Cuba es un cuento, compay

Desiderio Y El Trucu

Cómo pudiera convencerlos para que salgan de esas oscuras cuevas donde una vez fueron olvidados durante el naufragio de nuestras memorias. Aún de fantasmas, continúan sin poder vencer la timidez y desconfianza. No me creen, consideran falso que merezcan ser recordados e inoportuno un modesto homenaje a sus insignificancias.

-¡De vivos nos jodieron mucho! Puedo identificar la voz de Desiderio, no tengo dudas, una parte de su bigote se asoma detrás de la piedra donde se oculta, y la mitad de sus espejuelos también. No ha cambiado desde la última vez que lo vi, su rostro enjuto es difícil de olvidar, y aquellos enormes lentes que le daban imagen de ser una guagua. El Desi era la aberrante versión criolla de aquel comediante norteamericano llamado Groucho Marx, un poco más flaco y con las marcas del peso de su armadura tratando de penetrar el tabique de su nariz. ¡Déjennos descansar tranquilos! Su voz tomó el timbre de una súplica y se escuchaba muy agotada. Venció su timidez y salió totalmente de su escondite, no había engordado nada en la otra vida y vestía igual, nunca lo vi con otra ropa que no fuera el uniforme gris de la marina.

-¡Pero, mira, Desi!… Me detuve, tal vez tenga razón… Yo no quiero joderte, solo hablar un poco de ti para evitar que seas tragado por el olvido. ¡Tú exististe!… Sacó dos cajas de cartón que permanecían ocultas en aquel rincón oscuro de la cueva, estaban atadas con filásticas de los cabos de maniobras y precintadas. Tenían un papelito pegado, quizás el sello de la aduana. Hubo una larga pausa.

-¿Qué cargas en esas dos cajas?

-La pacotilla de mis hijos y nietos. Debo tomar el tren que sale para Cienfuegos. Se fue acercando, iba perdiendo el miedo. Pude distinguir en su rostro recién afeitado unos pedacitos de papel sanitarios pegados con unos puntitos rojos. Su barba continuaba siendo tan tupida como siempre y le daba ese color cianótico pálido que nunca lo abandonó en vida.

-¿En la segunda vida también? Dejó las cajas en el piso, al caer no sonaron.

-¿Qué me preguntas?

-Si en la segunda vida estás condenado también a gastarlo todo en pacotilla. Lo pensó muchas veces antes de responder, su vista viajaba desde las cajas colocadas en el suelo hasta mis ojos, pensaba. Tal vez viajaba desde La Habana hasta Tokio y lo compraba todo al costado del barco. Los japoneses conocían mejor que nosotros nuestras calamidades y miserias, tal vez las experimentaron cuando recibieron el impacto de aquellas dos bombas. Nosotros no hemos recibido ninguna explosión atómica, todo escasea y cambia la vida de los que andamos a bordo. ¡Matemática! Mucha matemática para poder navegar, pienso. Una botella de ron es igual a un par de zapatos. Una puta es igual a diez blúmers, dos calzoncillos y un paquete de cuchillas de afeitar. Una CocaCola es igual a una botella de Champú en la tienda del dólar. El pasaje de una guagua son los ajustadores de mi vieja o las teteras del niño que cumple seis meses de espera en la barriga. ¡Hay que caminar, aguantar sed y dejar de templar, cero borracheras! ¡Pajas!

-No tenemos de otra mientras vivamos en una extensión de este suelo.

-¿Y el Trucu?

-El Trucu se está bañando, ya sabes el tiempo que se toma en esta maniobra. No sabía que los fantasmas se bañaran, pero tratándose de él tampoco lo dudaba. Si un mérito conservó toda su vida, fue la de ser un individuo muy aseado.

-¿Saldrá contigo?

-No, tú sabes que él es muy misterioso. Todos hablan de una hija que se lo está comiendo, pero nadie la ha visto y él no habla. ¡Mira la hora! No ha perdido el hábito de bañarse cuando todos se encuentran durmiendo.

Desiderio fue el primer cocinero del Jiguaní, debe haber muerto hace muchos años, pero lo recuerdo con mucho cariño. Perteneció a esa generación de hombres inofensivos de nuestra flota, no recuerdo si había sido una herencia del capitalismo, pero de lo que no tengo dudas es que fue devorado por aquellos románticos cantos de sirenas, adoraba al hombre de las barbas.

Trucu era el segundo cocinero, desconozco el origen de su apodo pero supongo que sería por bruto. Era mayor que Desiderio y hacían una magnífica pareja en su trabajo, ambos se llevaban a las mil maravillas, parecía que eran hermanos. Años más tarde, el Trucu navegaría conmigo en el barco “Renato Guitart”. Trucu era un viejo solterón que no tenía domicilio en ningún lado. Vivió siempre a bordo de los barcos, un detalle muy particular lo distinguía de los demás, sus enormes huevos, piezas imposibles de ocultar aunque usara los pantalones más anchos del mundo. Tenía la costumbre de guardarse el dinero en una bolsita que acomodaba entre esos huevos.

En un viaje a Valparaíso en Chile a bordo del Jiguaní, Desiderio cae enfermo de los riñones y es llevado al médico. El galeno le dice que no es nada grave y que debería tomar mucho líquido, le recomendó que bebiera vino para que lo ayudara a botar algunas piedrecitas. Saliendo de la consulta se llegó hasta un mercado y se compró dos garrafas del mencionado vino que en ese tiempo era muy barato, unos dos dólares cada una. Esa noche y siguiendo las indicaciones del doctor, invitó al Trucu a su camarote para beber con él. Vaciaron la primera garrafa y cuando comenzaron la segunda ya se encontraban totalmente ebrios, debo destacar que ninguno de los dos tenía la costumbre de beber.

-Trucu, ¿tú sabes quién es el tipo más cojonudo de Cuba? Preguntó Desiderio, ferviente admirador de Castro en medio de su embriaguez. Nadie más lo escuchaba, los hombres que pertenecían a la brigada de guardia eran muy pocos y se encontraban dispersos por toda la superestructura. El resto de la tripulación andaba de Luna de Miel con mujeres que también sucumbieron a ese embriagador canto de las sirenas. El Trucu lo miró sin comprender el objetivo de su pregunta, levantó los pesados espejuelos con cristales fondo de botella y se frotó los ojos.

-Trucu, ¿tú sabes quién es el tipo más cojonudo de Cuba? Insistió Desiderio, pero ahora un poco más agresivo ante la indiferencia de su compañero. Sin dudarlo, el Trucu se levanta de su asiento y con ambas manos se sujeta la gran pelota que guardaba entre las piernas y le respondió entre hipos.

-¡Coño, Desi!, eso no se pregunta, ¿no lo ves? El tipo más cojonuo de Cuba soy yo. Terminando de decir esto, se sentó nuevamente sin percatarse que Desiderio había montado en cólera ante su respuesta. Sin darle mucho tiempo a reaccionar, Desiderio agarró la silla del camarote y se la metió por la cabeza. Alguien que pasaba por aquel pasillo en esos instantes, sintió ruidos anormales y entró oportunamente a separar a los dos grandes amigos que se encontraban enredados en una cruenta e inexplicable batalla. Al día siguiente, el Trucu preparó el desayuno como le correspondía, pero la tripulación lo miraba con justificado asombro, tenía un ojo amoratado, rasguños por el rostro y la cabeza partida. La gente le preguntaba sobre lo ocurrido, pero él solo respondía con monosílabos. Más tarde, Desiderio entró en la cocina para iniciar la preparación del almuerzo, pero lo hizo en similitud de condiciones que el Trucu, las preguntas de la gente eran respondidas de igual manera, no recordaban nada.

Durante la reunión de fin de viaje, parece que a Desiderio lo habían presionado por el Partido a que hablara y de esta manera fue que se supo la verdad. No se tomaron medidas disciplinarias con los viejos, corrían otros tiempos donde aún se imponían los sentimientos personales y generales, aquellos viejos eran muy queridos por la tripulación. Ese día, paran al Trucu y le piden que hable sobre lo sucedido. Muy nervioso, asustado, como queriendo proteger a su amigo del alma, dio una versión muy particular en medio de aquella reunión.

-Yo estaba en mi camarote cuando mi amigo el Desi me invitó a tomar un vino que le había recomendado el médico para curarlo de los riñones. Allí estuve ayudándolo hasta altas horas de la noche, después no sé qué pasó, por la mañana me levanté todo destimbalado. La tripulación conocía la verdad y aquello provocó una fuerte risa en el salón, allí quedó la cosa y ambos viejos continuaron siendo grandes amigos. El Trucu, por su parte, nunca dejó de esconder su dinero en el sitio preferido y años después de aquel incidente, no se había operado los huevos, nunca se operó y continuó bañándose de madrugada.

Un 31 de Diciembre, creo que del año 75, me encontraba de guardia en el astillero de Casablanca a bordo del “Renato Guitart”. Había un engrasador que tenía la costumbre de hacer la guardia en bata de casa sin calzoncillos, recuerdo que aquel loco hablaba algunas palabras en japonés y la gente lo utilizaba como traductor para comprar todas las mierdas de uso que existían en Tokio. Han pasado muchos años, pero recuerdo que tenía o era conocido con el pseudónimo de un samurai de las películas de esos tiempos. El personaje se presenta en mi camarote a eso de las diez de la mañana, así, con aquella bata de casa toda embarrada de grasa.

-¡Segundo! El Trucu está preparando de comida una fuente de sardinas y otras mierdas. Me dijo muy alarmado, algo enojado y con razón. Hablo de una fecha donde todavía existía una asignación no contemplada en el consumo de la tripulación y destinada a las celebraciones de fechas consideradas festivas. Ya habían eliminado el 24 y 25 de Diciembre, pero se aferraba por sobrevivir el fin de año.

-¿Cómo, sardinas? Fue todo lo que se me ocurrió decir y lo vi bajar. Salí tras de él y fui directamente a la cocina. Pude comprobar que no mentía, allí estaba la fuente de sardinas adornada de cebollas. Agarré la fuente y la vertí en el tanque de la basura.

-¡Trucu! ¿Dónde está la asignación de puerco y cerveza para celebrar el fin de año? El viejo se puso muy nervioso y no sabía qué rayos responder.

-Este fue el menú que me entregó el mayordomo García.

-¡Así que García! ¡Agarra la llave de la gambuza! Bajamos y le ordené sacar una banda de puerco. Abrí la nevera y extraje tres cajas de cerveza. ¡Ponte a cocinar puerco para esta noche!

-¡Pero, mire, Segundo!

-¡Aquí no hay nada que mirar, Trucu! Limítate a cumplir esas órdenes, es más, vamos a tomarnos una cerveza. Allí mismo, encontrándonos en la gambuza, el Trucu se bebió su cerveza casi sin respirar, con miedo. Le empujé otra, y otra. Yo sabía que su hígado no soportaba mucho alcohol. Cuando subimos nuevamente a la cocina, el Trucu se encontraba alegre, contento, feliz, complaciente. Se puso a trabajar rápido con la banda de puerco y contó con la colaboración de algunos voluntarios. Paralelos a nosotros se encontraba el buque “Luis Arcos Bergnes” en reparaciones, el oficial de guardia era Irán Labrada, un antiguo compañero de estudios. Lo invité a que fuera con su brigada de guardia a cenar esa noche y que aportara algo, llegó con dos cajas de cerveza. El ferry Río Jibacoa se encontraba un poco más alejado de nosotros, pero el oficial de guardia era también de nuestra promoción y fue invitado a participar. Llegó con dos cajas de cerveza y dos mujeres que se encontraban de guardia. Esa noche la celebración fue espectacular, abundó la comida y la cerveza, escasearon los inspectores y la fiesta terminó a altas horas de la madrugada. En mi camarote durmió una hermosa mulatica de ojos verdes, una especie no muy común en nuestra tierra. Por la mañana, no quedaba rastro alguno de la fiesta celebrada, eso bueno tenían aquellas tripulaciones. ¡Por supuesto! El Trucu no se acordaba de nada.

Desiderio cargó sus dos cajas selladas y pasó junto a mí. Me dijo que llevaba blúmers, sandalias, ajustadores, pasta dental y algunos biberones. Se quejaba de que el dinero no le había alcanzado para satisfacer las necesidades de su familia, nunca le alcanzó de vivo, parece que de muerto le pagaban la misma miseria. Me preguntó dónde tomar el tren que iba para Cienfuegos, no supe responderle, no tenía ideas del lugar donde se encontraba aquella cueva. El Trucu no salió del baño, gastaba mucho tiempo enjabonándose aquella enorme bolsa donde escondía parte de su dinero. Yo tampoco tengo mucho tiempo para esperarlo, otros muertos aguardan por mí.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2009-07-12

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