Cuba es un cuento, compay

Capitán Ricardo Puig Alcalde

Lo conocí en la motonave “Habana” en el año 68 del siglo pasado, era mi primer barco y emprendía un largo recorrido encaminado a perseguir un sueño. Fueron tiempos donde aún existían destellos de ese romanticismo que siempre debió iluminar nuestra profesión, se sentía la presencia de verdaderos marinos desde el último registrado en la lista de enrolo hasta el capitán. Las tripulaciones eran entonces una segunda familia, aquella que permanecía unida más tiempo que la natural por avatares del destino elegido. La técnica no estaba desarrollada como en estos tiempos y exigía de cada uno de ellos el máximo de conocimientos, experiencia y profesionalidad. Aquella paz respirada duró en esa nave solo un viaje, mi generación, conocida entonces como los “marinos embajadores”, fue el primer virus destructivo inoculado a una vieja tradición. Muchos fuimos contagiados por los usos y costumbres de aquellos rudos hombres de mar. Tratamos de imitarlos y no pudimos, algunos flaquearon y luego se sumaron a las nuevas corrientes, no se podía nadar contra ella sin ser arrastrado, fue la justificación de muchos que luego se arrepintieron.

El escenario no pudo ser mejor y el sueño tantas veces apretado entre párpados, se fue transformando lentamente en una pesadilla. Puig, que así era como lo llamábamos, ocupaba la plaza de Tercer Oficial y andaría por los veinticuatro años. Jovial, muy medido en su vocabulario, educado como correspondía a todo egresado de la Academia Naval del Mariel, siempre andaba sonriente por cubierta, puente o su lugar de maniobras. El Capitán de la nave era Julio Calderón Justiz, todo un aristócrata al cual he dedicado varias páginas. La plaza de Primer Oficial estaba ocupada por José Meléndez (alias el gallego), no me cansé de hablar mal de él y ahora lo dejo descansar por estar muerto, fue la oveja negra durante ese y otros viajes posteriores. Como Segundo Oficial viajaba José Levi Tur, no puedo decir nada de él como oficial o persona, todo su viaje transcurrió medio deshidratado en el camarote con un cubo al lado de la cama para vomitar, ese fue su último viaje como navegante. El Jefe de Máquinas era de apellido Terrero, lo encontré en Miami cuarenta y tres años después, no recordaba mucho de aquella aventura y me resultó muy difícil identificarlo. Teníamos un agregado de cubierta que pronto se convirtió en un célebre personaje, su apellido era Leyva y su ingenuidad rayaba la infancia. Cantaba lírico y mareaba durante sus guardias, confundía al puente con cualquier otro escenario. Muy noble de carácter y flanco débil de aquella tropa que lo convertía en blanco fácil de todas las bromas perdidas en la nave. Casualmente los tres oficiales de cubierta eran del pueblo ultramarino de Regla, no solo ellos, también lo eran el excelente mayordomo del buque llamado Vicent, el timonel Bernardo, el camarero Chirino y otros que no recuerdo ahora. A pesar de contar con pocos medios de distracción, casi ninguno y navegar en condiciones que hoy resultarían alarmantes, agua racionada, falta de aire acondicionado y camarotes compartidos, el ambiente entre todos aquellos lobos de mar era extremadamente respetuoso. Ya he mencionado en temas especiales la presencia del contramaestre “Pancho el Bicho” y del timonel “Manso”, dos hombres a los que debo agradecer eternamente mi correcta introducción a la profesión del verdadero marino, el que solo un viaje después comenzó a desaparecer en esa misma nave.

Entre las obligaciones del Tercer Oficial se encuentra la atención y responsabilidad de todos los medios de seguridad en un buque. Hablo de los botes salvavidas, chalecos, sistema de CO2 y extintores a bordo, funcionamiento del sistema contra incendios por agua, etc. El trabajo de mantenimiento de su departamento lo realizan en oportunidades con la ayuda o concurso de otros marinos durantes los horarios de faenas, casi siempre contaban con la presencia de un timonel y no fueron pocas las ocasiones que me vi obligado a compartir ese tiempo con Puig. En aquellos tiempos fueron muy celosos en el cumplimiento de sus obligaciones, también, las inspecciones fueron muy severas y eran desarrolladas por una oficialidad competente. Vale destacar que se disponía de los fondos necesarios para adquirir los materiales necesarios con el fin de sustituir aquellos que se vencían. Años más tarde y cuando ocupé la plaza de Primer Oficial, comprobé que en muchas oportunidades nos enviaban hacia una aventura donde muy bien podíamos perder la nave y la vida.

Puig fue aquel oficial que nunca se caracterizó por excesos a la hora de ejecutar su mando como oficial de guardia, creo que tampoco fue necesario ese proceder cuando se contaba con un equipo de hombres que amaba verdaderamente sus barcos y los consideraban el auténtico hogar. El primer viaje no fue nada agradable y ya he escrito mucho sobre aquella aventura. Sin embargo, todos aquellos contratiempos fueron vencidos por aquel ambiente de familiaridad y respeto existente.

“La felicidad dura poco en casa del pobre”, dice un viejo refrán y tiene razón. Al regreso de aquel viaje entramos por Cienfuegos y en ese puerto se produjo varios relevos en el mando y composición de la tripulación. El respetable Capitán Calderón fue sustituido por Remigio Coya Prats y el Jefe de Máquinas Terrero por uno de los maquinistas más extremista conocido en toda la historia de la marina mercante, me refiero a Roberto Arche Flores. Siempre que se producen esos cambios, el nuevo Rey acostumbra a relevar también algunas fichas en el tablero donde debe jugar, casi siempre se trata de individuos incondicionales a su persona. Arche arrastró consigo a varios de ellos, “militantes” casi todos. Hablo de una época donde aquellas organizaciones políticas no contaban con mucha presencia a bordo de los barcos. El mismo buque “Habana” tendría cuatro o cinco militantes de la UJC y en igualdad de condiciones andaba el Partido. Cifras que se vieron aumentadas a partir del segundo viaje y por supuesto, se experimentó también un cambio radical en la atmósfera respirada hasta entonces. Entre otros cambios injustificados, se dio de baja en la marina a una cantidad indeterminada de viejos lobos de mar como “Pancho el Bicho”, se trataba de extirpar a toda costa aquellos elementos enquistados del pasado y abrirle camino a la representación de la primera generación del “hombre nuevo”.

José Meléndez (alias el Gallego), una vez fuera de los controles y frenos establecidos por aquel excelente Capitán Calderón, dio rienda suelta a todo su despotismo y abuso de poder injustificado contra hombres amantes de su barco. Esta vez lo hacía pisando un terreno muy fértil, iría acompañado del Capitán Remigio Coya Prats, un individuo de similares características con la agravante de su bien definida vulgaridad. Levi Tur fue relevado por Francisco Otero (alias Panchín y fallecido hace unos meses), Puig continuaba de Tercer Oficial y Leiva de Agregado de Cubierta. Como Contramaestre viajaría Otón Basulto y como mayordomo Nocedo hijo. Muy pronto se hizo sentir los cambios producidos en la tripulación, las relaciones mando-subordinados dejó de ser la misma y la exquisitez de las comidas también. Una parte del tiempo de descanso fue ocupada en reuniones orientadas por Arche Flores, quien se impuso en nombre del Partido por encima de la estatura del Capitán. La militancia en ambas organizaciones se vio notablemente incrementada y cuando eso sucede aumentan los problemas. Panchín, un joven rebelde por naturaleza, tuvo fuertes encontronazos con Arche y fue desenrolado a regreso del viaje, no recuerdo si en esa oportunidad ascendieron a Puig a la plaza de segundo y Leiva a la de tercero, creo que sí. Luego del tercer o cuarto viaje y encontrándose el buque en el dique de Casablanca, yo permuté con el timonel de apellido Marichal con la aceptación de ambos capitanes. Fui enrolado en el buque “Jiguaní” y él ocupó mi plaza. Debo destacar que durante todo el tiempo transcurrido Puig no experimentó cambio alguno, siguió siendo aquel joven alegre, medido, jovial y sonriente de siempre. No podía evaluar sus conocimientos desde mi posición de timonel o pañolero, sin embargo, pocos años después estudié con ahínco todo lo relacionado a la carrera de Piloto y fue cuando comprendí la grandeza de cada uno de aquellos hombres. Poco importa sus actitudes ante la vida, técnicamente hablando eran unos grandes navegantes, muy profesionales.

Coincidimos una mañana a la entrada de nuestra empresa, yo salía después de realizar alguna gestión particular y él entraba por alguna de las suyas. Nos saludamos con el mismo afecto de siempre, eso sucedía a intervalos de varios años. Corría la década de los ochenta y yo me desempeñaba como Primer Oficial, estaba de vacaciones en esos tiempos. Tal vez Puig no lo recuerde, pero en medio de la conversación y conociendo que yo estaba de vacaciones, preguntó si deseaba enrolarme con él en su buque, era el porta contenedor “Frank País”. Si tuviera buena memoria recordaría que le manifesté no haber trabajado nunca ese giro y él me respondió que era mucho más fácil que la carga general. Luego de unos minutos intercambiando opiniones, ambos nos dirigimos hasta el departamento de Cuadros donde se inició prontamente todos aquellos trámites necesarios para mi enrolo. Al día siguiente me presenté en el buque, recuerdo que se hallaba atracado en la base de contenedores de Regla, yo debía relevar a mi compañero y amigo Manuel Balsa Larrinaga. Para sorpresa mía, el Jefe de Máquinas era mi primo Fausto Sardiñas Lostal.

Ya he contado cómo fue realizado ese relevo de cargo con Manolito, nunca existió y lo he escrito en otra oportunidad. Como de costumbre, partí ese día para mi casa cargando los planos del buque que necesitaba estudiar con calma.

Sin proponérmelo, había penetrado en un grupo de barcos considerado que pertenecía a una élite muy selecta dentro de nuestra empresa. El tiempo de carga era muy dinámico y debía concentrarme únicamente en ella. No estaba preparado el plano de carga y mucho menos los cálculos de estabilidad, no podía pedir más, Manolito era así. Salimos y me dediqué entonces a realizar una inspección exhaustiva de lo que el destino puso en mis manos. Mis recorridos por cubierta fueron diarios, por fortuna, contaba como apoyo con la presencia de un magnífico Contramaestre. El viejo Nerey era conocido y sabía de su capacidad para llevar el mando de su tropa. En la cocina gozaba también con la figura de Vicent, ya ustedes deben conocerlo, lo he mencionado en cuatro naves por donde pasé. No le temía a la parte técnica, muy pronto comprendí que era cierto, las operaciones con contenedores resultaba mucho más simple que las de carga general aunque los que pertenecían a este grupo de buques se encargaron de convertir en un mito esta especialidad. Creo que mis principales obstáculos se presentaron en ese contacto directo con la tripulación, existían malos hábitos que debía romper con mano dura aunque ganara a principios algo de impopularidad. El momento llegó cuando tuve en mis manos la libreta de guardias en el portalón. Aquellas guardias estaban divididas en tres brigadas como en cualquier buque, solo que en ese caso particular, cuando conté a los integrantes de las tres brigadas, resultaron ser menos del cincuenta por ciento de los que estaban obligados a realizarlas de acuerdo al reglamento vigente. Esa fue la primera protesta casi generalizada y foco central de reclamaciones que fueran “rechazadas”. Hasta el mismo Puig me llamó en esa oportunidad y mi respuesta no se hizo esperar, lo comprendió perfectamente. Si yo como Primer Oficial estoy comprendido en esas guardias, dame una explicación válida para exonerar a todo ese personal que no se encontraba realizándola. Indudablemente comprendió mis argumentos y el malestar producido entre un grupo, fue opacado por el aplauso de quienes resultaban beneficiados con la eliminación de aquellos indebidos privilegios frenados a partir de mi presencia. La oficialidad de cubierta era un equipo de lujo, la plaza de Segundo Oficial era ocupada por Bergaza, un espigado “jabao’ que si mal no recuerdo era pariente del músico Felo Bergaza. Muy competente y cumplidor con todos sus deberes. El tercer Oficial de la nave era de apellido Corrieri, hermano de aquel conocido actor cubano Sergio Corrieri. Otro espigado joven que nunca explotó sus raíces, competente y disciplinado. Par de gigantes cercanos a los seis pies de estatura que me hacían sentir enano cuando estaba entre ellos, ambos gozaban de popularidad entre todos los tripulantes.

Los tiempos eran diferentes al primer encuentro con Puig, la corrupción había tocado las puertas de cada camarote en cualquiera de nuestras naves. Un 98 % de las tripulaciones militaba en una u otra organización y resultaba difícil encontrar una explicación a tantos problemas presentados en casi todas las aventuras marítimas. La doble moral también fue transportada en nuestros buques, solo que nunca desembarcaba, logró instalarse como un tripulante más. Cuando esto sucede y hallas imposible creer en la sinceridad de los hombres, resulta muy difícil confiar en ellos.

Las relaciones de un Primer Oficial con el personal subalterno son diarias y supera ese vínculo que pueda tener el Capitán en ese aspecto. Vencido el período natural de desconfianza y recogiendo como fruto el aval presentado entre ellos por personal que me conocía de otros tiempos, pude llegar a compartir secretos e intimidades que quizás nunca confiaran a Puig en su condición de Capitán, me enteré de mucho que tal vez él ignoraría hasta la fecha de terminación de estas líneas. Por ejemplo, es muy probable no haya sabido que los contenedores eran robados en cada viaje, no todos, por supuesto. Solo eran violados aquellos que transportaban algún tipo de carga valiosa con posibilidad de comercializar. Quienes realizaban esas operaciones poseían además de una exacta información, los sellos necesarios para reponer el que fuera violado. Nunca delaté a nadie por esa causa y dirigí toda mi atención a evitar en lo posible esos hurtos por varias razones fundamentales. Se supone que el Capitán y el Primer Oficial eran los máximos responsables en la aceptación, transportación y entrega de la carga. Cualquier violación de esa regla mantenida durante años y prostituida en esos tiempos, era responsabilidad absoluta de ambos. ¿Cómo evitaba se produjera ese delito a bordo? Yo le orientaba a los jefes de la carga en todos los puertos visitados que estibaran los contenedores en una posición “puerta con puerta”, evitando que pudieran abrirse. No quiero mencionar los cargos de los involucrados en aquellas fechorías, pero todos y cada uno de ellos, eran personas que ante la presencia del Capitán se mostraban muy amistosos y sonrientes.

Ya he mencionado en otros temas ampliamente lo relacionado con la corrupción en nuestras naves y abusos de poderes. No solo eso, he hablado de Capitanes que sometieron a sus tripulaciones a unas exageradas situaciones de austeridad con el único propósito de arribar a La Habana con un informe donde se reflejaran ciertos “ahorros económicos” durante sus viajes. Ninguno lo hizo por patriota, casi todos buscaban la acumulación de méritos personales que se tuvieran en cuenta a la hora de asignarse autos o nominaciones de “vanguardias”. Puedo afirmar categóricamente que Puig nunca tuvo participación en cualquiera de esos eventos, fue un Capitán muy honrado y bajo su mando no se experimentó situaciones parecidas a las mencionadas.

En términos generales los buques porta contenedores realizaban viajes con líneas fijas, cada uno de esos viajes no excedía de los dos meses y medio, razón suficiente para que reinara en casi todos ellos un ambiente de paz y tranquilidad. No quiere decir esto que fueran inmunes a los problemas que suceden en cualquier barco, solo que acontecen en menor frecuencia. El corto tiempo pasado en los puertos visitados, era aprovechado por los tripulantes en las compras de los artículos necesarios demandados por sus familias o simplemente en la adquisición de productos destinados al contrabando. Esa ocupación los mantenía alejados de los traumas producidos en largas travesías, donde era común que los barcos arribaran a Cuba con toda su tripulación convertida en enemiga de ellos mismos. En el caso de los buques con escala en el puerto de Rostock, el contrabando tenía dos etapas. Se compraban artículos en Holanda para venderlos allí por dólares americanos y el resto de la mercancía viajaba hasta Cuba. Todo resultaba ser baratijas muy demandadas en la isla y cualquier puerto de países socialistas. Aún el contrabando no había adquirido las dimensiones experimentadas posteriormente, donde entre otras cosas, era un secreto guardado en alta voz y donde participaban desde el último marinero hasta el Capitán. No poseo información alguna sobre la participación de Puig en este tipo de comercio ilegal, se mantuvo limpio tal y como lo había conocido cuando ingresé en la marina.

Ricardo fue en el aspecto técnico un hombre muy bien preparado, nada que ver con aquellos individuos improvisados en la profesión que llegaron hasta su cargo por su incondicionalidad al régimen. Esto lo puedo afirmar sin ningún tipo de dudas porque a la altura de esos tiempos, yo llevaba varios años de Primer Oficial y estaba capacitado para evaluarlo técnicamente. Vale recordar que las asignaturas técnicas necesarias para mover un barco con toda su carga a bordo, eran comunes a los capitanes y primeros oficiales. Yo tuve en mis manos los programas de estudios en la Academia Naval y ellos solo adquirían otras asignaturas complementarias por encima de las concebidas a los pilotos. Hablemos de algo más de inglés, Derecho Marítimo Internacional, Economía Política, otras de carácter militar, etc.

Muy buen maniobrista que poseía una serenidad pasmosa, aún lo recuerdo cuando arribamos del último viaje y nos quedamos sin máquinas frente al malecón habanero, poco faltó para que el buque continuara su trayecto Rampa arriba. No se dejó arrebatar la calma en ningún momento, con esa tranquilidad mencionada y órdenes acertadas, logró detener a aquella mole de acero a solo unos metros del malecón. Debo rescatar este pasaje de mi memoria porque en casos de menor peligro, vi a otros capitanes casi orinarse en el puente envueltos dentro de una crisis nerviosa que infundían poco respeto.

Hay dos tipos de jefes que se diferencian mucho entre sí, uno de ellos es temido y obedecido, el otro es querido y respetado. Ricardo Puig Alcalde pertenece sin discusión al segundo grupo, fue un Capitán justo a la hora de impartir justicia y derechos, no creo guarde en su magnífico historial enemigo alguno. Adulones, guatacas, chivatones e hipócritas, abundaron en nuestra flota y tampoco creo formaran parte de su grupo de amistades.

Hace unos meses me enteré de su arribada a Miami y enseguida entré en contacto con él. Me contó con dolor, la flota había desaparecido y los pocos buques existentes eran explotados por corporaciones cubano-griegas. Estos últimos le exigieron a la parte cubana que retirara a todos los capitanes que llegaran a la edad de 60 años, ellos ponían plata y se encontraban en condiciones de exigir en un terreno que había sido orgullo de todos nosotros. Una vez cumplida esa edad y sintiéndose útil a la profesión y sociedad, Ricardo quedó eliminado sin considerar la entrega generosa de una larga trayectoria de su vida. Su voz se escuchó sobrecargada de frustración y traición, pude asimilar con facilidad aquel mensaje. Yo fui testigo de la realización de su sueño y mi mente viajó en el tiempo hasta recordarlo vistiendo las charreteras de Tercer Oficial. Luego, me acerqué un poco más y lo vi con cuatro rayas sobre sus hombros, fue algo afortunado si se compara conmigo.

Normalmente se le rinde homenaje o tributo a las personas cuando mueren, se busca con ello perpetuar su memoria y que trascienda más allá de su existencia, no me opongo. Sin embargo, creo sea hora y momento adecuado para cambiar algo de estilo. Los muertos no disfrutan nada y desconocen el criterio de quienes continuarán vivos. Sirvan estas líneas de homenaje a quien fuera uno de los más respetables capitanes con el cual me tocara compartir galernas y otras tormentas que solo producen la insensatez y miseria humana. Ricardo Puig Alcalde, un Capitán que mereció vestir con honor aquellas charreteras de cuatro rayas.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2013-03-21

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