Cuba es un cuento, compay

La dama de hierro

Ha pasado el tiempo y se puede hablar sin perjudicar a nadie, no existe aquella marina de la que un día me sentí orgulloso pertenecer, desapareció la empresa a la que tantos años dedicara de mi vida. La gente ha ido muriendo poco a poco, quizás la angustia por verlo todo perdido acelerara el final de sus vidas. No es sencillo prepararse con el sueño de gastar la existencia en algo que tú amas y más tarde todo sea lanzado a un barranco profundo de la noche a la mañana. Me han contado que mucha de aquella gente andaba vendiendo pizzas caseras, hoy se lo han prohibido también, cada día resulta más difícil vivir del invento y se hace más extensa la agonía.

Un cuadro no solo sirve para poner fotos, diplomas o un paisaje cualquiera. Un cuadro puede ser un comemierda al que una vez le dijeron que lo era, no era obligatorio que fuera cuadrado o rectangular, pero muchos lo fueron. Bien cuadrados, tan cuadrados, que su figura humana desaparecía encerrada entre ángulos rectos y adquiría la perfecta geometría del buen hijoputa. No era difícil ser cuadro, no se exigía nivel educacional tampoco, un simple carnecito rojo con tres letras era el mejor pasaporte a ese estadio humano que te distingue de los demás y te crees superior. Si poseías residuos de lo que fuera el alma teñida de negro y la lengua liviana, eras el prototipo casi perfecto del cuadro que se buscaba. Cuadros políticos, cuadros administrativos, cuadros militares, cuadros, cuadros, y el cuadro dirigente, ese era el más destructivo en aquella isla cuadrada.

Ella lo era, lo fue hasta el día que sufrió una caída por leyes propias de la gravedad y entonces dejó de serlo. Luego, el cuadrado casi perfecto se fue descomponiendo y adquiría por benigna metamorfosis una figura humanoide, y los rasgos de su rostro adquirieron detalles femeninos que siempre estuvieron ocultos dentro de esa rara maleza de reuniones, informes, balances, discursos y consignas. Es probable que con el paso de los años y a golpe de tantos sufrimientos se haya convertido en humana nuevamente. Llegó un día de la nada y cayó como caen las cosas en esa tierra extraña, un verdadero asalto sorpresivo, un ataque a la inteligencia, una orden más entre otras tantas que después se convierten en decretos y leyes no escritas.

Dicen que había sido jefa de una prisión femenina, quizás por eso poseía el rostro frío y metálico, muy despiadada para ser una verdadera mujer, siniestra, calculadora, impositiva. Siempre que pasaba cerca, mi vista se desviaba hacia el tiro o talle de sus pantalones en busca de algo anormal que la delatara. Desafortunadamente no encontré esa respuesta y debí conformarme con la idea de que se tratara de una mujer aunque no lo fuera. Pudo estar viviendo en el cuerpo equivocado, eso pensé siempre cuando estudiaba su andar, sus gestos, la manera de tener un cigarrillo entre los dedos, la expulsión de una simple bocanada, la ausencia de un creyón en sus labios que sirviera para cubrir un poco todo lo que le encontrara de macho.

Por azares del destino, ella relevó a otro cuadro de iguales dimensiones, recuerdo que aquel tipo me dijo un día venir del combinado lácteo. Y si era lechero, ¿qué coño hacía de dirigente de cuadros en la marina? No encontraba una justificación a su presencia entre nosotros y cometía un gravísimo error, había olvidado la idoneidad, palabrita muy en voga en aquellos tiempos. ¡Claro! El tipo era lechero y nosotros unos verdaderos

sementales que arribábamos con los forros repletos de leche. No cabe la menor duda de que esta revolución es grande, cuadrada, el lechero era idóneo. ¿Y ella? Bueno, quieren algo más parecido a una prisión que un barco, ¿Hacia dónde escapar? Ella era idónea también y quizás más efectiva que el lechero.

Un día me tocó acudir a su oficina por no recuerdo cuál gestión. La veía pasar continuamente de un buró a otro impartiendo órdenes y la imaginé estarse dirigiendo a sus jefes de galeras. Más de una hora esperando y observando atentamente todos sus movimientos, gestos, cuerpo, y el talle de su pantalón observado con enfermiza insistencia.

-Buenos días. No hubo respuesta y continuó escribiendo ignorando mi presencia, siempre pensé que la hipoacusia había atacado también a la clase dirigente

-¿Cuándo fue que se desenroló? Solo esa vez alzó su vista y pude sentir como calaba cada rincón de mis ojos, no me aparté de su desafiante mirada, por muy agresiva que fuera la fiera no sentí miedo.

-¿Nunca le enseñaron a decir buenos días? Al oír aquella expresión su mirada era más prepotente, felina, cargada de un vago desprecio. Daba la impresión de conocerme desde hacía mucho tiempo y no lo dudé, sobre su buró descansaba un grueso expediente que supuse mío, toda mi vida resumida en un bulto de papeles. Le mantuve la mirada y observé que no cedía terreno, no tanto, ella era la dueña y señora de mi destino. Calculé haber firmado mi sentencia por varios años, nadie se atrevía enfrentar su arrogancia, casi todos temblaban en su presencia.

-¿Qué asunto lo trae por aquí? De su garganta brotaron esas palabras con una voz algo masculina, insistía buscando algún detalle delicado en su figura.

-Hace años que presenté todas mis singladuras para pasar el curso de primer oficial.

-Usted no va al curso ahora.

-¿Cuándo?

-Usted no va al curso ahora.

-¿Por qué?

-Usted no va al curso ahora

-Pero debe haber una razón.

-Usted no va al curso ahora. Todo indicaba que el disco se le había rayado en la misma estría y por la mente me pasaron en ese momento infinidad de preguntas técnicas. No encontré fallas en mi carrera como navegante y todas mis evaluaciones habían sido satisfactorias algo opacadas por un pero, pero no colabora, pero es indiferente, pero es apático, pero no participa. ¿Dónde estaba el error? ¿No exigían el dominio de la técnica? Al parecer no, exigían la subordinación política, aquí estaba el error.

-Necesito hacer una breve pausa, ¿puede mandarme a la micribrigada?

-No, usted debe continuar navegando.

-¿Puedo ir a la agricultura?

-No, usted debe continuar navegando.

-No sé, cualquier otra tarea que pueda desempeñar en tierra, necesito una breve pausa.

-No, usted debe continuar navegando. Perdí mi tiempo miserablemente y no insistí, mi destino estaba allí, el mar me tenía atado a su antojo, no podía escapar de su embrujo.

Frente a la empresa había una amplia acera que correspondía a uno de los lados del Ministerio de Educación. Era nuestra Acera del Louvre, punto de recalada de muchos marinos después de largas travesías, espigón donde obligatoriamente atracábamos en ese puerto burocrático llamado Navegación Mambisa. Allí, unas veces abarloados por el congestionamiento y las largas esperas, encontrábamos antiguoscompañeros de los que estuvimos separados varios años debido a las largas y divergentes navegaciones. Ese espigón fue durante mucho tiempo la cuna de las más diversas historias marítimas, el sitio donde se pactaban tratos de precios sobre contrabandos. Era la capilla ardiente de muchos sancionados que acudían a exponer sus lamentos que nadie escuchaba y todos evadían. Fue esa acera la sede del infinito choteo, el piropo enajenado por cuanto culo se moviera, el trompón de desquite sobre el rostro de capitanes y otros oficiales que procedieron con ensañamiento. Fue cuna de una rara fauna marina compuesta por contrabandistas, borrachos, tarrúos profesionales, maquinistas, sobrecargos, chivatos, capitanes, oficiales, camareras putas, camareras militantes que dejaban de serlo por su militancia, funcionarios corruptos, maricones integrados, ladrones con portafolios, todos promiscuos, todos. En horas de la meridiana podías encandilarte con destellos dorados de todas las charreteras y la brillante inmoralidad perpetua. Fue aquella acera las coordenadas geográficas a nuestras derrotas loxodrómicas hasta El Patio, Lafayette, Bodeguita del Medio, Floridita, Inglaterra, Zaragozana y otros puntos donde nos ahogábamos en alcohol y putas como los peces fuera del agua.

Por mi lado desfilaron todo tipos de personajes engalanados con charreteras superiores a las mías, todos iban detrás de una conga despiadada, una conga que arrollaba a cualquiera a su paso, destructora de sueños. Muchos de mis alumnos ascendieron de manera vertiginosa y pasaron bailando a mi lado, todos tarareaban el viejo estribillo de Margaret; ¡Usted no va al curso ahora! Pasaron los años.

-Asere, ¿por qué continúas de segundo oficial?

-¿Qué pudiera decirte? Ya me he acostumbrado, tiene su ventaja también.

-¿Cuál? Porque coño, con los años que llevas en esa plaza ya era hora de que ascendieras.

-Bueno, al menos me queda el consuelo de que gano más que muchos primeros oficiales por mi antigüedad.

-¡No jodas! No me vas a decir que no aspiras a ser capitán algún día.

-Siempre he aspirado a eso, pero me tienen frenado, parece que le caigo mal a la dama de hierro.

-¡Compadre! Tienes que ponerte pa'las cosas, mientras no lo hagas vas a seguir en las mismas.

-¿Cómo es eso?

-¡Pasma el varo! Invítala a un lugar bueno. ¡Mira! A ella le gusta mucho el Riviera, llévala a jamar hasta que se reviente. Mucha curda, eso no debe faltar porque ella es un alambique, y luego…

-¿Y luego qué?

-No se puede negar que el paso de los años te ha convertido en un gil, luego se la metes. Cuando esté curda vas a ver que no era gavilán, es una palomita de lo más mansa y obediente. ¡Jámatela coño!

-¡Consorte, no estoy pa'esa! Si voy a ascender debe serlo por mis conocimientos.

-Pues sigue comiendo esa mierda y no oigas mis consejos, vas a estar de segundo hasta que te mueras.

-¡Ponme un ejemplo de alguien que haya ascendido así!

-¿Un ejemplo? ¡Yo mismo, chico! Si no lo hubiera hecho estuviera en la misma situación tuya. Es más, el bacán de ella actualmente es Bacallao, si quieres yo te pongo una piedra con el socio pa'que se le cuele a la tipa. Eso no falla y ella está bien cogía con el social.

-No mi socio, no me cuadra el tipo.

-Entre otras cosas, supongo de que seas militante del partido.

-No mi hermano, no lo soy.

-¡Uff! Esa es mala y cuesta un poco más caro. Va y si aparte de la jama, la curda y el palo, pueda exigirte algo más.

-¿Y eso por qué?

-Indudablemente vives en el pueblo y no ves las casas. Compadre, porque la lista de los seleccionados para los cursos de capitanes, oficiales, segundos maquinistas y jefes de máquinas, deben ser aprobados en el comité del partido, y como no eres militante es allí donde te pasan la guillotina.

-¡Olvídalo! Me muero de segundo oficial, pero no quiero entrar al partido.

-Asunto concluido, piénsalo bien, acuérdate que todo tiene un precio en la vida.

Coincidimos en una microbrigada de La Habana Vieja, ella no era ella y se le había borrado un poco la influencia que tenía de él. A pesar de encontrarnos la mayor parte del día con ropa sucia, sus rasgos varoniles fueron desapareciendo de su rostro. No era aquella arrogante dirigente de años atrás, se observaba mucho más humilde y sociable. Margaret supo quién era yo y tal vez fuera el mayor obstáculo a cualquier intento de acercamiento, las posibilidades de fumar la pipa de la paz eran remotas por mi parte. Mi paso por aquella brigada fue más corta que la brisa marina o terral, solo tuve intensiones de tomar una pausa en tierra, la misma que ella una vez me negó.

Emprendí mi vuelo nuevamente para continuar mi vida de gaviota, ya ocupaba la plaza de primer oficial y allí la dejé. Nunca supe las razones por la cual fuera tronada, pero de algo estuve seguro, Margaret no era de aquellas pelotas que rebotan y caen para arriba.

Meses después de aquel encuentro casual, me tocó atracar en el espigón Sierra Maestra Nr. 3 sur. Navegaba entonces en un buque recién adquirido y construido en Bilbao, un magnífico barco. Un día tocaron la puerta del camarote casi al concluir mi guardia, apareció uno de aquellos comisarios políticos aún en existencia. Éste había sido sancionado por algún motivo y se encontraba trabajando en la microbrigada de La Habana Vieja, el alcoholismo figuraba en su expediente, ahora era muy social también.

Llegaron con el pretexto de pedir materiales para apoyar a la microbrigada, cualquier cosa les venía bien de su larga lista, brochas, rolos, pinturas, clavos, bombillos, etc., y ese etcétera se extendía hasta alimentos. La situación en el país era cada día más difícil y todos pensaban equivocadamente que éramos almacenes. No pude satisfacer ninguna de sus solicitudes, no por ello se marcharon, el político me preguntó si tenía algo de ron y saqué una botella de uno de los armarios de la oficina. Margaret permanecía casi muda y sus intervenciones se limitaron a escasos monosílabos. Después del tercer trago la confianza regresó a su cuerpo y dio rienda suelta a su lengua, como siempre ocurría, se trataba de arreglar el mundo a la cubana, cuidando mucho no excederse en proposiciones o criterios que pudieran perjudicarnos luego de evaporado el alcohol.

-¿No tienes otra botella clavada por ahí? Preguntó el político, ya no podía ocultar tener la caldera encendida.

-No, esa la tenía de reserva para cualquier visita, ustedes han sido los afortunados. Le mentí, deseaba escapar a mi casa. Pocos minutos después, el político se levantó con la intención de dar por concluido aquel encuentro. Yo aprobé su oportuno gesto y recogí los vasos de la mesa, ella permanecía inmutable en su butaca.

-¡Ahí te la dejo! Si quieres puedes bañarla. Me sentí sorprendido con aquella maliciosa proposición, ella no, ni siquiera se sintió ofendida con el trato de puta del cual había sido objeto y esperaba por mi respuesta. Su mirada viajaba ansiosa de la puerta del camarote a mi posición y viceversa. La imaginé en la posición opuesta a nuestro primer encuentro, no era una imaginación tampoco. Se produjo un largo y accidental silencio

-¿Qué asunto te trae por aquí?

-Hace unos años yo presenté mis singladuras para pasar el curso de puta.

-Usted no va al curso ahora.

-¿Cuándo?

-Usted no va al curso ahora.

-¿Por qué?

-Usted no va al curso ahora.

-Pero debe haber una razón.

-Usted no va al curso ahora.

-Yo hago muy bien el sexo oral, el sexo anal, el sesenta y nueve, el sexo en trío, en grupo…

-Yo dominaba muy bien la astronomía, la navegación, la meteorología, la teoría del buque, maniobras, RIPA, carga y estiba, etc. Todos esos pensamientos morbosos corrieron por mi mente en aquellos segundos.

-Político, ¡llévatela!, ha sido todo por hoy. Un sentimiento de frustración se reflejó en su rostro, sin embargo, no quedaban destellos de aquella arrogancia y prepotencia de años atrás. No le guardo rencor.

Martes, 06 de Junio del 2006

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