Cuba es un cuento, compay

Infeliz Navidad

No encuentro justificadas razones para desearle felicidades a quien es crónicamente infeliz, no creo, creo yo, la felicidad pueda sintetizarse en un solo día, o dos, o tres, o en la encantadora armonía representada por figuritas que antes eran de yeso y hoy son plásticas. La felicidad no puede resumirse en ese pesebre imaginario donde a veces no existe suficiente paja para acomodar un cuerpo, menos el de un niño tan explotado. ¡Ah! Pero si es obligatorio y formal, si se debe responder a una vieja tradición, vieja y bastante falsa para los tiempos que corren. ¡Felicidades, señores! Felicidades a los sin tierra, felicidades a los sin esperanzas de regresar, felicidades a los que no pueden escapar.

Felicidades por toda la destrucción, el odio, la envidia, la frustración, la división de nuestras familias. Felicidades por nuestra inmovilidad, por nuestros oportunistas, por nuestros fracasos, por nuestras sucias guerras, por nuestra pasividad. ¡Felicidades, señores! No se apenen, hay que cumplir con esa vieja costumbre que alegre un poco al puerquito que se asa en el horno, la botellita de ron que trajo el pariente, el six pack que aportó el tacaño o el que no pudo traer más, pero del que luego hablamos implacablemente por escachao.

¡Felicidades, señores! Son días de fiesta, los propios para mover el esqueleto, y el culito también, y olvidar. Es buena fecha para eso, sobretodo, olvidar, y luego, recobrar la memoria el 2 de Enero, solo unos días antes de que lleguen los reyes magos y recordarnos que la magia ha sido solo un truco.

Pero bueno, hay que felicitar para estar a tono con el mundo. ¡Felicidades, señores! Claro que sí, nadie sabe lo feliz que uno se siente después de unos traguitos, nadie imagina cómo se olvida, cómo se borra pasado y presente. El problema viene después de la borrachera, cuando recobramos la memoria y la realidad nos deprime. Al carajo el pesebre, la cruz, el piano, la muela, la misa, la piedad, la tumbadora, la balsa y el malecón. Al carajo una Habana que existe y no fue, una isla que fue y no existe.

Son fechas de fiestas y me acuerdo del payaso que debe cumplir su contrato, se maquilla y exagera la sonrisa de su rostro con pintura, desde los palcos nadie puede observar la amargura reflejada en sus ojos. Todos ríen y aplauden su magnífica actuación, como la nuestra.

¡Felicidades, señores! ¿Por qué no? Somos parte de una tierra donde la infelicidad es una enfermedad endémica. Felicidades por nuestras amarguras, el doble rostro, el grito perpetuo que asegura esa felicidad indiscutible, y la esperanza infinita por la espera, aunque se gasten millones de fondillos sentados en cueros de chivos que ya no satisfacen la demanda.

¡FELICIDADES! No vaya a ser que me acusen de extremista, el niño Jesús no nació en La Habana Vieja, por suerte, María no hubiera sido virgen, ni Dios hubiera sido Dios, ni madera o clavos para crucificarlo como hoy lo crucifican, pero hay que demostrar que somos felices, como los payasos, ¿no?

Como quiera que sea, asen el puerquito, tómense sus cervecitas, alégrense, sean felices por uno o dos días. Luego, dejen algo para matar el ratón, el mismo ratón de tiempo que llevamos esperando que ocurra algo, espera que se torna agotadora.

Feliz Navidad.

Esteban Casañas Lostal. - Montreal.. Canadá. - Domingo, 23 de Diciembre del 2007

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