Cuba es un cuento, compay

Los elefantes

Cuando arribamos a las inmediaciones del parque, observamos la presencia de varios camiones de bomberos y autos patrulleros, una enorme humareda se elevaba por encima de la estatura de todos los árboles. Una vez junto a la cerca, una cola de automóviles se mantenían detenidos en organizada cola hasta la entrada. No era sencillo explicarle a mi nieto que el parque continuaría cerrado hasta el día siguiente. En medio de la pista destinada al desplazamiento de los turistas dentro de sus coches, varios bomberos dirigían potentes chorros de agua sobre un auto incendiado. Otros empleados corrían detrás de algunos animales que insistían en permanecer sueltos, y nosotros, bueno, habíamos consumido más de cuarenta kilómetros para llegar hasta ese Parque Safari, recibiendo como premio aquella sorpresa.

Fue sencillo convencernos nosotros mismos y realizar un giro de ciento ochenta grados, no tan simple resultaba calmar a mi nieto. No es que se destacara como un niño majadero y desobediente, el caso es más complejo. Ya él había visitado con anterioridad este parque y vio como sus ilusiones infantiles se derrumbaban en cuestión de segundos.

-Tito, mañana regresamos de nuevo. Le decía la abuela con la intención de calmarlo. No veo relación alguna entre ese "Tito" y mi familia, pero no le digo nada. Cada uno de nosotros llamamos al niño como nos da la gana y él no se enoja, ha llegado a adaptarse con mucha facilidad.

-Macho, ahora vamos para otro parque y mañana volvemos, ¿no viste que hay fuego? Intervino el padre sin éxito.

-Estebitín no te pongas majadero, no viste que no se puede entrar al parque porque hay un fuego. La madre tampoco logró convencerlo y como yo me encontraba a su lado, solo esperaba me brindaran la oportunidad de ofrecerle mi explicación.

Mi nieto y yo mantenemos una excelente comunicación, poco a poco se van cumpliendo aquellos deseos expresos en trabajos anteriores. De vez en cuando nos escapamos solos, recorremos decenas de cuadras en franca conversación que solo nosotros comprendemos. Muchas veces disfrutamos esos largos paseos bordeando la rivera norte del río San Lorenzo, nos detenemos ante el paso de hermosos patos, cisnes, ardillas o aves que nos visitan cada año.

No hace mucho que comenzó a hablar articulando frases y oraciones completas, hoy se ha convertido en todo un pequeño papagayo, y de vez en cuando se le escapan palabras de su segundo idioma. ¡Regard! Me dice con esa gracia infantil para señalarme el paso de algún pato. Mi nieto va recorriendo el mismo camino de mi hijo, bueno, creo que sin las penurias de aquel. Es un canadiense enfermo al arroz con frijoles, sus padres se inclinan por las comidas rápidas, como queriendo escapar de un mal recuerdo. Otras de las cosas que descubrimos hace un tiempo es su magnífica memoria. Hace poco vio por la tele a unos caballeros medievales y los asoció a un restaurante que visitamos en Toronto.

Bueno, creo que ya va llegando la hora de hacerle los cuentos a mi manera, como se los hacía a su papá. No es por nada, pero creo que a mi hijo le gustaban más mis versiones libres. ¿Por qué no podría contárselas yo? Peores eran las de la televisión cubana, allí todo lo confundían, logrando tupir como a cualquier caño la mente de nuestros niños. Robin Hood era internacionalista, el Capitán Nemo guardafrontera, El Zorro atacó al cuartel Moncada, y así, todas aquellas historias que leímos cuando niños, se convirtieron en simple propaganda.

Yo me sentía con derecho a mis versiones libres también, por esa razón, cuando llegaba la hora de dormir, me acostaba a su lado con el libro de cuentos abierto y fingía leer. Entre sus historias preferidas se encontraba el de la Caperucita, ella no era roja, en mi cuento era colorá y el lobo no era lobo, era un cabrón de la bolsa negra. Blanca Nieves no se despertó con el beso del Príncipe, bueno, se despertó y volvió a dormir de nuevo porque no era extranjero, y los enanos eran miembros de una microbrigada. La bruja del espejo era Fefa la del comité y aquellos de los muñequitos rusos que se llamaban "Quiero saberlo todo" eran chivatos.

En fin, le fui formando un arroz con mango en la cabeza al chamaco que, antes de entrar a pre-escolar ya era gusano. Eso no falla, si dejan pasar ese maravilloso tiempo donde la mente de los niños es una esponja, entonces se jodieron. Lo digo, porque te lo devuelven a los pocos meses diciendo que quiere ser como el asmático. Y ahora que hablo de esto, no se han fijado en la similitud existente entre el saludo de los pioneros cubanos y el de los hitlerianos, fíjense que saludan con el brazo extendido también.

-¡Compadre! Ya te dijeron que no se puede entrar al parque y que mañana regresamos. El parque está cerrado, ¿sabes por qué? Intervine para tratar de calmarlo, pero no me hacían ninguna gracia aquellos kilómetros recorridos en vano.

-¿Por qué está cerrado?- Me preguntó y comenzaban a gustarme ese intercambio de preguntas y respuestas ahora más frecuente.

-¿No viste el carro echando humo? No se puede entrar, el elefante se tiró un peo y jodió al carro. Fue todo lo que se me ocurrió decirle y mi nieto comenzó a reírse.

-Yeya, el elefante se tiró un peo y jodió un carro. Le dijo a su abuela, tampoco hemos sabido de donde sacó aquello de decirle Yeya a su abuela y Yeyo a mí. Esto lo hace desde que comenzó a balbucear sus primeras palabras, sin nosotros explicarle nada de las diferencias entre masculino y femenino.

-Tito, eso no se dice, dile a tu abuelo que te enseñe cosas buenas. Sus padres iban en el asiento delantero y no pudieron contener la risa.

-El elefante se tiró un peo y jodió un carro. Repitió con esa picardía infantil de la que comenzaba a dar muchas muestras. Mi nieto se calmó y fuimos bromeando hasta el parque de la isla Magdalena, nos sentamos junto al río y en una de las mesas disponibles merendamos. Regresamos al día siguiente y pudimos entrar, no quiero desviar la atención sobre un recorrido que sería bastante extenso por ese parque. Algo me llamó la atención en el área del elefante, existía un cartel que decía lo siguiente; "El elefante se encuentra de descanso". Me reí al leer aquello y mi mente se llenó de elefantes injustificadamente, no sé por cual razón llegaron aquellos infelices animales dedicados a duros trabajos, mientras este simple inmigrante gozaba de privilegios especiales.

Después de gastar la mayor parte del día emprendimos la carrera de regreso, mi nieto iba desbordante de felicidad, y relataba a tiempos, pasajes de lo que había visto. Yo no dejaba de disfrutar con su compañía, me encanta esa risa abierta y ajena a toda maldad que solo nos ofrece un niño. Puede que por su tamaño, el elefante debió ser el animal que más lo impactara, y la abuela comprendiendo esto comenzó a enseñarle una vieja canción. "Un elefante, se balanceaba sobre la tela de una araña. Como veían que resistía, fueron a buscar otro elefante. Ya saben que esa canción no sale de esas pocas letras y es repetitiva.

Mientras abuela y nieto ensayaban aquella canción, tocaron a las puertas de mi memoria los viejos elefantes del zoológico habanero. Pobres animales, hasta ellos llegaron los efectos del bloqueo. Guardo algunas fotos de ese parque tomada algunos años atrás y daba lástima. Creo que debo apresurarme a escribirle todos esos cuentos a mi nieto, debo dejárselos para cuando sea grande. Lo haré para que comprenda las razones por las cuales nosotros somos cubanos y el nació en tierras de esquimales. Puede que ya no me encuentre entre ellos, pero sé que mi nieto reirá a quijada partida. Reirá a quijada partida y le mostrará mis escritos a sus compañeros de estudios, quizás a sus novias, desearía estar entre ellos. Se reirán de nosotros, de lo que fueron nuestras vidas, de lo absurda que fue nuestra estancia en este planeta. Pero se cagarán cuando lean las cosas de la "revolución cubana". Debe ser así caballeros, porque esa revolución es simplemente un choteo, un relajo, algo absurdo, un arroz con mango. Les será casi imposible llegar a comprender cómo rayos todo un pueblo pudo vivir así por más de medio siglo, porque no nos engañemos, el caso nuestro es un fenómeno incomprensible. Allá se mandarán historiadores y cubanólogos a exponer sus teorías sobre nuestro caso, inventarán palabras finas para omitir la mierda ocurrida. Pero allí estaré yo llamando a las cosas por sus nombres, y los más atrevidos dirán que fui un loco. Ni me imagino las síntesis biográficas que acompañarán cada uno de mis arrebatos. Bueno, para que apurarme, pendejos han existido a través de la historia universal y ya estaré muerto. La suya por si acaso. 

Ahí quedó la cosa, no le dije más nada a mi nieto ese día, de verdad, no me gusta abusar tan poco de esas bondades de la mente infantil. Luego, cada vez que llegaba alguien a la casa, Culiculi se encargaba de dar la noticia; "En el parque Safari un elefante se tiró un peo y jodió un carro". No insistí pensando que se le olvidaría el asunto tan trágico ocurrido en aquel parque, pero me equivoqué, el chama tiene tanta memoria como manifiestan tener esos enormes animales. El asunto es que nos fuimos para Miami de vacaciones, y lo primero que le dijo a mi hija fue eso, no lo voy a repetir para no cansarlos. Yo tengo, yo tengo que hacerle cuento de elefantes para cuando sea grande se los lea a sus hijos, como yo hice con su padre. Puede que los queme en un CD y se los ponga a la hora de dormir, esa idea no me gusta y pierde encanto. Es más lindo contarlo en vivo porque cada día se te ocurre algo nuevo, voy a dejarle escrito en mi testamento que no grabe nada. Ese placer de leerle cuento a los niños antes de dormir no debe desaparecer, además, ya no será necesario hacerle cuentos gusanos, porque me imagino que el dinosaurio haya muerto, y lo entierren con todas sus mierdas como hicieron con Mao.

Y hablando de elefantes, resulta que andaba yo en uno de esos viajes locos por Pyongyang la capital del infierno coreano, y qué les cuento, nos llevaron a un hermoso zoológico. Es de suponer que el parque fuera construido gracias al camarada Kim, pero es innegable que era bello e inmenso, todo gracias al camarada Kim. Bueno, ese mismo experimento quisieron hacer con nosotros, todo debía ser gracias a la momia. Gracias a Dios se encontraban muy cerca de nosotros los americanos, y nos convertimos en un pueblo con infinidad de problemas de desviaciones ideológicas. Porque caballeros, no es por ná, pero estaban de truco los pitusas "Cañeros", es que esta gente no son creativos ni a la hora de ponerle nombre a las cosas.

Llegamos hasta el área de los elefantes y la guía nos explicaba que, el mayor de ellos había sido donado por el camarada Ho Chi Min al camarada Kim. Pero no crean que era un elefante cualquiera, aquel animal había transportado no sé cuantos cañones cuando la batalla de Dien Bien Phu. Estábamos ante la presencia de un héroe, de verdad, había que quitarse el sombrero ante la presencia de aquel majestuoso animal. Luego, la solemnidad casi lírica de aquella guía al mencionar el nombre del camarada Kim, nos regalaba un ambiente casi celestial. El lío se forma cuando aquel elefante se encarama encima de una elefanta y comienza a observarse una especie de telescopio tubular entre sus patas. Solo puedo decirles que era de cañón bastante corto para su tamaño, pero de un grueso respetable. Pa'qué fue aquello, ya saben que los cubanos no podemos contenernos ni en un velorio, allí mismo se formó la jodedera, y la guía que se ponía roja como un tomate, y el animal que al parecer se había tomado un batido de viagra, encima de la pobre elefanta que no se quejaba por su peso. Bueno, fue un recorrido muy agradable y le jodimos a la pobre muchacha la trova del camarada Kim.

Entonces, mi mujer insistía en enseñarle aquella vieja canción de los elefantes a mi nieto y ya me tenía un poco cabrón. No es por nada, pero los padres tenemos que vigilar mucho ese exceso de cuidados con los niños, siempre está presente esa amenaza de que lo conviertan en amaneraditos con tanta dulzura. El chama tiene que ser macho, varón y menosculino. Pa'que eso se cumpla aquí nos encontramos los padres y abuelos. Mucha pelota que tu conoces, chivichanas loma abajo, empinar chiringas, broncas en juego de bolas, y de vez en cuando agarrarle un filito a las chamacas en la escuela. Esa es la educación señores, la del barrio. ¡Ahhhhh! Y que lo agarre cuando regrese llorando por una bronca en la calle, de eso nada, me tiene que traer los mondongos del otro fiñe, eso es un chama de verdad.

-Un elefante se tiró un peo sobre la tela de una araña, como veían que resistía, fueron a buscar otro elefante. Se orinó de la risa, nada, esa era la versión que le gustaba al niño.

-Tito, dile a Yeyo que esas cosas no se le enseñan al niño. Intervino la abuela, pero ya yo lo conocía.

-Yeyo, eso es feo y no se le enseña al niño. Me lo dijo mientras en sus ojos adivinaba esa picardía que yo conocía. Yo le regalé una sonrisa y continué en silencio.

-No debes enseñarle esas cosas, luego, cuando se ponga a decir malas palabras en público van a querer castigarlo. Protestó la abuela y el niño la miraba, hubo una pausa.

-Un elefante se tiró un peo sobre la tela de una araña, como veía que resistía, fueron a buscar otro elefante. Retumbó con su voz infantil dentro del carro y los padres no pudieron contener la risa, yo me le quedé mirando y guardé silencio.

-Tito, ya te dije que así no es la canción. Se pasó un rato insistiendo en la versión original, pero Culiculi continuaba con la mía, era un jodedor.

No era precisamente de aquellos elefantes coreanos de los cuales deseaba hablar, bueno, también escribiré sobre ellos algún día. Los otros días le comentaba por Internet a un amigo sobre otros desgraciados elefantes, y como este relato es de ellos no puedo dejar de mencionarlos. Pues me llegan a la mente unos infortunados animalitos que luego de haberlos sacados de su medio ambiente, fueron condenados sin causa alguna a un destierro en el mismísimo infierno.

Es una historia algo larga que me veo obligado a sintetizar un poco, qué les cuento de aquellos desgraciados. Bueno, ustedes ya saben de esa costumbre que tienen los presidentes, gorilas, caudillos, tiranos, dictadores, reyes y hasta el mismísimo Papa. Me refiero a ese intercambio de regalitos, unos mandan cajas de finos y caro champán, otros lo harán de tequila, sake, vinos, cognac, etc. Envían cajas con obras de arte también, pero algunos son un poco más extravagantes. Además de regalar puros de finas y caras marcas, hay que averiguar con la Lewinsky, no olviden de este detalle. Pues, además de cajas de tabacos, también regalan presos, eso no es secreto para nadie. En uno de esos intercambios de regalitos le regalan a Fidel unos elefanticos, esto no puedo asegurarlo, en fin, da lo mismo si lo compró o se lo regalaron.

Hasta Viet Nam enviaron a la motonave "Camagüey", era un barquito destinado en muchos años a la transportación de animales. Como era de pequeño porte, debe suponerse que su autonomía era limitada. Hasta ese lejano país que yo visitara cuando la guerra viajó aquella chalupita, ni me imagino la cantidad de escalas realizadas para abastecerse de combustible, pero tuvieron que ser varias.

El viaje les tomó meses, no quisiera imaginar el encabronamiento de los marineros de cubierta cuando los mandaban a limpiar la mierda de los elefantes. Ya ustedes saben como somos nosotros los cubanos de complejistas, y no es para cuento, yo los he visto haciendo caca en esos parques. Eso no le resta importancia a un viaje, me imagino que tuvo que ser muy entretenido, porque sacaba a la tripulación de esa monotonía adquirida como síndrome después de tantos años. ¿Y las asambleas de méritos y deméritos? Nada, Juan salió vanguardia porque fue el que más mierda paleó este mes. Y al mes siguiente salió Roberto porque además de palear cuatro toneladas de mierda, bañaba a los animales con trabajo voluntario. Así tuvo que ser ese viaje, y eso no es nada, los animales con otra bodega repleta de jama y la gambuza del buque que nunca se llenaba.

Después de las peripecias de un viaje agotador en un barquito nada confortable, lograron arribar felizmente a La Habana. Uds. No saben como se celebra ese acontecimiento en un barco, desde una semana antes de recalar uno deja de masturbarse, así como se los cuento. ¿Saben por qué? Para evitar problemas con la mujer, es inaceptable arribar de un viaje de seis meses con el tanque vacío, eso es bronca al seguro. Entonces la gente lava toda su ropa, se desempercude, arroja por las portillas toda la pornografía que se encuentra en los camarotes, bueno, el que tuvo valor de adquirirla, porque eso era considerado "propaganda enemiga", y entonces, había que tener mucha imaginación.

Ya les he contado todos los problemas que se presentan para entrar a puerto, son los mismos o parecidos a las maniobras de salida, en ese país todo es un problema. Que si las lanchas de los caberos, que si la lancha del Práctico, que si los remolcadores, que si la gente del despacho, etc., toda una jodedera. Al fin entraron al Puerto y mientras la nave se desplazaba por el canal, uno se estremecía con los gritos de las mujeres, los hijos, las madres y los hijoputas que cuidaron de las mujeres de aquellos navegantes. Pero no se asusten, a cualquiera le pegan los tarros, solo se requiere estar casado.

Cuando ya la gente calculaba que dentro de una hora estarían en su casa, y quizás echando el palito de bienvenida parado en el baño, porque eso era muy normal entre los que vivían agregados. Pues cuando ya la gente se estaba haciendo cráneo con aquello que ha provocado broncas y guerras, se recibe una notificación de los "fitosanitarios" donde prohíben desembarcar a los animales y declaran en cuarentena al barco.

Ya saben, todo se derrumbó, adiós palito, caja de laguer, y la ostentación de la coba nueva. Porque esa era otra de las costumbres de los marinos, se compraban una coba todos los viajes para desembarcar. ¡Nada! Pura mierda comprada quizás en el mercado de las pulgas de Rótterdam, pero quién nos sacaba esos mojones de la cabeza. ¡Pa'fuera coño! Los mismos líos para salir de nuevo, la lancha de los caberos, la del Practico, el remolcador, la de los personajes del despacho, etc. Otra vez la misma pitada de; ¡No me corte ud. la proa! Y a esperar a cinco millas de la costa.

Se cruzan infinidad de mensajes por VHF, de una parte el Capitán, y de la otra el operador del barco. Surgen ideas, propuestas, posibles soluciones, etc., pero hay que esperar. Ya saben, esperar en un país donde todo es una agonizante espera. ¡Y no tiren la mierda al agua coño! Hay que esperar por el incinerador, y el aparato que anda fuera de servicio, y surgen nuevos problemas que pueden tomar semanas en resolverse. ¡Ya saben! Pueden masturbarse, pero ahora sin las revistas de relajo.

No los canso y quiero que esto quede para cuando mi nieto sea grande y yo me encuentre por ahí vagando, porque para un hueco no voy ni a jodidas, aquí es muy aburrido, seis meses tapado por la nieve, y en Cuba ni se diga, ni me imagino en una tumba colectiva. El gran problema y que nadie detectó era sumamente sencillo, el "fitosanitario" de la isla descubrió en los documentos que, aquellos pobres animalitos se encontraban vacunados contra la fiebre aftosa, y como poseían el virus inoculado no podían tocar tierra.

Resulta muy sencillo para ustedes que leen estas notas que formarán parte de la historia de una "revolución" disparatada, loca, chusma, vulgar, jodedora, destructora y nada seria. El lío es que los representantes de Cuba en Viet Nam no detectaron nada de eso, ¿saben por qué?, porque esos puestos eran ocupados por personal incapacitado e incompetente por su incondicionalidad al régimen. Luego, una copia de esos documentos tuvo que ser enviados vía aérea para la isla con antelación a la llegada del barco para coordinar todas las operaciones de descarga. Pero qué sucedió, lo mismo que ocurrió en Viet Nam, esos documentos cayeron en manos de otro burro y le resultó todo muy normal. Diría aquel idiota; "Mira eso, si hasta vacunados los mandan, coño, que buenos son los hermanos vietnamitas".

Pobres animalitos, pero como dice el refrán; "No hay mal que por bien no venga", ni se imaginan de la que escaparon. Aquel martirio tomó varias semanas, tanto para animales como tripulantes. Hubo que preparar el entrepuente de otra nave para desviar a los animales para la desaparecida URSS, exactamente al puerto de Leningrado. Aquello significaba entre otras cosas, colocarle a ese espacio un sistema de calefacción no disponible en la isla, y que solo se utilizaría por ese viaje. Eso era lo que yo quería decirle a mi nieto cuando sea grande, tenía que escribirle estas cosas para que comprendiera las razones por las cuales él es canadiense y nosotros cubanos. Y estoy plenamente convencido de que se reirá de esas locuras, de este bonche, de tanta chabacanería, porque eso ha sido la "revolución" un puto relajo.

Bueno, nos pusimos de acuerdo toda la familia y decidimos salir desde Montreal hasta Miami en carro. ¡Wow! No se imaginan ustedes como se llega a esa ciudad, se lo resumo en pocas palabras, con el fondillo echando candela. Pero es muy entretenido el viaje y bien vale la pena realizarlo aunque sea una vez en la vida.

Uno de esos días en la capital del sol, acompañamos a mi hija a una oficina del gobierno donde realizaba trámites para su licencia de conducción. Entre las personas que se encontraban en aquella oficina esperando igual que nosotros, había una señora que tenía a una preciosa niña cargada. Adiviné enseguida que era cubana, nada difícil en esa ciudad. ¡Qué les cuento! Aquella niñita se puso a cantar aquella vieja canción de los elefantes y atrajo la atención de mi nieto. Mi esposa se me quedó mirando como diciendo; ¡Qué casualidad! La niña tenía buena voz, era melodiosa y llevaba muy bien el ritmo, mi nieto la observaba y cruzó su infantil mirada conmigo.

-Un elefante se tiró un peo sobre la tela de una araña.... Lo cantó con un orgullo y gusto inigualable, pero mi mujer arrancó enseguida para el exterior de aquel establecimiento. La madre del niño por poco se orina de la risa con aquella versión libre de mi nieto.

-¿El niño es cubano? Preguntó con mucha curiosidad.

-No, es canadiense. Le respondí

-Es tremendo jodedor.

-Un elefante se tiro un peo sobre la tela de una araña. Comenzó a cantar la niña y la madre le tapó la boca.

Domingo, 08 de Agosto del 2004

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