Cuba es un cuento, compay

Comida de putas

Ayer recordé mucho a mi abuela, no fue un golpe de nostalgia, apenas la siento. Como la gente de la casa salió temprano a pasear, decidí quedarme a descansar, además, ando con un dedo machucado que de vez en cuando me regala algún latigazo. ¿Qué como? Me pregunté parado frente al refrigerador. Se encuentra repleto de carnes, pescado, camarones y todo tipo de verduras. No solo el de la cocina, en el garaje hay otro refrigerador del mismo tamaño y en igualdad de condiciones. Pasé varios minutos rompiéndome la cabeza y tratando de decidir, ironías de la vida, pienso. En Cuba era todo lo contrario, te parabas delante del refrigerador y parecía una exposición de arte abstracto. Botellas que habían servido para contener CocaCola, ahora se mostraban desnudas y repletas de agua. Nada por aquí, nada por allá. ¿Qué como? Te preguntabas y nunca hallabas la respuesta correcta. Peor, esa pregunta te perseguía hasta el día siguiente, se comportaba como una especie de tortura mental, ¿qué como mañana?

-¿Qué le diste de comida a tu marido anoche, llegó tarde? Le preguntaba mi abuela a una de mis tías cuando yo pasaba inadvertido junto a ellas en la cocina de su apartamento.

-¿Qué le voy a cocinar a esa hora? Llegó muy tarde y se tuvo que disparar un plato de arroz con huevos fritos. Le contestó muy campante mi tía, tuvo que ser Haydee, ella era bastante vaga para cocinar y siempre se pegaba de lo que hacía la vieja, vivía justamente en la puerta contigua.

-¡Eso es comida de putas! Lo expresó cargada de ira, primera vez que la escuchaba decir una mala palabra, mi tía no le contestó.

Eso fue lo que decidí comer ayer, durante una de mis incursiones al garaje, descubrí un saquito con varios aguacates y los palpé enseguida, había algunos de ellos listos para comer. No me rompo más la cabeza, dije para mis adentros a modo de consuelo. Vi que también algunos plátanos de freír se hallaban maduros, pero renuncié inmediatamente a cocinarlos. ¡No está mal! Siempre me gustó esa combinación de arroz, huevo fritos y aguacate, si le agregas unas lascas de plátanos maduros llegas a la perfección. ¡No tengo deseos de freír nada! Mientras comía no pude contener la risa, llegó a mi mente aquella frase de la abuela. Los españoles son un poco más generosos, en varios restaurantes de la península puede leer en el menú que se anunciaba “arroz cubano” y no pude reprimir la curiosidad en saber de qué se trataba. Así le decían al arroz con huevos fritos, ¡vaya usted a saber por qué!

Abuela no era mal hablada, que no, se los juro por ella misma. No salió a ninguno de nosotros sus nietos, ni a sus hijas tampoco. Creo que la única con moderación en la lengua era tía Bertha, las demás, soltaban sus disparates de vez en vez. Hasta mi tío “Macho”, su único hijo varón, decía sus cosas. Ella era una santa parida en la provincia de Pinar del Río, no hablaba, cantaba, bailaba u opinaba. Solo cocinaba con esa gracia que Dios le dio y supo trasmitir a sus hijas, bueno, menos a Haydee, ya les dije. El resto del día lo pasaba cociendo, limpiando u organizando el escaparate. Apenas salía a la sala de la casa, bueno, yo también trataría de evitarlo. Allí, como cualquier león que marcara su territorio, pasaba veinticinco horas del día mi abuelo. Nunca he conocido a un viejo más gruñón, impertinente y peleón que él. Era un ogro al que mi abuela temía, nunca lo manifestó, pero después de crecer pude comprenderlo. Tenía una butaca con los cojines amoldados a sus flacas nalgas, justo al lado del televisor que solo encendía cuando le daba su real gana y ponía los programas de su preferencia. Era un televisorcito muy pequeño, no creo llegara a las quince pulgadas. Cuando se ponía majadero con aquellas líneas horizontales o verticales corriendo de un lado para otro, el viejo le calmaba los nervios a base de trompadas, ya se conocían. Abuelo solo cambiaba de asiento cuando se sentaba en el sofá que estaba frente a él, lo hacía con cierta frecuencia y un propósito bien definido, hurgar por el filón que dejaba la puerta cuando él mismo le colocaba una aldabita. Lo sorprendí varias veces en esas contemplaciones, su vista se perdía hasta el bar que hacía esquina en las calles Subirana y Clavel. No eran pocas las “trabajadoras sociales” que se daban citan en aquel lugar para conquistar clientes. Hermosas piernas ocultas hasta la pantorrilla por faldas lisas o plisadas, blusas algo escotadas, no tanto como las de ahora. Los senos se disparaban siempre como rígidas flechas, ninguno andaba caído y hasta mi vista de niño se sintió muchas veces atraído por aquella perfección. Luego comprendí que se encontraban atrapados bajo unos ajustadores bien firmes y seguros como los de cualquier jarcia de un velero que se hace a la mar. Sus rostros se mostraban dibujados con colores escandalosos y podías distinguirlas a miles de leguas de distancia, eran putas, no dejaban lugar a la duda. Sus risas eran opacadas por las melodías de cualquier sangriento bolero de la época, Orlando Contreras y Ñico Membiela cantaban incansablemente dentro de aquella victrola a la que nadie ponía un límite de volumen. Los vecinos nunca protestaron y hasta la cotorra que siempre permanecía en el balcón del tercer piso, podía tatarear algunos estribillos. Ellas no eran malas, les hacíamos algunos mandados y nos dejaban caer propinitas, nos caían bien, pero una diferencia muy grande existía entre nuestras miradas y los ojos lascivos de mi abuelo. Siempre asocié el origen de aquella frase con la existencia de esas mujeres que mi abuela detestaba en silencio, pensé que ella la había inventado y no fue así, la escuché de muchas bocas en toda la ciudad y parte del país cuando me iba convirtiendo en hombrecito.

El viejo se fue primero, yo me encontraba en Cuba y asistí a su velorio y entierro. No recuerdo haber observado muchas lágrimas, creo que bromeamos mucho, al menos sus nietos, mientras era expuesto en la funeraria de Infanta. Otro viejo dijo algunas palabras antes de sumergirlo en una tumba colectiva, mi abuelo caería en el centro para desgracia de sus compañeros de viaje. Estuve a punto de proponer le pusieran el televisor junto al féretro, pero conociendo varias historias de robos en los panteones, desistí. Era mejor que lo disfrutara abuela, solo era necesario entrenarla con un poco de boxeo para que le sonara aquellas trompadas a las que estaba adaptado el equipo.

Como abuela se quedaba sola, buscaron la forma de permutar su apartamento por uno más amplio donde pudiera albergar a tía Martha y su familia. Esos cambios siempre requieren de cierta plata que el abuelo nunca dejó como herencia, ¡ahhhhh!, pero disponían de un equipo que valía mucho en aquellos años. Tenían teléfono, todavía recuerdo el número 70-76-31, eran unos privilegiados. Después de la llegada de los Castro al poder y durante decenas de años, no se realizaron nuevas conexiones a la población. Sin darse cuenta, al menos abuela, tenían una mina en las manos. ¡Claro! Martha era pícara y desvió su oferta hacia ese aparatico que la vieja nunca utilizaba, solo la llamaban sus hijas y uno u otro nieto. El teléfono lo había conectado abuelo cuando era empleado de la compañía telefónica, solo él y Haydee lo poseían, Chicho, su ex marido, había trabajado con mi abuelo. Fuera de ellos, hablo de los que tenían apellido Lostal, solo aparecía el nombre de Fernandito en la guía telefónica nacional, era otro sobrino del viejo.

Lograron un apartamento de dos cuartos en Luyanó, algo estrecho para tanta gente, seis en total contando a la abuela. Todo tiene solución en la isla, eliminaron la sala y ese espacio sirvió para albergar a miembros de la familia. Los teníamos más cerca, yo vivía con mi mamá a unas tres cuadras de ello. Esa distancia facilitó lo que vino después, la abuela dejó su forma humana para convertirse en una pelotica de ping pong. Martha se la sonaba en buen remate a mi madre, ésta le pasaba la bolita a Haydee, aquella, ni tonta ni perezosa se la pasaba a Bertha, y así, hasta que se cansaron del juego. Solo escapó tía Lidia porque no podía compartir su pobreza, su vieja casa de madera estaba a punto de derrumbarse en La Jata y se miraba su interior con demasiada perfección desde cualquier ángulo de la calle.

Abuela no protestaba con ese peloteo, continuó siendo la misma mujer silenciosa de toda la vida, las que protestaron y se disgustaron entre ellas fueron todas mis tías. Al final del cuento, la mayor parte de su restante vida la pasó en nuestro apartamento, que no era grande tampoco.

Las cosas empeoraron para todos y abuela no se percataba de lo que sucedía. Bueno, yo me dí cuenta de que el coco le patinaba en el regreso de uno de mis viajes. Ella comenzó a tratarme como si fuera hermano suyo, y yo, para no disgustarla, la trataba igual. Mi abuela había llegado al mundo por la misma vía que yo, la había parido su hija. De vez en cuando nos visitaba el primo Enrique, creo que el más travieso de todos, hijo de Haydee. No sé de donde sacó aquello que tanto molestaba a la vieja, un día le dijo que ella estuvo enamorada del pelotero Pedro Fomental y no quisieran haber visto su reacción. Creo que aquellas bromas la persiguieron hasta el final de sus días, yo me alegraba de estar navegando y nunca solicitaba vacaciones. Era preferible el mar que vivir dentro de ese ambiente de locos.

El pan siempre fue un alivio para nuestros estómagos, ocupaba aquellos espacios vacíos dejados por la ausencia de otros alimentos, eso lo sabe cualquier cubano. Nos volvíamos locos buscando el pan dentro de la casa, eso ocurría unos minutos después de haberlo comprado, nadie encontraba explicación a tal pérdida y muchas veces nos asomamos al balcón para ver si alguien lo había lanzado a la calle. Varios días después y a veces una semana más tarde, mi mamá lo hallaba curiosamente envuelto entre la ropa del escaparate, todos acordamos mantener en vigilancia permanente a la abuela. La peste a mierda no escapaba del cuarto de mi mamá, y les juro por ella misma, si algo tenía mi vieja, era muy pulcra y aseada. Un día descubrieron a la abuela haciendo caca detrás del escaparate, ¡claro!, era posible porque se encontraba colocado diagonalmente en la esquina del cuarto. Descubrieron excrementos de dos o tres viajes al supuesto y particular baño. No digo yo si deseaba mantenerme navegando, ¿vacaciones?

Abuela se fue en uno de mis viajes a Europa, no me avisaron y encontré la sorpresa cuando regresé, era muy normal en la vida de los marinos. La situación continuó agravándose en el país, no puedo definirles hasta dónde porque aún continúa deteriorándose. Aquellos huevos hubo que freírlos con agua a falta de aceite o manteca. Aquellos huevos se racionaron a solo tres por persona quincenalmente durante la “menstruación especial” que sucedió a la caída del bloque socialista. La gente, en esa ardua lucha por sobrevivir, atacó sin piedad a cualquier tipo de especie nunca consumida por nuestra población, ni los gatos escaparon.

-¿Qué le diste de comida a tu marido cuando llegó de trabajar? Preguntó abuela a sus nietas, sus palabras no podían esconder cierta agresividad, ellas se sintieron acorraladas.

-¿Yo? Le di un huevo con dos cucharadas de arroz, y que no proteste, le quedan dos para terminar la quincena. Aurora fue la más valiente, siempre era la primera en todo.

-¿Yo? Le preparé un bistec de cáscara de toronja empanizado. Que sueñe está comiendo carne y no se queje. Margarita era ingeniosa y se las arreglaba muy bien para llevarle algo caliente al estómago de su marido

-¿Yo? Le recalenté un poco de sopa hecha con cucarachas de mar que él trajo de la costa. El nunca rechaza nada, es tan noble. Silvia era muy comprensiva y siempre trató a su esposo con dulzura.

-¿Yo? Le di un sándwich de jamón y una Tropicola. Todas le miraron inquisitivamente el rostro. -¡No se manden a correr! Tuve que jinetear muy duro con un italiano. A Sonia le gustaban las cosas fáciles.

-¿Yo? Le hice un picadillo con cáscaras de plátano, y que se de por dichoso. Lidia no se rompía mucho la cabeza, no consideraba la falta de comida como su responsabilidad.

-Se lo tragó si respirar y todavía me preguntó cuándo había llegado la carne, ¿será estúpido? Mercedita era así, hablaba sin tapujos y sin pelos en la lengua.

-¿Yo? Se acostó sin comer, no iba a darle lo poquito que tenía para nuestro hijo. Si quiere comer que arranque pa’Miami. Grisel no le perdonó nunca que hubiera regresado desde la base de Guantánamo cuando el éxodo del 94.

-¡Eso es comida de putas! Les gritó mi abuela bien enojada, ella decía muchas malas palabras, se los juro por ella misma. Hubo un silencio sepulcral, nadie se atrevía a contradecirla.

Termino de comer tranquilo aquellos dos huevos fritos y sonrío algo para concluir esos viejos recuerdos. Frente a mí plato tengo una bola de cristal con un “beta” bien rojo nadando dentro, lleva varios minutos observándome, tal vez me comprende. Abuelita murió en la década de los setenta, no recuerdo la fecha. Fue muy dulce y tierna, una gran cocinera. ¡Que Dios la tenga en la gloria! Pero de ser posible, en un sitio bien alejado de mi abuelo. ¿Qué comeré mañana? Mañana pienso.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2011-08-02

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