Cuba es un cuento, compay

Tiempo de espera (Mi barco 3)

Cuando eres joven y soltero poco importa la duración de un viaje, el final de una aventura provoca cierta desilusión y con ese estado anímico viajaba de regreso a La Habana después de mi primer contacto con el viejo continente. Miraba y volvía a mirar mi pequeña taquilla, contemplaba el ridículo botín. No era mucho, pero menos tendría si continuaba en la isla, pensaba para consolarme. El viaje finalizaría con una extensión de dos meses y medio, sacando cuentas por los $2.00 dólares semanales recibidos, mi paga se limitó a $18.00 por ese viaje a Europa. ¿Pude vestirme? Se preguntarán muchos de ustedes intrigados, lo hice al precio de enormes sacrificios para un joven de mi edad. Me moría por beber una CocaCola, solo para rescatar su sabor y me transportara hasta la infancia. Hoy no la bebo, era un capricho por algo prohibido. Sufría cuando pasaba junto a un puesto donde freían papas en Rótterdam y veía como las servían en un cucurucho de papel rociadas de una exquisita mayonesa. Quise renunciar a todo y tocarle el timbre de la puerta a una de las putas de St. Pauli en Hamburgo, aunque solo fuera para que permitiera masturbarme ante su desnudez, el poco dinero no daba para más. Sentí unos deseos terribles de comprarme un disco de The Beatles, me gustaba su música y me sacrificaría aunque no tuviera tocadiscos, lo escucharía en casa de cualquier amigo. Fueron innumerables los deseos reprimidos y me detenía constantemente a sacar cuenta del menudo que sonaba en el bolsillo. Una CocaCola puede representar un par de medias, las papas un calzoncillo y las putas regresar con el pantalón zurcido invisiblemente. Sed, hambre, abstinencia y mucho caminar por las calles de la ciudad para ahorrar unos centavos.

En Miami y Montreal le llaman mercado de las pulgas, "Fly Market" o "Marchés aux Puces" en francés. El concepto de las "Placitas" de Rótterdam es muy parecido, solo que se mueven por distintos lugares de la ciudad y en esta parte del continente se mantienen fijas en el mismo local. La oferta es muy variada, comida, útiles para el hogar, música, ropa, artesanía, etc., igual que aquí. En una de esas placitas compré un par de zapatos italianos de puntera fina y tacón "Hollywood", identificado en España como "tacón cubano". Iban cediendo en su paso por la moda, pero aún conservaban popularidad en la isla. Creo que me costaron dos dólares, llevaba entonces en aquella jabita de nylon parte de mi felicidad. Compré un pantalón por el mismo precio, una prenda de vestir que resultaría algo calurosa para nuestro clima, pero estaba convencido de que nadie preguntaría si sentía calor. Las camisas de nylon se encontraban a un dólar y cincuenta centavos, compré dos de ellas que serían la envidia del barrio. Dos camisetas de mallas a setenta y cinco centavos cada una y dos calzoncillos al mismo precio. Cuatro pares de medias de diferentes colores por un dólar y se acabó el dinero que nos habían adelantado. Ahora debía esperar por el siguiente pago y eso ocurriría en La Coruña. No recuerdo cuál era el cambio en esa época del dólar a la peseta, pero me parece que andaba por más de cien pesetas la moneda americana. El sobrecargo me entregó ocho dólares y me dijo que era el pago comprendiendo el viaje de regreso a la isla. Un par de mocasines bellísimos me costarían unos dos dólares con cincuenta centavos, pudieron ser tres a lo máximo. Un pantalón de terlenca con un precio de unas ciento cincuenta pesetas, supongamos que fueran dos dólares, pero estoy seguro de que era menos. Un pomito de perfume "Tulipán Negro" comprado a granel me costó unas treinta pesetas, un desodorante de la misma marca andaba por el mismo precio. Un pañuelito de cabeza para mi mamá y el resto del dinero en medias. Fin de las compras, tenía garantizado hacer la "palomita" en la isla.

Arribamos por el puerto de Cienfuegos con piezas para la planta de fertilizantes que se estaba construyendo, no existía cuando aquello un transporte fluido hasta la terminal de azúcar a granel y utilizábamos los camiones de los estibadores. Partíamos con ellos en la tarde y los abordábamos en El Prado muy temprano en la mañana, no podíamos fallar con el horario. Los viejos tripulantes montaban una mesa de dominó a popa de la bodega número tres y le decían a los jóvenes que fueran a disfrutar la vida, eso sí era camaradería. Con una o dos botellas de ron en el piso, pasaban horas apostando y discutiendo apasionadamente como se hacía en cualquier barrio o pueblo de la isla.

Antúnez era mi socio de salidas, tendríamos aproximadamente la misma edad. Nos empatamos con dos chicas de Trinidad con las que dormíamos en cualquiera de las dos únicas posadas de esa ciudad, "El Papito" y "El Remblo". Apenas dormíamos y debíamos estar atentos a la hora para poder regresar con los estibadores, éramos inagotables, pero bajamos a razón de una libra diaria de peso y no podíamos darnos ese lujo. En ese puerto tuve que cargarle las maletas a Calderón cuando se desenrolaba, aprendí mucho de él y guardé unas palabras suyas que me sirvieron de divisa durante mi vida de marino. "El Capitán es la suma de su tripulación", me dijo muy serio una vez y comprobé que era acertada su definición muchos años después. Un Capitán incapaz de lograr unidad entre sus tripulantes deja mucho que desear y sus barcos se convierten en sitios problemáticos, sufre también la nave.

De Cienfuegos nos dirigimos en lastre para el puerto de Bahía Honda a cargar azúcar cruda en sacos, solo existía un viejo espigón muy próximo a un central azucarero. Las operaciones fueron muy dinámicas y la estiba de los sacos de excelente calidad. Pocos días después nos dirigíamos a La Habana, navegamos ese trecho de costa muy pegados a ella y pude identificar el campamento donde había gastado tres años de mi vida en el servicio militar.

Llegamos y fui desenrolado del barco, el timonel que se había quedado de vacaciones regresó a ocupar su plaza y con mucho disgusto volví de nuevo a la incertidumbre del qué ocurrirá mañana. Después que entregas la documentación en la Empresa, te integras a ese ejército flotante de marinos que desesperados se mantienen esperando una llamada. Pasabas a la lista de los que pertenecían a "Brigadas" y debías acudir diariamente en la mañana a una especie de kiosquito con capacidad para una sola persona, ubicado en la misma esquina de la Avenida del Puerto y la calle Sol.

Allí, Cordero tenía su puesto de mando u oficina que mantenía abierta por espacio de una hora. Miraba una lista de barcos donde solicitaban personal de brigadas y te daba una tarjeta y permiso para pasar a bordo. Podías mantenerte prestando servicio en esos buques varios días, muchas veces durante el tiempo que permanecían atracados o fondeados en la bahía. Después que partían, te presentabas nuevamente ante Cordero y te asignaba otro buque. En el supuesto caso de no encontrar plazas donde ubicarte, podías correr el riesgo de ser enviado como estibador a cualquier barco o con peor suerte ser movilizado para la agricultura, algo así como un castigo para cualquier habanero y peor para un marino. La Habana era un hervidero de necesidades, el demente que siempre nos gobernó, declaró una versión criolla de la "Revolución Cultural China" para asfixiarnos aún más. La "Ofensiva Revolucionaria" del año sesenta y ocho fue el patrón a seguir para destruir a nuestro país. Ley seca seguida del cierre de todos los centros de distracción y pequeños negocios privados, condujeron con facilidad a toda la juventud de mis tiempos a una especie de horca de la que solo se escapaba para trabajar en cualquier cosa que resultaba improductivo. Eso sí, acompañado del canto celestial de cientos de consignas revolucionarias aplaudidas por nuestros padres. Solo teníamos dos opciones, templar y escuchar por la radio el programa "Nocturno", esa fue la oferta del gobierno a la juventud cubana.

Presionado por esa situación, cualquiera está dispuesto a partir en el peor de los barcos, aún sabiendo que se trataba de una acción suicida, pero ni para las desgracias como esas tuve mucha suerte. Mi tiempo de espera fue prolongado, unos tres meses y medio, una verdadera tortura viajar diariamente hasta el puerto sin saber la suerte que te esperaba. Ese año fue el último en que se celebraron Navidades en Cuba y recuerdo haber trabajado en la limpieza de las bodegas del buque La Lima, había arribado cargado de manzanas. Tarea agotadora cuando tienes que levantar una a una todas las serretas de madera que se usan como aislamiento en los buques refrigerados. Pasé una temporada en el barco "Sierra Maestra", también había traído mercancías para esas festividades, me mantuve en él hasta su salida. Recuerdo que el contramaestre era Ottón Basulto y que allí se encontraba enrolado Tarzán, algo viejo ya, ex alumno de la Beneficencia. Pileta era tripulante de cubierta y me lo encontré en Montreal cuando desertó en la década de los noventa. Pasé otro tiempo en el Minas del Frío, Cordoví era uno de sus oficiales, muy joven, varios años después sería mi Capitán en el "Pepito Tey", excelente persona. Cargaban perniles de res en los muelles de Regla y colaboraban de paso en la destrucción de nuestra ganadería hasta que el consumo de carne desapareció de nuestra dieta. Trabajé como estibador en el "Bahía de Nipe" cargando cemento en sacos, labor que por supuesto, esquivaban los verdaderos estibadores del puerto y debía ser realizada por gente improvisada. Tragué mucho polvo de mierda de vaca seca a bordo del buque "Luis Arcos Bergnes", desarmábamos sus corrales y se preparaba dormitorios en sus entrepuentes para transportar a la brigada "Venceremos" desde Canadá hacia Cuba. Todos eran unos románticos "revolucionarios" con residencia en Canadá y Estados Unidos que, viajaban a Cuba supuestamente a trabajar y cortar caña en solidaridad con nuestro pueblo. Lo cierto es que esos viajes resultaba una desenfrenada pachanga donde se consumía bastante ron amenizados con grupos musicales. Actividades que casi siempre finalizaban con una u otra orgía donde era prohibida la participación de los tripulantes, ellos se encontraban escoltados por agentes de la seguridad del estado. Esas historias me las contaron de primera mano sus tripulantes y muchas veces me negaba a creerlas, era algo ingenuo. La caña cortada por todo esos solidarios personajes, no alcanzó realmente para endulzar una taza de café, todo era material propagandístico muy bien manipulado por el gobierno. Galán era el contramaestre, ¡vaya personaje!, era de paso compositor musical y qué iba a imaginar, fuera conocido por un orate de origen español que visitara mi restaurante decenas de años después. Su primer oficial era "La Mulata de Fuego", no gozaba de muchas simpatías en el barco. El negro Francisco era uno de sus tripulantes y vive en Montreal desde los noventa, recuerdo también a Pérez Junco, engrasador de ese buque, coincidimos en el buque angolano N’Gola en el año setenta y siete.

Llevaba más de un año trabajando para Navegación Mambisa por el salario de cincuenta pesos mensuales. Fue bastante alto para una persona que, arribó a esa empresa luego de ganar durante tres años de servicio militar obligatorio la ridícula suma de siete pesos mensuales. Hablé con Veliz y me comprendió, por fin, existen personas en la isla que comprenden algo, pensé cuando salí de su oficina nombrado oficialmente "timonel".

Cordero me llamó, pero esta vez a la oficina de enrolos de Navegación Mambisa, me informó que sería destinado a la motonave "Habana" muy próxima en recalar. Me alegré en el alma por partida doble, abandonaría ese hirviente infierno en que se iba transformando nuestra isla y caería en un buque que ya conocía perfectamente.

Volví a despedirme de los amigos del barrio y varias enamoradas, esta vez sin comprender que esa despedida tendría una extensión no calculada.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-03-15

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