Cuba es un cuento, compay

Una misa por Kim

-¿No va a marchar con nuestro pueblo a colocar flores en la estatua de nuestro "querido líder? Fui sorprendido por aquella pregunta a mi espalda y reconocí su voz inmediatamente, embarcaba casi a diario con algún regaño. -¡Dígale a sus marineros que no le arrojen cigarrillos a los trabajadores! Yo era uno de ellos, vigilábamos cuando el guardia de la escala se encontraba entretenido para lanzarle una cajetilla de Populares a los estibadores que se encontraban dentro de los vagones del tren situado a nuestro costado. -¡Dígale a sus marineros que no le digan nada a las muchachas cuando pasen cerca del buque! Yo era uno de ellos, las chicas reían sin virar el rostro, las vigilaban o entre ellas marchaba alguna comisaria, era una de las escasas distracciones que teníamos en aquel aburrido país. ¡Capitán, no me lo llevo preso porque ustedes son de un país hermano! ¿A quién se le ocurre limpiarse el trasero con la imagen de nuestro "querido líder"? Sobre el buró del Capitán reposaba tranquilamente el pedazo de periódico con el rostro cagado de Kim Jong Il. Se había agotado al máximo nuestros suministros y la gente se limpiaba con lo que encontrara a mano. Aquel represivo comisario tenía la paciencia o tarea de revisar diariamente nuestras bolsas de basura en la popa del buque. Como todos ellos, incluyendo a los cubanos, aquel comisario de mierda era detestable, sumamente represivo.

-¡Yo solo le pongo flores a mis muertos! Nunca he podido olvidar aquella respuesta que me salió del alma. La mañana estaba soleada, pero es cuando más se ensaña el frío con la gente mal abrigada y alimentada. Me encontraba junto al equipo de cubierta cambiándole el cable a una grúa de carga, fue uno de los grandes dolores de cabeza que me regalaba con frecuencia aquel buque recién construido en España. No fue culpa del modelo San Mamés, el error lo cometieron quienes guarnieron sus grúas con el cable equivocado.

Desayunamos un vasito de leche con un café inventado a bordo, era un líquido prieto e inodoro de sabor raro. Los cocineros se habían encargado de tostar chícharos y luego molerlos para engañarnos, nunca lo lograron. Servía solamente para calentarnos un ratico y poder prender un Popular. Minutos de exposición a dieciocho grados bajo cero, se encargaban rápidamente de enfriarnos. Algunos marinos estaban muy mal vestidos y para combatir esa baja temperatura, se forraban con papel de periódico debajo de la ropa. No me condolía por ellos, casi todos, la mayoría, utilizaba el dinero asignado para esa ropa en comprar pacotillas y el buque no tenía culpa de eso. A solo unos metros de nosotros, al costado de nuestra nave, los estibadores coreanos prendían leña dentro de unos bidones para calentarse frecuentemente. Vestían del mismo color y sus ropas eran harapos, sabe Dios cada cuánto tiempo la cambiaban. Calzaban unas zapatillas chinas de tela, todavía no imagino cómo rayos podían soportar aquellas terribles temperaturas. Los coreanos vestían de acuerdo al nivel que ostentaban en la sociedad, los de a pie con la misma ropa, como si fueran un pueblo uniformado. El jefe de la tarja, como debía despachar diariamente con los oficiales de los buques surtos en puerto, vestía algo mejor, no tanto. La comitiva que lo acompañaba cada mediodía al barco, supongo que dirigentes partidistas, se diferenciaban mucho del tajador. El agente que atendía al buque tenía un buen abrigo y una que otra vez nos visitó de traje. Nada espectacular, pero podía considerarse todo un personaje en aquel país tan miserable. Algo no podía ocultar las ropas, fueran buenas o malas, todos tenían hambre. Ordené alistar una mesa para ellos en el comedor de tripulantes, ya conocía ese truco usado en nuestro país y algunos de los socialistas, los despachos se hacen a la hora de almuerzo.

Al costado del buque desfilaron muchachitas vistiendo ese día sus mejores trapos y cada una de ellas con flores en las manos. Los marinos les decían algo y continuaban su marcha sin virar el rostro, reían sin entender nada de lo que escuchaban. En la pequeña montaña cercana al puerto de Hunang, podía observarse lo que sería el emplazamiento de cañones antiaéreos que nunca se movían, ni para engrasarlos como hacíamos en mis tiempos de artillero. Probablemente fueran de palos, pero eran tan brutos, que no los cambiaban nunca de posición y hablo de mucho tiempo, mi primera visita ocurrió diecisiete años atrás y llamaron mi atención.

-¿Dijo usted algo? Preguntó el comisario tratando de impresionarme, no sabía que nosotros conocíamos de muy cerca todos esos trucos para amenazar y humillar a la gente, impresionar. Detuve lo que estaba haciendo y lo miré fijamente a los ojos.

-¿No me escuchó? Yo solo le pongo flores a mis muertos. En nuestra cultura y costumbres eso no se hace con los vivos. ¿Entendió ahora? El cabrón hablaba español e inglés, es muy probable que fuera políglota, así podía servir mejor a los órganos represivos de su país.

-Primero, tú estás loco. Dijo Fermín, un marinero de cubierta militante del partido. Más perro y sumiso que él había que fabricarlo en un laboratorio. Recuerdo que después, estando fondeados en Singapur esperando por el dinero para comprar víveres, agua, combustible y nuestra paga, plata que nunca llegó. Ocurrió la guerra entre norteamericanos e irakíes llamada "Tormenta del desierto". Él y otro grupito de idiotas militantes se encontraban frente al televisor viendo las noticias y clamaban a viva voz: "Deja que entren en el desierto, el camarada Sadam se los va a comer a todos". Celebraban, festejaban, participaban en un macabro ritual que a nosotros no nos importaba. Solo que ellos estaban obligados a apoyarlo por la condición de amigo de Castro. "Deja que entren en el desierto, van a ver como los americanos le dan por el culo a todos esos árabes." No sé cómo yo podía manifestar esas cosas frente a un grupo de militantes, siempre acomodé la soga a mi pescuezo, pero no me daba la gana de permanecer en silencio. Tal vez ellos pudieron tener razón, solo que aquella vez se equivocaron en las predicciones. Al día siguiente andaban por cubierta muy callados y con el rabo entre las patas.

-¡Oye, yo digo lo que me da la gana! No obtuve respuesta, en términos generales son muy pendejos. El comisario coreano se apartó de nosotros y continuó sus funciones, quizás iría a revisar las bolsas de basura para ver si alguien insistía en limpiarse con su "gran líder".

El camarote lo ensuciaban diariamente aquella comitiva de cinco hombres, entraban con sus patas sucias llenas de nieve y carbón, ya no sabía cómo rayos quitármelos de encima. Solo debía despachar con el jefe de la tarja, pero imagino, como sucedía en Cuba, uno de ellos venía vigilándolo. Al que vigilaba lo controlaba otro, y el otro al otro, así funciona aquello. Un día, pude conseguir en un barco ruso un póster de Gorbachov. No era bien visto por los comunistas cubanos desde que emprendió el camino de la "Perestroika", menos aún por los coreanos del norte por su reciente visita a China y no recuerdo si a Corea del Sur también. El Gorbi era su enemigo, no me cabía la menor duda de ello. El cuadro era inmenso, más de un metro de ancho. Hasta los mismos rusos se sorprendieron cuando se los pedí, no les expliqué las razones, solo les dije que lo admiraba. Obtuve lo que deseaba, llegaron con sus patas sucias y la reacción fue casi violenta. Ese día no se sentaron y me dejaron solo con el jefe de la tarja. Al finalizar nuestro despacho, que debía ser rápido, pues la comisión lo esperaba en el salón de tripulantes pendientes sonara la campana del almuerzo, le hice unos pequeños regalos. Comencé por un jabón "Nacar", los cubanos lo conocen. Es tan duro como una roca y apenas hace espuma, es de una calidad inferior a los que venden acá para bañar a los perros. También le obsequié una caja de Populares, estaban viejos y picados por bichos. El hombre se puso muy contento y no supo cómo agradecerlo. Yo lo invité a que se retirara para evitarle problemas. Esas visitas continuaron siendo diarias y siempre acompañadas de algún regalito. Intenté darle una camisa y la rechazó, debía vestir como los demás y aquello podía conducirlo a prisión. Algo le obsequiaba, una lata de leche, sardinas, carne rusa, etc. Él procuraba esconderla muy bien entre sus ropas, al cabo de unos días, nació esa extraña amistad entre nosotros y el hombre tuvo necesidad de abrirse, hablar, confiar en alguien. Yo también necesitaba decirle a alguien que todo lo nuestro era mentira, puras fantasías, mitos, una utopía insoportable. Nada de lo que dijera sería una novedad para él, pero tenía una necesidad imperiosa que alguien se lo dijera. Fue así como me enteré de algo sospechado desde el primer momento, cuando observaba que no podían vendernos ni huevos. Miles de seres humanos morían de hambre y el mundo no lo sabía, estaban mucho más cerrados que nosotros. Un día se apareció con tres manzanitas del tamaño de cualquier limón, supongo hayan sido igual de ácidas. Llevaba un mes sin comer frutas y estuve a punto de darle una mordida a una de ellas.

-Ese ha sido nuestro almuerzo hoy y deseaba obsequiártelas con todo el afecto del mundo. Detuve mis intensiones y se las devolví inmediatamente, hubiera sido un crimen morderlas.

-Debes llevárselas a tu esposa y niña, malo que bueno, aún puedo soportar esta pesadilla. ¡Vamos a almorzar! Por mucho que insistió, no las acepté.

Hoy leo con espanto y terror todo lo que se ha escrito sobre la muerte del "querido líder". El pánico experimentado tiene una razón muy poderosa, escucho las noticias y crónicas en mi idioma. Son expresadas por medios de prensa occidentales y escritas tal vez por idiotas que no tienen una remota idea de lo que ha ocurrido en aquel triste país. Mienten descaradamente y lo que pudiera ser motivo de condena en cualquier sitio civilizado, se escucha como mérito o virtud en la figura de ese enano degenerado. "Siempre vestía de kaki y su salario era de veinticinco euros al mes. A kim le gustaban las chicas dedicadas al mundo de las artes y fue amante de toda una compañía de ballet de Pyogyang. Tenía no se sabe cuántos hijos bastardos y era amante del cine, el alcohol y los cigarrillos. Tenía algunos secreticos, como el programa nuclear. Leo en otro periódico que cuando él nació apareció una nueva estrella y su nacimiento fue anunciado por un arco iris. Mencionan a su padre y dicen que estuvo combatiendo a los japoneses desde un campamento en la Unión Soviética. Continúo leyendo y siento deseos de vomitar. Difunden videos sobre las manifestaciones de dolor de su pueblo solo aptas para estúpidos, desfile de seres enredados en una patética demostración de histeria general. Hombres y mujeres que aguardaban tranquilos en las largas colas para desfilar ante un cuadro o estatua de ese enano cabezón. Una vez frente a la imagen del "querido líder" explotaban en un llanto artístico y ensayado frente al espejo de sus baños. Guardaban las lágrimas para la próxima muerte y eran relevados por otro grupo de idiotas muy bien domados.

Nunca he podido olvidar las imágenes pasadas por la televisión coreana diecisiete años antes, cuando un gran grupo de ese pueblo posaba frente a la foto de Kim Il Sung en medio de ridículas reverencias para agradecer la entrega de un par de zapatos. Nada de eso se conocía en el exterior y sentí un verdadero pánico por nuestro futuro.

¿Puede una persona que solo gana veinticinco euros ser propietario de un tren blindado y tantos palacios? Esa pregunta no la responderán todos esos imbéciles que difunden esas noticias y menos aún quienes las redactaron. ¿cómo puede un ser con tan escaso salario ser el amante de tantas chicas artistas? Ni una sola palabra para las víctimas, porque eso han sido ellas. Estoy convencido de que tuvieron que contener los deseos de vomitar cuando ese viejo asqueroso les puso las manos encima. ¿Veinticinco euros de salario? ¿Y aún así era consumidor de alcohol, cigarrillo y películas extranjeras en un país con un solo canal de televisión? ¡Vaya poder que tienen los rancios zurdos sobre los medios de comunicación! ¿Así que el padre combatió a los japoneses desde un campamento en Rusia? ¿Y no que la guerra era en Corea? Lo cierto es que el viejo no hizo nada y fue un regalito maldito de los rusos al pueblo coreano.

Leo con espanto que otro imbécil con cara mongoloide será el sucesor, vamos a ver cómo lo presentan porque no ha participado en nada. Quizás el día que nació fue anunciado por un rayo o se produjo un tsunami, tal vez descubrieron otro planeta. Lo cierto es que ponen en manos de ese anormal el poderío nuclear de ese país, esperemos.

-¡Tú estás exagerando, eso es mentira, son gusanerías tuyas! Fue la respuesta de un cuñado comunistoide al que le lavaron el cerebro con creolina. Nunca he podido olvidar mi regreso a Cuba y los cuentos que hice en el seno de la familia sobre la realidad coreana. Sentí y siento deseos de darle una patada por el culo. Solo cuando yo me encontraba en el exilio, explotó la noticia sobre la muerte de millones de coreanos por inanición, habían pasado muchos años.

No se sabe la razón por la cual tantos criminales y asesinos despiertan sentimientos de simpatías por ellos cuando cerca de nosotros muere tanta gente buena. A ese cadáver lo llaman compañero, camarada y amigo. No conformes, declaran días de duelo cuando en realidad debería considerarse festivo, la humanidad ha descansado de sus crímenes. Piensan embalsamarlo como a su padre y a Lenin, cuando el mundo ganaría si los montaran en un cohete sin programas de regreso aunque un día arriben a otros planetas y puedan contaminarlos. Está muy de moda las condolencias y pedidos de misas por esos asesinos, ya lo han hecho por Castro y Chávez. Yo solo tengo preparada mi oración para ser leída en esa misa, la que darán algún día todas sus víctimas.

…Querido líder que hoy ardes en el infierno junto a tu padre, Stalin, Hitler, el piojoso del Che, Sadam, Gadafi, Ceausescu y otros que harían muy larga esta lista. ¡Ojalá! que el fuego nunca se apague y cada uno de los que matasteis lo alimenten con leña o petróleo, lo que tengan a mano. ¡Ojalá! que las momias de todos ustedes sean devoradas por plagas de ratas y comejenes aunque se envenenen. Quiera el Señor, quién pudiera saber cuál de ellos, pueda reunirlos a todos y bien pronto en sus infiernos particulares. Y ahora que he escrito dos veces la palabra "ojalá", muy bien pueden llevar en su séquito o equipaje al autor de esa canción, así los entretiene. No se olviden de los Castro, se entretendrán mucho con sus largos discursos, aunque la comida no les resulte abundante. Quiera el señor, cualquiera de ellos, la gente recupere la memoria y vergüenza, así los borrarían para siempre de la historia de esta humanidad a la que han premiado con tantos dolores. ¡Ojalá!...

Esteban Casañas Lostal Montreal..Canadá. 2011-12-27

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