Cuba es un cuento, compay

Alto Cifrado (Mi barco 9)

Teníamos derecho a un mes de vacaciones cada once de trabajo, dependiendo del buque y su línea de navegación, ese tiempo de labor podía consumirse en dos viajes. La flota se encontraba en una fase muy importante de crecimiento y los oficiales escaseaban, muchas veces esas vacaciones eran interrumpidas por alguna emergencia. Si eras una persona muy popular en la flota podía resultar que nunca la disfrutaras totalmente, muchos capitanes solicitarían tus servicios en el Departamento de Cuadros. Si por el contrario, eras un individuo impopular, lo más probable era que te demoraras en puerto esperando una oportunidad para embarcar, así funcionaba aquello en esos tiempos.

Siempre temía la presencia del cartero pitando frente a la casa, como no mantenía correspondencia con nadie, un telegrama recibido era casi siempre una orden. Llegó antes de finalizar el tiempo de mis vacaciones, debía presentarme con urgencia en Cuadros, todos los mensajes recibidos tenían ese carácter urgente y serio que nos molesta y detestamos leer.

Temprano en la mañana me presenté ante Eusebio, lo conocía desde su época de engrasador en el "Jiguaní", había ascendido milagrosamente entre las paredes de la empresa y ya era el segundo al mando en ese departamento, no recuerdo si llegó a ser uno de sus jefes, creo que sí. Me informó con voz misteriosa que debía presentarme en la oficina 404, sabía de su existencia, pero nunca identificada con ese número. Muy cerca de la escalera interior del edificio y a la derecha de la salida en el tercer piso, existía otra escalera que colgaba como cordón umbilical postizo, daba acceso a un cuarto nivel que muy bien pudo haber sido construido después de terminada la edificación, era el único existente en esa construcción y ocupaba un espacio muy limitado de lo que sería la azotea. La escalera terminaba en una puerta con barras de hierro y debía tocar un timbre que se encontraba a su derecha, era sencillo descubrir su existencia por el anillo de churre que rodeaba al botón.

Mientras subía desde la planta baja, mi mente trataba de encontrar un fallo en mi conducta. Sabía que aquella oficina pertenecía al Ministerio del Interior y que ellos nunca te llamaban para nada bueno. ¿Qué coño hice ahora? Me preguntaba en cada escalón y veía con impaciencia que no encontraba la respuesta que justificara mis temores. Cuando toqué el timbre me abrió una mujer gruesa de aspecto gallego por el color de su piel, era de ese blanco desempercudido que solo se logra con muchos días tomando baños de sombra en nuestra isla. No me preguntó nada y supuse que ya me estaba esperando, subí unos escalones más detrás de ella y doblé a la derecha, no había otra dirección que un largo pasillo sin puertas. Al final había una oficina y ordenó esperar, me senté en una de las butacas dispuestas frente a un enorme buró. Frente a mí, un mapa gigante del mundo con piezas pegadas magnéticamente, todas tenían la figurita de un barco y podía leerse su nombre desde mi distancia. Los minutos de espera tuvieron siglos de duración que aumentaron mi nerviosismo e incertidumbre. ¡Serénate, no has hecho nada malo! Repetía incansable una voz que llegaba desde mi conciencia. ¿Cómo voy a mantenerme relajado? Volvía a preguntarle y nunca obtuve respuesta, mi conciencia conocía el miedo que se siente cuando te llaman con tanto misterio a una oficina de ese ministerio. Mi vista trató de distraerse para olvidar un poco la tensión, recorría cada rincón de aquel mapa y trataba de memorizar la posición de cada barco, pero el ejercicio de relajación fue roto al cabo de un tiempo indeterminado.

-¿Usted es militante de la Juventud? Preguntó un individuo bajito con uniforme militar y los grados de Capitán de color platino. Me extendió su mano y el nerviosismo comenzaba a ceder, cuando te citan por algo malo no te saludan, pensé.

-Sí, soy militante. La voz salió temblorosa.

-Soy el capitán Palma y lo he citado hoy porque la revolución le tiene asignada una tarea, está dispuesto a aceptarla. Así, sin explicar nada más.

-Bueno, depende, tal vez no sea el idóneo.

-Es muy sencillo, recuerde que un militante no puede negarse a aceptar una tarea de la revolución.

-Yo no me estoy negando, solo digo que depende de la tarea asignada, si considero que no estoy apto para realizarla se lo diré inmediatamente, no quiero quedar mal con la revolución.

-El problema es que vamos a introducir en la flota un nuevo sistema de cifrado de mensajes y necesitamos preparar "clavistas" que realicen esas funciones a bordo. Hasta estos momentos esa labor era realizada por los capitanes a bordo, pero ha llegado el momento de comenzar a cambiar las cosas por dos razones. No todos los capitanes son de confianza para la revolución y las claves utilizadas actualmente son obsoletas.

-No considero tan difícil de cumplir esa tarea, pero necesito que me ilustre un poco.

-Ya lo creo, algo muy importante, no debe cambiar en nada su personalidad, eso levantaría sospechas inmediatamente entre los tripulantes.

-Entonces, ¿puedo seguir siendo el mismo tipo jodedor, mujeriego y fiestero que he sido hasta hoy?

-Positivo, ya hemos estudiado profundamente su personalidad y se ajusta a nuestros requerimientos. Usted ha vencido exitosamente nuestras pruebas y lo consideramos una persona de total confianza para la revolución. Cuando terminó de expresar aquellas palabras me vino a la mente el viaje realizado en el Viet Nam Heroico.

-En esencia, ¿cómo será mi trabajo a bordo?

-Usted continuará siendo el oficial de cubierta que todos conocen, nada en su comportamiento debe alarmar a los tripulantes. No puede confiar en absolutamente nadie, usted será el individuo que se encontrará siempre en la mirilla de los agentes de la CIA en el extranjero. Razones sobran por medidas de seguridad para decirle que no puede salir solo en ningún puerto, su existencia a bordo solo será conocida por el capitán del barco. Debe tratar de alterar en todo lo posible los rasgos de su letra para que no pueda ser descubierto por el telegrafista. Los mensajes para su cifrado y descifrado les serán entregados exclusivamente por el capitán y los que usted procese se los entregará a él aunque vayan destinados a otras personas. Las claves deberá entregarlas debidamente selladas antes de entrar a cualquier puerto, ya le enseñarán las técnicas usadas para detectar si el sobre donde las guarde ha sido violado. En caso de que eso ocurriera en algunos de sus viajes, debe informar inmediatamente a la embajada o consulado del país en tránsito, el capitán nunca estará autorizado para abrir el sobre lacrado que usted le entregue. Prestaba mucha atención a cada una de las instrucciones que me daba aquel individuo y en ningún lugar escuche mencionar las palabras "a partir de estos instantes usted forma parte de los órganos de seguridad cubano". Nunca mencionaron obligación alguna a "chivatear" o delatar a alguien, mis funciones serían específicamente las de cifrar y descifrar esos mensajes que serían recibidos por el departamento de "Cifras" del Ministerio del Interior. Las labores de chivatos asumidas por algunos clavistas a bordo de nuestros buques, muy bien pueden ser consideradas como un "trabajo voluntario" que asumieron sin ser solicitado, los conocí y vivieron a bordo esa pantalla misteriosa del "segurozo" que realmente no eran. Un año y medio después de aquella entrevista, tuve un fuerte encontronazo con un agente de la seguridad del estado cuyo nombre de guerra era "Raydel" y quien tenía su estado mayor en el edificio de Navegación Mambisa. Ese individuo bajito y de rostro repulsivo por las huellas de una implacable acnés juvenil, me exigió información sobre un viaje finalizado a bordo del buque "Pepito Tey" y mi respuesta fue muy diáfana, "yo no tengo orientado informar absolutamente nada, lo mío es cifrar y descifrar", al tipo no le gustó mi respuesta.

-¿Cuándo comienzo en estas labores?

-Enma le dirá la fecha de inicio de su curso, cuando lo finalice y ella lo apruebe, tendrá que firmar un compromiso de fidelidad con nuestra revolución. Enma era la gorda gallega que me abrió aquella puerta de hierro, ¡tan zorra!, pensé. Las clases eran diarias y en horarios donde el público no tenía acceso a la empresa. El mayor temor sentido en esos días era que me vieran subiendo por aquella escalerita y se corriera la voz de que yo era segurozo o chivato. Afortunadamente nadie me vio entrar a la oficina misteriosa durante la semana que duró el curso, puse al corriente a mi amigo Eduardo Ríos inmediatamente. -¡Vaya suerte que tienes! Están puestos pa’tu calavera. Fue todo lo que me dijo.

Las claves eran unos libritos de unos diez centímetros cuadrados con sus hojas debidamente engomadas por tres de sus cantos. Solo podía arrancarse la hojita que se iba a utilizar en ese mensaje a cifrar, cada hojita tenía unos cincuenta grupos de cinco cifras, si no me equivoco. La portada interior de ese block contenía todas las letras y signos de nuestro alfabeto con una cifra debajo. Las dos primeras páginas de la derecha contenían un grupo de cinco cifras, cada uno de esos grupos correspondía a una de las páginas de ese librito y serían las primeras en escribirse para indicar al receptor dónde habías comenzado a cifrar, solo se ponían los números de la página inicial y la final cuando se terminaba de cifrar el mensaje. Existían unas hojas plantillas donde ibas dándole cifras a cada letra del mensaje en cuestión, todas separadas en grupos de cinco cifras. Cuando terminabas de realizar esa operación, colocabas esa plantilla encima de otra hoja de papel normal con una de carbón en el medio. Arrancabas la primera del block y le "sumabas o restabas" cada uno de los números a los grupos de cifras correspondientes. Los resultados de esa operación eran escritos debajo y como es de suponer, quedaban marcados en la hoja que ya tenías colocada con papel de carbón. Es bueno señalar que en esas operaciones de suma y resta nunca se "llevaba", se ponía el resultado sin tener en consideración las reglas matemáticas, o sea, nueve mas uno es diez, se coloca el cero y se continúa a la siguiente cifra sin "llevar" uno. Cuando ese mensaje era recibido en La Habana, el personal de "CIFRAS" del Ministerio del Interior poseía un juego de claves que se correspondía con la del clavista en cuestión, o sea, todas esas claves eran personales y nunca coincidían los valores numéricos de las letras, ni las operaciones matemáticas. Unas veces podías utilizar un block de enviar donde debías sumar o viceversa. Los errores que se cometieran durante el cifrado de mensajes eran puntos que se acumulaban en el expediente individual de cada "clavista". La orden que teníamos al finalizar cada mensaje era la de incinerar todos los papeles y no dejar rastro alguno.

"Pido que caiga sobre mí todo el peso de la justicia "revolucionaria en caso de traición", así decía parte de aquel papel que tuve que firmar una vez finalizado el curso. El tiempo de compromiso era de cinco años y me vería obligado a afinar muy bien la puntería y medir cada uno de mis pasos.

-Desde este momento nosotros somos los encargados de enrolarlo y desenrolarlo de nuestros buques, aunque lo llamen del Departamento de Cuadros, sepa usted que están cumpliendo con una orden nuestra. Solo debe venir a visitarnos cuando sus claves se estén agotando o para entregarlas cuando salga de vacaciones. ¡Aquí le entrego su sello personal con el que debe lacrar sus sobres! No olvide las medidas de seguridad a tener en cuenta a partir de ahora.

La Habana y toda la isla era un hervidero de optimismo y esperanzas en el futuro, la "Ley Seca" pertenecía al pasado. Las puertas de los clubes y cabarets se encontraban abiertas, pero solo con acceso para aquellos cuyos salarios les permitían ciertos lujos mensuales. La flota se vio invadida de pronto con muchos buques de uso y banderas de conveniencia, todos sus nombres terminaban en "Islands", nadie llegaba a comprender lo que ocurría, tampoco ofrecen muchas explicaciones. Ganaba doscientos treinta y un pesos cubanos, había superado ampliamente aquellos primeros cincuenta pesos ganados y mi actual salario podía ser considerado alto en un país donde un ingeniero o cirujano solo ganaba trescientos. Me consideraba afortunado y mi ambición por ascender inmediatamente me convirtió en un ser enfermizamente autodidacta. Estudiaba mucho en mis horas libres y siempre con la mirada puesta en el cargo superior. Muy autosuficiente ante los ojos envidiosos de algunos que me rodeaban, pero muy seguro de los pasos que seguía, nunca acepté un reto cuando consideré fuera inoportuno por carecer de conocimientos. Muy valiente para mi edad, enfrentaba cualquier desafío sin esos temores desconocidos por la juventud e inexperiencia, mucha suerte me acompañó todo el tiempo.

El mes de vacaciones transcurrió rápido, muy lento para satisfacer mis deseos de partir y escapar de la molesta realidad que vivía. Continuaba en casa de mi suegra sin la más remota idea de cuándo poder escapar de aquella ratonera donde nos asfixiábamos veintiuna personas. Me sentía inseguro y con ese temor latente de abandonar a mi único hijo en esa mala suerte que yo le había regalado sin desearlo.

Estuve paseando por varios buques surtos en puerto hasta un día, volví a recibir el molesto telegrama donde todas sus palabras escritas ordenan algo, me presenté al Departamento de Cuadros, se acabaron las vacaciones y mis paseos obligados hasta el puerto de La Habana. Sin solicitarlo, me convertí en un individuo confiable para el régimen aunque dentro de mí me sintiera traicionado.

PD.- Las fotos de los buques que acompañan este trabajo corresponden a naves donde trabajé en el puerto de La Habana mientras esperaba ser enrolado.

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