Cuba es un cuento, compay

La maga

El “Jiguaní” fue uno de esos barcos que siempre se distinguió por tener una buena tripulación, esto sucedió antes de ser invadida la flota por toda esa morralla de pacotilleros con carné, éramos algo así como una familia. Entre estos tripulantes se encontraba un maquinista muy famoso en la flota, su fama la traía desde su época de estudiante en la Academia Naval. Humberto era un tipo muy noble, hablaba ruso, usaba gafas por una miopía bastante desarrollada, tendría más de seis pies de estatura,  piel blanca que contrastaba profundamente con su pelo negro y rizado. Pero su fama no se debía a su tamaño ni a su carácter, él se hizo muy famoso a la hora de bañarse. Cuando los guardiamarinas descubrieron que entre las piernas le colgaba un tareco enorme en estado de relajación, esto trajo como consecuencia que el hombre optara por bañarse en horas de la noche para evitar la curiosidad y bromas de sus compañeros de estudio por aquello que ellos llamaban sin exageración manguera.

Cada vez que el barco entraba por puertos del interior del país, un tercio de la tripulación partía a sus casas de descanso, los restantes se mantenían a bordo para garantizar todas las operaciones. Para aliviar un poco la vida del marino en aquella época dorada, se autorizaba tener las esposas de los tripulantes a bordo. Así un día, Humberto le pidió a su mujer que llegara hasta Cienfuegos. La sorpresa se produjo cuando ella llegó y él la fue presentando a los tripulantes. Se formó un gran alboroto, la saludaron con mucha amabilidad, como era normal entre familiares, porque eso éramos nosotros, unos parientes asignados por el mismo destino, algo salado. Al instante surgieron los comentarios sobre aquella versión reducida de una mujer, muy normal entre nosotros, personas aficionadas al uso desenfrenado de la lengua, es que los barcos eran parecidos a cualquier solar de La Habana.

Aquella muchacha no levantaba más de cuatro pies del suelo, escasamente llegaría a las cien libras de peso, muy simpática y jovial, pero nada de eso atrajo tanto la atención de la tripulación. La pregunta surgió de manera espontánea y generalizada, ¿cómo aquel pedacito de ser humano podía dispararse la manguera de Humberto? Esa  pregunta persiguió a cada marino durante todo el día hasta convertirse en un martirio. Allí no paró la cosa, insatisfechos por el acoso de la duda, la gente quiso desprenderse de ella a cualquier precio.

Nadie recuerda al autor de aquella iniciativa, aparecieron apuestas que violaban el orden establecido no solo a bordo del buque, el juego era una actividad ilícita en todo el país. Tampoco se apostaba dinero, la gente se jugaba cajas de cerveza o botellas de ron que aún se podían adquirir con facilidad en el mercado. La lista de las apuestas solo contemplaba dos puntos en disputa, a) Los que apostaban a que gritaría cuando llegara la noche y b) Los que se inclinaban porque guardaría silencio. La mayoría de los jugadores se inclinaron por el punto (a) y los muy pocos que jugaron en contra lo hicieron solamente para darle vida al evento y divertirse un poco.

Para salir de las dudas y cobrarse las apuestas debía esperarse la noche. Los apostadores se dividirían en dos grupos y ocuparían los camarotes aledaños al de la pareja, siempre con el compromiso de no hablar ni hacer ruidos. Así fue, desde ambos lados se podía escuchar todo lo que hablaban hasta que llegaron a la cama. Todos fueron testigos de los ruidos producidos sobre el colchón cuando cambiaban de posición, los besos sonoros que se escapan en esos instantes de desespero. Luego, varios metros de cinta grabadas en aquellas divertidas mentes con gemidos, suspiros profundos y pequeñitos ayes que podían ser superados fácilmente por el llanto de cualquier bebito. Como no se escuchó ningún grito ni lamento hasta el mismísimo final del acto que, culminó como estaba previsto con aquel exigente ¡dámela! Todos se  miraron perplejos a los rostros, la mayor parte del grupo defraudada y los que apostaron por el punto (b) muy contentos. A una señal abrieron lentamente las puertas de ambos camarotes y en silencio salieron en dirección a la popa. Los que eran menos reclamaban el pago de su apuesta y todos los perdedores acordaron comprar la bebida al día siguiente, nadie dudó de sus palabras y compromisos, eran gente de temple y respeto.

-¡Coño, caballeros! Esto no tiene nombre, de verdad que todavía no lo creo, ¡miren a esa chamaca! Con el tamaño de un gorrioncito y se la ha metido toda sin protestar. ¡Es una Maga!, tiene que habérsela desaparecido, no hay otra explicación. Todos se echaron a reír de lo bueno y a partir de entonces la tripulación comenzó a llamarla por ese nombre. Pasado varios meses de aquel incidente, Humberto se enteró por boca de un chismoso sobre lo acontecido y permaneció irritado por un tiempo. Luego, hombre noble al fin y al cabo, borró de su mente ese episodio y volvió a ser el mismo.

Años más tarde y siendo yo Segundo Oficial en el buque “Topaz Island”, viajaba con nosotros una traductora muy sexy, la chamaca me gustaba mucho y de vez en cuando le dejaba caer un piropo. Un día decidí enamorarla, pero al escucharla retrocedí con toda la potencia de mis máquinas. Entre otras cosas me dijo que era la prometida de Humberto y él se encontraba navegando en otro buque. Aquel sorpresivo arrepentimiento no fue solamente por respeto a ambos, es que me puse a pensar. ¿Qué se le puede mostrar a esta mujer para que se asombre?

Esteban Casañas Lostal..
Montreal..Canadá.
2001-04-01

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