Cuba es un cuento, compay

Juanes

Fueron tiempos lindos, claro, eran lindos por todo ese derroche de fantasías que se vivían. La tierra no se había recalentado por todos los pitos de mariguana que se fuman, y la América era latina, no se había convertido aún en una letrina. ¡Y aclaro!, lo de letrina no es mío, ni el recalentamiento de la tierra tampoco. Bueno, no todos los de este hemisferio vivían enlodados por aquellas místicas fantasías. Nosotros sí, los cubanos teníamos la mente tupida por un mojoncito y todo era bueno, todo era hermoso, y todos éramos hermanos. Así, hermanitos, a secas, ¡qué lindo!

Como la tierra no se había recalentado por toda la mariguana que se fuma hoy, y perdonen la redundancia necesaria, la temperatura andaba por los treinta y cinco bajo cero en la misma fecha que escribo estas nostálgicas líneas. Miro por la ventana y no hay un milímetro de nieve, los árboles se deshojaron como siempre han planificado, ellos son inteligentes, pienso. Y hasta las mariposas regresaron a México en la fecha prevista, creo que fue la noticia más importante transmitida por la televisión ese día.

Los tiempos cambian y apenas se puede percibir cómo rayos sucede, te das cuenta por ciertos detalles ajenos al espacio que te ha tocado vivir. La gente es muy distinta y su vocabulario otro. La puta ya no lo es, hoy, cabalga sin montura sobre un prado de hormigón aislado del diente de perro por un ancho muro muy famoso. El bugarrón ya no existe como tal, es una palabra repulsiva. Es más cómodo y criollo llamarlo pinguero, se escucha más simpático y nacional, mucho más macho que aquel vulgar pederasta activo, es una honrada profesión, un modo de lucha, de supervivencia. Y no se les ocurra decir maricón si la palabra no encierra ese desafío a muerte supuesta que tanto nos identifica. Digamos homosexual, gay es mucho más refinado y hasta divino, evite ser acusado racista.

El frío de aquellos tiempos se sentía doblemente, y te causaba asombro ver a personas mal abrigadas, era lógico. Luego te aclimatas y te abrigas por dentro, no hay mejor abrigo que una buena alimentación. Después, desafías como ellos el crudo invierno y tu vida se deja arrastrar por cada tormenta de nieve o hielo. Sin embargo, tratas de aferrarte a tus recuerdos y consideras necesario dar un paso hacia atrás, es imprescindible sacar del closet nuestros trapos viejos antes de que se olviden o pudran, se hace urgente dejar constancia de lo que fuimos y somos. Siempre existirá alguien con la necesidad de usar esos trapos que una vez estuvieron guardados por muy apestosos que fueran. Llegué con la mente virgen, creí en muchas cosas que me dijeron, llegué a creer que todos éramos hermanitos, ¡qué lindo!

Yo creo que fue el viejo que limpia el restaurante quien me avisó, han pasado tantos años, ha arribado tanta gente desde entonces que, logro confundir eventos, puede que sea a causa de la edad también y que los recuerdos se congelen en cada invierno, hoy es agradable la temperatura.

-Dicen que hay un cubano preso en la cárcel de inmigración. Oír aquello y sentir un fuerte aguijonazo que reactivara todos los sentimientos de solidaridad humana tomó solo unos segundos.

-¿Un cubano preso?, no te lo creo.

-Dicen que está en la prisión de St. Jacques.

-Averigua la dirección para ir a verlo, no es fácil, va y no tiene parientes por aquí, vamos a tirarle un cabo. Así pensábamos muchos de esa época sin recalentamiento, así pensaron aquellos mismos que me tendieron una mano cuando llegué a este país. Hoy me encuentro con ellos y han cambiado también.

-Yo sé donde se encuentra esa prisión, es en la calle St. Jacques y muy cerca de Cavendish.

-¿Tienes el mapa de las guaguas de Montreal? El viejo lo sacó de una de las destartaladas gavetas de su comedor y lo extendió sobre la mesa. Por un instinto casi natural en mí, busco información en los bordes del mapa para conocer cuál proyección fue utilizada en su confección. Deben ser vicios propios de un navegante, pienso al instante y regreso nuevamente a la mesa donde reposaban cómodamente muchos residuos de comida vieja. - ¿No puedes pasarle un cabrón trapo a esta mesa? No me explico cómo carajo fuiste enfermero en la marina. Todo lo tiraba a relajo y me recordaba a un viejo amigo, nada que ver entre uno y otro. -Es fácil llegar hasta allí, mañana vamos a darnos un brinquito.

Con el factor viento la temperatura tuvo que rondar por los cuarenta bajo cero, luego, aquellas ráfagas de viento arrastraban polvo de nieve de las azoteas vecina y dificultaban mucho la visibilidad. El avance era lento desde la parada de la guagua hasta la puerta de la prisión por la mierda blanca acumulada en la acera, son meses sintiendo la misma sensación de andar por la orilla de la playa. La puerta era de acero y poseía una pequeña ventanilla. A su lado, un pequeño mural que me recordaba a cierto país donde había vivido y del cual había desertado años atrás. Justo en el marco de la puerta existía un timbre que supuse era para tocar y lo toqué. Minutos más tarde se abrió la pequeña ventanilla, ocurrió silenciosamente, esperaba un leve chirrido que delatara la presencia de óxido y me equivoqué, un rostro rojo se asomó por aquella ventanilla y me habló en francés, yo respondí en inglés.

-¿Qué desean? Me preguntó aquellos ojos azules y nariz incompleta que pertenecían a ese rostro rojo.

-Queremos visitar a un cubano que está detenido aquí.

-¿A cual de ellos?

-¿Es que hay más de uno?

-Hay dos, ¿a cuál desean visitar?

-Queremos visitarlos a los dos.

-No se pueden visitar a los dos al mismo tiempo.

-Okey, pero mi amigo va a visitar a uno y yo al otro.

-Muy bien, eso es posible, pero hoy no hay visitas.

-¿Cuándo es el día de visitas?

-Mañana a las dos de la tarde.

-Pudiera decirme como se llaman los cubanos presos.

-Un minuto S.V.P. No cerró la ventanilla y pudimos captar la imagen de aquel pedazo de rostro rojo hablando por un walky-talky. Segundos más tarde escuchamos los nombres de aquellos cubanos por una bocinita existente junto al mural. –Monsieur, los cubanos detenidos se llaman Juan Martínez y Juan Pérez.

-Merci bocup madam, sanquiu veri moch. La ventanita se cerró nuevamente sin la oportunidad de agradecerle al pedazo de tomate por su amable gestión. Regresamos sobre nuestros pasos ya casi borrados sobre la nieve y decidimos buscar otro autobús en Cavendish. El resto de la tarde la pasamos analizando la situación de aquellos seres encarcelados a tantas millas de su tierra. Estuvimos hasta altas horas de la noche multiplicando y buscando razones que justificaran aquel acto por parte del gobierno canadiense. Algo me impactó sin embargo y marcaba grandes diferencias entre pasado y presente, algo que con el uso y costumbre de este gran país resulta ahora insignificante, la cortesía con que fuimos tratados a pesar del abrupto cierre de la ventanilla metálica.

-¿Su nombre por favor? Se escuchó por la misma bocinita colocada junto al mural de ayer. Se lo deletreé en inglés.

-¿A quién desea visitar?

-Al señor Juan Martínez.

-El nombre de su amigo por favor. Se lo deletreé en inglés nuevamente.

-¿A quién desea visitar?

-Al señor Juan Pérez. Sentimos un ligero ruido producido por un aparato electrónico y la puerta se abrió. Fuimos recibidos por una mujer de ojos azules y algo gruesa, su rostro no coincidía con el mostrado el día anterior por la pequeña ventanilla, ésta era de una blancura casi enfermiza que yo detestaba a principios de arribar a este país. Nos dijo entre susurro o murmullo que la siguiéramos. Su andar era casi varonil, como si tuviera soldado todos los huesos de la cadera y mi vista se clavó por instinto casi natural en el movimiento de ambas nalgas, solo sirven para inyectar, pensé mientras la seguía por laberintos de corredores. El viejo se mantenía a pocos centímetros de mí muy callado, lo imaginé cagado de miedo, de ese mismo miedo que todos traemos en nuestro equipaje y que algunos no logran botar definitivamente. Al final del recorrido llegamos a una pequeña oficina donde llenamos una planilla que me recordaba a un país donde viví por muchos años. Nombre, número de aidí, número de teléfono, dirección, solo eso. No les interesaba mi afiliación política, religiosa o sexual. Al viejo le temblaban ambas manos, tuve deseos de gritarle pendejo, pero no existían razones para mostrar valentía tampoco, era sencillamente presa de aquel miedo narrado y solo nosotros conocíamos. Después de las gestiones protocolares tuvimos que vaciar nuestros bolsillos en una cajita plástica y pararnos frente a un agente con las piernas abiertas y brazos extendidos como el Cristo del río Tejo. Nos pasaron un detector de cualquier cosa por todo el cuerpo, no fue humillante, no fue degradante tampoco, no violaron mis derechos, solo eran medidas de seguridad.

Seguimos nuevamente a la agente de las sólidas y rígidas caderas por otro laberinto de corredores, sus nalgas se movían con monotonía en sentido vertical, lo hacía sin gracia, le daba a su trasero el uso para el cual le dijeran fuera concebido, solo eso. Montamos en un elevador pequeño y ella fue la primera en salir. Dobló a la derecha y tras su rígido culo andábamos como ovejas que siguen a su pastor. Entramos a un pequeño salón algo acogedor para corresponder a una prisión. Frente a nosotros y separados por un amplio cristal, una oficina repleta de controles y monitores. A la derecha, un amplio salón con televisor, teléfonos, aparatos de refrescos y golosinas. Algunos de los reos jugaban ping pong. Uno de los fornidos guardias se acercó a un micrófono y escuchamos los nombres de nuestros presos en ese simpático español mezclado con francés.

Se abrió una puerta y apareció un hombrecito de tez blanca, enjuto y de piel curtida por el sol, de una sonrisa manchada por varias caries, muy joven a pesar de su calamitosa figura, aparentaría unos diez y siete años a lo sumo. Su uniforme de preso era rematado por una gorra de Alpha 66 y ese detalle me llamó mucho la atención. Entró al salón con esa gracia característica de cualquier cubano acompañada por esa curiosidad abusada por nosotros y que limita con el chisme. Le ofrecimos nuestras manos y ocupó una de las mesitas de aquel salón, yo me senté en ella.

La puerta se abrió nuevamente, un negro fornido de aproximadamente unos treinta y dos años hizo su entrada al saloncito de visitas. Al levantar la mirada ambos nos sorprendimos, ni él esperaba que yo fuera su visitante, y menos aún, yo no esperaba que él fuera la persona detenida. Hizo lo posible por sonreír y de su rostro escapó una extraña mueca. Me extendió una de sus manos que hoy supongo haya sido la derecha, no hubo ese apretón tan familiar que existe entre conocidos, tuve contacto con una mano fría y flácida que no trasmitía nada. Al estrecharla, mi vista se detuvo unos segundos en su muñeca, usaba un pulso de Orula, le servía de adorno, protección o contraseña. Fue evasiva su mirada, y retrocedí en el tiempo buscando viejas

experiencias. Debo proceder con cautela ante seres que se proyectan así, pensé, mientras todos los mecanismos de autoprotección comenzaban a funcionar a toda vela. Debe ser paranoia, eso es, esa es la palabra usada frecuentemente por mi hijo, puede que sea así y se vean enemigos por todas partes, no es malo tampoco protegerse algo, pienso nuevamente.

-¿Tú no eres Juan Casals?

-Y tú eres de la Promoción XVII, para ser más exacto, y si no me equivoco,creo que pertenecías al grupo cuatro, fuiste alumno de Juan Ríos, ¿cierto?

-Tienes una memoria prodigiosa.

-No lo creas, ya comienza a fallarme un poco, ¿sabes una cosa?, no me explico qué rayos haces preso, eres el único marino al que han detenido y en Montreal rondamos los cuarenta.

-¡Ná! Mala suerte, parece que no les caí bien.

-Solo voy a decirte una cosa y tómalo como desees, no he venido hasta aquí para atormentarte, todo lo contrario, y como puedes observar, este encuentro es casual porque yo no sabía de tu existencia ni la de este muchacho. Hice una breve pausa y me di cuenta de que el viejo y Juanito dedicaban toda su atención al inesperado encuentro.

-En fin, ¿qué me ibas a decir? Dio muestras de un poco de impaciencia, tuvo que ser por su condición de detenido.

-¡Claro que sí! Disculpa si divago un poco, debe ser por el tiempo que llevo aquí. En fin, solo deseo decirte que si tienes ruido en el sistema pienses lo que vas a declarar.

-¿Ruido en el sistema?

-Ya sabes, no hace falta darle vueltas al trompo, si eres del aparato o simplemente el clavista del barco puedes declararlo con toda confianza, porque esta gente se las sabe todas. No creas que son comemierdas, y lo peor, están muy bien conectados con sus vecinos, es solo una alerta.

-¿Tú crees?

-Yo no creo nada, lo tomas o lo dejas, ese es tu problema. Lo que sí veo muy anormal, es que te hayan encerrado, ¿te quedaste en Montreal?

-No, lo hice en St. John y me trajeron preso desde allá.

-No te lo mando a decir con nadie, está bien rarito todo esto. Y tú, no creo te favorezca mucho llevar la gorra de Alpha 66 aquí. Le dije a Juanito mientras apuntaba con el índice hacia su cabeza.

-Con eso no hay tema.

-¿Y no te han preguntado por el origen de esa gorra?

-Sí, yo les dije que pertenecía a esa organización desde Cuba y que había cumplido prisión por ello.

-¿Qué edad tienes? Porque pareces que eres bastante fiñe que digamos.

-Yo tengo dieciocho años.

-¡Ahhh! ¿Y cuando saliste de Cuba?

-Hace tres años.

-En balsa supongo.

-Sí, lo hice en balsa y en la travesía se murió mi abuelo.

-Tuvo que haber sido duro, ¿cuántos días se pasaron en el agua?

-Como una semana.

-Y en Cuba estudiabas, me imagino.

-No, yo trabajaba en Cubana de Acero.

-Bueno, lo importante es que te encuentras vivo. ¡Ven acá compadre! ¿Y cómo llegaste hasta aquí?

-¿Yo? En bicicleta.

-¿En bicicleta?, ¿desde dónde?

-Desde Miami, yo vine en bicicleta desde allá.

-¿Desde Miami? ¡Tú estás loco! ¿Y para dónde coño tú ibas?

-¿Yo? Para Alaska.

-¡Ná! Tú estás mal de la cabeza. ¿Sabes dónde cojones está Alaska?

-No sé, pero yo iba pa’llá.

-¿Y me dices que viniste pedaleando desde Miami?

-¡Coño asere! De verdura que sí. A pedales limpios desde allá hasta aquí. ¡Ná! Y cuando llegué a la frontera, imagínate tú, yo venía en short y el frío que había era del carajo.

-¡Óigame compadre! Usted no sabe ni timbales de geografía. ¿En short?, ¿y a pedales limpios? Como quiera que sea, creo que el tiempo de la visita se va agotando.

¿Necesitan algo?

-¿Tú crees que me puedas hacer un three way con La Habana? Me preguntó Juan.

-Yo lo puedo hacer, pero solo puedo concederte tres minutos para que hables con tu familia. El asunto es que las llamadas son muy caras a Cuba.

-En eso no hay tema. Extrajo de uno de sus bolsillos un fajo de billetes y me extendió cuarenta dólares americanos y un papelito con el número de teléfono a donde llamar.

-Mañana yo te llamo a las ocho de la noche y tú me conectas con La Habana.

-No hay inconveniente alguno. Y tú Juanito, ¿necesitas algo?

-Chico, si pudieras conseguirme un cargador de baterías y algunas pilas para este aparatico que me regalaron. Me mostró una destartalada walk-man.

-Bueno, pasado mañana te lo traigo. Hubo un breve cruce de manos y vimos cuando uno de los guardias llegó por ellos, segundos después llegó la misma guardia del culo robusto y tieso por nosotros.

Si el día anterior habíamos consumido horas multiplicando sobre la situación de aquellos cubanos, el resto de esa tarde sumamos, dividimos y restamos. Nada nos resultaba normal y todas las conclusiones quedaron inconclusas. Hoy, cuando comenzaba a alegrarme de las bondades del tiempo con nosotros, a caído una perra nevada que ni les cuento. La nieve llegaba a la altura del picaporte de la puerta del auto, y unos cuarenta centímetros de nieve sobre el techo y capó lo convertían en un enorme pastel. De tanto palear para sacarlo y partir al trabajo, se me quitaron los deseos de continuar esta historia.

-¡Aló! Eran las ocho en punto de la noche.

-Asere, hace falta que metas el timbrazo a Cuba. Reconocí la voz de Juan, me encontraba preparado para recibir su llamada.

-Bueno, mantente en el teléfono y no hagas nada.

-Okey. Comencé a marcar esa tonga de números necesarios y siempre resultaba negativo el intento. Suerte del redial y pobre de mi oreja, fueron esos tiempos donde no existía comunicación directa con la isla desde los EU y muchos lucraban desde Canadá con esa otra desgracia de nuestro pueblo, las líneas se mantenían saturadas la mayor parte del día. Luego de media hora logré la línea.

-Buenas noches, le hablo desde Montreal, me puede pasar a la señora Juana Caoba.

-Buenas noches, es la misma que habla.

-Muy bien, la conecto con el señor Juan Martínez. Toqué el botoncito de colgar y escuché tres pitidos.

-Juan, ya pueden hablar.

-Muchas gracias Juan. Hola amor, ya sabes, la muralla tiene un huequito, como están las niñas.

-Muy bien mi amor, ¿cómo estás tú?

-Ya sabes, en el tanque todavía.

-¿Y no sabes cuando sales?

-Aún no, oye, dile al compadre de mi comadre que ya el contacto está hecho. Ellos van a pasar por aquí.

-¡Oká! Yo se lo voy a decir, creo que el primo de la comadre del compadre va a depositar un huevo para adelantar la cosa.

-¡Ahhh! Buena noticia, ya comienzo a aburrirme de este encierro.

-Tienes que tener paciencia mi amor.

-Sí, sí, claro.

-La ahijada del compadre pasó y me dejó caer una pata, con eso voy resolviendo.

-Cualquier tema dile a la comadre que te de una raya.

-No creo que sea buena idea, no sé, ya sabes, intuición femenina.

-Cualquier cosa puedes contar con el asere del padrino.

-Ya, ya. Bueno, todo bien.

-Te dejo mi amor, besos a las niñas.

-Serán dados, besos y cuídate.

-Chao. -Juan, ya terminé.

-Okey, cuando llegue la factura del teléfono te devuelvo el resto.

-No hay tema, gracias por la llamada.

Resulta casi imposible escribir algo con el nieto en casa, hace muy poco que cumplió cinco años y ya anda como cualquier experto en la otra computadora. Todos sus juegos tienen acompañamiento musical y los escucha a todo volumen, me saca del paso. De vez en cuando se llega hasta mi computadora y me pide que lo acompañe para enseñarme otro nuevo descubrimiento, debo esperar a que finalice toda su infantil explicación. La sala se encuentra repleta de cajas de regalos para Navidad, en uno de esos instantes pasamos junto a ellas.

-Anoche vino Papá Noel, ¿no lo sentiste?

-Sí, sentí un poco de ruido.

-Si supieras, los venados se cagaron en el cuarto de tu computadora.

-No, no se han cagado.

-¡Revisa bien! Hoy por la mañana estaba lleno de mierda por todos lados. Buscaba por cada rincón y yo seguía sus movimientos desde la sala.

-No hay nada, no hay nada.

-¡Respira! ¿No sientes peste a mierda de venados? Respiró hasta llenar sus pulmoncitos.

-No hay peste, aquí no se cagaron.

-Tuvo que haber sido en el cuarto de tu abuela entonces. Partió corriendo hacia el otro cuarto y buscaba por todos los rincones.

-Aquí tampoco hay nada.

-Yo creo que tu abuela lo limpió.

-¡Abuela! Dice Yeyo que los venados de papá Noel se cagaron anoche en la casa.

-No le hagas caso, tú sabes que Yeyo está loco.

-Yo no estoy loco, esta noche voy a vigilar para saber por donde entran.

-Ellos entran por el hueco de la chimenea, yo los he visto.

-¿Tú los has visto?

-Sí, pero me hago el dormido para que dejen más regalos.

-¡Ahhh! De todas maneras voy a hablar con él para que no caguen tanto. Me dio la espalda y se retiró al cuarto de la computadora. Tengo que pedirle una maquinita para limpiar la nieve, no es fácil la pala que hay que jugar. Regreso nuevamente hasta mi ordenador.

La tierra se ha recalentado y sus efectos comienzan a sentirse en este país, estamos finalizando Diciembre y se ha pasado tres días lloviendo. Llueve, nieva, cae hielo y las calles se convierten en pistas de patinaje. Mi recorrido es largo hasta el trabajo, necesito más de una hora para evacuar toda la tensión que se vive en cada viaje. Hoy tengo el día libre y me he propuesto terminar este trabajo.

Dos o tres días después regresamos a la prisión, Juan el enfermero me acompañó nuevamente. En la oficinita me quitaron las galleticas que les había comprado y otras golosinas. Autorizaron pasar el pequeño transformador para Juanito, pero me advirtieron que no se aceptaba nada de alimentos. Para asombro nuestro, Juan se encontraba en el salón con un visitante, era de origen latino y nunca nos mostró el rostro. Segundos después de nuestra entrada alegó cierta urgencia en retirarse.

-Ayer estuve hablando con la abogada y me dijo que necesitaba la firma de alguien que fuera residente para salir de aquí.

-¿Y qué le dijiste?

-Que iba a hablar contigo. ¿Quieres su número de teléfono? Ella es chilena.

-Sí, dámelo para hablar con ella. En eso se abrió la puerta que da al salón de los reos y apareció Juanito con la misma sonrisa de la vez anterior, el mismo uniforme, la misma gorra, y el destartalado aparatico en sus manos. Tenía una manera distinta de saludar, aunque su mirada era esquiva también, la sostenía unos segundos más que Juan y apretaba la mano cuando la brindaba.

-Aquí tienes el transformador, les traía unas golosinas, pero no dejan pasarlas.

-Coño asere muchas gracias. ¡Oye! La abogada que atiende mi caso me preguntó si yo conocía a alguien aquí y yo te mencioné. Ella me dio su teléfono para que la llamaras. Me extendió un papelito y lo guardé en el bolsillo del abrigo.

-Luego la llamo, aún es temprano y puede estar en su oficina.

-¿Puedes enviarme esta carta para Cuba? Tiene dinero adentro. Juan me extendió un sobre bastante cargado.

-Imagínate tú, esto debe enviarse con alguien que viaje para la isla. Aquí no hay agencias que se dediquen al envío de paquetes, y para que lo sepas, nadie te va a llevar un sobre cerrado para allá. Haré lo posible, pero si no aparece nadie de confianza tendré que regresártelo, no se puede enviar plata con cualquiera.

-Oká, si no aparece nadie me lo regresas.

-¿Quieres mandar alguna nota para tu familia? ¿Quieres que te ponga una llamada? Solo puedo ofrecerte tres minutos, pero al menos ellos sabrán que te encuentras bien.

-No asere, ellos no tienen teléfono en la casa.

-Como quieras. Bueno, el tiempo no anda muy bueno allá’fuera, regresamos en estos días para saber si necesitan algo. Luego de la formal despedida vimos se retiraban por la misma puertecita y tomaban rumbos diferentes. Hubo un detalle que me llamó la atención en ambas visitas, nunca cruzaron palabras entre Juan y Juanito. Seguimos tras el culo de un robusto guardia hasta la conocida oficinita, me mataban los deseos de llegar a la casa para llamar a la abogada de ambos. Durante el trayecto en la guagua comprobé que ambos números coincidían.

-Bonjour. -¿Es la oficina de la Dra. María?

-Oui, ¿con quien tengo el gusto de hablar?

-Mire, yo soy un cubano que visita a dos presos de mi país en St. Jacques y me han dicho que usted desea conversar conmigo.

-Sí, pudiera llegarse hasta mi oficina.

-¿Hoy? -Si fuera posible sí.

-Son las tres de la tarde, donde se encuentra su oficina.

-Estoy en el Viejo Montreal.

-Muy bien, déme la dirección, yo creo que puedo estar allí a las cuatro. Tenía el estómago pegado al espinazo y me preparé algo rápido y ligero. Me vestí adecuadamente y consulté el mapa de Montreal, mi vista se inclinó nuevamente hacia los datos de confección, ofrecían poca información. Me alegró saber que no dependía de guaguas para llegar a la dirección, tres cuadras a pie eran suficientes.

-Buenas tardes, con la doctora María por favor.

-¿Tiene cita?

-Sí, dígale que es Juan el cubano. Levantó el teléfono y repitió con exactitud los datos, no era necesario un esfuerzo supremo ni traducción.

-Dice que espere unos minutos mientras despacha a otro cliente, siéntese por favor.

-Muchas gracias. De una pequeña mesita tomé un ejemplar de El Popular en busca de noticias nuevas, todo era agua pasada, no existía otra opción para gastar el tiempo y me sumergí en vicios pasados, esperaba, espero mientras leo algo.

-Puede pasar. Me dijo la secretaria luego de unos treinta minutos consumidos, por aquella puerta no había salido nadie, cabe la posibilidad de que su consulta fuera telefónica, ¿por qué me hizo venir entonces? Me encontré ante una mujer medio tiempo y bella aún para su edad.

-Buenas tardes, ¿es usted Juan?, siéntese por favor. Me indicó con delicadeza dos opciones.

-Buenas tardes, soy yo. Tin marinde dos pingüe. Me incliné por la derecha. –Y bien, ¿en qué puedo serle útil?

-Como ya sabes, represento a esos dos cubanos que se encuentran detenidos en St.Jacques. El asunto es que para poder sacarlos de ese encierro, las autoridades exigen la firma de dos personas como garantes, es de suponer que deben ser como mínimo residentes legales, ¿lo es usted?

-Por supuesto, yo soy residente, ¿y que riesgos suponen esa firma?

-Muy sencillo, se exige como condición de que no abandonarán el país hasta tanto no tengan la vista ante el tribunal competente, y que los firmantes se hacen responsables por los delitos que cometan esas personas en territorio canadiense.

-Algo así como jugar la loto.

-No lo comprendo.

-Porque no desea comprender, es muy sencillo lo que me sugiere y algo por lo que estarían dispuestos a realizar millones de seres en este país. Llego, doy mi firma por un individuo al que apenas conozco, y bingo, hace una trastada el cabroncito y allí voy yo a pagar por él.

-Claro, se corren ciertos riesgos.

-Ciertos no madam, los suficientes para quedar embarrados.

-Lo comprendo, pero hay algo que se llama solidaridad.

-Sí, aplicable solamente a quienes no sean abogados.

-¿Qué desea decirme?

-Muy poco, ¿por qué no firma usted?

-Yo no los conozco.

-¿Y qué cree, son parientes míos?

-No exactamente, pero hay uno que lo conoce desde la década de los setenta.

-No veo la relación, yo conozco a los Beatles desde mucho antes, ¿firmarán por mí?, además, creo que merezco un poco de información antes de dar ese paso.

-Por supuesto que estoy en la mejor disposición de brindársela, ¿por dónde desea comenzar?

-Hablemos de Juan, ¿por qué lo han detenido? En Montreal hay unos cuarenta marinos desertores y nadie ha estado de visita en una prisión.

-Lamentablemente el gobierno ofrece muy poca información en su caso.

-Entonces descartemos la posibilidad de que pueda firmar por él.

-Aunque cambiara de opinión, el gobierno exige dos mil dólares de fianza para liberarlo.

-¡Ño! Poca cosa.

-No se preocupe, ya tiene quien le deposite esa suma.

-¡Ajá! Y por qué no firman los que van a depositar esa plata.

-Lo desconozco, pero le queda la opción del muchachito.

-¿Tiene información sobre él?

-Absolutamente ninguna, se niega a colaborar y los canadienses no saben de quién rayos se trata. Cuando fue detenido no tenía identidad alguna con él, es como si tratara de borrarse.

-¿Y pretende que bajo esas condiciones yo firme un documento de garantía? ¡Mire! A menos de que yo sepa algo sobre su identidad, créame, se puede pudrir en la cárcel y lo lamento, lo siento mucho porque es joven y en este país puede rehacer su vida. Pero no firmo nada a ciegas.

-¿Pudiera solicitarle que colabore con las autoridades?

-Por supuesto que sí, en ese aspecto estoy en la mejor disposición.

-Bueno, le solicito que lo piense. ¿Hacia dónde inclinaría su balanza en caso de decidirse a firmar?

-Por supuesto que lo haría por el muchachito.

-¿Y por qué no por su compañero de trabajo?

-Usted nunca lo comprendería.

Este veinticuatro de Diciembre he estado bastante ocupado, el restaurante estuvo a plena capacidad. No creí que fuera así, pensé que como era una fecha de celebración familiar la gente se recogería en sus casas. No pensé sin embargo en las familias divididas, somos pocos los que estamos completos del lado de acá, los otros, esos fueron los que acudieron al restaurante. Hoy tengo un trago a mi lado y música puesta, hoy me toca a mí. Anoche regresé conduciendo a cuarenta kilómetros por hora, llovía agua con hielo, algo anormal para la fecha y que convierte a las calles en pistas de patinaje, peligrosísimas para conducir, hoy me relajo y escribo antes de que lleguen el flaco y su mujer, tengo que acabar esta historia.

Esa noche continué con mis operaciones matemáticas, sumaba, restaba, dividía y multiplicaba. Así es la vida de los cubanos, me quedé dormido en el sofá a altas horas de la madrugada, tenía derecho a hacerlo en mis vacaciones. El timbre del teléfono me despertó, el reloj del video marcaba las diez y treinta de la mañana. Observo que la llamada llega de un aparato público.

-Oui, aló.

-Hola Juan, te habla Juan.

-Dime Juan, que novedad hay.

-Ná compadre, me han traído esposado a las oficinas de inmigración.

-¿De qué me hablas? No acababa de despertar y reconocer la voz del otro lado.

-¿Estabas dormido?

-Sí. -Soy Juan, te decía que estos blancos de pinga me han traído esposado a las oficinas de inmigración.

-Bueno, así deben trasladar a todos los reos, supongo.

-Ná, pero estos son unos singaos racistas…..

-¡Oye! Espera, en este cabrón país no hay racismo. Además, tú no eres comemierda y debes imaginar que en esos lugares los teléfonos deben estar tomados. No me agarres pa’tus cosas men. Cuando me llames desde esos sitios o la prisión mide tus palabras, tú estás en veremos, pero yo no.

-Ná, era solo pa’decirte eso.

-Muy bien, yo no puedo resolver nada, en todo caso, si sientes que tus derechos son violados, habla con la abogada. Sentí como tiraban el teléfono del otro lado.

El mismo recorrido, los mismos laberintos y oficinita, el mismo elevador. Solo se diferenciaba la presencia del guardia, hoy nos tocaba un mulato. Ese día no solicitamos visitar a Juan, queríamos ver a Juanito a solas.

-Ayer hablé con tu abogada.

-¿Y qué te dijo?

-Men, te vas a pudrir en esta cárcel si no colaboras con las autoridades.

-¿De qué manera?

-¿Y lo preguntas? Esa gente no sabe quién coño eres, y pa’que lo sepas, yo no firmo hasta que no me lo digas. No creas que me voy a meter estos viajes con este clima para que me tomes el pelo. Que engañes a las autoridades te lo paso, que trates de hacerlo con tu abogada no lo apruebo, ella está tratando de sacarte de aquí. Pero no jodas, que me veas cara de comemierda es demasiado. Mira men, dime dónde coño puedo localizar a tu familia para que te hagan llegar un documento de identificación. No importa si es el carnet de identidad o el certificado de nacimiento. ¡Cojones! Algo que diga eres una persona. ¡Putas! Que aquí no estamos en Cuba. El chamaco mantuvo silencio por unos instantes hasta que se decidió a escribir una dirección.

-Hazle unas notas a tu madre o familiar! No pretenderás que mande a mi hijo hasta La Jata sin una contraseña, allí vive una tía mía. Escribió cuatro mierdas incoherentes en una hojita que luego guardé en mi abrigo. -En estos días paso por acá para darte una respuesta.

Hoy es el único día de descanso que poseo, trato por todos los medios de escapar de este mundo y sumirme en mi oficina, vagar entre mis recuerdos y escribir. Miro por la ventana y el auto se encuentra oculto nuevamente por la nieve. No bajaré por gusto, si lo limpio, paso por el garaje que se encuentra a dos cuadras de la casa para cambiarle los frenos. Si paso por el garaje me llego hasta el mercado y compro lo que haga falta en la casa, hoy mismo no tuve jamón para el desayuno y el jugo de naranja no alcanza para mis tragos, pienso y me visto, no sin antes arrancar el motor desde la ventana de la casa. Llegó el peluquero que va a teñir a mi mujer y le digo que me espere, voy a pelarme para esperar elegante el fin de año, bueno, trabajando.

-¡Oye viejo! Fui a la dirección que me diste y aquello es deprimente. La puerta de la casa estaba cerrada con un candado de bicicleta. Cuando me disponía a partir llegó una muchacha y me dijo que tuvieras cuidado, es la cuñada de ese tipo. El gallo tiene treinta años y estuvo preso en el Combinado por delincuente.

El mismo frío, el mismo timbre y ventanita, los mismos pasillos. Bolsillos vacíos y piernas abiertas.

-Por favor, no abran esa carta, deseo que uno de los escoltas vaya conmigo hasta el salón y el reo la abra delante de ustedes. El problema es que tiene dinero dentro. No hubo objeción alguna, uno de los guardias me acompañó por los mismos laberintos, el mismo elevadorcito hasta el mismo saloncito. Esta vez pude oír ambos nombres con la misma comicidad del español mezclado con francés. Juan se sentó y le expliqué que debía abrir la carta en presencia del guardia, contó su dinero y no faltaba un centavo, el escolta se retiró inmediatamente, no leyó el contenido de aquella carta.

-¡Mira cabroncito! Engañaste a la abogada, le rompiste la computadora a las autoridades de Canadá y me subestimaste, te dije claramente que hay personas con intenciones de ayudarte y no comprendiste. Voy a ayudarte para que sea más fácil la construcción de tus mentiras. Si tienes diecisiete años, supongamos que diecinueve, cuando restas los años de tu llegada en balsa te convierten en menor de edad en Cuba. A esa edad nadie te puede dar trabajo en la isla por ley. Dudo mucho que la organización Alpha 66 te vaya a captar siendo menor de edad, y estudiando no estabas, eres suspenso en geografía. Además, pedazo de burro, nadie soporta treinta grados bajo cero en short. Mírame bien el rostro, esta es mi última visita a la prisión, y grábate esto en la memoria, no trabajo para nadie. No voy a firmar tu salida y no creo que alguien lo haga por ti. Vas a tener que regresar en la misma bicicleta para Miami. Juan permaneció en silencio mientras le descargaba a Juanito. No hubo despedidas ni cruces de manos.

Tres días después, acudí a la oficina de inmigración donde fuera citado para firmar la salida de Juanito. Allí me encontré con otro compatriota que ha ayudado a los cubanos recién llegados. Hacía varios años que no nos encontrábamos, él había sido envenenado por otros de nuestra tierra en contra de mi persona.

-Hola Juan, ¿cómo estás?

-¡Ná! Yo bien, ¿y tú?

-Bien también, ¿qué te trae por aquí?, lo pensó durante varios minutos y no decidía darme una respuesta. Mira Juan, yo iba a firmar por un cubano que está en St. Jacques.

-¡Coño, yo también!

-¡Dale atrás Juan! No te embarques, esta es la historia…

-Vamos a tomarnos un café Juan, hace tiempo que no nos encontrábamos.

No sé si a Juanito lo llevaron hasta la frontera y lo montaron en una bicicleta de regreso para Miami. A Juan me lo encontré varios años después en muchas ocasiones que arribaban los vuelos de Cubana en el aeropuerto de Mirabel. Una vez tuvo el descaro de saludarme y ahorré el trabajo de extender mi mano. Optó por borrarse una vez librado de su prisión, no lo critico, nunca fuimos conocidos cercanos.

Los años siguieron su curso y mi familia llegó a este maravilloso país. Comencé a rebobinar el casete y pude comprender con el tiempo, el preciado tiempo perdido con mis compatriotas. Sentí vergüenza por mí y lástima por ellos, me sentí cómplice y autor de aquella macabra obra. Nada era igual, no éramos iguales, y me acordé de un abuelo lejano sin lazos con sus nietos, todos resultamos extranjeros a pesar de compartir la misma cuna.

Necesito descansar, hoy me lo he propuesto. Me asomo por la ventana y observo mi auto cubierto de nieve nuevamente. Debo limpiarlo, porque si suben las temperaturas y vuelven a descender se puede convertir en hielo. Si bajo y lo limpio, puedo aprovechar y llegarme hasta el garaje que queda a dos cuadras de la casa para que revisen los frenos. Si el garaje se encuentra cerrado, puedo llegarme hasta el mercado y hacer las compras de la semana. Si el mercado se encuentra abierto, puedo pasar por la sección de cosméticos y averiguar si tienen el perfume de Alfred Sung que me encargó mi tía de Miami. Total, es una ancianita de casi ochenta años muy presumida. No hay arreglos, limpio el auto y parto, descanso la semana que viene y termino esta historia cuando tenga tiempo.

-¡No te creo! Así que visitaste a Juanito en una prisión de Montreal. Si supieras, yo trabajé en la casa del balsero en los cayos de La Florida. Es verdad, su abuelo murió en la balsa. ¿Qué ha sido de la vida de Juanito? Me preguntó un día Sor Juana de los Ángeles. Bueno, no tan ángel tampoco, me tumbó quinientos dólares aquella ex-monja.

-¿Qué te cuento Juan? Averigüé por Sor Juana en Jagüey Grande y me contaron que metió un tumbe en la casa del balsero de La Florida. Luego arrancó con un camión alquilado repleto de sus pertenencias para Montreal.

-¡Cojones! Y yo que había pensado tener experiencia con los cubanos.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2005-12-26

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar