El Bistec era un renombrado Jefe de Máquinas de la flota, pero su presencia a bordo no logró eliminar los problemas que se presentaron durante el resto de la travesía.

Otra vez Varna y mis constantes visitas a la estatua del soldado desconocido. Violeta era una muchacha que me arrebataba y nuestro romance debió desarrollarse en el bosque, ella era hija de un oficial del ejército búlgaro, creo haberlo dicho en el capítulo anterior. También apareció Margarita en una de esas fiestas que organizábamos con los komsomoles del puerto, bajita, menudita, no tan linda como Violeta, pero era una flor más que adornaba mi jardín. Un día salía con una y otro con la otra, resultaba algo divertido andar por la ciudad mirando en todas direcciones como buen pecador.

Cuando regresamos a Cuba ya habían transcurrido unos seis meses, lo hicimos por el puerto de Bahía Honda, nosotros fuimos los que inauguramos aquel muelle construido con la sola justificación de gastar un poco del dinero que nos llegaba desde el CAME. Un tiempo después lo utilizaron para el desguace de barcos, no tenía sentido alguno aquella inversión, pero así andaban las cosas en la isla. El capitán y Pineda se desaparecieron del buque y recibí un camión de cerveza. Nunca había bebido como en aquellos tiempos, llegamos a reunirnos los tres relevos y nadie deseaba abandonar el buque. De noche salíamos a cazar cangrejos en la costa o conseguíamos pescado fresco con en la cooperativa que se encuentra a la entrada de su bahía. Fueron días de interminables fiestas mientras descargábamos el abono químico traído de Bulgaria.

Me puse de acuerdo con Cebolla para que pudiera ascender de cargo, cuando el buque estuviera listo para partir, yo presentaría un problema familiar buscando mi desenrolo. Eso obligaría a la empresa a subirlo de cargo y así ocurrió. Esas cosas podían vivirse en aquellos tiempos donde todavía la palabra amigo era considerada de gran valor, después, los que fingían ser amigos o compañeros de trabajo, eran capaces de delatarte para de esa manera ocupar tu puesto.

Sin apenas darme cuenta ya andaba por el año setenta y seis, muy poco descanso disfrutado en los años transcurridos y comenzaba a sentir agotamiento. Ya tenía un hijo con el cual deseaba disfrutar parte del tiempo o todas sus desgracias, porque a esas alturas del juego, aún permanecíamos viviendo de agregados entre la casa de mi madre y la de mi suegra. También fui una persona muy calculadora para mi edad y con algo de visión en el futuro. La flota crecía a pasos agigantados y exigía la presencia de una cantidad de oficiales que la academia era incapaz de producir, pero aquella pachanga tocaría fondo alguna vez y los que estudiamos en el Viet Nam Heroico poseíamos un diploma que no era reconocido internacionalmente. Cuando esa demanda fuera satisfecha, yo suponía que nos dieran una patada en el culo por muy buenas hojas de servicio que poseyeras. Se imponía entonces la necesidad de sacar urgentemente el título de Piloto de Altura y que mejor sitio para hacerlo que no fuera la propia Academia

Naval del Mariel. Mi amigo Eduardo Ríos Pérez y yo fuimos hasta ese centro educacional donde nos enteramos de la crisis mantenida por la escasez de profesores y solicitamos plazas. Fuimos inmediatamente aceptados, no cualquier loco es capaz de renunciar a la pacotilla tan necesaria en la isla y se someta a los sacrificios que vive todo el pueblo. La situación era caótica en esos tiempos, los apagones se programaban diariamente y se distribuían por zonas de una manera planificada, pero nunca se cumplían los tiempos programados y ellos podían durar desde ocho horas hasta veinticuatros. La gente andaba muy irritada por las calles, pero pertenecíamos a un pueblo cuya docilidad era alarmante.

La motonave "Renato Guitart" dejó de ser parte de mi vida, eso pensé yo. La abandonaba con esa carga de gratos y malos recuerdos como los que se viven en cualquier matrimonio. Muchos de aquellos amigos han muerto y les he dedicado algunas páginas. Varias historias nacieron de esa nave y se encuentran dispersas por Internet, disfruté mucho cuando escribí "Los fantasmas del Hotel Casa Granda", al menos, creo haber cumplido con ellos al rescatarlos de ese olvido al que fueran condenados injustamente. Voy subiendo la loma donde se encuentra enclavada la academia naval, mi espalda recibe la brisa refrescante que me llega desde la bahía del Mariel.

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